miércoles, 25 de marzo de 2026

Capítulo II : La inauguración del edificio: voluntad, urgencia y consagración (1941–1942)

La concreción del edificio de la Academia Nacional de Medicina no fue únicamente el resultado de un proyecto arquitectónico largamente anhelado, sino también la expresión de una firme voluntad institucional por consolidar un espacio propio acorde al prestigio alcanzado por la medicina argentina. Sin embargo, lejos de tratarse de un proceso lineal, su culminación estuvo marcada por urgencias, esfuerzos extraordinarios y una notable movilización de recursos humanos y materiales.
Hacia diciembre de 1941, momento en que la Academia se instaló formalmente en su nueva sede, el edificio distaba de estar terminado. 
A pesar de que su estructura principal se encontraba en pie, múltiples detalles esenciales permanecían inconclusos. 
Estas carencias no solo afectaban el funcionamiento cotidiano, sino que también impedían la realización de un acto inaugural que estuviera a la altura del significado simbólico de la obra.
El Aula Magna, concebida como el corazón de la actividad académica, era quizás el ejemplo más evidente de estas insuficiencias. Carecía aún de las butacas en plateas y palcos, lo que la volvía inapropiada para albergar un evento de gran convocatoria. 
A ello se sumaban la ausencia de pasamanos en las escaleras y otros detalles de terminación que, si bien podían parecer menores, resultaban indispensables en términos de seguridad, estética y protocolo.
En ese contexto, la figura del doctor Mariano Castex adquirió un papel central. Como presidente de la Academia, comprendía que la inauguración del edificio no debía postergarse indefinidamente. Existía, además, un motivo personal e institucional de peso: su mandato se aproximaba a su fin, y deseaba entregar la presidencia con la sede oficialmente inaugurada, como símbolo de una gestión cumplida y de una etapa consolidada.
Con ese objetivo en mente, se fijó una meta ambiciosa: realizar la inauguración en abril de 1942. El plazo era breve y las tareas pendientes, numerosas. Sin embargo, lejos de desalentarse, se puso en marcha un operativo intensivo que involucró al Ministerio de Obras Públicas y a diversos sectores vinculados a la obra.
El ritmo de trabajo se incrementó de manera notable. Se extendieron las jornadas laborales más allá de los horarios habituales, se incorporaron los días sábados y domingos, y se sumó el esfuerzo del personal de maestranza y administrativo de la propia Academia. 
Este despliegue colectivo revela no solo la urgencia de los tiempos, sino también el compromiso compartido con la concreción del proyecto.
Mientras los trabajos avanzaban en el edificio, se desarrollaba en paralelo la organización del acto inaugural. 
La magnitud del evento exigía una planificación cuidadosa, tanto en términos logísticos como protocolares. 
Se decidió convocar a un amplio espectro de invitados que reflejara la relevancia institucional de la Academia: autoridades gubernamentales, representantes del cuerpo diplomático, médicos de países vecinos y diversas personalidades del ámbito científico y social.
En total, se cursaron alrededor de 500 invitaciones, una cifra significativa para la época. 
Este dato no solo da cuenta de la dimensión del acto, sino también de la red de vínculos que la institución había logrado tejer. 
La distribución de dichas invitaciones implicó una tarea logística considerable. En este punto, resulta especialmente valioso el testimonio familiar que recuerda cómo mi padre participó activamente en esta labor, trasladando personalmente las invitaciones hasta la sede del correo ubicada en Plaza Italia.El 
recorrido, realizado en el tranvía de la línea 35, constituye una imagen elocuente de la vida cotidiana de la época y aporta un matiz humano a la narración. 
En ese gesto sencillo el traslado de sobres cuidadosamente preparados, se sintetiza también el esfuerzo silencioso de quienes, desde roles menos visibles, contribuyeron al éxito del acontecimiento.
Finalmente, el 16 de abril de 1942 fue la fecha elegida para la inauguración. La jornada fue concebida como una secuencia de actos que combinaban lo religioso, lo institucional y lo social, en consonancia con las prácticas protocolares de la época.
Por la mañana, se celebró una misa en la Iglesia del Salvador, oficiada por el reverendo padre José Antonio Laburu, miembro de la Academia, en presencia del nuncio apostólico. Durante la ceremonia se realizó también un responso en memoria de los académicos fallecidos, gesto que otorgó al inicio de la jornada un tono de recogimiento y continuidad histórica. No se trataba solo de inaugurar un edificio, sino de inscribirlo en una tradición que reconocía a quienes habían contribuido a la construcción del saber médico en el país.
Al mediodía, la actividad se trasladó a los salones del Jockey Club, donde se ofreció un almuerzo en honor al presidente saliente, doctor Mariano Castex, y a las delegaciones extranjeras. Este encuentro constituyó un espacio de sociabilidad y reconocimiento, en el que se reforzaron vínculos institucionales y se destacó el carácter internacional de la medicina argentina.
El momento culminante tuvo lugar por la tarde, a las 19 horas, en el propio edificio de la Academia. Luego de la entonación del Himno Nacional, el cardenal Santiago Luis Copello procedió a la bendición del edificio, acto que simbolizó su consagración oficial. La ceremonia fue transmitida por Radio del Estado, lo que permitió amplificar su alcance y proyectarla más allá de los límites físicos del recinto.
La repercusión del evento fue inmediata. Los principales diarios de la época dieron cuenta de la inauguración, destacando tanto la importancia del edificio como la relevancia de la institución. Asimismo, la revista Vida Médica, en su número 14 de mayo de 1942, dedicó un extenso homenaje a la Academia Nacional de Medicina. 
En sus páginas se incluyeron fotografías de los doctores Mariano Castex y Eliseo Segura, así como del frente del edificio, acompañadas por los discursos pronunciados por el Ministro de Obras Públicas y por las autoridades académicas entrantes y salientes.
La inauguración del edificio no fue, por lo tanto, un hecho aislado, sino la culminación de un proceso que combinó esfuerzo material, voluntad política e identidad institucional. Representó, en definitiva, la consolidación de un espacio que no solo albergaba actividades académicas, sino que también simbolizaba el lugar de la medicina argentina en el concierto nacional e internacional.
A la distancia, aquel 16 de abril de 1942 puede leerse como un punto de inflexión. El edificio, finalmente terminado y consagrado, dejó de ser un proyecto en construcción para convertirse en un escenario activo de producción, transmisión y legitimación del conocimiento médico. Y en ese tránsito, quedaron inscriptas no solo las decisiones de sus dirigentes, sino también las huellas de todos aquellos que, con su trabajo cotidiano, hicieron posible su realización.

