domingo, 22 de junio de 2025

 En los tiempos de sol sin apuro,
cuando el río era un libro abierto,
Vicente López tejía sus tardes
con siluetas de trajes y besos.
El Ancla brillaba en la orilla,
refugio de amores de paso
y domingos con gusto a boliche.
Sombrillas que el viento arrullaba,
termos que hablaban de casa,
risas mojadas, rodillas de arena,
y un cielo de nubes escasas.
Los viejos jugaban a la sombra
con naipes y voces cansadas,
mientras pibes corrían descalzos
tras un sueño de espuma y naranja.
Y ella, quizá sin saberlo,
miraba el río tan quieta,
con los ojos llenos de historia
y un pañuelo atado en la trenza.
Hoy queda la sombra del muelle,
el rumor del agua que insiste,
y en el viento que viene del norte
una voz que todavía lo dice.
El Ancla no era sólo un balneario,
era un modo de estar en el mundo,
con los pies en la tierra marrón
y el corazón, flotando profundo.

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