viernes, 13 de marzo de 2026

Caminábamos por la avenida Corrientes, esa calle que dicen que nunca duerme. 
Era sábado por la noche y la ciudad estaba en su punto más vivo: las luces de los teatros encendidas, las marquesinas brillando como si cada una prometiera una historia distinta, los cafés llenos, las pizzerías rebalsando de gente y el murmullo constante de miles de pasos que iban y venían.
El aire tenía ese olor mezcla de Buenos Aires nocturna: café recién hecho, pizza al horno, humo de parrilla que escapaba desde algún restaurante cercano. 
Los taxis pasaban uno tras otro, las bocinas sonaban impacientes y las conversaciones se cruzaban en todos los tonos posibles. Era un bullicio casi enloquecedor, el ruido propio de una ciudad que respira fuerte cuando llega el fin de semana.
Vos caminabas a mi lado, escuchándome mientras yo, casi sin darme cuenta, empezaba a hablarte del bandoneón.
Te decía que es un instrumento extraño, casi misterioso. Que cuando lo tocás con la mano derecha encontrás una escala, pero cuando lo abrís aparece otra distinta. Que lo mismo ocurre con la izquierda. Que en realidad el bandoneón es como si escondiera cuatro caminos musicales diferentes dentro de una misma caja de madera y metal.
Mientras te lo contaba, intentaba explicarte algo que a veces ni los músicos logran poner en palabras: que el bandoneón no se toca solamente con los dedos. Se toca también con el pecho, con la respiración, con la fuerza de los brazos que abren y cierran el fuelle como si el instrumento estuviera vivo.
Seguíamos caminando entre la multitud cuando, de pronto, pasó algo inesperado.
Entre el ruido de la avenida apareció un sonido distinto.
Al principio fue apenas un susurro entre el tránsito y las voces. Pero bastaron unas pocas notas para que algo cambiara. Era un bandoneón.
Nos detuvimos casi al mismo tiempo, como si ese sonido hubiera logrado frenar por un instante el ritmo apurado de la ciudad.
A unos metros, apoyado contra la pared de un viejo edificio, un hombre tocaba. El fuelle se abría y se cerraba lentamente, como si respirara. Cada movimiento parecía sacar del instrumento una emoción distinta: nostalgia, tristeza, esperanza, memoria.
Y en ese momento ocurrió algo curioso.
La avenida Corrientes seguía siendo la misma: los autos, las luces, la gente, el ruido, pero para nosotros todo eso quedó en segundo plano. Durante unos minutos el mundo se redujo a esas notas que salían del bandoneón.
Te dije en voz baja que ese instrumento era un verdadero enigma. Que exige al músico pensar con la cabeza, con los dedos y con el cuerpo al mismo tiempo. Que no es como el piano, donde cada tecla siempre responde igual. En el bandoneón, cada botón cambia según el fuelle se abra o se cierre, como si el instrumento tuviera secretos que solo revela a quien lo conoce de verdad.
Vos escuchabas en silencio mientras la melodía seguía flotando en el aire de la noche porteña.
Había algo profundo en ese sonido, algo que parecía venir de muy lejos: de los barcos que llegaron al puerto hace más de un siglo, de los barrios antiguos, de las historias de gente que dejó su tierra y encontró en el tango una manera de decir lo que sentía.
El bandoneón tiene esa magia. No es solo un instrumento. Es casi una voz.
Y cuando suena en una noche como esa, en medio de la avenida Corrientes llena de vida, uno entiende por qué el tango no es solo música: es memoria, es emoción, es parte del alma de esta ciudad.
Nos quedamos allí un rato más, sin hablar demasiado. No hacía falta.
El bandoneón seguía contando su historia, y nosotros simplemente la escuchábamos mientras la noche de Buenos Aires continuaba girando a nuestro alrededor.




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