Capítulo I : La casa de la calle Parera

En el corazón del barrio de Recoleta, allí donde la ciudad adopta un aire silencioso y distinguido, la calle Parera se extiende breve pero cargada de memoria. Apenas dos cuadras separan la calle Guido de la Avenida Alvear, y sin embargo, en ese corto trayecto se condensa una parte significativa de la historia cultural y científica de Buenos Aires.
A comienzos del siglo XX, en el número 119, se alzaba un palacete de líneas elegantes que había pertenecido a la familia Mihanovich. La residencia, concebida originalmente como vivienda de una de las familias más acomodadas de la ciudad, fue alquilada por la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, que encontró allí su primera sede estable. El alquiler, fijado en 1.500 pesos mensuales, selló el destino del edificio como escenario de una intensa vida académica.
La casa no solo impresionaba por su ubicación, sino también por su diseño. De sólida construcción, contaba con subsuelo, entrepiso y dos plantas superiores. 
Una amplia escalera principal articulaba los espacios, mientras los salones vidriados dejaban entrar la luz natural, otorgando al conjunto una claridad que, para la época, resultaba tan moderna como refinada. Aquellos ambientes, pensados en otro tiempo para recepciones sociales, fueron adaptados con precisión a las necesidades del debate científico.
El salón principal constituía el corazón de la vida institucional. 
Con treinta y cinco butacas dispuestas en orden, reunía a los académicos en sesiones donde la palabra tenía un peso específico.
Frente a ellas, una plataforma elevada, a modo de escenario, organizaba la escena y confería solemnidad a cada intervención. Allí se discutían ideas, se exponían trabajos y se construía, lentamente, un pensamiento médico propio.
Nada en la casa había sido dejado al azar. El mobiliario, adquirido en la prestigiosa casa Maple & Co., respondía a los estándares más altos de la época. Cada pieza había sido elegida bajo la supervisión de los propios académicos, quienes no solo definieron el uso de los espacios, sino también su estética. De este modo, el edificio se convirtió en una síntesis de elegancia europea y funcionalidad científica.
En el primer piso se encontraba una vasta colección de diarios y revistas especializadas. Aquella hemeroteca constituía una herramienta fundamental para el trabajo cotidiano, reflejando el esfuerzo por mantener a la institución conectada con los avances internacionales. Años más tarde, ese mismo material sería cuidadosamente embalado para su traslado a la nueva sede, en una tarea que exigió paciencia y dedicación.
Esa mudanza, realizada en diciembre de 1941, marcó el final de una etapa. 
Todo fue trasladado a la sede de la Avenida Las Heras, donde la Academia consolidaría su presencia definitiva. Junto con muebles y documentos, también se trasladó una valiosa biblioteca donada por el doctor Pedro Arata. Esa colección, testimonio del compromiso con el conocimiento, aún hoy se conserva en la sala de reuniones de la Comisión de Biblioteca de la institución.
Pero la historia de la casa no se agota en sus salones ni en sus libros. 
También está hecha de presencias silenciosas. 
El matrimonio formado por Savino Fernández y Regina Fernández, antiguos empleados de la familia Mihanovich, pasó a desempeñarse como encargado del edificio cuando la Academia se instaló allí. 
Su labor cotidiana, discreta pero indispensable, acompañó cada jornada de trabajo. Savino, en particular, continuó en funciones incluso después del traslado, permaneciendo como portero en la nueva sede hasta su jubilación.
Mientras avanzaba, no sin demoras, la construcción del edificio en la avenida Las Heras, la casa de la calle Parera mantuvo su vitalidad. 
En sus ambientes se instaló el Instituto de Investigaciones Aplicadas a la Patología Humana, creado por el académico Mariano Castex. Bajo su dirección, el instituto impulsó una nueva etapa en la investigación médica, orientada hacia un enfoque más experimental y aplicado.
El fondo del palacete ofrecía un contraste sereno con la actividad intelectual de sus interiores. Allí se extendía un jardín cuidado, espacio de descanso y contemplación. 
No era un detalle menor: en una ciudad en expansión, ese rincón verde reforzaba el carácter doméstico del edificio. 
A ello se sumaba otro signo de modernidad poco frecuente en la época: un lujoso ascensor, que hablaba del nivel de confort y de la sofisticación de la residencia original.
Con el traslado definitivo, la casa de la calle Parera quedó atrás como sede institucional, pero no como memoria. 
En sus habitaciones había transcurrido una etapa fundacional, un tiempo en el que la medicina argentina consolidaba sus bases entre discusiones, lecturas y esfuerzos compartidos.
Hoy, la calle permanece. Silenciosa, elegante, casi ajena al ritmo acelerado de la ciudad. Sin embargo, en el número 119, aunque transformado por el paso del tiempo, todavía parece latir la huella de aquellos años. Como si, entre sus muros, persistiera el eco de las voces que alguna vez dieron forma a una vocación científica y a una tradición que aún perdura en Buenos Aires.

