domingo, 22 de junio de 2025

Sobre la calle Suipacha vibra un eco de antaño,
de tazas humeantes, de tango y murmullo,
un rincón de la historia con techo de orgullo
y vitrales que guardan el tiempo en sus mesas.
La fundó un gallego con sueños de espuma,
Manuel, el de acento de mar y taberna,
que alzó entre los muros de un alma interna
un palacio de aromas, de luz y de bruma.
Belle Époque en dorados, espejos y encajes,
donde el arte respira en cada rincón,
y el mármol conversa con discreción
sobre amores furtivos y viejos linajes.
El ingeniero González trazó su estructura
con gesto elegante, y visión sin medida,
y así se fundó La Ideal en su vida,
donde el tiempo se viste de arquitectura.
Pasaron poetas, ministros y actores,
tertulias, milongas, política y vino,
con mozos atentos, y aquel pan divino
que endulzó las bocas de tantos doctores.
Hoy resiste el olvido, aún vibra su canto,
con alma de radio y perfume a novela,
la ciudad la acaricia, la cuida y consuela,
porque hay sitios que son más que un manto.
La Ideal no es un sitio, es un modo, un instante,
es un Buenos Aires que nunca se rinde,
que en medio del ruido, sueña y se deslinde
tomando un café en su mesa elegante.

 En los tiempos de sol sin apuro,
cuando el río era un libro abierto,
Vicente López tejía sus tardes
con siluetas de trajes y besos.
El Ancla brillaba en la orilla,
refugio de amores de paso
y domingos con gusto a boliche.
Sombrillas que el viento arrullaba,
termos que hablaban de casa,
risas mojadas, rodillas de arena,
y un cielo de nubes escasas.
Los viejos jugaban a la sombra
con naipes y voces cansadas,
mientras pibes corrían descalzos
tras un sueño de espuma y naranja.
Y ella, quizá sin saberlo,
miraba el río tan quieta,
con los ojos llenos de historia
y un pañuelo atado en la trenza.
Hoy queda la sombra del muelle,
el rumor del agua que insiste,
y en el viento que viene del norte
una voz que todavía lo dice.
El Ancla no era sólo un balneario,
era un modo de estar en el mundo,
con los pies en la tierra marrón
y el corazón, flotando profundo.

Hubo un tiempo en que el río
se vestía de verano,
y entre risas y reflejos
brillaba un mundo urbano.
Saint Tropez se llamaba,
y aunque no era francés,
tenía en sus orillas
un encanto que tal vez
ni el Sena, ni la Riviera
pudieron imaginar.
Un pueblo que en la ciudad
soñaba con el mar.
La Costanera Norte ardía
con canciones y champán,
cámaras, políticos,
y un viejo club social.
Allí bailaban las horas
bajo el sol o en la TV,
la espuma era de copas
y de olas de papel.
El cemento se volvía
arena de carnaval,
y el viento entre las palmeras
susurraba un carnaval.
Pero el tiempo no perdona
ni a los sueños del verano,
y en el ochenta y ocho
cambió el rumbo la mano.
Coconor, la concesión,
la promesa sin cumplir,
el glamour se fue apagando,
la pileta quiso huir.
Y en el ‘98 calló la música del ayer,
ya no hay playa, ni reflejos,
ni el perfume de placer.
Hoy el verde lo ha cubierto
con banderas de otras tierras,
el Parque de las Américas
descansa donde hubo guerras
de espuma y de bikinis,
de programas y champagne,
donde la risa flotaba
como un tango al caminar.
Los árboles ya no saben
lo que el río supo ser,
pero en el aire persiste
un suspiro de mujer.
Un recuerdo, una postal,
una imagen en sepia y sol:
Saint Tropez en Buenos Aires,
una playa, una canción.
Llegó sin aviso, sin tregua ni pausa,
el río creció como fiera sin jaula.
Mordió la ribera, rompió los juncales,
arrastró las islas, quebró los umbrales.
Un viento dolido soplaba en la noche,
las madres rezaban, los niños lloraban.
La radio temblaba con voces lejanas,
y el barro subía por cada ventana.
Las casas de madera, de amor y sudores,
se hundían calladas, sin quejas ni flores.
Los árboles viejos lloraban su historia,
ahogados los sueños, perdida la gloria.
La escuela flotaba, los botes de a poco
se volvían casas de un pueblo sin foco.
Un niño buscaba a su hermana en la espuma,
la madre en silencio miraba la bruma.
Los hombres del río, curtidos en lodo,
alzaban colchones, salvaban el modo.
Pero el agua entra donde el alma quiebra,
y aquel año negro dejó abierta la puerta.
Murieron gallinas, murieron rosales,
los muelles cedieron con crujidos graves.
Y en cada canoa un adiós sin destino,
con nombres perdidos que arrastra el camino.
Desde entonces vive en el Delta una sombra,
que canta en los sauces, que a veces te nombra.
La creciente trajo su ley, su castigo,
y el agua se fue… pero quedó el ruido,
de aquel 1959 que nunca olvidaré.

