miércoles, 25 de marzo de 2026

Capítulo I : La casa de la calle Parera

En el corazón del barrio de Recoleta, allí donde la ciudad adopta un aire silencioso y distinguido, la calle Parera se extiende breve pero cargada de memoria. Apenas dos cuadras separan la calle Guido de la Avenida Alvear, y sin embargo, en ese corto trayecto se condensa una parte significativa de la historia cultural y científica de Buenos Aires.
A comienzos del siglo XX, en el número 119, se alzaba un palacete de líneas elegantes que había pertenecido a la familia Mihanovich. La residencia, concebida originalmente como vivienda de una de las familias más acomodadas de la ciudad, fue alquilada por la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, que encontró allí su primera sede estable. El alquiler, fijado en 1.500 pesos mensuales, selló el destino del edificio como escenario de una intensa vida académica.
La casa no solo impresionaba por su ubicación, sino también por su diseño. De sólida construcción, contaba con subsuelo, entrepiso y dos plantas superiores. 
Una amplia escalera principal articulaba los espacios, mientras los salones vidriados dejaban entrar la luz natural, otorgando al conjunto una claridad que, para la época, resultaba tan moderna como refinada. Aquellos ambientes, pensados en otro tiempo para recepciones sociales, fueron adaptados con precisión a las necesidades del debate científico.
El salón principal constituía el corazón de la vida institucional. 
Con treinta y cinco butacas dispuestas en orden, reunía a los académicos en sesiones donde la palabra tenía un peso específico.
Frente a ellas, una plataforma elevada, a modo de escenario, organizaba la escena y confería solemnidad a cada intervención. Allí se discutían ideas, se exponían trabajos y se construía, lentamente, un pensamiento médico propio.
Nada en la casa había sido dejado al azar. El mobiliario, adquirido en la prestigiosa casa Maple & Co., respondía a los estándares más altos de la época. Cada pieza había sido elegida bajo la supervisión de los propios académicos, quienes no solo definieron el uso de los espacios, sino también su estética. De este modo, el edificio se convirtió en una síntesis de elegancia europea y funcionalidad científica.
En el primer piso se encontraba una vasta colección de diarios y revistas especializadas. Aquella hemeroteca constituía una herramienta fundamental para el trabajo cotidiano, reflejando el esfuerzo por mantener a la institución conectada con los avances internacionales. Años más tarde, ese mismo material sería cuidadosamente embalado para su traslado a la nueva sede, en una tarea que exigió paciencia y dedicación.
Esa mudanza, realizada en diciembre de 1941, marcó el final de una etapa. 
Todo fue trasladado a la sede de la Avenida Las Heras, donde la Academia consolidaría su presencia definitiva. Junto con muebles y documentos, también se trasladó una valiosa biblioteca donada por el doctor Pedro Arata. Esa colección, testimonio del compromiso con el conocimiento, aún hoy se conserva en la sala de reuniones de la Comisión de Biblioteca de la institución.
Pero la historia de la casa no se agota en sus salones ni en sus libros. 
También está hecha de presencias silenciosas. 
El matrimonio formado por Savino Fernández y Regina Fernández, antiguos empleados de la familia Mihanovich, pasó a desempeñarse como encargado del edificio cuando la Academia se instaló allí. 
Su labor cotidiana, discreta pero indispensable, acompañó cada jornada de trabajo. Savino, en particular, continuó en funciones incluso después del traslado, permaneciendo como portero en la nueva sede hasta su jubilación.
Mientras avanzaba, no sin demoras, la construcción del edificio en la avenida Las Heras, la casa de la calle Parera mantuvo su vitalidad. 
En sus ambientes se instaló el Instituto de Investigaciones Aplicadas a la Patología Humana, creado por el académico Mariano Castex. Bajo su dirección, el instituto impulsó una nueva etapa en la investigación médica, orientada hacia un enfoque más experimental y aplicado.
El fondo del palacete ofrecía un contraste sereno con la actividad intelectual de sus interiores. Allí se extendía un jardín cuidado, espacio de descanso y contemplación. 
No era un detalle menor: en una ciudad en expansión, ese rincón verde reforzaba el carácter doméstico del edificio. 
A ello se sumaba otro signo de modernidad poco frecuente en la época: un lujoso ascensor, que hablaba del nivel de confort y de la sofisticación de la residencia original.
Con el traslado definitivo, la casa de la calle Parera quedó atrás como sede institucional, pero no como memoria. 
En sus habitaciones había transcurrido una etapa fundacional, un tiempo en el que la medicina argentina consolidaba sus bases entre discusiones, lecturas y esfuerzos compartidos.
Hoy, la calle permanece. Silenciosa, elegante, casi ajena al ritmo acelerado de la ciudad. Sin embargo, en el número 119, aunque transformado por el paso del tiempo, todavía parece latir la huella de aquellos años. Como si, entre sus muros, persistiera el eco de las voces que alguna vez dieron forma a una vocación científica y a una tradición que aún perdura en Buenos Aires.

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