jueves, 19 de marzo de 2026

 El viento frío de la cordillera no solo golpeaba los rostros: parecía hablarles. Les decía que el camino no sería fácil, pero también que valía la pena. Que cada paso iba a dejar huella.
Todo comenzó con una idea que, en su momento, parecía casi imposible. 
Corría el año 1957 cuando, entre relatos de campamentos vividos por compañeros, nació una inquietud profunda: ¿qué, un campamento femenino? 
No era simplemente una propuesta logística. Era una ruptura con lo establecido, un gesto de valentía en tiempos donde el lugar de la mujer estaba muchas veces limitado.
Pasaron los años. La idea no murió, pero tampoco encontraba su momento. Hasta que en 1960, ese sueño volvió a latir con fuerza. Un grupo reducido, con más convicción que recursos, decidió hacerlo realidad. 
Hubo que convencer a quienes dudaban, derribar prejuicios, demostrar que no era necesario proteger a las alumnas limitando sus experiencias, sino todo lo contrario: había que darles la oportunidad de descubrir su propia fortaleza.
No fue sencillo. Conseguir materiales, organizar el viaje, generar confianza… todo llevó tiempo. Pero el verdadero motor fue la pasión.
El primer campamento en Bariloche fue apenas un comienzo. Carpas prestadas, ciertas comodidades inesperadas, una experiencia todavía lejos del ideal soñado. 
Sin embargo, en ese primer intento nació algo mucho más importante que la perfección: nació el espíritu de AFER.
Un espíritu hecho de compañerismo, de aprendizaje y de coraje.
Con el paso de los años, cada salida fue un paso más hacia la autonomía. 
En la segunda experiencia, el desafío del Cerro López marcó un antes y un después. Ya no se trataba solo de estar en la montaña, sino de enfrentarse a ella, de entenderla, de respetarla.
Y luego llegó ese momento tan esperado: la tercera salida. Por fin, con carpas propias, con organización propia, con identidad propia. Ya no era un intento. Era una realidad consolidándose.
En 1964, Colonia Suiza se convirtió en el corazón de esta historia. Allí, entre montañas imponentes y silencios profundos, las integrantes de AFER lograron lo que durante años habían construido: ascender por sí mismas, con sus conocimientos, con su preparación, con su determinación. 
El Cerro López y el Catedral dejaron de ser sueños lejanos para transformarse en conquistas reales, repetidas año tras año.
Pero AFER fue mucho más que técnica de montaña.
Fue un espacio de crecimiento humano.
Un lugar donde cada integrante aprendió a confiar en sí misma y en las demás. Donde el esfuerzo se compartía y las dificultades unían. 
Donde se forjaban amistades profundas, de esas que no se olvidan con el tiempo.
Y en ese camino, también se construyó algo único y valioso: una relación profundamente sana y respetuosa entre los alumnos varones y mujeres.
Lejos de las diferencias o las barreras, se generó un vínculo basado en el respeto mutuo, en la admiración y en el compañerismo.
El Raggio fue pionero en algo que hoy parece evidente, pero que en aquel entonces no lo era: valorar a la mujer como se merece, reconocer su capacidad, su fortaleza, su lugar en igualdad. No desde el discurso, sino desde la práctica concreta, desde la experiencia compartida.
De esa convivencia nacieron lazos muy fuertes. 
Muchos de ellos trascendieron el tiempo y el espacio del campamento. 
Se formaron parejas, historias de vida en común que comenzaron entre mochilas, fogones y senderos de montaña. Pero incluso más allá de eso, se creó una hermandad.
Una hermandad real.
De esas que perduran con los años. De esas que hacen que, aunque el tiempo pase, siempre exista un punto de encuentro, un recuerdo compartido, una emoción intacta. Porque quienes vivieron Raggio no solo compartieron actividades: compartieron una forma de ver la vida.
Así comenzó una historia que se extendería durante 33 años. Una historia construida con esfuerzo, con convicción y con sueños que se hicieron realidad paso a paso.
Y aún hoy, en la memoria de quienes lo vivieron, siguen presentes esas montañas, esos desafíos, esas risas, esos vínculos.
Porque hay experiencias que no terminan nunca.
Solo siguen creciendo con el tiempo.



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