sábado, 29 de noviembre de 2025

 Solo ahí, al lado del río,  
donde la orilla encantada respira historias antiguas,  
donde el agua conoce las crecientes, las sequías,  
y guarda en su memoria el pulso secreto del mundo,  
solo ahí el abrazo se vuelve eternidad.
Porque en ese borde vivo del agua  
la piel se ilumina con una luz distinta,  
una luz que nace del roce,  
que se apoya suave sobre los hombros  
y despierta un deseo manso,  
un deseo que no quema, abraza,  
un deseo que no apura, sostiene.
Allí el tiempo deja de correr  
y se vuelve un círculo lento alrededor del cuerpo,  
un susurro cálido que roza el cuello  
como si el viento reconociera la forma del abrazo  
y quisiera sumarse a él,  
como una caricia leve que no se nombra  
pero se siente.
En ese rincón del río  
el abrazo cambia de color,  
se vuelve dorado, profundo, húmedo,  
adquiere un aroma suave  
como a piel recién despierta  
y a hojas que se rozan en la orilla.  
Tiene un perfume que solo existe  
cuando dos almas se encuentran sin ruido  
y se reconocen con la delicadeza  
de quien toca algo sagrado.
Ahí el abrazo respira libre,  
abre el pecho como una flor que confía,  
canta sin voz en la garganta,  
sonríe sin necesidad de gesto,  
y a veces, sí, lagrimea,  
pero son lágrimas dulces,  
esas que no duelen, aligeran,  
esas que no caen por tristeza,  
sino por exceso de belleza.
En esa orilla encantada  
el abrazo tiene un latido propio,  
tiene la fuerza lenta del río  
y la suavidad del reflejo sobre el agua.  
Es un abrazo que escucha,  
que entiende,  
que cobija lo que callamos  
y sostiene lo que apenas podemos decir.
Y así, en ese rincón del mundo,  
cuando la tarde se dobla en luz dorada  
y el agua murmura un canto antiguo,  
el abrazo se hace más grande que la palabra,  
más hondo que el silencio,  
más verdadero que cualquier promesa.
Porque solo ahí,  
con el rumor del río latiendo alrededor,  
el abrazo vence al tiempo,  
vence al miedo,  
vence a la sombra.
Solo ahí  
el abrazo es amor en su forma más pura,  
y tú y yo, en ese instante,  
somos dos cuerpos luminosos  
que se reconocen y se eligen de nuevo.

viernes, 28 de noviembre de 2025

 No existe el segundo ni el minuto: solo existe lo que nos queda por vivir. Y ese tiempo, ese territorio que todavía no tocamos, está hecho de instantes infinitos, de emociones que nos atravesarán de formas que quizá hoy ni imaginamos. Habrá días en los que la risa nos estalle sin aviso, otros en los que una sola palabra baste para sostenernos, y momentos en los que un silencio compartido tenga más peso que cualquier discurso.
Quedará por delante un mapa de estados emocionales —los conocidos, los nuevos, los que nos desordenan, los que nos acomodan— y ninguno de ellos será en soledad. Porque cada uno será vivido, sentido y respirado de a dos.
Eso sí: con una sola condición. Vos conmigo y yo con vos. Juntos, siempre juntos.
Quiero caminar lo que viene a tu lado, sentir cómo el tiempo se vuelve más suave cuando te tengo cerca, cómo la vida adquiere otra temperatura cuando tu piel roza la mía. Quiero que cada instante —desde el más simple hasta el más intenso— nos encuentre enredados, cómplices, descubriéndonos una y otra vez.
Porque lo que queda por vivir se vuelve distinto cuando tus manos buscan las mías, cuando tus suspiros mezclan el aire, cuando tu presencia vuelve cualquier momento un lugar donde quiero quedarme.
Y si el tiempo es solo eso: instantes… entonces quiero que los nuestros estén llenos de vos, de mí, de lo que creamos juntos.
Piel con piel, alma con alma.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Quedate Ahi.

