miércoles, 18 de marzo de 2026

 Una vez más, como tantas otras y como tantas que vendrían después, volví a subir aquella escalera. 
Era oscura, con ese olor mezcla de humedad y tiempo que parecía no irse nunca, pero para nosotros estaba llena de vida. 
Cada escalón tenía algo guardado; una risa, una discusión interminable, un mate compartido, algún silencio de esos que dicen más que cualquier palabra. 
Subirla no era simplemente llegar a un lugar, era volver a un mundo que sentíamos propio.
Abrí la puerta sin anunciarme, como quien sabe que siempre hay lugar. 
La pava ya estaba sobre el calentador redondo y eléctrico, casi en su punto justo, como si alguien hubiera calculado la hora de mi llegada. 
Y entonces, como tantas veces, sin sorpresa pero con esa calidez intacta, se escuchó el hola, pibe. 
Era Donca. Siempre, Donca. Ahí estaba, ocupando su espacio de siempre, pero en realidad ocupando algo mucho más grande: un espacio en la vida de todos nosotros. 
No hacía falta que dijera mucho; su presencia ordenaba el ambiente. 
Era el que escuchaba cuando no sabíamos explicar, el que entendía cuando ni nosotros entendíamos. 
Con él nos juntábamos alumnos, exalumnos y todos esos que ya no sabíamos bien qué éramos, pero que igual volvíamos. 
Íbamos a matear, a charlar, a dar vueltas sobre problemas que parecían imposibles hasta que, entre todos, dejaban de serlo. También a compartir tristezas, dudas, pequeñas derrotas y grandes alegrías. Donca siempre estaba.
Ese día, sin embargo, era distinto, porque había trabajo. Faltaban quince días para la carrera de regularidad y el clima ya era otro. Yo llevaba unos avisos del barrio para la revista, y apenas los apoyé nos pusimos a organizar. 
Al rato llegó el profesor Luis Ferroni, y después algunos chicos que terminaban la jornada se fueron sumando. 
Como siempre, el grupo crecía casi sin darnos cuenta, cada uno aportando algo: una idea, una mano, una opinión. 
El mate circulaba y entre charla y charla íbamos aceitando cada detalle. 
El domingo de la carrera, a las 6:32, largábamos. Mingo y yo, en el Fitito, teníamos por delante un nuevo desafío. 
Pero en realidad la carrera nunca era solo la carrera; era la excusa para colaborar, para devolverle algo al campamento y a la escuela que tanto nos habían dado.
El sábado anterior fue de esos días intensos que quedan grabados. Pasamos la tarde pintando los números en los autos, pegando los carteles de Mendicrin y de otros auspiciantes, revisando que todo estuviera en orden. 
La carne para el asado ya estaba lista, la bebida acomodada, y las mesas se armarían temprano al día siguiente. Había cansancio, pero sobre todo había entusiasmo, ese entusiasmo que nace cuando se hace algo entre todos.
El domingo llegó temprano, con ese aire fresco de las mañanas que prometen un día largo. 
