domingo, 15 de marzo de 2026

 Se va la magia.
Se va el domingo,
ese día extraño y luminoso
en el que el tiempo parece caminar descalzo
y los relojes, cansados de apurar la vida,
deciden detenerse un rato.
El domingo no corre, respira.
Amanece despacio,
como si la luz tuviera sueño todavía.
La mañana entra por la ventana
con olor a café recién hecho,
a pan tibio, a calles silenciosas
que aún no recuerdan el ruido de la semana.
Las horas se estiran como gatos al sol.
Uno puede levantarse tarde
o quedarse un poco más
escuchando el murmullo del mundo
que despierta sin prisa;
un perro que ladra a lo lejos,
una radio encendida en alguna cocina,
el viento moviendo las hojas
como si leyera un libro invisible.
En domingo todo es posible.
Puede salir el sol de repente
y llenar de oro las veredas,
o puede llover despacio,
de esa lluvia mansa
que invita a quedarse adentro
viendo cómo las gotas
dibujan caminos en el vidrio.
Puede ser día de caminar sin rumbo,
de recorrer calles largas
como si el tiempo fuera infinito,
mirando balcones, árboles,
la sombra que cae tranquila
sobre las paredes antiguas.
O tal vez quedarse en casa,
dejando que las horas pasen
entre una película,
una serie interminable,
un libro abierto en cualquier página
o la simple compañía del silencio.
El domingo tiene sus propios rituales:
la mesa que se arma sin apuro,
el almuerzo que puede empezar tarde
y terminar aún más tarde,
las conversaciones que se alargan
como caminos que no quieren llegar.
El aroma de la comida
mezclándose con la risa,
con la música que alguien pone bajito,
con la tarde que entra dorada
por la puerta entreabierta.
Después llega esa hora suave
en la que el sol empieza a inclinarse
y el mundo parece más lento todavía.
Es la hora de las caminatas largas,
de los parques con hojas moviéndose despacio,
de las plazas donde los niños
aún corren detrás de una pelota
mientras el cielo se vuelve más profundo.
El viento trae recuerdos,
la sombra se alarga sobre las veredas,
y uno aprende sin darse cuenta
a mirar mejor las cosas simples,
la luz entre los árboles,
el perfume de la tierra,
la calma que casi nunca tenemos.
Y en medio de esa quietud
también estás vos.
En algún lugar del mundo,
quizás caminando otra calle,
mirando otro cielo,
escuchando otra música
en otra tarde de domingo.
Antes te buscaba
entre las multitudes,
entre las historias posibles,
entre los días que pasaban rápido.
Pero ya no.
Porque de algún modo
te encontré.
Tal vez en una mirada,
tal vez en un recuerdo,
tal vez en esa forma extraña
en que los domingos
siempre terminan llevándome a vos.
Cuando cae la tarde
y el cielo empieza a despedirse del sol,
cuando las luces se encienden despacio
en las casas y en las calles,
cuando el mundo vuelve lentamente
a prepararse para la semana,
yo sé que en algún lugar existís.
Y aunque el domingo se vaya
como se va la música
después de una canción hermosa,
queda algo.
Una calma, una memoria,
una certeza suave.
Porque los domingos tienen ese secreto:
nos recuerdan
que el tiempo también puede ser bello,
que la vida no siempre tiene que correr,
y que hay personas
que habitan silenciosamente nuestros días.
Por eso,
cuando el domingo se va
y la noche comienza a cerrar sus puertas,
yo todavía sé más de vos.

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