 Se siente en la piel
cuando los labios rozan el aire
antes de encontrarse,
como si el mundo contuviera el aliento
sólo para escuchar ese silencio.
Se siente en el cuerpo
cuando un abrazo aprieta de verdad,
cuando sostiene sin miedo,
cuando devuelve calor
y no la sombra tibia de un gesto vacío.
Es ahí,
en el leve temblor de las manos
que buscan otras manos,
en la caricia que llega lenta
como quien sabe
que la ternura también seduce.
Es ahí,
cuando escuchar es un acto
y no un trámite,
cuando dos respiraciones
hacen una pausa idéntica
sin haberse puesto de acuerdo.
Ahí empieza todo:
la magia que no se explica,
el deseo que no pide permiso,
la piel que reconoce
antes que la razón comprenda.
No des más vueltas.
El tiempo no espera.
La vida no avisa.
Quédate donde el abrazo habla,
donde la caricia responde,
donde tus manos encajan
como si siempre hubieran sabido el camino.
Quédate ahí.
Justo ahí.
Donde empieza el fuego.

sábado, 4 de octubre de 2025

 En el barrio, sobre la calle Núñez, se alza una iglesia que guarda en sus muros la memoria de quienes llegaron de muy lejos buscando paz y un nuevo comienzo. 
Fue en los años posteriores a la guerra, cuando miles de exiliados rusos arribaron al país escapando de la persecución y la incertidumbre. 
En aquel entonces, la fe fue refugio y sostén, y así nació la comunidad ortodoxa en Buenos Aires, con su templo como centro de vida espiritual y social.
La construcción de la iglesia no fue sencilla; primero se reunieron en una parroquia modesta, luego adquirieron un terreno, y finalmente levantaron el edificio que hasta hoy se mantiene como lugar de encuentro y oración. 
Desde entonces, sus puertas permanecen abiertas, no solo para descendientes de aquella migración, sino para cualquier vecino que busque acercarse a Dios.
Los oficios, en un principio realizados en la lengua eslava antigua, poco a poco se fueron abriendo también al español, este gesto marcó un puente, el de la tradición que se mantiene viva y, al mismo tiempo, se comparte con quienes forman parte del barrio. Porque aunque la comunidad surgió de la necesidad de cuidarse y sostenerse mutuamente, la fe no reconoce fronteras, y en Saavedra la iglesia se integró con naturalidad.
Cada Pascua, cuando los fieles rodean el templo en procesión, las luces y los cánticos se cruzan con las miradas de los vecinos que se asoman desde sus balcones. 
No es curiosidad distante, sino una participación silenciosa, respetuosa, que muestra algo propio del barrio, aquí nadie es indiferente, aunque no se cruce palabra todos los días, siempre hay un gesto de reconocimiento, de cercanía, de tender la mano cuando hace falta.
La vida en torno a la iglesia conserva un ritmo pausado, acorde al espíritu del barrio. 
A pocas cuadras de Cabildo y de los ruidos de la ciudad, Saavedra ofrece esa mezcla rara de accesibilidad y tranquilidad, ideal para una comunidad que necesitaba echar raíces, crecer y mantener viva su identidad.
La iglesia ortodoxa rusa, en la calle Núñez, es hoy parte del paisaje barrial. 
Más que un templo, es un símbolo de integración y memoria: el testimonio de que, incluso viniendo desde muy lejos, es posible encontrar un lugar donde el pasado se honra, el presente se comparte y el futuro se construye en comunidad.


 En 1874 nació la Sociedad de San José, creada con el fin de dar respuesta a las necesidades de la población más vulnerable, pero con el paso del tiempo, la institución levantó distintas obras de asistencia, pero una de las más significativas se concretó cuando se donaron terrenos en el entonces apartado barrio de Saavedra. 
Allí se proyectó un gran hogar para albergar a mujeres mayores en situación de riesgo, que más tarde llevaría el nombre de Hogar Luis María Saavedra. El diseño del conjunto fue encomendado a uno de los arquitectos más prestigiosos de la época, y se inscribió en el espíritu clasicista que hacia 1900 volvía a ganar fuerza en la arquitectura argentina. Las obras se llevaron adelante entre 1927 y 1934, siguiendo cuidadosamente los planos originales.
El Hogar se organizó alrededor de un amplio patio central con jardines, rodeado por pabellones de dos niveles que recuerdan a los antiguos claustros conventuales. 
En el centro se erigió una estatua del Sagrado Corazón, que aún hoy preside el lugar, cada unidad fue pensada como un pequeño departamento independiente, con espacios de cocina, lavadero y patio, asegurando a sus residentes la posibilidad de vivir con autonomía y dignidad. 
Además, se impulsaron actividades comunitarias como costura, artesanías y encuentros sociales, siempre acompañadas por la asistencia espiritual y social de la institución.
Junto al Hogar se levantó una capilla, cuya piedra fundamental fue colocada en 1927. 
Poco después, ese templo se convertiría en la Parroquia de la Sagrada Familia, corazón religioso y punto de referencia del barrio. La iglesia, de gran presencia arquitectónica, no solo sirvió a la comunidad del Hogar, sino también a los vecinos de la zona, integrándose naturalmente a la vida cotidiana de Saavedra.
Con el tiempo, a la obra social y espiritual se sumó también la educativa: primero, con un colegio para niñas dirigido por religiosas, y luego, ya bajo la administración de la Sociedad de San José, con el establecimiento Santa María de Nazareth.
Hoy, el Hogar Luis María Saavedra, la Parroquia de la Sagrada Familia y el colegio conforman un conjunto histórico, social y cultural de enorme valor para Saavedra. Más allá de su riqueza arquitectónica, lo que define a este lugar es la continuidad de un espíritu, brindar ayuda, sostén y comunidad a quienes más lo necesitan, en un entorno que conjuga memoria, fe y servicio, con algo de polémica para muchos, pero no deja de ser una forma de ayudar para otros.

