viernes, 13 de marzo de 2026

 Si volviera
Arturo Jauretche
con su saco gastado
y ese modo de mirar Buenos Aires


como quien lee un libro abierto 
en los cordones de la vereda,
no hablaría primero en conferencias
ni en universidades.
Se sentaría en un café cualquiera,
de esos donde el pocillo es corto
y la charla larga, y escucharía.
Escucharía la radio
donde todos opinan del país
como si fuera un partido de domingo.
Escucharía a los doctores
que explican la Argentina
como si fuera un error estadístico.
Y después,
con esa ironía de barrio
que parecía sonrisa
pero era bisturí, diría despacio:
Mire compañero…
las zonceras no se murieron.
Se multiplicaron.
Porque ya no vienen
solo en libros finos
ni en discursos solemnes.
Ahora vienen en pantallas,
en frases de moda,
en expertos que hablan de la patria
como si fuera un balance contable.
Y entonces recordaría
su viejo mapa del engaño:
Manual de zonceras argentinas
abierto otra vez
como un manual de supervivencia nacional.
Las mismas trampas
con distinto maquillaje.
La vieja idea
de que lo nuestro vale menos.
La vergüenza de ser
lo que somos.
Diría también que el país no se pierde
solo cuando lo venden, sino cuando lo explican
sin haberlo caminado.
Porque la Argentina no está en los informes
ni en las embajadas
ni en los congresos de economistas.
Está en el colectivero
que sabe más de inflación
que veinte consultoras juntas.
Está en la jubilada que hace milagros
con la misma plata
con la que otros hacen teorías.
Y entonces recordaría
a esos que describió hace tanto
en otro espejo incómodo:
El medio pelo en la sociedad argentina
Ese país que quiere parecer lo que no es,
que pide permiso para existir
y después se ofende cuando lo ignoran.
Jauretche miraría alrededor
y vería algo más triste todavía:
no el error, sino la costumbre del error.
La resignación elegante.
La inteligencia usada
para justificar la derrota.
Y tal vez escribiría otra vez
contra esos profetas
que anuncian la desgracia
como si fuera ciencia exacta:
Los profetas del odio
Pero esta vez no serían solo escritores.
Serían panelistas.
Consultores.
Especialistas en explicar
por qué siempre debemos perder.
Diría, quizá,
que el problema no es equivocarse.
El problema
es pensar con cabeza prestada.
Y que una nación
no se destruye de golpe.
Se desgasta.
En pequeños desprecios.
En imitaciones torpes.
En el orgullo
de repetir frases extranjeras
sin entender la propia calle.
Entonces miraría el Río de la Plata
gris como siempre
y hermoso como siempre
y diría algo simple:
Este país no necesita salvadores.
Necesita memoria.
Necesita coraje
para pensar desde acá
y no desde los manuales.
Y antes de levantarse del café
anotaría en un cuaderno
la última zoncera del siglo:
creer que la Argentina
es imposible.
Porque si algo sabía
Arturo Jauretche
es que este país
siempre fue improbable.
Pero también sabía
algo que todavía  aprender:
que la patria no es una idea elegante.
Es una pelea diaria
contra el desprecio
y contra el olvido.
Y mientras pagara el café
seguro murmuraría
con una mezcla de tristeza y humor:
El problema, muchachos,
no es que falten Jauretches.
El problema es que todavía sobran
zonceras.

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