Aquella tarde el sol se rindió lentamente
sobre el borde del río,
y la tarde, cansada de tanta luz,
se acostó a descansar sobre las aguas quietas del delta.
Entonces la luna,
que parecía demorarse a propósito
como una mujer que sabe
que su belleza se vuelve más intensa
cuando se hace esperar, apareció.
Y salió más hermosa que nunca.
Su luz cayó sobre el río
como una caricia larga,
como una mano tibia
recorriendo despacio la piel de la noche.
El delta se encendió en silencio,
las islas respiraron calma,
y el agua empezó a brillar
como brillan tus ojos
cuando decís buen día.
Y en ese momento pensé en vos.
Pensé en tu mañana
despertándose despacio entre mates,
en tus manos estirándose hacia el cielo
mientras el sueño todavía
se queda abrazado a tu cuerpo.
Pensé en tu pelo desordenado por la madrugada,
en tu voz todavía tibia,
en tu forma de empezar el día
como si el mundo pudiera ser bueno
solo por existir.
Y entonces mi día se ilumina.
Porque saber de vos
es como ver salir la luna
después de una tarde interminable.
Por suerte allá no llueve
como suele llover en algunos rincones
de esta bendita tierra
donde a veces los gritos crecen
como tormentas inútiles
y los insultos caen
como lluvia amarga.
Allá no, allá existe la paz.
Existe el silencio bueno.
Existe la palabra que se escucha.
Y sobre todo, existís vos.
Vos,
que sos como ese refugio secreto
donde el mundo se vuelve más lento
y el tiempo parece quedarse dormido
sobre tu pecho.
el universo deja de girar.
Descanso ahí,
arrullado en tu calor,
después de esos minutos de locura infinita
donde el deseo rompe todos los límites,
donde las manos ya no preguntan
y los cuerpos hablan un idioma antiguo
que nadie nos enseñó
pero que sabemos perfectamente.
Porque cuando estamos solos
lo imposible deja de ser imposible.
La piel aprende caminos nuevos.
El aire se vuelve más denso.
La respiración se mezcla.
Y el mundo entero parece detenerse
solo para mirarnos.
Como si la noche misma
quisiera aprender de nosotros
la forma exacta del amor.
Y afuera, tal vez,
llueve sobre Buenos Aires.
Llueve sobre las calles cansadas,
sobre los balcones,
sobre los techos de chapa
y los bares que todavía guardan historias.
Pero aquí,
en este pequeño universo
donde tu respiración roza la mía,
la lluvia no hace ruido.
Porque el río escucha.
La luna nos mira.
Y el delta,
silencioso y cómplice,
guarda el secreto
de dos cuerpos
que aprendieron a encontrarse
como se encuentran la noche y la marea.
Lentamente.
Inevitablemente.
Y con una ternura tan profunda
que hasta el cielo
parece quedarse en silencio
para no interrumpirnos.
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