 A dos cuadras de mi casa se levanta la iglesia que me vio crecer, allí me bautizaron, allí tomé la primera comunión y allí escuché, durante tantos años, las campanas que marcaban el pulso del barrio.Todavía puedo cerrar los ojos y sentir cómo vibraban en el aire, cómo ese tañido se colaba por las ventanas abiertas en verano, cómo reunía a los vecinos en un mismo tiempo compartido.Pero hoy, cada vez que paso frente al templo, me invade una mezcla de tristeza y nostalgia. Ya no suenan las campanas como antes, lo que se escucha es apenas una grabación que sale de un parlante, el sonido  no es el mismo, no tiene vida, no resuena en el pecho, no estremece el aire, no se siente como un llamado verdadero, es como si el barrio hubiese perdido una de sus voces más antiguas.La parroquia también cambió en su interior, antes los curas vivían allí, eran parte de la comunidad, se los veía en la vereda, en la feria, en las charlas con los vecinos. Uno podía entrar en cualquier momento y encontrar siempre una puerta abierta, una palabra, una presencia. Hoy, en cambio, la iglesia permanece cerrada la mayor parte del tiempo. Alguien llega en auto, abre con una llave, enciende las luces, cumple con lo necesario y vuelve a irse. Es un gesto administrativo más que un acto de entrega. La diferencia se nota en cada rincón, ya no se siente ese calor humano que hacía del templo un lugar vivo, cercano, habitado.Y sin embargo, cada vez que cruzo esa puerta, la memoria me golpea con fuerza. Recuerdo la historia que nos contaban de sus orígenes, los capuchinos predicando en una casa de la calle Congreso, la primera capillita improvisada, la piedra fundamental colocada con esperanza en 1936, los sueños de levantar un templo grande, como Lourdes en Francia. Recuerdo también los relatos de los vecinos sobre los sacrificios de quienes donaron bienes, sobre los obreros que pusieron ladrillo tras ladrillo, sobre la comunidad que acompañó cada etapa de esa construcción, aquella iglesia no nació de la nada: nació de la fe y de la unión de muchas vidas.Por eso duele tanto verla ahora medio vacía, con menos gente en misa, con bancas que ya no se llenan como antes.Es como si el barrio entero hubiera cambiado de ritmo, como si las nuevas generaciones ya no encontraran allí el mismo refugio que encontraron nuestros padres y abuelos. Será que la fe se vive de otro modo, o será que nos acostumbramos demasiado a la ausencia,Para mí sigue siendo un lugar muy particular, cuando escucho aunque sea grabado ese repicar de campanas, siento que algo de aquella infancia me vuelve a despertar. Y cuando paso por su puerta aunque vea menos gente, siento que esa historia todavía late, que todavía hay algo que convoca, quizás sean pocos, pero seguimos estando.La parroquia de mi barrio es memoria, es herencia, es testigo de vidas que ya no están y, aunque hoy la abran y la cierren como un edificio más, para mí sigue siendo un hogar,  un refugio que acompaña mi camino desde el primer día.
Puede que las campanas ya no sean de bronce, puede que los curas ya no vivan allí, pero sigue viva la certeza de que esas paredes guardan un eco profundo, el eco de todo lo que fuimos como comunidad, y la esperanza de que un día vuelva a resonar con la fuerza de antes, cosa que dudo cada día más.


En el corazón del barrio, al abrigo del Parque Sarmiento, se levanta desde hace casi un siglo una institución que es memoria viva y motor comunitario: la Asociación de Fomento y Cultura Villa Cerini. Fundada el 1° de noviembre de 1927, su historia se entrelaza con la de un sector del norte de Saavedra que comenzó a poblarse en los años veinte, cuando las tierras de la familia Cerini fueron loteadas y rematadas.