jueves, 19 de marzo de 2026

 En el Raggio a lo largo de los años, alumnos, padres y profesores, trabajando de manera conjunta, lograron alcanzar un objetivo que parecía lejano, un viaje a Europa para los futuros egresados. 
El primer viaje, realizado en 1962 como experiencia piloto, marcó el inicio de una tradición que se extendería desde 1966 hasta mediados de la década de los 70, cuando la difícil situación económica del país hizo imposible su continuidad debido a los altos costos.
No se trataba de simples viajes de fin de curso. Eran verdaderas experiencias de extensión cultural, cuidadosamente planificadas y sostenidas por un profundo compromiso colectivo. 
Participaban aquellos alumnos que se destacaban tanto por su rendimiento académico como por su conducta, acompañados por dos o tres docentes.
La preparación no era menor; implicaba años de trabajo. 
Se fomentaban valores como la responsabilidad, el compañerismo y la solidaridad. 
También se buscaba formar a los estudiantes en conocimientos generales sobre las costumbres, la cultura y las formas de vida de los países a visitar, facilitando así una mejor adaptación. Paralelamente, se organizaban actividades para recaudar fondos y gestionar todo lo necesario para concretar el viaje.
Todo esto se regía por normas establecidas mediante una resolución de la Dirección para los Viajes de Estudio y Extensión Cultural, a las que debían ajustarse los grupos participantes.
En aquel viaje piloto participaron los alumnos Ricardo Andresik, Miguel Ángel Fasson y José E. Gregui, bajo la dirección del regente Eduardo Madero. 
La preparación llevó dos años, y la experiencia que “nunca costó poco, resultó profundamente fructífera.
Durante un crudo invierno europeo recorrieron ciudades de Italia como Génova, Pisa, Roma, Asís, Florencia, Venecia, Verona, Milán y Turín; de Francia, Marsella y París; de España, Barcelona, Madrid, Toledo, El Escorial, el Valle de los Caídos, Córdoba y Sevilla; y de Portugal, Vila Real de Santo António y Lisboa. Visitaron museos, catedrales, sitios históricos, centros culturales e incluso plantas industriales.
Sin duda, el mayor logro no era el itinerario en sí, sino el cambio que se producía en los jóvenes: una transformación visible, entre el asombro y el compromiso, que se traducía en madurez y un profundo sentido de agradecimiento.
El contacto directo con Su Santidad el Papa o con centros industriales de gran desarrollo como Heidelberg, Olivetti o Pegaso dejó huellas imborrables en la formación de muchos alumnos.
Mucho trabajaron también para el crecimiento del VER docentes como Betty Turletti, Luis Ferroni, Hugo Bagge Bengtsson, Ricardo Turconi, Héctor Fiorito y Victoria Passerini.
Años después, cuando ingresé a la escuela en primer año. Vendíamos rifas, incluso en cuotas, mientras los alumnos de sexto venían a pedirnos, casi con súplica, que los ayudáramos a vender para poder viajar. 
Con el tiempo, escuchar sus vivencias, ver filmaciones y fotografías, y conversar con docentes como Luis Ferroni o el arquitecto Huertas, me permitió comprender la magnitud de esas experiencias.
Aunque no me tocó vivirlo, siempre sentí el deseo de haber sido parte. 
Hoy, al recordarlo, nace la necesidad de rendir un homenaje emotivo a aquellos profesores y alumnos que lo hicieron posible.
Evidentemente, era otro país, otra Argentina, donde las posibilidades parecían distintas, pero donde, sobre todo, había un enorme espíritu de esfuerzo compartido.



 Había un tiempo en que la ciudad parecía terminar antes de llegar al campo de deportes. Más allá del ruido constante de la avenida y del pulso acelerado de Buenos Aires, ese terreno alguna vez anegado, olvidado, casi inútil encontró en 1944 una segunda oportunidad. Y con él, también la encontraron generaciones enteras de estudiantes.
Donde antes había barro, comenzó a crecer algo mucho más profundo que el césped: una identidad.
Las Escuelas Raggio no solo formaban técnicos; formaban personas. 

Y en ese campo de deportes, cada tarde, esa misión cobraba vida. El silbato que marcaba el inicio de un partido no era solo el comienzo de un juego, sino el eco de una comunidad que aprendía a encontrarse, a competir con respeto, a ganar con humildad y a perder con dignidad.
Ese predio nos habla de risas, de rivalidades sanas, de amistades que nacían entre arcos improvisados y líneas marcadas a pulmón. Allí se escribían historias que no figuraban en los libros técnicos, pero que eran igual de importantes, la del compañero que alentaba hasta el final, la del equipo que remontaba un partido imposible, la del abrazo después del esfuerzo compartido.
Y más allá del campo, el agua y ella el remo, silencioso y exigente, se convirtió en otra forma de identidad. Remo Raggio no es solo un equipo, es una tradición viva. 
Más de ocho décadas surcando el río, desafiando corrientes, formando carácter. 
En cada palada hay historia. En cada entrenamiento, disciplina. En cada regata, el orgullo de representar algo más grande que uno mismo.
Ser parte de ese equipo implica levantarse temprano, entrenar cuando otros descansan, sostener el ritmo incluso cuando el cansancio pesa. 
Pero también significa pertenecer. Ser parte de una cadena invisible que une a quienes estuvieron antes con quienes vendrán después.
No es casual que sea la única institución estatal que mantiene viva esta práctica. Porque en Raggio, el deporte nunca fue un complemento, fue esencia.
El campo de deportes y el equipo de remo comparten algo invisible pero poderoso; ambos enseñan sin decir. Enseñan a confiar, a esforzarse, a sostener al otro. Enseñan que la técnica sin humanidad queda incompleta.
Hoy, aunque la ciudad haya crecido y cambiado, ese espacio sigue ahí. 
Quizás con nuevas voces, nuevas historias, nuevas metas. Pero con el mismo espíritu. Porque hay lugares que no son solo lugares. Son memoria. Son pertenencias. Son identidad.
Y el campo de deportes de Raggio con su pasado de barro, su presente de esfuerzo y su futuro de esperanza sigue siendo, como siempre, el corazón que late al ritmo de cada generación.


