Buenos Aires acompaña las penas
de bar en bar, de café en café.
En cada mesa vive una historia,
en cada esquina alguien recuerda
lo que el corazón no pudo olvidar.
Los amigos, eternos consejeros,
con un vaso de vino y paciencia
escuchan silencios que pesan más que palabras.
El bodegón guarda secretos,
la mesa del rincón conoce lágrimas
y la que está pegada a la ventana
ve pasar la vida como un tango lento.
Las luces seguían despiertas
como si entendieran que algunos
no podían cerrar los ojos.
Hoy Buenos Aires se acuesta temprano,
por prudencia, por miedo,
y los bares descansan sus sillas vacías.
Solo las estaciones de servicio
tienen el café siempre listo,
como la luna que nos acompaña
cuando la noche se vuelve demasiado larga.
Y las lágrimas que caen
no llegan nunca al suelo:
antes de tocar el piso
se transforman en poesía,
en palabras que inevitablemente
terminan buscándola a ella.
Porque por suerte existe.
Y porque en algún rincón de Buenos Aires,
entre un farol cansado y una vereda mojada,
aparece su risa de repente,
me roba una sonrisa
y entonces comprendo
que la tristeza también sirve para algo:
para reconocer la felicidad
cuando finalmente llega.

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