martes, 6 de mayo de 2025

 Ella subía en el tercer muelle,
con el pelo suelto y los ojos de río.
Él ya estaba, como siempre,
en el banco de madera junto a la ventana,
dejando que el viento le robe la gorra
y le deje, en cambio, el perfume de los juncos.
La lancha iba lenta,
pero el corazón, no tanto.
Muelle a muelle,
el patrón cantaba los nombres
como si leyera una poesía,
Tres Bocas… Abra Vieja… Espera…
Y cada vez,
algún gesto mínimo los rozaba:
una sonrisa, un roce de codos,
el mismo mate que pasaba de mano en mano.
El Delta los miraba crecer
como crecen las cosas que no se apuran,
una flor en la orilla,
el rumor de un hola que pide quedarse,
el primer _ hasta dónde vas,
que suena a promesa.
Las lanchas saben todo.
Guardan secretos entre tablas y motores:
la carta doblada en el bolsillo,
la mirada que se escapa por la ventanilla
pero regresa cuando el otro también mira.
Un día, sin hablarlo,
se bajaron juntos en un muelle sin nombre.
La lancha siguió viaje,
como si entendiera que había cumplido su misión,
unir orillas, sí, pero también unir 
cuerpos,almas, vidas.
Desde entonces,
cuando pasan las colectivas,
ella las saluda desde el muelle
y él las espera con el mate en la mano,
por si algún día,
algún amor nuevo sube
y vuelve a empezar
esa vieja historia de irse encontrando
de muelle en muelle.


 En una curva solitaria del arroyo,
donde el sauce se inclina a escuchar las penas,
vive una mujer de ojos como el fondo del río,
profundos, calmos, y cargados de espera.
Todos en la isla la conocen por su modo:
siempre peinada, con el mate a un lado,
sentada en el muelle de maderas viejas,
mirando las lanchas, una por una,
como si en alguna viniera el milagro.
Una tarde, muchos años atrás tantos que ya
nadie recuerda el día exacto
llegó él en una lancha de paso,
con olor a madera nueva y voz de puerto.
No traía anillos, ni promesas compradas.
Solo un gesto, una flor de camalote,
y esas palabras que se clavan sin quererlo.
Volveré. Te lo juro. Lo nuestro no es de paso.
Ella creyó. Porque el Delta, cuando se enamora,
no entiende de distancias ni de capitales.
Y el amor en el agua tiene un peso distinto,
como si flotara y se hundiera al mismo tiempo.
Desde entonces, cada amanecer es un ritual,
pone el agua, se sienta, y mira.
La lancha almacenera, la de los obreros,
la que trae turistas y pan y diarios.
Ninguna es la suya. Ninguna tiene su silueta.
A veces se permite pensar que fue mentira.
O que algo más fuerte lo retuvo lejos.
Pero en lo hondo, en el pliegue más secreto de su pecho,
sabe o quiere saber que aún navega hacia ella.
Los chicos del lugar le preguntan si espera a alguien.
Ella sonríe, como quien no quiere abrir la herida,
y les regala un cuento, un libro, un caramelo.
Pero el río la sabe, el río no miente.
Y cada tanto, cuando el viento sopla del este
y la neblina se recuesta sobre el canal,
alguien jura haber visto una lancha sin nombre
deslizarse despacio, sin dejar estela,
como si buscara una casa con muelle,
y una mujer con los ojos llenos de promesas.