 El viento frío de la cordillera no solo golpeaba los rostros: parecía hablarles. Les decía que el camino no sería fácil, pero también que valía la pena. Que cada paso iba a dejar huella.
Todo comenzó con una idea que, en su momento, parecía casi imposible. 
Corría el año 1957 cuando, entre relatos de campamentos vividos por compañeros, nació una inquietud profunda: ¿qué, un campamento femenino? 
No era simplemente una propuesta logística. Era una ruptura con lo establecido, un gesto de valentía en tiempos donde el lugar de la mujer estaba muchas veces limitado.
Pasaron los años. La idea no murió, pero tampoco encontraba su momento. Hasta que en 1960, ese sueño volvió a latir con fuerza. Un grupo reducido, con más convicción que recursos, decidió hacerlo realidad. 
Hubo que convencer a quienes dudaban, derribar prejuicios, demostrar que no era necesario proteger a las alumnas limitando sus experiencias, sino todo lo contrario: había que darles la oportunidad de descubrir su propia fortaleza.
No fue sencillo. Conseguir materiales, organizar el viaje, generar confianza… todo llevó tiempo. Pero el verdadero motor fue la pasión.
El primer campamento en Bariloche fue apenas un comienzo. Carpas prestadas, ciertas comodidades inesperadas, una experiencia todavía lejos del ideal soñado. 
Sin embargo, en ese primer intento nació algo mucho más importante que la perfección: nació el espíritu de AFER.
Un espíritu hecho de compañerismo, de aprendizaje y de coraje.
Con el paso de los años, cada salida fue un paso más hacia la autonomía. 
En la segunda experiencia, el desafío del Cerro López marcó un antes y un después. Ya no se trataba solo de estar en la montaña, sino de enfrentarse a ella, de entenderla, de respetarla.
Y luego llegó ese momento tan esperado: la tercera salida. Por fin, con carpas propias, con organización propia, con identidad propia. Ya no era un intento. Era una realidad consolidándose.
En 1964, Colonia Suiza se convirtió en el corazón de esta historia. Allí, entre montañas imponentes y silencios profundos, las integrantes de AFER lograron lo que durante años habían construido: ascender por sí mismas, con sus conocimientos, con su preparación, con su determinación. 
El Cerro López y el Catedral dejaron de ser sueños lejanos para transformarse en conquistas reales, repetidas año tras año.
Pero AFER fue mucho más que técnica de montaña.
Fue un espacio de crecimiento humano.
Un lugar donde cada integrante aprendió a confiar en sí misma y en las demás. Donde el esfuerzo se compartía y las dificultades unían. 
Donde se forjaban amistades profundas, de esas que no se olvidan con el tiempo.
Y en ese camino, también se construyó algo único y valioso: una relación profundamente sana y respetuosa entre los alumnos varones y mujeres.
Lejos de las diferencias o las barreras, se generó un vínculo basado en el respeto mutuo, en la admiración y en el compañerismo.
El Raggio fue pionero en algo que hoy parece evidente, pero que en aquel entonces no lo era: valorar a la mujer como se merece, reconocer su capacidad, su fortaleza, su lugar en igualdad. No desde el discurso, sino desde la práctica concreta, desde la experiencia compartida.
De esa convivencia nacieron lazos muy fuertes. 
Muchos de ellos trascendieron el tiempo y el espacio del campamento. 
Se formaron parejas, historias de vida en común que comenzaron entre mochilas, fogones y senderos de montaña. Pero incluso más allá de eso, se creó una hermandad.
Una hermandad real.
De esas que perduran con los años. De esas que hacen que, aunque el tiempo pase, siempre exista un punto de encuentro, un recuerdo compartido, una emoción intacta. Porque quienes vivieron Raggio no solo compartieron actividades: compartieron una forma de ver la vida.
Así comenzó una historia que se extendería durante 33 años. Una historia construida con esfuerzo, con convicción y con sueños que se hicieron realidad paso a paso.
Y aún hoy, en la memoria de quienes lo vivieron, siguen presentes esas montañas, esos desafíos, esas risas, esos vínculos.
Porque hay experiencias que no terminan nunca.
Solo siguen creciendo con el tiempo.



