miércoles, 18 de marzo de 2026

 En la primavera de 1962, cuando un grupo de alumnos y docentes de la especialidad de Cincelado y Grabado decidió salir de las aulas para tender sus primeras carpas en la localidad bonaerense de Chascomús, estaba naciendo algo mucho más grande que un simple campamento. 
Aquella experiencia inicial, sencilla y profundamente humana, dio origen al Campamento de Cincelado y Grabado (CACyG), la primera semilla de una historia que con el tiempo se volvería inolvidable.
El entusiasmo que dejó esa vivencia fue tan intenso que al año siguiente los encontró nuevamente unidos, con más ganas, más sueños y un horizonte que empezaba a ampliarse. 
Lo que había comenzado como una iniciativa de una sola especialidad empezó a convocar a otros alumnos: de Construcciones, de Electrotecnia y de tantas áreas más, todos atraídos por ese espíritu de camaradería y aventura.
Así, el 19 de septiembre de 1963, ese impulso colectivo tomó una nueva dimensión con la fundación del Campamento Interprovincial Escuelas Raggio (CINTER), oficialmente reconocido pocos días después, el 23 de septiembre. 
Ya no era solo un grupo: era una comunidad en marcha.
Desde entonces, el objetivo fue tan claro como noble: que sus integrantes, en un marco de amistad, organización y esfuerzo compartido, conocieran el país, su gente, sus costumbres y sus tradiciones. Y así lo hicieron. 
Con carpas confeccionadas a mano por madres generosas, que no solo cosían telas sino también sueños; con fogones encendidos en el recordado espacio de “La Cachila”, donde semana por medio se reunían entre cantos, risas y guitarras; con ese aire de pertenencia que transformaba cada encuentro en algo único.
Cada enero era una partida. Nuevos contingentes emprendían viaje hacia destinos que, más que puntos en el mapa, eran experiencias de vida. El CINTER recorrió todas las provincias argentinas, desde grandes ciudades hasta pequeños pueblos perdidos entre montañas, dejando huellas y llevándose historias.
Hubo hitos que marcaron esa trayectoria: ser uno de los primeros grupos organizados en llevar a cabo actividades de campamento en el Campo de Ischigualasto, el imponente Valle de la Luna; emprender un raid inolvidable de 16.000 kilómetros por la Patagonia, hasta los límites de los hielos continentales, a bordo de tres fieles Citröen; o acercar una colección de libros a una escuela rural en la sierra jujeña, cerca de Punta Corral, donde el gesto fue mucho más que material: fue presencia, fue compromiso.
En 1975, la historia sumó una nueva dimensión con la creación de la rama femenina. Al principio con actividades propias, luego integrándose en un mismo camino, enriqueciendo aún más esa experiencia colectiva.
Y entre tantos recuerdos, hay símbolos que perduran, como aquel cerro jujeño en Purmamarca que fue bautizado Cerro Madero, en homenaje a Eduardo Madero. Un gesto simple y profundo, como todo lo que nace del afecto.
Las peñas folclóricas y los festivales artísticos, iniciados en 1964 y sostenidos ininterrumpidamente durante décadas, fueron otra expresión viva del espíritu del CINTER. Allí, entre danzas, canciones y aplausos, se consolidaba algo que iba más allá de cualquier actividad: una identidad compartida.
Pero si hay algo que verdaderamente define al CACyG primero y al CINTER después, no son solo sus logros ni sus recorridos, sino las personas que le dieron vida.
Profesores como Rossi y, de manera entrañable, Carlos Enrique Gaviola uno de sus creadores y guía incansable hasta fines de la década del noventa entendieron que enseñar también era acompañar, compartir, confiar. Dejaron una huella que trasciende el tiempo.
Y en ese entramado de vivencias aparecen los recuerdos más íntimos, los que no figuran en ninguna crónica oficial pero viven intactos en la memoria: los sábados de fogón o de quedada, donde la rutina desaparecía; aquel famoso cuartito allá arriba, al final de la vieja escalera en la cumbrera de la escuela, testigo de charlas interminables, de confidencias, de risas que aún hoy parecen resonar.
Porque hay amistades que nacen en esos espacios entre mochilas, caminos y noches compartidas que se vuelven para siempre. Lazos profundos, sinceros, imposibles de describir del todo con palabras.
Por eso, este relato no es solo historia. Es emoción. Es gratitud. Es memoria viva.
Vaya entonces, en estas líneas, un caluroso saludo a Luis Rossi, compañero de tantos momentos compartidos. Y un recuerdo permanente para el profesor Gaviola, no solo por lo vivido en el campamento, sino por todo lo que significó dentro de la escuela y en la vida de quienes tuvieron la fortuna de conocerlo.
El CACyG encendió la chispa. El CINTER la convirtió en camino.
Y ese camino, recorrido con esfuerzo, amistad y sueños, sigue vivo en cada recuerdo.




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