miércoles, 18 de marzo de 2026

 La lucha de las escuelas técnicas en 1972 contra la llamada Ley Fantasma constituye uno de los hitos más significativos en la historia del movimiento estudiantil argentino. 
Aquella normativa pretendía recortar las incumbencias profesionales de los egresados como Maestros Mayores de Obras, limitando su campo laboral y concentrando el derecho a firmar proyectos exclusivamente en arquitectos e ingenieros. 
Para miles de estudiantes, esto no solo implicaba una restricción técnica, sino también un golpe directo a su futuro.
El contexto no podía ser más adverso. 
Entre 1966 y 1973, el país atravesaba una dictadura militar profundamente represiva, donde la protesta social era perseguida y las decisiones se imponían mediante decretos sin participación democrática. 
Sin embargo, en ese clima hostil, los estudiantes de escuelas técnicas protagonizaron una de las movilizaciones más masivas de la época, llegando a concentrarse frente a la Casa Rosada en una demostración de organización y convicción pocas veces vista.
La magnitud de la protesta fue tal que logró lo impensado: que un decreto-ley impulsado por el gobierno de facto diera marcha atrás. Así, los estudiantes técnicos no solo defendieron sus derechos, sino que dejaron una marca imborrable dentro del movimiento estudiantil de los años setenta.
En la escuela Raggio, esta experiencia se vivió con intensidad. Contaron con el apoyo fundamental de profesores, ingenieros y arquitectos, quienes ayudaron a comprender el verdadero alcance de la ley y fortalecieron la conciencia colectiva. 
La respuesta fue inmediata: los alumnos de los años superiores tomaron la escuela, transformándola en un espacio de resistencia, debate y organización.
Aquellos días y noches quedaron grabados para siempre. 
Mientras se sostenía la toma, la escuela se cuidaba como un hogar: se mantenía limpia, se llevaban a cabo reuniones constantes y se discutían los pasos a seguir. 
En el taller de construcciones, entre láminas y útiles, circulaban los mates que ayudaban a sobrellevar las largas horas. 
Un calentador de alcohol improvisado servía para mantener viva esa rutina compartida, mientras algunos descansaban y otros permanecían atentos, comprometidos con la causa.
Fueron momentos intensos, cargados de incertidumbre, pero también de compañerismo y aprendizaje. 
La escuela dejó de ser solo un lugar de formación académica para convertirse en una verdadera casa, un espacio de identidad colectiva que con los años no se olvidó. 
Por el contrario, siguió siendo un punto de encuentro, un símbolo de lucha y de pertenencia.
Esa experiencia no solo marcó a quienes la vivieron, sino que también dejó una enseñanza duradera: la organización y la solidaridad pueden torcer incluso las decisiones más firmes del poder. 
La historia de aquella lucha sigue siendo, aún hoy, un ejemplo de compromiso y de defensa de los derechos conquistados. Las puertas cerradas con candado y el alumnado adentro se convirtieron en el símbolo pasivo de nuestra lucha, hasta que finalmente la ley fue derogada.


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