Era doce de octubre, el país conmemoraba
el día de la Raza, la historia, la sangre entrelazada.
Pero él, buscado por sombras y amenazas,
halló en las islas su patria callada.
Con Eva a su lado, firme compañera,
cruzaron las aguas, dejando la espera.
El mundo rugía con voces de guerra,
pero el Delta ofrecía la paz de la tierra.
La isla Ostende, nombrada lejana,
recordaba a Europa, su costa temprana.
Pero allí, entre juncos y sauces que lloran,
hallaron abrigo mientras el tiempo devora.
El padre de Rudi, custodio del río,
prestó su rincón con silencios y bríos.
Y entre Tres Bocas y el San Antonio,
el amor resistía, como un testimonio.
No hubo escoltas, ni trajes, ni escollo,
sólo el canto del agua y el barro en el cuello.
Y Eva, con ojos de luna encendida,
guardaba el secreto de aquella partida.
Allí se escondieron del mundo y su guerra,
en la isla que late como una arteria.
Refugio de historia, de amor, de coraje,
donde el tiempo se dobla y calla el lenguaje.
Y aunque el poder se mude y el viento lo borre,
el Delta recuerda, susurra sus nombres.
Porque hay huellas que el agua no arrastra,
y amores que brotan cuando el mundo se desgasta.

Todo empezó sin ruido,
una mano tomada en el verano,
una calle de Tigre perfumada de sombra,
y una casa en ruinas que pedía ser sueño.
Carlos miró, y supo.
Su esposa a su lado, el futuro en los ojos.
Allí donde el río susurra en galopes,
nació la promesa, levantar poesía con paredes.
La casona de 1889, alta sobre pilotes,
como un tren que nunca partió,
se volvió taller, se volvió memoria.
No se toca lo que aún respira.
Y al costado, como brote blanco de espuma,
creció Bengala,la hermana secreta de Casapueblo,
donde el Delta y Punta del Este
se dan la mano en silencio.
No es una casa, es un cuerpo.
Todo es curva, refugio, textura.
Galerías que abrazan,
cúpulas que miran al cielo
como ojos dormidos.
Hay una chimenea que canta al mar,
una biblioteca tallada en cemento
que recuerda a África,
y un frente de locomotora
convertido en bar para el vino lento.
Allí no vive el lujo, vive la mano del artista.
El gesto de moldear la luz, de tallar la sombra,
de guardar el mundo en objetos con alma.
Páez Vilaró hizo un nido,una cueva luminosa
donde el arte es casa y la casa, un poema.
Y aún hoy, cuando el viento del río
cruza ese jardín de hojas altas,
es posible oírlo, como un eco,
Aquí también soy, y aquí también sueño.

Fue en un recodo del Delta,
donde el arroyo Felipe
se curva como un suspiro
que no quiere despedirse.
Allí, la encontró una tarde,
recostada entre las cañas,
con el pelo suelto al viento
y la piel recién mojada.
Venía de otro silencio,
de otra orilla, de otra calma.
Él buscaba solamente
un refugio, una cabaña.
Pero en sus ojos turbios
como el barro de las ramas,
vio la promesa de un fuego
que ni el río le apagaba.
Ella hablaba cómo sueñan
los que han dormido en la arena,
con palabras demoradas,
y una risa que se queda.
Le mostró su casa humilde,
hecha de mimbre y paciencia,
con ventanas sin relojes
y paredes que no esperan.
Allí el amor fue creciendo
como crecen los camalotes,
sin apuro ni destino,
pero con raíces nobles.
Se amaron en las madrugadas,
bajo cielos sin tormenta,
y también cuando llovía
y el tejado no alcanzaba.
Y los puentes…
Ah, los puentes. . . 
Testigos de cada cita.
Puentes de madera rústica
que crujen con las visitas,
puentes que unían los cuerpos
cuando el río los partía.
El Felipe era un espejo
de los besos detenidos,
y esos puentes, entre sauces,
fueron templos escondidos.
Él cruzaba cada día
con el corazón herido
y al pisar sobre sus tablas
le volvía el albedrío.
Hubo mates compartidos
en la punta de un muelle,
lecturas en voz muy baja
y caricias con orquestas
de chicharras y jilgueros
y ese perfume salvaje
que tiene el junco en la siesta.
Pero el Delta tiene ciclos,
y a veces se va quien llega.
Una mañana sin letras
ella partió río abajo,
sin promesa ni retorno,
como se van las estrellas
cuando el alba las desarma.
Él quedó con la casita
que ahora llama su condena.
La arregla, la pinta, la espera,
le habla a los muebles viejos
como si fueran de ella.
Y cruza el puente despacio
aunque ya no haya otra orilla,
como quien aún cree en milagros
aunque duelan las costillas.
Y cuando el Felipe canta
por las noches más serenas,
él cree ver entre la niebla
su figura entre los juncos .
Porque el amor en el Delta
no muere, solo navega.
Y los puentes, si recuerdan,
a veces nos traen de vuelta.

