Una gota de sudor resbala como historia mínima,
una cana asoma, sabia, cargada de amor y de memoria,
una alegría estalla sin permiso,
un grito corta el aire,
una traición filosa, deja cicatriz en la sombra.
Son los caminos de la vida,
esa trama que pisamos cada día sin mapa,
donde a veces llueve con furia
y otras el sol cae dorado sobre las veredas cansadas.
Avenida que se inunda,
colectivos que avanzan como barcos urbanos,
el murmullo del Metrobus latiendo,
y de pronto milagro simple,
una sonrisa porque llega el bondi.
Así es Buenos Aires:
una mezcla indomable,
un caos con ritmo,
una melange de cosas difíciles de explicar
pero fáciles de entender
cuando se la camina.
luces que nunca duermen,
una pizza compartida que salva la noche,
un café que abriga el alma,
un turista perdido que se encuentra
mezclado con un porteño que nunca se fue.
Un tango que duele en el pecho,
un rock que rompe la nostalgia,
una flor vendida en la esquina
como si el amor fuera urgente.
Vos.
Un beso, un abrazo que detiene el mundo
aunque sea por un segundo.
Pero también está lo terrible:
la soledad que grita entre multitudes,
la mirada que se pierde en la nada,
las historias que no se cuentan
porque pesan demasiado.
Y sin embargo, la ciudad sigue,
late, respira, insiste.
Porque mañana será otro día,
otro intento, otra herida, otra risa,
otra caminata bajo el mismo cielo incierto.
Y ahí vamos, con todo encima:
el amor, el cansancio, la esperanza, el miedo,
con el alma desordenada
pero obstinadamente viva.
Porque vivir como esta ciudad
es un acto feroz, romántico,
sagrado y a veces, terrible.
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