Solo ahí, al lado del río,
donde la orilla encantada respira historias antiguas,
donde el agua conoce las crecientes, las sequías,
y guarda en su memoria el pulso secreto del mundo,
solo ahí el abrazo se vuelve eternidad.
Porque en ese borde vivo del agua
la piel se ilumina con una luz distinta,
una luz que nace del roce,
que se apoya suave sobre los hombros
y despierta un deseo manso,
un deseo que no quema, abraza,
un deseo que no apura, sostiene.
Allí el tiempo deja de correr
y se vuelve un círculo lento alrededor del cuerpo,
un susurro cálido que roza el cuello
como si el viento reconociera la forma del abrazo
y quisiera sumarse a él,
como una caricia leve que no se nombra
pero se siente.
En ese rincón del río
el abrazo cambia de color,
se vuelve dorado, profundo, húmedo,
adquiere un aroma suave
como a piel recién despierta
y a hojas que se rozan en la orilla.
Tiene un perfume que solo existe
cuando dos almas se encuentran sin ruido
y se reconocen con la delicadeza
de quien toca algo sagrado.
abre el pecho como una flor que confía,
canta sin voz en la garganta,
sonríe sin necesidad de gesto,
y a veces, sí, lagrimea,
pero son lágrimas dulces,
esas que no duelen, aligeran,
esas que no caen por tristeza,
sino por exceso de belleza.
En esa orilla encantada
el abrazo tiene un latido propio,
tiene la fuerza lenta del río
y la suavidad del reflejo sobre el agua.
Es un abrazo que escucha,
que entiende,
que cobija lo que callamos
y sostiene lo que apenas podemos decir.
Y así, en ese rincón del mundo,
cuando la tarde se dobla en luz dorada
y el agua murmura un canto antiguo,
el abrazo se hace más grande que la palabra,
más hondo que el silencio,
más verdadero que cualquier promesa.
Porque solo ahí,
con el rumor del río latiendo alrededor,
el abrazo vence al tiempo,
vence al miedo,
vence a la sombra.
Solo ahí
el abrazo es amor en su forma más pura,
y tú y yo, en ese instante,
somos dos cuerpos luminosos
que se reconocen y se eligen de nuevo.
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