Sábado a la noche,
la ciudad se afloja el nudo del día
y en la piel de la avenida Cabildo
la luz se vuelve promesa.
Ella baja como si nada,
rubia de viento suelto,
con una sonrisa que no pide permiso
y sin embargo lo cambia todo.
Hay algo en su andar
que no es apuro ni destino,
sino esa forma de saber
que alguien la está esperando
aunque todavía no haya llegado.
Las veredas murmuran su nombre
sin conocerlo, los faroles la siguen
como viejos cómplices del deseo,
y la noche esa vieja cantora
le acomoda el ritmo en la cintura.
En Cabildo y Juramento
el aire se detiene apenas,
como si la ciudad misma contuviera el aliento
para ver qué va a pasar.
Y pasa.
Un guapo se recorta entre sombras,
no por valiente, sino por esa manera de mirar
que ya es un roce.
No hay saludo, no hay palabras que sobren.
Alcanza con un tango
que se escapa de algún rincón,
de una radio gastada
o de un corazón que no se resigna.
Entonces, sin más vueltas,
la esquina se vuelve pista.
Y bailan.
Bailan con la noche prendida en los pies,
con la luna apoyada en los hombros,
con el deseo dibujando figuras
que nadie se anima a nombrar.
Ella se deja llevar pero no se entrega,
él la conduce pero no la tiene.
Y en ese equilibrio exacto,
en esa cuerda fina entre el fuego y la distancia,
nace el milagro breve del tango:
dos soledades que por un instante
se creen eternas.
La ciudad los mira de reojo,
algún colectivo pasa sin entender nada,
y los balcones guardan silencio
como si respetaran un secreto antiguo.
Después, cuando el último giro se apaga
y la música se vuelve recuerdo,
no hay despedidas que pesen.
Se miran apenas,
como quien guarda algo
sin llevarlo en las manos.
Y se pierden.
Por Juramento hacia el bajo,
donde la noche es más honda
y las promesas no necesitan cumplirse.
Buscan, anda a saber qué buscan,
quizás otro tango, quizás otro cuerpo,
quizás esa forma de no estar solos
sin dejar de ser libres.
Pero nunca un no, nunca un grito desesperado,
nunca la ruptura brutal del hechizo.
Sólo la luna, redonda y cómplice,
derramando luz sobre sus espaldas
mientras se alejan.
Y en la esquina queda algo,
una huella que no se ve pero late.
Porque el tango no termina,
se esconde. Y espera.
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