La largada fue puntual. Tres, dos, uno, y salimos. Íbamos regulando el tiempo rumbo a Lima, donde terminaba la carrera. La concentración era total, atentos a los autocontroles, a los controles ocultos, al cronometraje y a cada detalle de la planilla. En medio de esa seriedad apareció Fidel, en su Fitito. Nos pasaba, lo dejábamos pasar, después lo volvíamos a pasar, y otra vez nos alcanzaba. Era una situación extraña. Le hacíamos señas para que mirara el reloj, para avisarle que algo no estaba bien, pero él respondía con una sonrisa y seguía, como si nada. Mingo se inquietaba y me decía que le avisara, que algo andaba mal. Yo trataba de hacerle entender mientras miraba la planilla, pero Fidel simplemente levantaba la mano en señal de saludo y aceleraba un poco más, como si estuviera en otra carrera, o tal vez entendiendo todo de una manera distinta.
Así llegamos a Lima. La mañana seguía fresca y había ese clima particular de cuando algo termina pero todavía no se asimila del todo. 
Entregamos las planillas y emprendimos el regreso a la escuela, que nos esperaba como siempre. Porque en realidad lo importante venía después: el asado, el truco, las charlas interminables mientras se aguardaba la entrega de premios. Era una fiesta, año tras año, una de esas cosas que no se olvidan.
Como era habitual, los primeros puestos eran para quienes se dedicaban de lleno a las carreras. Nosotros habíamos quedado bastante más atrás, en el puesto 54, más o menos en la mitad de la tabla. 
No era sorpresa, era lo esperable. Sin embargo, Fidel festejaba. Lo hacía con una alegría genuina, como si hubiera ganado. Nos mirábamos sin entender. 
Si nos había pasado, si lo habíamos pasado, nada terminaba de cerrar. En las mesas empezaron los comentarios, las discusiones, los de siempre que se enojaban y decían que si ganaba tal o cual no corrían más. 
La expectativa crecía a medida que se anunciaban los resultados.
Llegó el tercer puesto, después el segundo, y de repente alguien gritó Fidel. 
Por un instante pareció posible, pero enseguida se supo la verdad: Fidel ni siquiera estaba anotado en la competencia. La risa fue general, de esas que alivian todo, de esas que explican por qué estábamos ahí. En esa risa estaba el sentido de todo lo vivido.
Nos fuimos cuando el sol empezaba a caer, despacio, sin apuro, como queriendo estirar el día un poco más. Quedamos en lo de siempre, en volver a encontrarnos al año siguiente, en el mismo lugar, en el campo de deportes del Raggio, que para nosotros era, simplemente, casa.
Con el paso del tiempo, muchos de aquellos compañeros tomaron distintos caminos. 
Algunos siguen cerca, otros aparecen de vez en cuando en un saludo o en un recuerdo compartido. Nombrarlos a todos sería imposible, pero no hace falta, porque de alguna manera todos están presentes en estas historias. 
Y están, sobre todo, los que dejaron una marca más profunda. Donca, con su hola, pibe que todavía resuena cada vez que uno vuelve, aunque sea en la memoria. 
Y Fidel, con su sonrisa, su Fitito y su forma tan particular de vivir cada momento, recordándonos que no todo pasa por ganar, que muchas veces lo importante es simplemente estar, compartir y disfrutar.
Este fue uno de tantos domingos inolvidables en el campo de deportes del Raggio, uno más de esos días que, sin saberlo en el momento, se vuelven eternos con el tiempo. 
Un recuerdo que sigue vivo, como todos aquellos que formaron parte de esa etapa y que, de una manera u otra, siguen estando cada vez que decidimos volver a subir aquella escalera.
PD. Gracias, Fidel, Luis, Donca, gracias por tanto.