 
Se va cayendo la tarde despacito
como se resbala un suspiro en la piel,
el sol se inclina sobre el Arroyón,
y la bajante murmura su nostalgia
mientras el agua acaricia raíces antiguas.
Desde la galería, el mundo es otro.
El murmullo de la ciudad quedó tan lejos
que apenas si recordamos su ruido.
Acá, el único bullicio es el de los pájaros
cruzando puentes de ramas entre orillas
o el crujir leve de la madera que nos sostiene.
Ella lee en voz alta un poema de amor
y yo dibujo versos con el dedo en la mesa,
como si las palabras pudieran flotar
hasta mezclarse con la brisa tibia
que nos envuelva los cuerpos sin apuro.
El mate humea su magia lenta,
y cada palabra suya es una semilla
que germina en mi pecho con dulzura.
No hace falta más que estar,
dejar que el Arroyón escriba con nosotros
la historia de un amor sin prisa ni testigos.
Los puentes, esos viejos confidentes de madera,
nos guiñan un ojo desde su sombra alargada,
saben de besos robados en caminatas lentas,
de promesas tejidas entre sus tablones gastados.
Y así, con el día apagándose sin drama,
nos vamos haciendo río,
entre poemas, miradas, y palabras alentadoras,
en este rincón donde todo parece un cuento,
y la vida, por fin, respira despacito.

viernes, 2 de mayo de 2025

 Allí donde el río hace un gesto sereno
y el sol se despereza entre sauces y cielo, estaba la casa El Pájaro Loco, de nombre risueño,
pero de alma profunda, y de abrigo sincero.
No era palacio ni isla privada,
pero tenía lo justo:
un muelle, una sombra,
y tardes enteras con olor a asado y vino tinto.
Las tablas crujían como viejas canciones
que sabían de risas, de anécdotas,
y alguna que otra pena que el río sabía guardar.
Las cañas apoyadas en la baranda,
el mate que iba y venía sin apuro,
y esas charlas que empezaban sin rumbo
y terminaban abriendo puertas del alma.
Y siempre estaba ella, puntual, querida:
la lancha Enlace,
con su motor Ford de voz pareja,
noble, impecable en su andar sin apuro.
Nos traía como un puente de agua,
nos devolvía al mundo cuando el domingo dolía.
Era más que transporte:
era rito, era abrazo.
Los amigos eran parte de la casa:
los que llegaban con pan y silencio,
los que traían historias repetidas
pero que igual hacían reír,
porque en El Pájaro Loco
todo sonaba distinto.
La noche caía con perfume a brasas,
y en el cielo, una o dos estrellas bastaban
para imaginar que el mundo era eso:
una isla, un río calmo,
y el corazón latiendo al compás del agua.
Hoy no sé si sigue allí,
o si el tiempo se llevó las maderas,
pero a veces cierro los ojos
y la veo intacta,
con su escalera de río,
sus mosquitos tercos,
y esa paz que solo el Delta,
y ciertos veranos, saben dar.
El Pájaro Loco no era una casa.
Era una infancia distinta,
una manera de estar en la vida,
con los pies colgando del muelle,
el alma esperando la mordida,
y la Enlace esperando en la orilla,
lista para el regreso… o la próxima aventura.




Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...