cuando el cuerpo deja de arder,
pero todavía tiembla,
respirando despacio,
como si quisiera retener
el último instante de nosotros.
Tus dedos dejaron su idioma
sobre mi piel desnuda,
trazando caminos secretos
que sólo se comprenden
cuando los ojos se cierran
y el deseo aprende a mirar.
No hubo prisa.
Sólo tu cuerpo acercándose al mío,
el tiempo detenido en la penumbra,
y ese vaivén lento y profundo
donde la piel deja de ser frontera
No hubo prisa.
Sólo tu cuerpo acercándose al mío,
el tiempo detenido en la penumbra,
y ese vaivén lento y profundo
donde la piel deja de ser frontera
y dos almas se reconocen
sin necesidad de palabras.
Tu aliento rozándome,
cálido, insistente,
como una brisa que sabe
exactamente dónde quedarse.
Y tu boca, dejando en la mía
el sabor de un deseo
que todavía me estremece.
Después, el silencio.
Ese dulce silencio
que llega cuando ya no queda nada
por decir ni por esconder,
cuando sólo permanecen
sin necesidad de palabras.
Tu aliento rozándome,
cálido, insistente,
como una brisa que sabe
exactamente dónde quedarse.
Y tu boca, dejando en la mía
el sabor de un deseo
que todavía me estremece.
Después, el silencio.
Ese dulce silencio
que llega cuando ya no queda nada
por decir ni por esconder,
cuando sólo permanecen
el calor de los cuerpos,
la respiración entrecortada
y la certeza de habernos encontrado.
Y yo, con el pecho lleno de ti,
me dejo habitar por este amor
que sabe arder lentamente,
que conoce la ternura después del deseo,
y que, aun cuando el fuego se apaga,
deja la piel encendida
y el corazón pidiendo otra vez tu nombre.

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