Aquel mediodía de primavera
llegamos como se llega a los sueños,
que alguna vez se dijeron en voz baja,
en lancha lenta, con el sol abriéndose paso entre los sauces
y el corazón apurado, como si ya supiera lo que venía.
La Real nos recibió con su aire antiguo
y una elegancia sencilla que parecía salida de otro tiempo.
Las paredes hablaban, se lo juro,
del murmullo de botellas,
del burbujeo de la sidra en la fábrica que allí nació
cuando todo esto era futuro.
Nos sentamos frente al río,
y entre nosotros se tendió una mesa tan íntima
como una promesa que no hace falta decir.
El mantel blanco, el aroma de la comida recién servida,
y tus ojos, que tenían un brillo más fuerte que el sol de mediodía.
Yo escuchaba tus palabras como si fueran música
que bajaba del monte o de algún sauce secreto.
Y vos reías con esa risa que siempre me desarma,
mientras un colibrí flotaba a la altura de nuestras ganas.
No sabíamos por qué, pero allí,
a pocos minutos del territorio
y a una eternidad de la ciudad,
el mundo parecía haber girado solo para nosotros.
Quizá el Delta tiene esas cosas,
rincones que se apartan del tiempo,
historias que brotan de la tierra mojada,
y lugares que, como vos, se sienten lejos
de todo lo que no importa.
Terminamos el almuerzo con un brindis,
no con sidra, pero sí con algo más valioso:
el sabor del momento compartido,
el temblor de la cercanía,
y la certeza suave de que cuando el amor florece
no hay Buenos Aires que quede cerca,
ni olvido que pueda alcanzarlo.

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