El poema se enriquece
cuando el hielo empieza
a derretirse sobre tu piel
y el camino, ya decidido,
no conoce la palabra regreso.
Volver es un idioma que no hablamos,
porque todo lo que sigue hacia delante
tiene gusto y olor a coco,
ese sabor que embellece la crema,
el aceite donde giramos
una y otra vez,
despidiéndonos del mundo
como en la primera calesita
de sensaciones eternas.
La sortija aparece siempre,
una y otra vez,
como si el destino insistiera
en dejarnos ganar.
El giro se recuesta
sobre la aguja de un reloj sin cuerda
y el tiempo, obediente,
se vuelve infinito.
Cuando la puerta se cierra
el universo se reduce a ese instante.
Un ladrido lento, espaciado,
parece comprender la magia,
da media vuelta
y se aleja a dormir.
Entonces todo queda suspendido:
el deseo,la piel, el mundo afuera.
Y el poema como nosotros,
ya no tiene final.
cuando el hielo empieza
a derretirse sobre tu piel
y el camino, ya decidido,
no conoce la palabra regreso.
Volver es un idioma que no hablamos,
porque todo lo que sigue hacia delante
tiene gusto y olor a coco,
ese sabor que embellece la crema,
el aceite donde giramos
una y otra vez,
despidiéndonos del mundo
como en la primera calesita
de sensaciones eternas.
La sortija aparece siempre,
una y otra vez,
como si el destino insistiera
en dejarnos ganar.
El giro se recuesta
sobre la aguja de un reloj sin cuerda
y el tiempo, obediente,
se vuelve infinito.
Cuando la puerta se cierra
el universo se reduce a ese instante.
Un ladrido lento, espaciado,
parece comprender la magia,
da media vuelta
y se aleja a dormir.
Entonces todo queda suspendido:
el deseo,la piel, el mundo afuera.
Y el poema como nosotros,
ya no tiene final.

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