El amanecer sobre la cinta asfáltica de la General Paz parecía llegar lentamente, como si el cielo dudara en dejarse ver.
El aire tenía ese perfume frío y limpio que solo existe cuando el mundo todavía no termina de despertar.
El motor del auto ronroneaba parejo, un sonido constante que acompañaba mis pensamientos.
El tablero iluminado de un azul tenue, el reloj digital marcando las 5:04 y mi reflejo difuso en el parabrisas.
Llevaba puesta una campera de cuero gastada, de esas que conservan historias en los pliegues, un pantalón de jean y una camisa celeste apenas arrugada.
No era una elección pensada, más bien un intento de parecer tranquilo, aunque por dentro llevaba un torbellino.
El cielo comenzaba a aclararse: el gris se volvía malva y una línea dorada asomaba tímida detrás de los edificios lejanos.
El día nacía despacio, igual que mis pensamientos, que se iban poblando de su nombre, de su voz, de la última imagen que tenía de ella, cuarenta años atrás, una vida.
Recordé la noche en que se fue; tenía diecinueve años y una confusión que me duró décadas.
Ella, en cambio, se me apareció un día cualquiera, en un curso de filosofía virtual.
Yo apenas seguía las clases, distraído, hasta que su nombre apareció en la pantalla.
No lo podía creer.
Después vino un mensaje, una conversación, una videollamada… y todo lo que había dormido en mí empezó a despertarse.
Desde entonces, cada noche fue un repaso de recuerdos, de gestos, de voces.
Me sorprendía pensando en ella mientras cocinaba, mientras leía, mientras me dormía.
Y esa última noche, antes de salir hacia el aeropuerto, no dormí; encendí la luz del living, preparé un café y me quedé mirando una foto vieja, la única que conservo: los dos riendo con ese aire de juventud que no sabíamos que era frágil.
Ahora, mientras manejo, pienso en cómo será verla después de tanto tiempo.
La videollamada mostró todo lo que necesitábamos saber; nos contamos la vida con sus detalles más lindos y más ásperos.
Conozco sus gestos y ella conoce los míos, desde aquella noche en que, durante seis horas, conversamos mirando una pantalla: ella allá, yo en mi escritorio, entre libros y sonrisas, confesándonos la vida.
El tráfico sigue liviano y un cartel anuncia la salida hacia Ricchieri.
Faltan menos de veinte minutos.
La radio murmura un tango viejo y pienso que quizás el destino no sea más que eso: un círculo que se cierra, un amanecer que tarda en llegar, pero llega igual.
Y acá estoy, camino a buscarla, con el corazón apretado, con la ropa elegida sin pensar, con la vida entera contenida en el próximo abrazo.
En menos de lo que esperaba ya estaba en el aeropuerto.
La autopista estaba vacía y el cielo terminaba de despertar entre nubes rosadas.
Estacioné el auto, todavía con ese murmullo interno que no sabía si era ansiedad o emoción contenida. Caminé hasta la confitería del primer piso y pedí un café.
El lugar olía a pan tostado y a perfume ajeno.
Las voces de los pasajeros, los anuncios lejanos por los altavoces, el tintinear de las tazas… todo tenía una calma que contrastaba con lo que sentía por dentro.
Mientras removía el azúcar con la cucharita, me vino a la mente, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo, el día en que la conocí.
Fue en Pilar, un sábado cualquiera, aunque ahora lo recuerdo como si hubiera sido una noche escrita para nosotros.
Habíamos ido con tres amigos al boliche que solíamos frecuentar, más por cambiar de aire que por otra cosa.
Salíamos de la capital después de las veintidós, manejando por la ruta casi desierta, con la música alta y las ventanas bajas, buscando algo que no sabíamos nombrar.
Ella, según supe después, venía también de lejos, de Lima, un pequeño pueblo pasando Zárate.
Ambos estábamos lejos de nuestras casas, de nuestros mundos.
Y quizás por eso nos encontramos.
Recuerdo el momento exacto: la luz estroboscópica, el humo del lugar, una canción de moda… y sus ojos mirándome con curiosidad.
Bailamos, reímos, hablamos de cualquier cosa.
De esas charlas que parecen no tener importancia y, sin embargo, se graban a fuego.
Al final de la noche intercambiamos teléfonos todavía de línea fija y empezamos a hablar en los días siguientes como si lleváramos esperándonos toda la vida.
Al poco tiempo me animé a ir hasta su casa, o más bien hasta cerca, porque vivía a varios kilómetros.
Esa primera vez que la vi en su barrio, esperándome en la esquina, con una sonrisa tímida y el pelo suelto movido por el viento, entendí que algo me había pasado sin darme cuenta.
Y ahora, cuarenta años después, estoy sentado frente a una taza de café, en un aeropuerto que apenas despierta, esperando a la misma mujer.
La vida, pienso, no deja de sorprender con sus vueltas.
Una hora después, el aeropuerto era un hormiguero de voces y pasos.