 En las Escuelas Técnicas Raggio, el aprendizaje no es un camino fácil ni inmediato: es una construcción diaria hecha de esfuerzo, dedicación y compromiso.
Como enseñaba Séneca, en sintonía con el Estoicismo, el verdadero valor de las cosas nace del sacrificio que implican. Y esa idea vive en cada rincón de esta institución.
Aquí cobra sentido una frase que resume ese espíritu: “Nunca mucho costó poco.”
En ella se refleja la esencia de las Raggio: cada logro del alumnado es fruto de horas de estudio y práctica; cada enseñanza del cuerpo docente es un acto de vocación y entrega. Docentes que guían con paciencia y firmeza, formando no solo técnicos, sino personas íntegras. Alumnos que, con esfuerzo constante, comprenden que el conocimiento profundo no se regala: se conquista. Así, las Raggio no solo educan, sino que forjan carácter, preparando generaciones que sabrán valorar lo que han construido con sus propias manos.
Porque aquello que exige esfuerzo perdura, y lo que se gana con dedicación, se honra para siempre.
 En la primavera de 1962, cuando un grupo de alumnos y docentes de la especialidad de Cincelado y Grabado decidió salir de las aulas para tender sus primeras carpas en la localidad bonaerense de Chascomús, estaba naciendo algo mucho más grande que un simple campamento. 
Aquella experiencia inicial, sencilla y profundamente humana, dio origen al Campamento de Cincelado y Grabado (CACyG), la primera semilla de una historia que con el tiempo se volvería inolvidable.
El entusiasmo que dejó esa vivencia fue tan intenso que al año siguiente los encontró nuevamente unidos, con más ganas, más sueños y un horizonte que empezaba a ampliarse. 
Lo que había comenzado como una iniciativa de una sola especialidad empezó a convocar a otros alumnos: de Construcciones, de Electrotecnia y de tantas áreas más, todos atraídos por ese espíritu de camaradería y aventura.
Así, el 19 de septiembre de 1963, ese impulso colectivo tomó una nueva dimensión con la fundación del Campamento Interprovincial Escuelas Raggio (CINTER), oficialmente reconocido pocos días después, el 23 de septiembre. 
Ya no era solo un grupo: era una comunidad en marcha.
Desde entonces, el objetivo fue tan claro como noble: que sus integrantes, en un marco de amistad, organización y esfuerzo compartido, conocieran el país, su gente, sus costumbres y sus tradiciones. Y así lo hicieron. 
Con carpas confeccionadas a mano por madres generosas, que no solo cosían telas sino también sueños; con fogones encendidos en el recordado espacio de “La Cachila”, donde semana por medio se reunían entre cantos, risas y guitarras; con ese aire de pertenencia que transformaba cada encuentro en algo único.
Cada enero era una partida. Nuevos contingentes emprendían viaje hacia destinos que, más que puntos en el mapa, eran experiencias de vida. El CINTER recorrió todas las provincias argentinas, desde grandes ciudades hasta pequeños pueblos perdidos entre montañas, dejando huellas y llevándose historias.
Hubo hitos que marcaron esa trayectoria: ser uno de los primeros grupos organizados en llevar a cabo actividades de campamento en el Campo de Ischigualasto, el imponente Valle de la Luna; emprender un raid inolvidable de 16.000 kilómetros por la Patagonia, hasta los límites de los hielos continentales, a bordo de tres fieles Citröen; o acercar una colección de libros a una escuela rural en la sierra jujeña, cerca de Punta Corral, donde el gesto fue mucho más que material: fue presencia, fue compromiso.
En 1975, la historia sumó una nueva dimensión con la creación de la rama femenina. Al principio con actividades propias, luego integrándose en un mismo camino, enriqueciendo aún más esa experiencia colectiva.
Y entre tantos recuerdos, hay símbolos que perduran, como aquel cerro jujeño en Purmamarca que fue bautizado Cerro Madero, en homenaje a Eduardo Madero. Un gesto simple y profundo, como todo lo que nace del afecto.
Las peñas folclóricas y los festivales artísticos, iniciados en 1964 y sostenidos ininterrumpidamente durante décadas, fueron otra expresión viva del espíritu del CINTER. Allí, entre danzas, canciones y aplausos, se consolidaba algo que iba más allá de cualquier actividad: una identidad compartida.
Pero si hay algo que verdaderamente define al CACyG primero y al CINTER después, no son solo sus logros ni sus recorridos, sino las personas que le dieron vida.
Profesores como Rossi y, de manera entrañable, Carlos Enrique Gaviola uno de sus creadores y guía incansable hasta fines de la década del noventa entendieron que enseñar también era acompañar, compartir, confiar. Dejaron una huella que trasciende el tiempo.
Y en ese entramado de vivencias aparecen los recuerdos más íntimos, los que no figuran en ninguna crónica oficial pero viven intactos en la memoria: los sábados de fogón o de quedada, donde la rutina desaparecía; aquel famoso cuartito allá arriba, al final de la vieja escalera en la cumbrera de la escuela, testigo de charlas interminables, de confidencias, de risas que aún hoy parecen resonar.
Porque hay amistades que nacen en esos espacios entre mochilas, caminos y noches compartidas que se vuelven para siempre. Lazos profundos, sinceros, imposibles de describir del todo con palabras.
Por eso, este relato no es solo historia. Es emoción. Es gratitud. Es memoria viva.
Vaya entonces, en estas líneas, un caluroso saludo a Luis Rossi, compañero de tantos momentos compartidos. Y un recuerdo permanente para el profesor Gaviola, no solo por lo vivido en el campamento, sino por todo lo que significó dentro de la escuela y en la vida de quienes tuvieron la fortuna de conocerlo.
El CACyG encendió la chispa. El CINTER la convirtió en camino.
Y ese camino, recorrido con esfuerzo, amistad y sueños, sigue vivo en cada recuerdo.