miércoles, 18 de marzo de 2026

 Las Escuelas Técnicas Raggio constituyen una de las instituciones educativas técnicas más tradicionales y reconocidas de la ciudad de Buenos Aires. Fueron inauguradas el 8 de diciembre de 1924 en el barrio de Núñez, en la actual dirección de la Avenida del Libertador 8635, cerca de la Avenida General Paz, límite entre la ciudad de Buenos Aires y la provincia homónima. 
La institución nació gracias al impulso filantrópico de la familia Raggio, una familia de origen italiano que, tras alcanzar prosperidad económica en la Argentina, decidió destinar parte de su patrimonio al desarrollo educativo y cultural del país. 
El principal impulsor de esta obra fue Rómulo Raggio, quien junto con sus hermanos promovió la construcción de una escuela destinada a la enseñanza de artes y oficios con el objetivo de formar técnicos y artesanos capaces de contribuir al crecimiento industrial de la Argentina.
El edificio de la escuela fue diseñado por los ingenieros civiles Emilio Seitún y Andrés T. Raggio, este último hermano de Rómulo Raggio y responsable directo del proyecto arquitectónico y de la dirección de las obras. 
La inauguración oficial contó con la presencia de importantes autoridades nacionales y municipales, entre ellas el presidente de la Nación Marcelo Torcuato de Alvear y el intendente de la ciudad Carlos Noel, lo que demuestra la relevancia que se le otorgaba a la educación técnica en ese momento histórico. 
Originalmente la institución llevaba el nombre de Escuela de Artes y Oficios y estaba organizada en dos pabellones principales que funcionaban de manera separada, una práctica habitual en el sistema educativo de principios del siglo XX. 
El pabellón denominado Lorenzo Raggio estaba destinado a los alumnos varones, mientras que el pabellón María Celle de Raggio estaba destinado a las alumnas mujeres. 
Ambos nombres fueron elegidos en homenaje a los padres de los hermanos Raggio, perpetuando así la memoria familiar dentro de la institución educativa.
El complejo escolar fue concebido con un diseño arquitectónico abierto, con amplios patios, jardines y espacios verdes que permitían combinar la enseñanza técnica con áreas de recreación y expansión para los estudiantes. 
Sus arcos románicos y su estilo neoclásico lo convierten en un edificio emblemático dentro del patrimonio arquitectónico educativo de la ciudad. 
En sus primeros años la escuela ofrecía una amplia variedad de especialidades relacionadas con los oficios y las artes aplicadas, entre ellas cincelado, herrería, corte y confección, hilados, modelado, tejidos, puntillería, encaje y ebanistería. 
Estas disciplinas respondían a las necesidades productivas de la sociedad argentina de comienzos del siglo XX, cuando la industria y la artesanía urbana tenían un rol fundamental en el desarrollo económico. 
Con el paso del tiempo algunas especialidades desaparecieron y otras se incorporaron para adaptarse a los cambios tecnológicos y sociales. 
Durante la década de 1940 se sumaron nuevas orientaciones como mecánica de aviación, técnica en aeronáutica, dibujo publicitario y técnico en propaganda, reflejando el avance de la industria moderna y de los medios de comunicación.
En el año 1940 la escuela adoptó su lema institucional, Nunca mucho costó poco, una frase que expresa la importancia del esfuerzo, el trabajo y la dedicación en la formación técnica. 
Ese mismo período también vio el nacimiento del escudo institucional y de la marcha oficial de la escuela, además de iniciativas culturales internas como el periódico estudiantil La Chispa, que reflejaba la vida cotidiana y las actividades de los alumnos. A lo largo de su historia la institución atravesó distintos acontecimientos vinculados al contexto político y social del país. 
En 1955, durante el período posterior al golpe de Estado que derrocó al gobierno nacional, se produjeron quemas de libros en la escuela como parte de la censura cultural de la época, aunque algunos ejemplares pudieron salvarse gracias a la acción de una secretaria que los ocultó en el sótano del edificio. 
En 1958 la institución cambió su denominación de Escuela de Artes y Oficios a Escuelas Técnicas Municipales Raggio, consolidando su identidad como establecimiento de formación técnica moderna.
Uno de los cambios estructurales más importantes ocurrió en 1969, cuando el pabellón femenino María Celle de Raggio fue demolido para permitir la ampliación de la Avenida General Paz y su conexión con la Avenida Lugones, una obra vial que modificó significativamente el entorno urbano de la escuela. 
A pesar de esta transformación, el establecimiento continuó creciendo y adaptándose a las nuevas necesidades educativas. Entre 1983 y 1986 se construyó un nuevo pabellón con treinta aulas para ampliar la capacidad del edificio. 
Dentro del predio también se conserva una importante pieza del patrimonio histórico argentino: la escultura denominada La República Argentina, que formaba parte del histórico pabellón que representó al país en la Exposición Universal de París de 1889 realizada para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa. 
Cuando ese pabellón fue desmontado en Buenos Aires durante la década de 1930, algunas de sus esculturas fueron trasladadas a distintos puntos de la ciudad y una de ellas quedó instalada en la Escuela Técnica Raggio.
En el año 2003 se creó dentro de la institución el Museo Tecno Educativo Lorenzo Raggio, dedicado a recuperar, restaurar y catalogar documentos, fotografías, herramientas y materiales históricos vinculados con la trayectoria de la escuela. 
Entre los hallazgos más valiosos del museo se encuentran más de treinta planos originales de albañilería del Teatro Colón, fechados en 1892 y firmados por el arquitecto Víctor Meano, documentos que fueron utilizados durante años por docentes vinculados al diseño y mantenimiento de escenografías del teatro. 
Actualmente la institución ofrece numerosas orientaciones técnicas con salida laboral, entre ellas técnico en tecnología de los alimentos, técnico automotor, maestro mayor de obras, electricidad, electrónica, técnico mecánico, diseño y producción de muebles, técnico en indumentaria y confección textil, técnico en la industria gráfica, técnico en orfebrería, diseño y comunicación publicitaria y tecnologías de la información y la comunicación. Además de su formación académica, la escuela desarrolla actividades culturales, deportivas y científicas, incluyendo una banda musical estudiantil, participación en olimpiadas de química y una escuela de remo cuyos equipos han obtenido campeonatos nacionales.
A lo largo de su historia la institución se ha consolidado como una de las más grandes y prestigiosas escuelas técnicas de la ciudad de Buenos Aires, formando a miles de estudiantes que luego se desempeñaron como técnicos, profesionales y artesanos en distintas áreas de la industria, la tecnología y las artes aplicadas.
En 2024 las Escuelas Técnicas Raggio celebraron su centenario, conmemorando cien años de trayectoria educativa y reafirmando el legado de la familia Raggio, cuya visión de promover la educación técnica como herramienta de progreso social continúa vigente hasta la actualidad.


 El boletín La Chispa ocupa un lugar especial en la historia de la Escuela Técnica Raggio, ya que fue una de las publicaciones que mejor reflejó la vida institucional durante una de sus etapas más significativas. 
Publicado entre 1944 y 1950, este boletín mensual no solo informaba sobre las actividades de la escuela, sino que también ayudó a consolidar la identidad de la comunidad educativa y a difundir valores que todavía forman parte de su tradición. 
Fue en sus páginas donde comenzó a difundirse el lema que con el tiempo se convertiría en símbolo de la institución: “Nunca mucho costó poco”.
El primer número apareció el 9 de julio de 1944, luego de que docentes y estudiantes participaran en la elección del nombre del boletín mediante una votación interna. 
La propuesta ganadora fue La Chispa, un nombre que evocaba la energía creativa y el espíritu técnico que caracterizaba a la escuela. Desde entonces, la publicación se convirtió en una especie de crónica mensual de la vida escolar, registrando actividades culturales, deportivas, actos académicos, visitas de autoridades y distintos acontecimientos que formaban parte de la rutina educativa.
Una de las particularidades de La Chispa era su forma de producción. 
No se trataba simplemente de una revista informativa, sino también de una experiencia educativa. 
Los estudiantes de la especialidad de artes gráficas participaban activamente en todo el proceso: desde la composición manual de los textos hasta la impresión tipográfica en los talleres de imprenta de la propia institución. 
De esta manera, el boletín funcionaba como una práctica real dentro de la formación técnica, permitiendo a los alumnos aplicar los conocimientos aprendidos en clase.
A lo largo de sus siete años de publicación se editaron más de sesenta números, con tiradas que alcanzaban miles de ejemplares. Estos se distribuían entre estudiantes, docentes, familias, exalumnos e incluso entre sectores productivos interesados en el perfil técnico de los egresados. 
En una época en la que los medios gráficos tenían un rol central en la difusión de información, el boletín también ayudó a proyectar la presencia de la escuela más allá de sus muros, fortaleciendo su vínculo con la comunidad.
Las páginas de La Chispa permiten reconstruir numerosos aspectos de la vida escolar de aquellos años. 
Allí se registraban eventos deportivos, inauguraciones de espacios, celebraciones escolares y gestos que destacaban valores como la responsabilidad, la honestidad y el compañerismo entre los estudiantes. 
Estas historias cotidianas, aparentemente simples, fueron conformando con el tiempo una memoria colectiva que refleja el espíritu de una época considerada por muchos como uno de los momentos más fértiles de la institución.
La década de 1940 fue clave en la consolidación de la identidad de la escuela. 
En esos años se fortaleció el sentido de pertenencia de estudiantes y docentes, se afianzaron símbolos institucionales y se desarrollaron tradiciones que acompañaron a varias generaciones. Algunas de ellas permanecen hasta hoy, mientras que otras quedaron como parte del recuerdo de quienes vivieron esa etapa.
Aunque dejó de publicarse en 1950, el legado de “La Chispa” sigue presente. 
Más que un simple boletín escolar, fue un testimonio del crecimiento de la escuela y del papel que cumplió la educación técnica en la formación de jóvenes preparados para contribuir al desarrollo del país. 
Sus páginas constituyen hoy un valioso documento histórico que permite comprender cómo se construyó, a lo largo del tiempo, la identidad de la Escuela Técnica Raggio y el espíritu que continúa guiando a su comunidad educativa.