Desde el primer día, la Asociación nació con un propósito claro, pedir mejoras para la vida del barrio. Sus primeros dirigentes se plantaron ante las autoridades municipales para reclamar obras públicas y servicios que hicieran más digna la vida en la nueva urbanización. 
Ese espíritu de lucha y de comunidad marcó su identidad y, con el tiempo, se enriqueció con actividades sociales, culturales y deportivas que ampliaron el horizonte de la institución.
El edificio de Arias 4745 guarda en sus paredes las huellas de esa historia. Cada salón rinde homenaje a socios que dejaron su marca: Federico Roman, Delmiro Rodríguez, Víctor Lo Veci, Antonio Pili, Eduardo Pombo, Jorge Daer. Los trofeos de fútbol, paddle y truco que descansan en vitrinas son testimonio de décadas de pasión y amistad, mientras que el emblema de baldosas en el salón de fiestas, inaugurado en 2012, recuerda que la identidad Cerini está grabada en el piso del barrio.
Hoy, la Asociación es mucho más que un club: es un centro de vida barrial. Allí funciona el Centro de Jubilados “Vivir con Dignidad”, se dictan clases de gimnasia, danza y tela, y hasta se recrean combates medievales con el grupo Peregrinus Albus. 
Los chicos de escuelas públicas encuentran allí un lugar para hacer actividad física, y los amantes del modelismo tienen un espacio único en el Círculo Argentino de Modelismo (CAM), que desde 2009 tiene su sede en la institución.
La franja azul y la roja que cruzan su emblema simbolizan la unión de generaciones que encontraron en el club un punto de encuentro, un refugio y un faro. Porque Villa Cerini no es solo ladrillos y salones: es la continuidad de un espíritu vecinal que desde 1927 se animó a pedir, reclamar y construir juntos.
Por todo lo que fue, por todo lo que es y por lo que seguirá siendo, el barrio rinde homenaje a esta gran institución. Hablar de Villa Cerini es hablar de identidad, de lucha compartida y, sobre todo, de comunidad.

 En la calle Lugones, entre Quesada e Ibera, late uno de esos lugares que condensan lo mejor de la vida barrial porteña, el Club Sunderland, fundado un 15 de agosto de 1921 por un grupo de jóvenes apasionados por el deporte y los sueños compartidos. 
La historia cuenta que aquellos muchachos, que jugaban al fútbol en canchas improvisadas, recurrieron a un vecino inglés, Mr. Pitt, para conseguir los equipos y poder competir. 
Él aceptó, pero con una condición de que el club debía llamarse Sunderland y así nació una institución que, más de un siglo después, sigue siendo orgullo de Villa Urquiza.
El Sunderland no solo fue cuna de grandes jornadas deportivas,con el básquet como su disciplina más destacada, sino también testigo de generaciones enteras que encontraron allí un espacio para crecer, entrenar, hacer amigos y disfrutar. 
Por sus instalaciones pasaron equipos de fútbol infantil, practicantes de taekwondo, futsal, boxeo, salsa y gimnasia, entre muchas otras actividades que lo convierten en un verdadero punto de encuentro de la comunidad.
Pero si hay algo que le da al Sunderland una identidad única, es su milonga de los sábados. 
De día, el salón es cancha o gimnasio; de noche, se transforma, se corren las mesas, se abre espacio en el medio y el club se viste de tango, allí, bajo las luces tenues y con el sonido de la orquesta marcando el compás, se mezclan vecinos, visitantes y turistas que vienen a buscar el sabor del tango auténtico, lejos de los escenarios turísticos. 
La pista, el buffet considerado de los mejores de la ciudad y el aire de tradición hacen de cada noche una fiesta inolvidable.
No es casualidad que Sunderland sea considerado uno de los templos del tango porteño. 
Su milonga, que supo superar clausuras y renacer con más fuerza, mantiene viva una tradición que une generaciones y que da identidad a Villa Urquiza. Allí se baila, se brinda, se aplaude y se sueña: porque el tango, como el club, es emoción compartida.
Con sus más de cien años, el Sunderland Club sigue siendo lo que fue desde el principio, un faro barrial, un lugar donde los abuelos recuerdan, los chicos aprenden, los amigos se encuentran y los turistas descubren el verdadero pulso de Buenos Aires, un rincón con sabor a tango, a barrio y a historia.