lunes, 16 de marzo de 2026

 Se viene la tormenta…
No esa llovizna fina
que se hace la sentimental
en los balcones de la gente decente.
No…
Ésta viene con bronca,
con barro en los zapatos del cielo
y con ganas de lavar
las mentiras de esta ciudad.
Pero mirá qué cosa rara, hermano…
mientras la tormenta sacude los techos
y el viento se pelea con las persianas,
la lluvia caprichosa
decidió caer despacito
en un solo balcón.
En ese balcón.
El mismo donde una noche
juraste que la vida
iba a ser menos turra de lo que fue.
El mismo donde yo, pobre otario,
me creí Gardel
porque tu risa me hacía sentir eterno,
como si el mundo no fuera
este cambalache sin arreglo.
Y ahí está…
la lluvia cayendo sola,
como si el cielo supiera
que en ese pedazo de hierro oxidado
quedaron colgadas
las notas del último tango.
Un tango que gritamos
entre broncas,
entre sueños mal cosidos,
entre promesas que el tiempo
mandó al tacho sin pedir permiso.
La ciudad ruge abajo…
tranvías de recuerdos,
faroles cansados,
veredas viejas de Buenos Aires
que saben demasiado
de amores torcidos
y de tipos que se quedaron
hablando solos con la noche.
Pero la lluvia sigue ahí…
terca…
golpeando ese balcón
como si quisiera despertarnos
de esta comedia triste.
Porque, sabés
A veces el cielo se pone filósofo
y se le da por limpiar
la mugre del alma.
Y entonces milagro de arrabal
cuando la tormenta se canse
de repartir relámpagos
y el viento se quede sin insultos,
va a nacer un sol medio tímido
entre las nubes.
Y ahí…
capaz que tu sonrisa
vuelva a cruzar la calle del recuerdo
y se me siente otra vez en los brazos.
o para salvar el mundo…
Pero sí para probar
que todavía se puede
bailar un tango
aunque la vida haga trampa.
Será el último tema
del primer sábado de otoño.
Lo bailaremos despacio…
como dos sobrevivientes
que aprendieron tarde
que el día y la noche
no se pelean tanto
cuando el corazón afloja.
Y la lluvia esa lluvia testaruda
seguirá cayendo
en aquel balcón.
Como si el cielo,
entre tanta tormenta,
también tuviera
su pedacito de nostalgia.


 Cuando la noche cae despacio
y el mundo se vuelve silencio,
pienso en vos…
como quien busca una estrella
para no perderse en la oscuridad.
Porque aunque el cielo apague el sol,
hay una luz que no se rinde,
la que vive en tu sonrisa,
la que respira en tu voz
cuando pronuncias palabras suaves
que acarician el alma.
En esta noche tranquila
tu recuerdo camina por mi pecho
como un perfume tibio,
dulce, acaramelado,
que despierta los latidos
y vuelve más profundo el amor.
Y mientras la luna vigila el cielo
y las horas se vuelven susurro,
cierro los ojos
y te nombro en silencio.
Porque aun cuando el mundo duerme,
vos seguís iluminando mi vida
como un sol secreto
que no se esconde nunca.
Buenas noches, amor…
que los sueños te abracen suave
y que en algún rincón de tu descanso
mi corazón también te encuentre.