 El conjunto escultórico que hoy se encuentra en el patio de las Escuelas Técnicas Raggio, tal como bien señalaba el profesor arquitecto Fidel Huerta, encierra una historia compleja que combina aspiraciones nacionales, urgencias constructivas y resignificaciones posteriores. 
Concebido por el escultor francés Jean Hugues como pieza central de la fachada del Pabellón Argentino en la Exposición Universal de París de 1889, el grupo representa a la República Argentina como una figura femenina joven, con gorro frigio y apenas cubierta por un paño agitado por el viento, acompañada por figuras masculinas y alegorías vinculadas a la agricultura, la ganadería, la industria y el comercio. 
Era, en esencia, una imagen idealizada del país que buscaba proyectarse al mundo como moderno, productivo y en pleno crecimiento.
Sin embargo, la obra que hoy contemplamos en bronce no es exactamente la que estuvo en París. 
La documentación conservada en el Archivo General de la Nación permite reconstruir con bastante precisión este desfasaje. 
En 1888, durante la planificación del pabellón, se discutía si ejecutar la escultura en yeso o en bronce, siendo finalmente elegida esta última opción. 
Pero los tiempos de obra, sumamente ajustados, hicieron imposible completar el vaciado antes de la inauguración. 
Así, el conjunto que se exhibió en París era en realidad un modelo en yeso, pintado de dorado para armonizar con la estructura metálica del edificio. 
Las cartas de Norberto de la Riestra Alcorta y su correspondencia con Estanislao Zeballos confirman que, incluso después de la exposición, se evaluaba no fundirlo en bronce para reducir costos.
La crisis económica de 1889 modificó drásticamente los planes originales. 
El gobierno argentino llegó a ordenar la venta del pabellón en París, pero la intervención del intendente Francisco Seeber logró revertir la decisión y asegurar su traslado a Buenos Aires. 
Es en ese contexto donde probablemente se concreta finalmente el vaciado en bronce del grupo escultórico por la firma Thiébaut Frères, una de las más prestigiosas de Francia, transformando una obra inicialmente provisional en un objeto duradero.
Una vez instalado en 1894 frente a la plaza San Martín, el pabellón tuvo una intensa vida urbana, llegando incluso a albergar al Museo Nacional de Bellas Artes durante más de dos décadas. Pero su demolición en 1933 marcó el inicio de una nueva etapa: sus componentes fueron dispersados por distintos puntos de la ciudad, perdiendo la unidad original con la que habían sido concebidos.
En este nuevo escenario, el conjunto de Hugues encontró un lugar singular dentro de las Escuelas Raggio. 
Ya no como ornamento de una fachada monumental destinada a representar al país ante el mundo, sino como pieza central de un ámbito educativo, inserta en la vida cotidiana de la institución. Su presencia en el patio no es meramente decorativa: funciona como un verdadero testimonio material de una etapa clave de la historia argentina y de la formación de su identidad moderna. Para generaciones de estudiantes, la escultura ha sido parte del paisaje habitual, pero también un punto de referencia que conecta la enseñanza técnica con una tradición cultural y artística de alcance internacional.
Así, el grupo escultórico adquiere un nuevo significado. 
De símbolo de exhibición universal pasa a ser patrimonio educativo; de imagen idealizada del progreso nacional, a objeto concreto de estudio, contemplación y memoria. 
En ese cambio de contexto reside gran parte de su valor actual: no solo como obra de arte, sino como fragmento sobreviviente de una arquitectura efímera y como vínculo tangible entre la historia, la ciudad y la experiencia formativa dentro de la escuela.



