Donde el Carapachay
se encuentra con el Paraná,
ese abrazo de ríos que nunca se apuran,
asoma, solitaria,
la cúpula del campanario
de la vieja iglesia flotante.
Nos detenemos siempre allí.
Es un ritual sin palabras,
como si el bote supiera
que hay historias que no se pueden pasar de largo.
Ella se inclina sobre el borde,
mira fijo la cruz torcida,
y yo, como cada vez, le pregunto.
Cuántos isleños conocerán esto.
Y ella responde, con esa tristeza serena que lleva en los ojos,
Pocos.
Cristo Rey, le llamaban.
La iglesia venía río arriba desde Tigre,
flotando sobre una gran balsa,
con un sacerdote de sotana clara
que predicaba en las orillas
como si el agua también pudiera ser tierra santa.
Los niños la esperaban con flores,
las mujeres con tortas,
los hombres con silencios.
Y allí, entre los sauces y las libélulas,
se alzaba el altar,
temblando apenas con el oleaje.
Bautismos en el muelle,
misas entre mosquitos y remos,
una cruz levantada contra la bruma.
El evangelio flotaba.
Y flotó por años,
hasta que una sudestada traicionera
la empujó hacia el olvido.
Hoy solo queda el campanario,
quieto en un rincón del terreno de prefectura,
como un relicario de fe ajena
al que pocos miran,
al que nadie reza.
Pero nosotros sí.
Nosotros venimos,
miramos, preguntamos,
y ella responde lo mismo:
Pocos.
Y entonces pienso que,
aunque la iglesia ya no flote,
aunque la fe se oxide y el tiempo la tape de verdín,
algo sigue vivo en esta parada,
algo que no se aprende,
algo que se recuerda con el cuerpo.
Después, seguimos río arriba.
Ella se acomoda en la proa,
yo retomo el timón,
y el campanario se aleja
como una campana que no suena
pero nos deja sonando por dentro.
se encuentra con el Paraná,
ese abrazo de ríos que nunca se apuran,
asoma, solitaria,
la cúpula del campanario
de la vieja iglesia flotante.
Nos detenemos siempre allí.
Es un ritual sin palabras,
como si el bote supiera
que hay historias que no se pueden pasar de largo.
Ella se inclina sobre el borde,
mira fijo la cruz torcida,
y yo, como cada vez, le pregunto.
Cuántos isleños conocerán esto.
Y ella responde, con esa tristeza serena que lleva en los ojos,
Pocos.
Cristo Rey, le llamaban.
La iglesia venía río arriba desde Tigre,
flotando sobre una gran balsa,
con un sacerdote de sotana clara
que predicaba en las orillas
como si el agua también pudiera ser tierra santa.
Los niños la esperaban con flores,
las mujeres con tortas,
los hombres con silencios.
Y allí, entre los sauces y las libélulas,
se alzaba el altar,
temblando apenas con el oleaje.
Bautismos en el muelle,
misas entre mosquitos y remos,
una cruz levantada contra la bruma.
El evangelio flotaba.
Y flotó por años,
hasta que una sudestada traicionera
la empujó hacia el olvido.
Hoy solo queda el campanario,
quieto en un rincón del terreno de prefectura,
como un relicario de fe ajena
al que pocos miran,
al que nadie reza.
Pero nosotros sí.
Nosotros venimos,
miramos, preguntamos,
y ella responde lo mismo:
Pocos.
Y entonces pienso que,
aunque la iglesia ya no flote,
aunque la fe se oxide y el tiempo la tape de verdín,
algo sigue vivo en esta parada,
algo que no se aprende,
algo que se recuerda con el cuerpo.
Después, seguimos río arriba.
Ella se acomoda en la proa,
yo retomo el timón,
y el campanario se aleja
como una campana que no suena
pero nos deja sonando por dentro.

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