 Buenos Aires acompaña las penas
de bar en bar, de café en café.
En cada mesa vive una historia,
en cada esquina alguien recuerda
lo que el corazón no pudo olvidar.
Los amigos, eternos consejeros,
con un vaso de vino y paciencia
escuchan silencios que pesan más que palabras.
El bodegón guarda secretos,
la mesa del rincón conoce lágrimas
y la que está pegada a la ventana
ve pasar la vida como un tango lento.
Antes, la ciudad no dormía.
Las luces seguían despiertas
como si entendieran que algunos
no podían cerrar los ojos.
Hoy Buenos Aires se acuesta temprano,
por prudencia, por miedo,
y los bares descansan sus sillas vacías.
Solo las estaciones de servicio
tienen el café siempre listo,
como la luna que nos acompaña
cuando la noche se vuelve demasiado larga.
Y las lágrimas que caen
no llegan nunca al suelo:
antes de tocar el piso
se transforman en poesía,
en palabras que inevitablemente
terminan buscándola a ella.
Porque por suerte existe.
Y porque en algún rincón de Buenos Aires,
entre un farol cansado y una vereda mojada,
aparece su risa de repente,
me roba una sonrisa
y entonces comprendo
que la tristeza también sirve para algo:
para reconocer la felicidad
cuando finalmente llega.



domingo, 15 de marzo de 2026

 Se va la magia.
Se va el domingo,
ese día extraño y luminoso
en el que el tiempo parece caminar descalzo
y los relojes, cansados de apurar la vida,
deciden detenerse un rato.
El domingo no corre, respira.
Amanece despacio,
como si la luz tuviera sueño todavía.
La mañana entra por la ventana
con olor a café recién hecho,
a pan tibio, a calles silenciosas
que aún no recuerdan el ruido de la semana.
Las horas se estiran como gatos al sol.
Uno puede levantarse tarde
o quedarse un poco más
escuchando el murmullo del mundo
que despierta sin prisa;
un perro que ladra a lo lejos,
una radio encendida en alguna cocina,
el viento moviendo las hojas
como si leyera un libro invisible.
En domingo todo es posible.
Puede salir el sol de repente
y llenar de oro las veredas,
o puede llover despacio,
de esa lluvia mansa
que invita a quedarse adentro
viendo cómo las gotas
dibujan caminos en el vidrio.
Puede ser día de caminar sin rumbo,
de recorrer calles largas
como si el tiempo fuera infinito,
mirando balcones, árboles,
la sombra que cae tranquila
sobre las paredes antiguas.
O tal vez quedarse en casa,
dejando que las horas pasen
entre una película,
una serie interminable,
un libro abierto en cualquier página
o la simple compañía del silencio.
El domingo tiene sus propios rituales:
la mesa que se arma sin apuro,
el almuerzo que puede empezar tarde
y terminar aún más tarde,
las conversaciones que se alargan
como caminos que no quieren llegar.
El aroma de la comida
mezclándose con la risa,
con la música que alguien pone bajito,
con la tarde que entra dorada
por la puerta entreabierta.
Después llega esa hora suave
en la que el sol empieza a inclinarse
y el mundo parece más lento todavía.
Es la hora de las caminatas largas,
de los parques con hojas moviéndose despacio,
de las plazas donde los niños
aún corren detrás de una pelota
mientras el cielo se vuelve más profundo.
El viento trae recuerdos,
la sombra se alarga sobre las veredas,
y uno aprende sin darse cuenta
a mirar mejor las cosas simples,
la luz entre los árboles,
el perfume de la tierra,
la calma que casi nunca tenemos.
Y en medio de esa quietud
también estás vos.
En algún lugar del mundo,
quizás caminando otra calle,
mirando otro cielo,
escuchando otra música
en otra tarde de domingo.
Antes te buscaba
entre las multitudes,
entre las historias posibles,
entre los días que pasaban rápido.
Pero ya no.
Porque de algún modo
te encontré.
Tal vez en una mirada,
tal vez en un recuerdo,
tal vez en esa forma extraña
en que los domingos
siempre terminan llevándome a vos.
Cuando cae la tarde
y el cielo empieza a despedirse del sol,
cuando las luces se encienden despacio
en las casas y en las calles,
cuando el mundo vuelve lentamente
a prepararse para la semana,
yo sé que en algún lugar existís.
Y aunque el domingo se vaya
como se va la música
después de una canción hermosa,
queda algo.
Una calma, una memoria,
una certeza suave.
Porque los domingos tienen ese secreto:
nos recuerdan
que el tiempo también puede ser bello,
que la vida no siempre tiene que correr,
y que hay personas
que habitan silenciosamente nuestros días.
Por eso,
cuando el domingo se va
y la noche comienza a cerrar sus puertas,
yo todavía sé más de vos.
 La noche se esconde en la esquina cansada,
y el barrio bosteza su sombra final;
un fuelle suspira detrás del mostrador
y el piano se anima de a poco a llorar.
Sola en la penumbra, callada y serena,
una mujer toca mirando al río;
desnuda de miedos, de noche y de pena,
le roba a la aurora su primer suspiro.
El tango se arrima despacio a la mesa
como si aún lo cantara Edmundo Rivero,
con esa voz honda que al barrio regresa
cuando el recuerdo se pone a doler.
Y suenan en ecos del viejo arrabal
las sombras de Osvaldo Pugliese
y el fuelle sagrado de Aníbal Troilo,
mientras la esquina parece escuchar
la voz desvelada de Roberto Goyeneche.
En un hilo de luz se levanta el cantar
de Susana Rinaldi en la memoria,
y raspa la noche, con filo de bar,
la garganta ronca de Adriana Varela.
Pero el piano insiste bajo sus manos,
y el amor respira sobre el teclado;
nota tras nota, despacio y temprano,
va naciendo el día sobre el empedrado.
Y cuando el sol pinta de oro la esquina
y el río despierta la ciudad entera,
Buenos Aires cambia su vieja rutina…
pero el tango queda
raspando en la madera.