 La lucha de las escuelas técnicas en 1972 contra la llamada Ley Fantasma constituye uno de los hitos más significativos en la historia del movimiento estudiantil argentino. 
Aquella normativa pretendía recortar las incumbencias profesionales de los egresados como Maestros Mayores de Obras, limitando su campo laboral y concentrando el derecho a firmar proyectos exclusivamente en arquitectos e ingenieros. 
Para miles de estudiantes, esto no solo implicaba una restricción técnica, sino también un golpe directo a su futuro.
El contexto no podía ser más adverso. 
Entre 1966 y 1973, el país atravesaba una dictadura militar profundamente represiva, donde la protesta social era perseguida y las decisiones se imponían mediante decretos sin participación democrática. 
Sin embargo, en ese clima hostil, los estudiantes de escuelas técnicas protagonizaron una de las movilizaciones más masivas de la época, llegando a concentrarse frente a la Casa Rosada en una demostración de organización y convicción pocas veces vista.
La magnitud de la protesta fue tal que logró lo impensado: que un decreto-ley impulsado por el gobierno de facto diera marcha atrás. Así, los estudiantes técnicos no solo defendieron sus derechos, sino que dejaron una marca imborrable dentro del movimiento estudiantil de los años setenta.
En la escuela Raggio, esta experiencia se vivió con intensidad. Contaron con el apoyo fundamental de profesores, ingenieros y arquitectos, quienes ayudaron a comprender el verdadero alcance de la ley y fortalecieron la conciencia colectiva. 
La respuesta fue inmediata: los alumnos de los años superiores tomaron la escuela, transformándola en un espacio de resistencia, debate y organización.
Aquellos días y noches quedaron grabados para siempre. 
Mientras se sostenía la toma, la escuela se cuidaba como un hogar: se mantenía limpia, se llevaban a cabo reuniones constantes y se discutían los pasos a seguir. 
En el taller de construcciones, entre láminas y útiles, circulaban los mates que ayudaban a sobrellevar las largas horas. 
Un calentador de alcohol improvisado servía para mantener viva esa rutina compartida, mientras algunos descansaban y otros permanecían atentos, comprometidos con la causa.
Fueron momentos intensos, cargados de incertidumbre, pero también de compañerismo y aprendizaje. 
La escuela dejó de ser solo un lugar de formación académica para convertirse en una verdadera casa, un espacio de identidad colectiva que con los años no se olvidó. 
Por el contrario, siguió siendo un punto de encuentro, un símbolo de lucha y de pertenencia.
Esa experiencia no solo marcó a quienes la vivieron, sino que también dejó una enseñanza duradera: la organización y la solidaridad pueden torcer incluso las decisiones más firmes del poder. 
La historia de aquella lucha sigue siendo, aún hoy, un ejemplo de compromiso y de defensa de los derechos conquistados. Las puertas cerradas con candado y el alumnado adentro se convirtieron en el símbolo pasivo de nuestra lucha, hasta que finalmente la ley fue derogada.


 La segunda casa, un poco la familia: esa continuidad de la vida que el Raggio nos regaló sin que nos diéramos cuenta. Hay algo en esos encuentros con los exalumnos que tiene un aire especial, como si el tiempo no hubiera pasado. 
Nos reencontramos y, de pronto, pareciera que seguimos conversando en el patio de la escuela o en el taller, como si todavía compartiéramos aquellas tardes interminables entre máquinas, apuntes y sueños.
Pasan los años, muchos años, y, sin embargo, cuando volvemos a vernos, todo fluye con una naturalidad que sorprende. Las charlas retoman donde quedaron, las risas suenan iguales y las miradas conservan esa complicidad que sólo se construye en la juventud. 
El Raggio tiene esa magia: la de mantener vivo el vínculo, la de hacernos sentir que siempre pertenecemos a ese lugar.
Gran parte de esa llama encendida se sostiene, año tras año, gracias al esfuerzo y la dedicación de  Carlos Alberto Parreira, quien con enorme compromiso logra reunirnos. 
En cada encuentro aparece esa promoción que cumple 25, 30, 40, 50 años o más de egresados, y allí estamos, respondiendo a ese llamado invisible que nos devuelve a nuestras raíces.
También hay momentos que se vuelven símbolo, como la entrega de un diploma que nos recuerda cuántos años han pasado desde aquel egreso. 
Ese simple gesto despierta sonrisas, anécdotas y una emoción compartida. Porque junto a los recuerdos de la escuela aparece la vida que siguió: la familia que fue creciendo, el orgullo con el que contamos que primero llegaron los hijos… y ahora también los nietos.
Las historias se multiplican: algunos hijos que partieron en busca de su futuro en otros lugares, otros que eligieron seguir nuestros pasos, y muchos que encontraron su propio camino. Todo tiene lugar en este gran encuentro donde cada historia suma y enriquece.
En esas noches, poco importa qué cenamos o qué bebemos. Lo esencial es el abrazo. Nos saludamos con todos, no sólo con los compañeros de nuestra división. 
Porque con el paso del tiempo también fuimos construyendo lazos con otros cursos, con celadores y con profesores que dejaron huella. Se fue formando una amistad más amplia, más profunda, que trasciende generaciones.
Y entonces todo vuelve: aquellas tardes y noches en las que compartíamos una gaseosa y hablábamos de la vida, de lo que queríamos ser, de lo que soñábamos. Hoy cada uno recorre su propio camino, con su profesión, sus proyectos, sus alegrías y sus desvelos. Pero en esos encuentros, volvemos a ser, por un rato, aquellos chicos.
No siempre podemos estar todos los años, es cierto. La vida avanza, las obligaciones crecen. Pero cuando podemos, ahí estamos. Y sin proponérnoslo demasiado, seguimos demostrando algo profundo: que el Raggio fue, es y será para muchos una extensión de la familia.
Todo esto merece también un agradecimiento especial: a Carlos que año a año hace posible el encuentro, que sostiene el lazo y nos reúne para que la magia vuelva a suceder. Porque en cada abrazo, en cada risa, en cada recuerdo compartido, esa magia sigue viva.
Eso se ve en los ojos humedecidos después de un abrazo largo, en las sonrisas que mezclan nostalgia y gratitud, en las historias que se repiten pero nunca cansan. Se siente en el aire, en cada encuentro, en cada brindis. Y es, verdaderamente, algo hermoso.