 El 20 de julio de 1925, un grupo de chicos de Villa Urquiza, liderados por Félix Zugasti, se reunió en una casa de la calle Colodrero para dar forma a un sueño, fundar un club propio. Inspirados por una proclama de la revista española Pinocho, bautizaron a la flamante institución con ese nombre entrañable, que pronto se volvió símbolo de barrio, amistad y pertenencia.
Los primeros tiempos fueron modestos; básquet, vóley y bochas animaban las tardes en aquellas instalaciones iniciales. 
El escudo, con la figura de Pinocho pateando una pelota, marcaba la identidad del club que nacía con un fuerte espíritu social, abierto a todos, pero con una condición pintoresca, saber contar el cuento de “Las aventuras de Pinocho”.
Con los años, el club creció, sumó deportes, actividades y sobre todo gente. Y aunque su historia lo ligó a muchas disciplinas, fue el futsal el que le dio trascendencia mundial. 
Desde su incorporación en 1999, Pinocho se transformó en potencia, 14 títulos de Primera División, récords impresionantes como un invicto de 111 partidos, tricampeonatos y una inolvidable nonacampeonato entre 2005 y 2011. Llegó a la Copa Libertadores en cuatro ocasiones y en 2007, la marca Umbro lo reconoció como el mejor equipo de futsal del mundo.
Esa tradición ganadora sigue viva, Pinocho es semillero de cracks que visten la camiseta de la Selección Argentina, como Fernando Wilhelm, Maximiliano Rescia y Alamiro Vaporaki, campeones mundiales en 2016, o los más jóvenes que en 2023 fueron protagonistas del título sudamericano Sub-17 en Paraguay.
Pero Pinocho es mucho más que sus estrellas deportivas.
Es también el recuerdo de los bailes de carnaval, que reunían a generaciones enteras en noches de alegría. 
Es la memoria de los recitales que hicieron vibrar su escenario: Alma y Vida, Pappo, Litto Nebbia y tantos otros que pasaron por allí cuando el rock argentino daba sus primeros pasos. Es el lugar donde se compartieron meriendas, abrazos, festejos y hasta desencuentros, como ese clásico barrial con 17 de Agosto que todavía divide pasiones entre Urquiza y Pueyrredón.
Hoy, además del futsal y el básquet, el club ofrece patín, vóley, natación, taekwondo, krav maga, ajedrez, gimnasia y muchas actividades más. 
Su estadio de futsal, que lleva el nombre de Don Ernesto Magriarella, y la estatua de Eduardo Olmedo recuerdan a quienes dejaron huella en esta historia.
Con casi un siglo de vida, Pinocho es la prueba de que un club puede ser grande no solo por sus trofeos, sino por su gente, por la capacidad de reinventarse, por el amor de sus socios y por el latido constante de un barrio que lo siente suyo.
Un lugar donde se cruzan el eco de los carnavales, la música de aquellos recitales, el grito de gol en la cancha y la esperanza de seguir creciendo.
Porque Pinocho es, y seguirá siendo, un club de barrio con corazón universal.

En el corazón de Saavedra, sobre Holmberg al 4070, se levanta un club que no solo es ladrillo y paredes, es memoria, identidad y futuro. 
Estudiantes del Norte nació un 16 de enero de 1934, primero bajo el nombre de Club Atlético Nacional de Saavedra, hasta que apenas dos semanas después adoptó la denominación que lo acompañaría hasta hoy. 
Desde el inicio, su propósito fue claro, darles a los chicos del barrio un espacio donde crecer, jugar, aprender y, sobre todo, sentirse contenidos.
Con el paso del tiempo, este club se convirtió en un segundo hogar para generaciones enteras.
Fue escenario de fútbol, básquet, encuentros sociales y culturales, carnavales, bailes y reuniones que marcaron la vida de muchos vecinos. 
En esas fiestas barriales, antes de que se techara el salón, se respiraba una alegría simple y compartida. 
Recuerdo, por ejemplo, aquellos carnavales de hace ya casi cincuenta años, cuando de muy joven tuve el privilegio de ser disc-jockey en esas noches inolvidables. 
Luces improvisadas, disfraces, música y la magia de un club que parecía latir al mismo ritmo que su gente.
Pero como toda institución popular, también atravesó momentos difíciles. 
Hubo un tiempo en que Estudiantes del Norte estuvo a punto de cerrar sus puertas, víctima de las crisis económicas y del desgaste inevitable de los años. 
Sin embargo, fue la comunidad la que no permitió que se apagara su llama. Vecinos, socios, exjugadores y familias enteras se unieron para rescatarlo, aportando trabajo, recursos y, sobre todo, compromiso.
Hoy, gracias a ese esfuerzo colectivo, Estudiantes del Norte sigue en pie y en plena actividad, cumpliendo con la misión que lo vio nacer: ser un espacio de encuentro, deporte y amistad. 
No es solo un club: es un símbolo de la resiliencia barrial, de la fuerza que tienen los lazos comunitarios y de la certeza de que, mientras exista un lugar como este, los chicos de Saavedra siempre tendrán un refugio donde soñar y crecer.
Estudiantes del Norte es pasado, presente y futuro. Una historia que sigue escribiéndose, con la tinta indeleble del barrio.