 El tango es un café y una medida,
así de simple.
Antes le agregaba un pucho
que dibujaba espirales en el aire,
pero hoy alcanza
con el humo tibio del recuerdo
y tu compañía.
Una mesa gastada contra el vidrio,
la calle mojada
reflejando faroles cansados,
y un dos por cuatro silbado bajito
que se escapa entre los dientes
como si la noche misma
lo estuviera tarareando.
Un violín llora en algún rincón,
quizás de una radio vieja,
quizás de un bandoneón que no se ve,
y todo se mezcla despacio
con un riff de Pappo
que raspa la madrugada
como una navaja de arrabal.
Eso es Buenos Aires.
Un sábado a la noche,
o la noche de un día cualquiera,
porque acá las noches
siempre tienen algo de tango
aunque nadie las baile.
La  medida y los cubos de hielo
tintinean como campanitas cansadas.
El café humea lento,
como pensando en voz baja.
Y vos,
del otro lado de la mesa,
con esa manera tuya de mirar
como si supieras
que la ciudad se cae a pedazos
pero igual se levanta cada madrugada.
Entonces el bar se vuelve puerto,
la calle se vuelve río,
y la noche un tango más.
Y yo me dejo llevar
como se deja llevar el bandoneón
cuando suspira.
Porque al final el tango es eso:
un café, una medida,
dos cubos de hielo
golpeando el vidrio del vaso,
un dos por cuatro perdido en el aire y vos
acunando una noche más.
Como cada tango, 
como cada noche en Buenos Aires.


