Hubo un tiempo en que el río
se vestía de verano,
y entre risas y reflejos
brillaba un mundo urbano.
Saint Tropez se llamaba,
y aunque no era francés,
tenía en sus orillas
un encanto que tal vez
ni el Sena, ni la Riviera
pudieron imaginar.
Un pueblo que en la ciudad
soñaba con el mar.
La Costanera Norte ardía
con canciones y champán,
cámaras, políticos,
y un viejo club social.
Allí bailaban las horas
bajo el sol o en la TV,
la espuma era de copas
y de olas de papel.
El cemento se volvía
arena de carnaval,
y el viento entre las palmeras
susurraba un carnaval.
Pero el tiempo no perdona
ni a los sueños del verano,
y en el ochenta y ocho
cambió el rumbo la mano.
Coconor, la concesión,
la promesa sin cumplir,
el glamour se fue apagando,
la pileta quiso huir.
Y en el ‘98 calló la música del ayer,
ya no hay playa, ni reflejos,
ni el perfume de placer.
Hoy el verde lo ha cubierto
con banderas de otras tierras,
el Parque de las Américas
descansa donde hubo guerras
de espuma y de bikinis,
de programas y champagne,
donde la risa flotaba
como un tango al caminar.
Los árboles ya no saben
lo que el río supo ser,
pero en el aire persiste
un suspiro de mujer.
Un recuerdo, una postal,
una imagen en sepia y sol:
Saint Tropez en Buenos Aires,
una playa, una canción.
se vestía de verano,
y entre risas y reflejos
brillaba un mundo urbano.
Saint Tropez se llamaba,
y aunque no era francés,
tenía en sus orillas
un encanto que tal vez
ni el Sena, ni la Riviera
pudieron imaginar.
Un pueblo que en la ciudad
soñaba con el mar.
La Costanera Norte ardía
con canciones y champán,
cámaras, políticos,
y un viejo club social.
Allí bailaban las horas
bajo el sol o en la TV,
la espuma era de copas
y de olas de papel.
El cemento se volvía
arena de carnaval,
y el viento entre las palmeras
susurraba un carnaval.
Pero el tiempo no perdona
ni a los sueños del verano,
y en el ochenta y ocho
cambió el rumbo la mano.
Coconor, la concesión,
la promesa sin cumplir,
el glamour se fue apagando,
la pileta quiso huir.
Y en el ‘98 calló la música del ayer,
ya no hay playa, ni reflejos,
ni el perfume de placer.
Hoy el verde lo ha cubierto
con banderas de otras tierras,
el Parque de las Américas
descansa donde hubo guerras
de espuma y de bikinis,
de programas y champagne,
donde la risa flotaba
como un tango al caminar.
Los árboles ya no saben
lo que el río supo ser,
pero en el aire persiste
un suspiro de mujer.
Un recuerdo, una postal,
una imagen en sepia y sol:
Saint Tropez en Buenos Aires,
una playa, una canción.

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