En la esquina de Ugarte y Cabildo
todavía respira el humo de otras voces,
se arrastra un bandoneón invisible
entre baldosas gastadas de espera.
El bar Savoy, con sus mesas heridas,
supo de tardes largas y discusiones bajas,
cuando el país se deshilachaba en gris
y el café era trinchera sin bandera.
Había un olor, sí…
mezcla de pocillo fuerte y costumbre vieja,
ese ácido rincón del baño
que también era parte del ritual,
porque la vida no pedía perfume,
pedía presencia.
Ahí se armaban mundos
sin más pantalla que los ojos,
sin más red que una charla
que se enredaba hasta la madrugada.
Salían del cine General Paz
con la película todavía latiendo en la lengua,
y antes de que se enfríe la emoción
ya estaban sentados,
desmenuzando escenas,
rearmando finales,
corrigiendo la vida como si fuera un guión.
Y del Savoy, ni hablar…
ese otro templo de historias compartidas,
donde cada mesa tenía su misterio
y cada taza un secreto por decir.
Un café, un bar, un mundo…
y en el medio, un amor que asomaba despacio,
como quien no quiere interrumpir la charla
pero igual se roba todas las miradas.
Qué distinto era todo,
cuando el tiempo se apoyaba en los codos
y se quedaba a escuchar.
Hoy la esquina sigue ahí,
pero le falta el murmullo espeso,
la risa que chocaba contra los vidrios,
la vida pasando sin apuro.
Porque antes,
en ese rincón de ciudad y rutina,
uno no iba a conectarse…
iba a encontrarse.
todavía respira el humo de otras voces,
se arrastra un bandoneón invisible
entre baldosas gastadas de espera.
El bar Savoy, con sus mesas heridas,
supo de tardes largas y discusiones bajas,
cuando el país se deshilachaba en gris
y el café era trinchera sin bandera.
Había un olor, sí…
mezcla de pocillo fuerte y costumbre vieja,
ese ácido rincón del baño
que también era parte del ritual,
porque la vida no pedía perfume,
pedía presencia.
Ahí se armaban mundos
sin más pantalla que los ojos,
sin más red que una charla
que se enredaba hasta la madrugada.
Salían del cine General Paz
con la película todavía latiendo en la lengua,
y antes de que se enfríe la emoción
ya estaban sentados,
desmenuzando escenas,
rearmando finales,
corrigiendo la vida como si fuera un guión.
Y del Savoy, ni hablar…
ese otro templo de historias compartidas,
donde cada mesa tenía su misterio
y cada taza un secreto por decir.
Un café, un bar, un mundo…
y en el medio, un amor que asomaba despacio,
como quien no quiere interrumpir la charla
pero igual se roba todas las miradas.
Qué distinto era todo,
cuando el tiempo se apoyaba en los codos
y se quedaba a escuchar.
Hoy la esquina sigue ahí,
pero le falta el murmullo espeso,
la risa que chocaba contra los vidrios,
la vida pasando sin apuro.
Porque antes,
en ese rincón de ciudad y rutina,
uno no iba a conectarse…
iba a encontrarse.
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