La segunda casa, un poco la familia: esa continuidad de la vida que el Raggio nos regaló sin que nos diéramos cuenta. Hay algo en esos encuentros con los exalumnos que tiene un aire especial, como si el tiempo no hubiera pasado.
Nos reencontramos y, de pronto, pareciera que seguimos conversando en el patio de la escuela o en el taller, como si todavía compartiéramos aquellas tardes interminables entre máquinas, apuntes y sueños.
Pasan los años, muchos años, y, sin embargo, cuando volvemos a vernos, todo fluye con una naturalidad que sorprende. Las charlas retoman donde quedaron, las risas suenan iguales y las miradas conservan esa complicidad que sólo se construye en la juventud.
El Raggio tiene esa magia: la de mantener vivo el vínculo, la de hacernos sentir que siempre pertenecemos a ese lugar.
Gran parte de esa llama encendida se sostiene, año tras año, gracias al esfuerzo y la dedicación de Carlos Alberto Parreira, quien con enorme compromiso logra reunirnos.
En cada encuentro aparece esa promoción que cumple 25, 30, 40, 50 años o más de egresados, y allí estamos, respondiendo a ese llamado invisible que nos devuelve a nuestras raíces.
También hay momentos que se vuelven símbolo, como la entrega de un diploma que nos recuerda cuántos años han pasado desde aquel egreso.
Ese simple gesto despierta sonrisas, anécdotas y una emoción compartida. Porque junto a los recuerdos de la escuela aparece la vida que siguió: la familia que fue creciendo, el orgullo con el que contamos que primero llegaron los hijos… y ahora también los nietos.
Las historias se multiplican: algunos hijos que partieron en busca de su futuro en otros lugares, otros que eligieron seguir nuestros pasos, y muchos que encontraron su propio camino. Todo tiene lugar en este gran encuentro donde cada historia suma y enriquece.
En esas noches, poco importa qué cenamos o qué bebemos. Lo esencial es el abrazo. Nos saludamos con todos, no sólo con los compañeros de nuestra división.
Porque con el paso del tiempo también fuimos construyendo lazos con otros cursos, con celadores y con profesores que dejaron huella. Se fue formando una amistad más amplia, más profunda, que trasciende generaciones.
Y entonces todo vuelve: aquellas tardes y noches en las que compartíamos una gaseosa y hablábamos de la vida, de lo que queríamos ser, de lo que soñábamos. Hoy cada uno recorre su propio camino, con su profesión, sus proyectos, sus alegrías y sus desvelos. Pero en esos encuentros, volvemos a ser, por un rato, aquellos chicos.
No siempre podemos estar todos los años, es cierto. La vida avanza, las obligaciones crecen. Pero cuando podemos, ahí estamos. Y sin proponérnoslo demasiado, seguimos demostrando algo profundo: que el Raggio fue, es y será para muchos una extensión de la familia.
Todo esto merece también un agradecimiento especial: a Carlos que año a año hace posible el encuentro, que sostiene el lazo y nos reúne para que la magia vuelva a suceder. Porque en cada abrazo, en cada risa, en cada recuerdo compartido, esa magia sigue viva.
Eso se ve en los ojos humedecidos después de un abrazo largo, en las sonrisas que mezclan nostalgia y gratitud, en las historias que se repiten pero nunca cansan. Se siente en el aire, en cada encuentro, en cada brindis. Y es, verdaderamente, algo hermoso.

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