Un día caminamos por la costa,
como si el mundo hubiese decidido
detenerse un momento para mirarnos pasar.
La noche sonreía en silencio,
y el río, paciente y eterno,
nos acompañaba paso a paso
como un viejo amigo
que conoce historias de amor
mucho antes que nosotros.
Las luces de la costanera
dibujaban caminos dorados sobre el agua,
y la brisa traía ese aroma
mezcla de río, de ciudad y de misterio
que solo existe cuando la noche empieza a abrazar al día.
Había bancos mirando al horizonte,
árboles que dejaban caer sus sombras
como si quisieran proteger el momento,
y faroles que parecían encenderse
solo para iluminarnos el camino.
Dicen que hay costaneras
que tienen una magia especial,
que cada municipio guarde la suya
como un pequeño tesoro secreto;
su luz particular, su silencio distinto,
su forma única de hacer latir la noche.
Pero mientras caminábamos
algo empezó a inquietar mis pensamientos.
Porque intentaba descubrir
de dónde nacía esa magia:
si del murmullo del río,
si del reflejo de las luces en el agua,
si de la calma que solo existe
cuando la ciudad se queda en silencio.
Y entonces apareció el dilema.
Porque cada vez que miraba el paisaje
terminaba mirándote a vos.
Y cada vez que quería describir la noche,
mis palabras hablaban de tu sonrisa.
Intenté escribir sobre el río,
Intenté escribir sobre las estrellas,
pero tus ojos brillaban más cerca.
Intenté escribir sobre la brisa,
pero era tu presencia
la que realmente me hacía respirar distinto.
Entonces entendí algo simple
y al mismo tiempo infinito.
Tal vez la magia no estaba
en la costa iluminada,
ni en el reflejo del agua,
ni en las sombras tranquilas de los árboles.
Tal vez la magia no era del lugar.
Tal vez la magia eras vos.
Porque desde que caminás a mi lado
las noches parecen más suaves,
los ríos más profundos,
las luces más cálidas
y el mundo un poco más hermoso.
Por eso cuando alguien me pregunte
qué tiene de especial aquella costanera
yo no hablaré del río ni de las farolas
ni del silencio de la noche.
Diré algo mucho más simple.
Que una vez caminé por allí
con alguien que tenía la capacidad
de convertir cualquier lugar del mundo
en el sitio más mágico que existe.
Y desde entonces comprendí
que hay paisajes hermosos,
hay noches inolvidables,
hay ciudades llenas de encanto…
pero nada, absolutamente nada,
se compara con la magia
de simplemente caminar a tu lado.

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