Mandinga, qué yeite el del viento
que te parió en una ráfaga
y te dejó caer en mi vereda
esa tarde fulera de invierno.
El sol, medio gil, ni calentaba,
y el chiflido se metía por la hendija
como un canto desafinado
rompiendo los tímpanos del silencio.
Vos caíste de remate,
como quien no quiere la cosa,
empecé a pensarte sin permiso,
a buscarte en cada vuelta de bombilla,
en cada excusa pa quedarme un rato más.
Y fue bravo después,
quedarme sin tus caprichos,
sin ese enredo de despelotes,
mezclado entre pudor
y besos medios torcidos.
Hasta que un día,
te borraste a los gritos,
como fierro engripado que no arranca,
tirando insultos para todos lados,
pegando el portazo.
Dolió, claro que dolió,
pero uno es bicho de barrio,
y en el rioba siempre hay alguno
que te sacude el hombro,
te arrima un abrazo sin vueltas,
te convida una copa
y te seca las lágrimas
aunque ya no sepan por quién.
Y el tiempo, viejo sabio,
hizo su laburo en silencio,
fue aflojando los nudos,
barriendo los recuerdos
como viento manso después de la tormenta.
El olvido, por suerte, llegó ligero,
sin hacer ruido, sin pedir permiso,
me dejó la memoria limpia
pa volver a empezar.
Hoy, sin querer,
desde el último piso
vi la lluvia caer sobre la ciudad,
y apenas te recordé pero ya no dolía.
Era apenas un eco,
un nombre que se pierde en la llovizna,
y una sonrisa mansa
por todo lo vivido
y todo lo que, al fin,
supo irse a tiempo.

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