 Una vez más, como tantas otras y como tantas que vendrían después, volví a subir aquella escalera. 
Era oscura, con ese olor mezcla de humedad y tiempo que parecía no irse nunca, pero para nosotros estaba llena de vida. 
Cada escalón tenía algo guardado; una risa, una discusión interminable, un mate compartido, algún silencio de esos que dicen más que cualquier palabra. 
Subirla no era simplemente llegar a un lugar, era volver a un mundo que sentíamos propio.
Abrí la puerta sin anunciarme, como quien sabe que siempre hay lugar. 
La pava ya estaba sobre el calentador redondo y eléctrico, casi en su punto justo, como si alguien hubiera calculado la hora de mi llegada. 
Y entonces, como tantas veces, sin sorpresa pero con esa calidez intacta, se escuchó el hola, pibe. 
Era Donca. Siempre, Donca. Ahí estaba, ocupando su espacio de siempre, pero en realidad ocupando algo mucho más grande: un espacio en la vida de todos nosotros. 
No hacía falta que dijera mucho; su presencia ordenaba el ambiente. 
Era el que escuchaba cuando no sabíamos explicar, el que entendía cuando ni nosotros entendíamos. 
Con él nos juntábamos alumnos, exalumnos y todos esos que ya no sabíamos bien qué éramos, pero que igual volvíamos. 
Íbamos a matear, a charlar, a dar vueltas sobre problemas que parecían imposibles hasta que, entre todos, dejaban de serlo. También a compartir tristezas, dudas, pequeñas derrotas y grandes alegrías. Donca siempre estaba.
Ese día, sin embargo, era distinto, porque había trabajo. Faltaban quince días para la carrera de regularidad y el clima ya era otro. Yo llevaba unos avisos del barrio para la revista, y apenas los apoyé nos pusimos a organizar. 
Al rato llegó el profesor Luis Ferroni, y después algunos chicos que terminaban la jornada se fueron sumando. 
Como siempre, el grupo crecía casi sin darnos cuenta, cada uno aportando algo: una idea, una mano, una opinión. 
El mate circulaba y entre charla y charla íbamos aceitando cada detalle. 
El domingo de la carrera, a las 6:32, largábamos. Mingo y yo, en el Fitito, teníamos por delante un nuevo desafío. 
Pero en realidad la carrera nunca era solo la carrera; era la excusa para colaborar, para devolverle algo al campamento y a la escuela que tanto nos habían dado.
El sábado anterior fue de esos días intensos que quedan grabados. Pasamos la tarde pintando los números en los autos, pegando los carteles de Mendicrin y de otros auspiciantes, revisando que todo estuviera en orden. 
La carne para el asado ya estaba lista, la bebida acomodada, y las mesas se armarían temprano al día siguiente. Había cansancio, pero sobre todo había entusiasmo, ese entusiasmo que nace cuando se hace algo entre todos.
El domingo llegó temprano, con ese aire fresco de las mañanas que prometen un día largo. 
La largada fue puntual. Tres, dos, uno, y salimos. Íbamos regulando el tiempo rumbo a Lima, donde terminaba la carrera. La concentración era total, atentos a los autocontroles, a los controles ocultos, al cronometraje y a cada detalle de la planilla. En medio de esa seriedad apareció Fidel, en su Fitito. Nos pasaba, lo dejábamos pasar, después lo volvíamos a pasar, y otra vez nos alcanzaba. Era una situación extraña. Le hacíamos señas para que mirara el reloj, para avisarle que algo no estaba bien, pero él respondía con una sonrisa y seguía, como si nada. Mingo se inquietaba y me decía que le avisara, que algo andaba mal. Yo trataba de hacerle entender mientras miraba la planilla, pero Fidel simplemente levantaba la mano en señal de saludo y aceleraba un poco más, como si estuviera en otra carrera, o tal vez entendiendo todo de una manera distinta.
Así llegamos a Lima. La mañana seguía fresca y había ese clima particular de cuando algo termina pero todavía no se asimila del todo. 
Entregamos las planillas y emprendimos el regreso a la escuela, que nos esperaba como siempre. Porque en realidad lo importante venía después: el asado, el truco, las charlas interminables mientras se aguardaba la entrega de premios. Era una fiesta, año tras año, una de esas cosas que no se olvidan.
Como era habitual, los primeros puestos eran para quienes se dedicaban de lleno a las carreras. Nosotros habíamos quedado bastante más atrás, en el puesto 54, más o menos en la mitad de la tabla. 
No era sorpresa, era lo esperable. Sin embargo, Fidel festejaba. Lo hacía con una alegría genuina, como si hubiera ganado. Nos mirábamos sin entender. 
Si nos había pasado, si lo habíamos pasado, nada terminaba de cerrar. En las mesas empezaron los comentarios, las discusiones, los de siempre que se enojaban y decían que si ganaba tal o cual no corrían más. 
La expectativa crecía a medida que se anunciaban los resultados.
Llegó el tercer puesto, después el segundo, y de repente alguien gritó Fidel. 
Por un instante pareció posible, pero enseguida se supo la verdad: Fidel ni siquiera estaba anotado en la competencia. La risa fue general, de esas que alivian todo, de esas que explican por qué estábamos ahí. En esa risa estaba el sentido de todo lo vivido.
Nos fuimos cuando el sol empezaba a caer, despacio, sin apuro, como queriendo estirar el día un poco más. Quedamos en lo de siempre, en volver a encontrarnos al año siguiente, en el mismo lugar, en el campo de deportes del Raggio, que para nosotros era, simplemente, casa.
Con el paso del tiempo, muchos de aquellos compañeros tomaron distintos caminos. 
Algunos siguen cerca, otros aparecen de vez en cuando en un saludo o en un recuerdo compartido. Nombrarlos a todos sería imposible, pero no hace falta, porque de alguna manera todos están presentes en estas historias. 
Y están, sobre todo, los que dejaron una marca más profunda. Donca, con su hola, pibe que todavía resuena cada vez que uno vuelve, aunque sea en la memoria. 
Y Fidel, con su sonrisa, su Fitito y su forma tan particular de vivir cada momento, recordándonos que no todo pasa por ganar, que muchas veces lo importante es simplemente estar, compartir y disfrutar.
Este fue uno de tantos domingos inolvidables en el campo de deportes del Raggio, uno más de esos días que, sin saberlo en el momento, se vuelven eternos con el tiempo. 
Un recuerdo que sigue vivo, como todos aquellos que formaron parte de esa etapa y que, de una manera u otra, siguen estando cada vez que decidimos volver a subir aquella escalera.
PD. Gracias, Fidel, Luis, Donca, gracias por tanto.


Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...