 El sol se esconde despacio
detrás del ancho Río de la Plata,
y la tarde se vuelve un suspiro largo
sobre la costa de Vicente López.
Queda flotando en el aire
ese olor salado del río,
mezcla de brisa, de noche naciendo
y de promesas que nadie dice en voz alta.
Caminamos despacio,
como si el tiempo tuviera miedo
de romper el silencio.
La luna empieza a levantarse
sobre el agua inmensa,
y su reflejo se dibuja en el río
como un tango que todavía no se anima
a empezar.
La brisa nos rodea suave,
trae el murmullo del agua
y ese perfume extraño del río
que no siempre es confiable
pero siempre es verdadero.
Y ahí estás vos.
Sentada a mi lado
mientras saboreamos la cena
como si fuera parte del paisaje:
la noche,
la brisa del río,
las luces lejanas
dibujando el horizonte.
No hace falta decir demasiado.
El río habla por nosotros
con su voz profunda
golpeando despacio contra la orilla.
Entonces caminamos.
La luna nos acompaña
dibujando caminos de plata sobre el agua,
y cada paso por la costanera
tiene ese algo tuyo
que cambia el color de las cosas.
Las luces de la ciudad
quedan atrás, suaves,
como si Buenos Aires respirara lento
para no interrumpir este momento.
El río sigue ahí,
inmenso, oscuro, paciente.
A veces parece abrazarnos
con su rumor constante,
como si conociera todos los secretos
de los que caminan junto a él de noche.
Y en medio de esa noche
entre la brisa, la luna y el agua
entiendo algo simple
que hay momentos
que son la forma más pura de la vida.
Caminar despacio por la costa,
escuchar el río,
sentir la noche abrirse sobre el mundo…
y saber
que con vos al lado
todo se vuelve tango.


viernes, 13 de marzo de 2026

 Los Picapiedras, un clásico inolvidable de Saavedra.
En la esquina de Manzanares y la entonces Avenida del Tejar, hoy Avenida Ricardo Balbín, supo latir uno de esos lugares que hacen barrio: la pizzería Los Picapiedras. 
No hay fotos que la documenten, pero vive intacta en la memoria de quienes cruzaron su puerta.
En el corazón de Saavedra, cuando el barrio tenía cines, noches largas y casi no dormía, el salón era punto de encuentro obligado. En verano, las mesas ocupaban la vereda; adentro, el murmullo constante, las familias y las sobremesas eternas componían una escena que parecía no terminar nunca.
La pizza era protagonista. La de choclo tenía fieles devotos. Pero la de cebolla era una obra maestra: giraba dentro del horno mientras la cebolla se tostaba lentamente, alcanzando ese dorado perfecto, apenas caramelizado, que todavía hoy parece imposible de repetir.
La geografía del lugar tenía sus secretos. 
La entrada estaba sobre la avenida y en la ochava; la cocina, sobre Manzanares. 
Más de una vez alguien se metía a charlar con el pizzero entre harina y vapor. 
Los escalones no llevaban al salón: se bajaban solamente para ir al baño, como si ese pequeño descenso fuera parte del ritual de cada noche.
Desde la caja, Rodolfo observaba todo. 
Cuando había mucha gente esperando mesa, pedía con amabilidad que diéramos una vuelta y regresáramos más tarde. Y siempre volvíamos. 
Los mozos, Riguete, Sánchez y Daniel, tenían su carácter, poca paciencia a veces, sobre todo cuando nos quedábamos horas consumiendo lo mínimo. Pero eran parte del alma del lugar.
Y cada noche tenía sus figuras infaltables. 
Era casi seguro ver a Gimenes pasar a tomar su whisky con café y una jarra de agua helada con hielo, siempre en la misma mesa, siempre con el mismo gesto tranquilo. 
O cruzarse con Chona Galvani y sentarse un rato a hablar del barrio, de la familia, de las cosas simples de la vida. 
Porque Saavedra tenía eso: nos conocíamos todos. Nos saludábamos. Sabíamos quién era el hijo de quién. Había tiempo para la charla y para el encuentro.
Eso fue lo que el barrio supo tener y lo que hoy, de algún modo, se fue apagando. Los candados y las rejas nos alejaron de ese ritual cotidiano de vernos las caras sin miedo, de sentarnos a conversar sin mirar el reloj.
Hoy el local cambió de rubro y nada queda físicamente de aquella pizzería. 
Pero Los Picapiedras fue y seguirá siendo un símbolo de ese Saavedra que supo tener noches vivas y puertas abiertas. Recordarlo no es solo nostalgia. es mantener encendida la memoria de un barrio que se construía, sobre todo, en la mesa compartida y en la conversación.
PD: Hoy es una parrilla, pero es la imagen más cercana que encontré de la esquina que estoy mencionando.




Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...