miércoles, 25 de marzo de 2026

Capítulo II : La inauguración del edificio: voluntad, urgencia y consagración (1941–1942)

La concreción del edificio de la Academia Nacional de Medicina no fue únicamente el resultado de un proyecto arquitectónico largamente anhelado, sino también la expresión de una firme voluntad institucional por consolidar un espacio propio acorde al prestigio alcanzado por la medicina argentina. Sin embargo, lejos de tratarse de un proceso lineal, su culminación estuvo marcada por urgencias, esfuerzos extraordinarios y una notable movilización de recursos humanos y materiales.
Hacia diciembre de 1941, momento en que la Academia se instaló formalmente en su nueva sede, el edificio distaba de estar terminado. 
A pesar de que su estructura principal se encontraba en pie, múltiples detalles esenciales permanecían inconclusos. 
Estas carencias no solo afectaban el funcionamiento cotidiano, sino que también impedían la realización de un acto inaugural que estuviera a la altura del significado simbólico de la obra.
El Aula Magna, concebida como el corazón de la actividad académica, era quizás el ejemplo más evidente de estas insuficiencias. Carecía aún de las butacas en plateas y palcos, lo que la volvía inapropiada para albergar un evento de gran convocatoria. 
A ello se sumaban la ausencia de pasamanos en las escaleras y otros detalles de terminación que, si bien podían parecer menores, resultaban indispensables en términos de seguridad, estética y protocolo.
En ese contexto, la figura del doctor Mariano Castex adquirió un papel central. Como presidente de la Academia, comprendía que la inauguración del edificio no debía postergarse indefinidamente. Existía, además, un motivo personal e institucional de peso: su mandato se aproximaba a su fin, y deseaba entregar la presidencia con la sede oficialmente inaugurada, como símbolo de una gestión cumplida y de una etapa consolidada.
Con ese objetivo en mente, se fijó una meta ambiciosa: realizar la inauguración en abril de 1942. El plazo era breve y las tareas pendientes, numerosas. Sin embargo, lejos de desalentarse, se puso en marcha un operativo intensivo que involucró al Ministerio de Obras Públicas y a diversos sectores vinculados a la obra.
El ritmo de trabajo se incrementó de manera notable. Se extendieron las jornadas laborales más allá de los horarios habituales, se incorporaron los días sábados y domingos, y se sumó el esfuerzo del personal de maestranza y administrativo de la propia Academia. 
Este despliegue colectivo revela no solo la urgencia de los tiempos, sino también el compromiso compartido con la concreción del proyecto.
Mientras los trabajos avanzaban en el edificio, se desarrollaba en paralelo la organización del acto inaugural. 
La magnitud del evento exigía una planificación cuidadosa, tanto en términos logísticos como protocolares. 
Se decidió convocar a un amplio espectro de invitados que reflejara la relevancia institucional de la Academia: autoridades gubernamentales, representantes del cuerpo diplomático, médicos de países vecinos y diversas personalidades del ámbito científico y social.
En total, se cursaron alrededor de 500 invitaciones, una cifra significativa para la época. 
Este dato no solo da cuenta de la dimensión del acto, sino también de la red de vínculos que la institución había logrado tejer. 
La distribución de dichas invitaciones implicó una tarea logística considerable. En este punto, resulta especialmente valioso el testimonio familiar que recuerda cómo mi padre participó activamente en esta labor, trasladando personalmente las invitaciones hasta la sede del correo ubicada en Plaza Italia.El 
recorrido, realizado en el tranvía de la línea 35, constituye una imagen elocuente de la vida cotidiana de la época y aporta un matiz humano a la narración. 
En ese gesto sencillo el traslado de sobres cuidadosamente preparados, se sintetiza también el esfuerzo silencioso de quienes, desde roles menos visibles, contribuyeron al éxito del acontecimiento.
Finalmente, el 16 de abril de 1942 fue la fecha elegida para la inauguración. La jornada fue concebida como una secuencia de actos que combinaban lo religioso, lo institucional y lo social, en consonancia con las prácticas protocolares de la época.
Por la mañana, se celebró una misa en la Iglesia del Salvador, oficiada por el reverendo padre José Antonio Laburu, miembro de la Academia, en presencia del nuncio apostólico. Durante la ceremonia se realizó también un responso en memoria de los académicos fallecidos, gesto que otorgó al inicio de la jornada un tono de recogimiento y continuidad histórica. No se trataba solo de inaugurar un edificio, sino de inscribirlo en una tradición que reconocía a quienes habían contribuido a la construcción del saber médico en el país.
Al mediodía, la actividad se trasladó a los salones del Jockey Club, donde se ofreció un almuerzo en honor al presidente saliente, doctor Mariano Castex, y a las delegaciones extranjeras. Este encuentro constituyó un espacio de sociabilidad y reconocimiento, en el que se reforzaron vínculos institucionales y se destacó el carácter internacional de la medicina argentina.
El momento culminante tuvo lugar por la tarde, a las 19 horas, en el propio edificio de la Academia. Luego de la entonación del Himno Nacional, el cardenal Santiago Luis Copello procedió a la bendición del edificio, acto que simbolizó su consagración oficial. La ceremonia fue transmitida por Radio del Estado, lo que permitió amplificar su alcance y proyectarla más allá de los límites físicos del recinto.
La repercusión del evento fue inmediata. Los principales diarios de la época dieron cuenta de la inauguración, destacando tanto la importancia del edificio como la relevancia de la institución. Asimismo, la revista Vida Médica, en su número 14 de mayo de 1942, dedicó un extenso homenaje a la Academia Nacional de Medicina. 
En sus páginas se incluyeron fotografías de los doctores Mariano Castex y Eliseo Segura, así como del frente del edificio, acompañadas por los discursos pronunciados por el Ministro de Obras Públicas y por las autoridades académicas entrantes y salientes.
La inauguración del edificio no fue, por lo tanto, un hecho aislado, sino la culminación de un proceso que combinó esfuerzo material, voluntad política e identidad institucional. Representó, en definitiva, la consolidación de un espacio que no solo albergaba actividades académicas, sino que también simbolizaba el lugar de la medicina argentina en el concierto nacional e internacional.
A la distancia, aquel 16 de abril de 1942 puede leerse como un punto de inflexión. El edificio, finalmente terminado y consagrado, dejó de ser un proyecto en construcción para convertirse en un escenario activo de producción, transmisión y legitimación del conocimiento médico. Y en ese tránsito, quedaron inscriptas no solo las decisiones de sus dirigentes, sino también las huellas de todos aquellos que, con su trabajo cotidiano, hicieron posible su realización.

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