Puede que las campanas ya no sean de bronce, puede que los curas ya no vivan allí, pero sigue viva la certeza de que esas paredes guardan un eco profundo, el eco de todo lo que fuimos como comunidad, y la esperanza de que un día vuelva a resonar con la fuerza de antes, cosa que dudo cada día más.
sábado, 4 de octubre de 2025
A dos cuadras de mi casa se levanta la iglesia que me vio crecer, allí me bautizaron, allí tomé la primera comunión y allí escuché, durante tantos años, las campanas que marcaban el pulso del barrio.Todavía puedo cerrar los ojos y sentir cómo vibraban en el aire, cómo ese tañido se colaba por las ventanas abiertas en verano, cómo reunía a los vecinos en un mismo tiempo compartido.Pero hoy, cada vez que paso frente al templo, me invade una mezcla de tristeza y nostalgia. Ya no suenan las campanas como antes, lo que se escucha es apenas una grabación que sale de un parlante, el sonido no es el mismo, no tiene vida, no resuena en el pecho, no estremece el aire, no se siente como un llamado verdadero, es como si el barrio hubiese perdido una de sus voces más antiguas.La parroquia también cambió en su interior, antes los curas vivían allí, eran parte de la comunidad, se los veía en la vereda, en la feria, en las charlas con los vecinos. Uno podía entrar en cualquier momento y encontrar siempre una puerta abierta, una palabra, una presencia. Hoy, en cambio, la iglesia permanece cerrada la mayor parte del tiempo. Alguien llega en auto, abre con una llave, enciende las luces, cumple con lo necesario y vuelve a irse. Es un gesto administrativo más que un acto de entrega. La diferencia se nota en cada rincón, ya no se siente ese calor humano que hacía del templo un lugar vivo, cercano, habitado.Y sin embargo, cada vez que cruzo esa puerta, la memoria me golpea con fuerza. Recuerdo la historia que nos contaban de sus orígenes, los capuchinos predicando en una casa de la calle Congreso, la primera capillita improvisada, la piedra fundamental colocada con esperanza en 1936, los sueños de levantar un templo grande, como Lourdes en Francia. Recuerdo también los relatos de los vecinos sobre los sacrificios de quienes donaron bienes, sobre los obreros que pusieron ladrillo tras ladrillo, sobre la comunidad que acompañó cada etapa de esa construcción, aquella iglesia no nació de la nada: nació de la fe y de la unión de muchas vidas.Por eso duele tanto verla ahora medio vacía, con menos gente en misa, con bancas que ya no se llenan como antes.Es como si el barrio entero hubiera cambiado de ritmo, como si las nuevas generaciones ya no encontraran allí el mismo refugio que encontraron nuestros padres y abuelos. Será que la fe se vive de otro modo, o será que nos acostumbramos demasiado a la ausencia,Para mí sigue siendo un lugar muy particular, cuando escucho aunque sea grabado ese repicar de campanas, siento que algo de aquella infancia me vuelve a despertar. Y cuando paso por su puerta aunque vea menos gente, siento que esa historia todavía late, que todavía hay algo que convoca, quizás sean pocos, pero seguimos estando.La parroquia de mi barrio es memoria, es herencia, es testigo de vidas que ya no están y, aunque hoy la abran y la cierren como un edificio más, para mí sigue siendo un hogar, un refugio que acompaña mi camino desde el primer día.
Puede que las campanas ya no sean de bronce, puede que los curas ya no vivan allí, pero sigue viva la certeza de que esas paredes guardan un eco profundo, el eco de todo lo que fuimos como comunidad, y la esperanza de que un día vuelva a resonar con la fuerza de antes, cosa que dudo cada día más.
Puede que las campanas ya no sean de bronce, puede que los curas ya no vivan allí, pero sigue viva la certeza de que esas paredes guardan un eco profundo, el eco de todo lo que fuimos como comunidad, y la esperanza de que un día vuelva a resonar con la fuerza de antes, cosa que dudo cada día más.
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