viernes, 3 de octubre de 2025

 Donde hoy se levantan edificios modernos, balcones con macetas y el trajín cotidiano de vecinos que entran y salen de un complejo habitacional, alguna vez existió un mundo hecho de humo, cacao y café. Fue en 1929 cuando Nestlé abrió en Saavedra su primera fábrica de chocolates en Argentina, apenas un año antes de establecerse formalmente en el país, el 5 de mayo de 1930.No era una fábrica cualquiera. Para quienes vivieron el barrio en aquellas décadas, la planta fue más que un edificio: fue un punto de referencia, un lugar donde el aire mismo parecía contar historias. El apellido de Henri Nestlé, aquel farmacéutico suizo que en el siglo XIX había creado la primera harina lacteada para salvar vidas infantiles, significa en alemán “nido”. Y, curiosamente, en Saavedra, esa palabra cobró vida: la fábrica se volvió un verdadero nido de aromas, de trabajo, de comunidad.Durante más de medio siglo, la planta dio empleo a cientos de vecinos y fue testigo de la fabricación de productos que marcaron a generaciones: el chocolate Milkybar, el Suflair, las monedas de chocolate que los chicos atesoraban como si fueran de oro, los caramelos que endulzaban la infancia, el café Dolca que se servía en cada sobremesa, la leche en polvo Nido y hasta los caldos que llegaban a tantas mesas humildes.Pero lo que más se recuerda no son los nombres de los productos, sino la vida que emanaba de la fábrica. El barrio entero olía. Sí, olía. A veces a chocolate tibio que parecía escaparse de las paredes, como una invitación secreta; otras veces a café recién tostado, tan intenso que llenaba las calles de un humo denso, pegajoso, casi imposible de ignorar.Cuando se prensaban los granos de café, ese humo oscuro salía disparado por las chimeneas y caía como un manto sobre las casas bajas del barrio. Las madres corrían desesperadas a descolgar la ropa tendida en los patios, porque bastaba un minuto para que las sábanas blancas se tiñeran de manchas negras de hollín. Había fastidio, claro, pero también una sonrisa resignada: todos sabían que ese mismo humo era parte del pulso de Saavedra, un sello de identidad. El barrio olía, sí, y ese olor se convirtió en memoria.Con el paso del tiempo, la fábrica se volvió paisaje, rutina, los obreros entraban y salían en turnos, los chicos jugaban en las veredas sabiendo que adentro se producían dulces que quizás algún día probarían, y el aroma se confundía con la vida misma.Pero todo nido, tarde o temprano, se vacía. En 1981, Nestlé cerró las puertas de la planta de Saavedra.El barrio se quedó en silencio, como si un gran corazón hubiera dejado de latir, donde antes había ruido de máquinas, olor a cacao y humo de café, quedaron paredes vacías, listas para transformarse. Años después, en ese mismo terreno, se levantó el complejo de viviendas Tronador, símbolo de una nueva etapa urbana, pero también de la memoria que no se borra.Hoy, entre las torres y los patios internos, queda en pie una sola chimenea, alta, solitaria, como un centinela del tiempo. Esa chimenea es mucho más que un vestigio arquitectónico: es un testigo de la historia barrial, un recordatorio de que allí, donde hoy viven familias que quizás desconocen la vieja historia, alguna vez se cocinó la identidad de Saavedra a fuerza de humo, cacao y café.
Y así, como el apellido Nestlé evocaba un nido, Saavedra guarda todavía ese recuerdo en lo más íntimo de su memoria colectiva. Porque los barrios también huelen, sienten y recuerdan. Y el de Saavedra, durante más de cincuenta años, fue el barrio donde la vida tenía gusto a chocolate y aroma de café.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...