viernes, 26 de septiembre de 2025

 


Todavía me acuerdo de la parrilla de Justo. No era un restaurante de salón, ni un lugar con mesas y mozos.
Era apenas una barra en la vereda, con unas pocas banquetas y sin embargo, parecía que todo el barrio pasaba por ahí.
Justo estaba siempre detrás de la parrilla, firme, con ese aire de hombre sencillo que cocinaba como en su casa, sacaba la carne justa del fuego, servía chorizos, vacíos, pero también tenía sus especialidades, unas lentejas inolvidables, bien de olla, y unas empanadas que todavía extraño, eran cosas simples, pero con ese sabor que solo tienen los platos hechos con el corazón.
Cuando Justo murió en 2021, a los 92 años, su parrilla murió con él. Aunque las puertas tardaron un tiempo en cerrarse del todo, el barrio ya sabía que algo se había apagado. 
A la parrilla no se iba solo a comer, uno iba a encontrarse con la gente. Enfrente estaba julio, el diariero, que se quedaba hasta la medianoche, Julio era como un faro, siempre tenía algo para contar, algún chisme, alguna noticia, muchos íbamos más a charlar con él que a comprarle el diario, era parte de la vida cotidiana, como la vereda misma.
Saavedra tuvo muchos lugares así, que parecían eternos, la librería Bramanti, por ejemplo, entré de chico con mi abuelo, después con mi viejo y más tarde con mis hijos, entre libros, cigarros y carpetas, siempre había algo para llevarse, pero también una conversación, un gesto conocido, hasta que un día cerró, y al barrio le quedó un vacío más.
Me acuerdo también de Vega con su tienda, de La Vitoria, de El Calamar, de El Colmao. Nombres que hoy parecen historias contadas, pero que para nosotros fueron parte de la vida diaria.
Hoy en esos mismos lugares se levantan torres, hay vecinos nuevos, pero ya no se conoce a nadie como antes, antes uno cruzaba la calle y se cruzaba con caras amigas, ahora es distinto.
El túnel de la Balbín trajo otro ritmo, otro tiempo, pero yo sigo caminando por Saavedra y en cada esquina me vienen los recuerdos, la barra de Justo en la vereda, las lentejas que no se olvidan, las charlas de medianoche con Julio, las carpetas de Bramanti, los helados de Firensze.
El barrio cambia, sí. Sin embargo, adentro mío, Saavedra sigue latiendo al compás de todo eso que ya no está y que, sin embargo, me acompaña cada vez que vuelvo a caminar sus calles.

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