El sol ya entraba por los ventanales altos del hall principal, filtrándose entre las columnas y tiñendo el piso de un color ámbar.
Los carros con valijas iban y venían, las familias se abrazaban y en los monitores parpadeaban llegadas de ciudades que apenas recordaba haber escuchado.
Yo esperaba junto a la baranda, con las manos en los bolsillos de la campera y el corazón golpeando despacio, como si quisiera adelantarse al momento.
El café ya era un recuerdo tibio en el estómago.
El vuelo desde Madrid había aterrizado hacía unos minutos.
La gente comenzó a salir, una tras otra: rostros cansados, pasos apurados, miradas que buscaban.
Y entonces, entre todo ese movimiento, la vi.
Fue apenas un segundo, pero suficiente para que el ruido del aeropuerto se volviera un murmullo lejano.
Venía caminando despacio, con un abrigo claro, el cabello más corto, unos anteojos finos… y esa misma forma de mirar que no había cambiado: una mezcla de calma y curiosidad, como si todavía estuviera observando el mundo por primera vez.
Se detuvo, me miró y sonrió.
No hubo dudas.
Era ella.
Me quedé quieto, sin poder moverme al principio.
No era timidez, era algo más profundo, como si todo el tiempo que nos separó necesitara ese silencio para reconocernos.
Después caminé hacia ella, no recuerdo si dije su nombre o si simplemente la abracé, pero en ese instante sentí que los años, las distancias, las cartas que nunca se enviaron… todo desaparecía.
Su perfume era distinto, más suave, pero en su voz seguía latiendo la misma cadencia, como si me hablara desde aquel boliche en Pilar, en la misma noche de hace cuatro décadas.
Tardaste, me dijo sonriendo, con un tono cómplice.
Llegué justo, respondí, sin saber bien si hablaba del aeropuerto o de la vida misma.
Nos quedamos unos segundos mirándonos, ninguno tenía prisa.
El bullicio de los demás se desvanecía detrás de nosotros; ella apoyó la valija en el suelo y me tomó del brazo con naturalidad, como si nunca se hubiera ido.
Salimos caminando hacia el estacionamiento.
El sol ya se había afirmado del todo y el aire olía a tierra húmeda, a promesa de día nuevo.
Y mientras abría la puerta del auto, pensé que tal vez la vida no da segundas oportunidades, sino regresos… esos que uno no busca, pero que lo encuentran igual, en la hora menos pensada, con la persona que nunca terminó de irse del todo.
Cuando se sentó en el auto, hubo un silencio leve, de esos que no incomodan pero dicen mucho.
Fue ahí donde me animé a contarle lo que me había pasado antes, ese instante en el auto en el que dudé, en el que el miedo torpe, inesperado me dejó quieto, sin saber si cruzar o no esa distancia mínima que separa dos bocas.
Ella no interrumpió, escuchó.
Sus ojos tenían algo de ternura y algo de certeza, como si ya supiera lo que iba a pasar incluso antes de que yo lo dijera.
Entonces, con una calma que desarmaba cualquier resto de duda, me pidió que me acercara.
No hizo falta pensar; cuando me incliné, sus labios encontraron los míos con una suavidad que no era indecisión, sino todo lo contrario.
Fue un beso sin urgencia, profundo, como si el tiempo hubiera decidido quedarse quieto un rato.
No hubo ansiedad, solo esa sensación clara de que algo que llevaba años suspendido encontraba, por fin, su lugar.
Después no hablamos de eso.
El desayuno en una estación de servicios del camino siguió entre sonrisas y comentarios livianos, pero las miradas cargaban con todo lo que ya estaba dicho.
El camino hasta mi casa se sintió más corto; ella imaginaba en voz alta cómo sería ese espacio que todavía no conocía. Yo la escuchaba con una mezcla de entusiasmo y nervios. Había preparado todo para que ese lugar hablara de mí y también de nosotros.
Cuando cruzó la puerta, lo entendí: no le estaba abriendo solo mi departamento, le estaba abriendo mi mundo.
Ese mismo donde tantas noches las palabras habían sido refugio, donde lo cotidiano se volvía mensaje. Donde su voz, primero escrita y después dicha, había empezado a habitarme.
Por eso, cuando le tomé la mano, no hubo sorpresa.
Y entonces, en ese preciso momento, el beso fue inevitable.
Largo. Dulce. Profundo.
Como si toda la espera de los años se hubiera reunido ahí.
Nuestras bocas se buscaron con una necesidad sincera, y las manos comenzaron a reconocerse.
La cercanía se volvió total, vulnerable, verdadera; la alcé, sentí su cuerpo junto al mío, y en esa mirada compartida hubo alivio, vértigo y una certeza.
El sol, filtrándose entre las rendijas de la persiana, dibujaba sobre su piel caminos de luz.
El silencio se llenó de respiraciones, de pausas, de todo aquello que no necesita palabras.
Y en ese abrazo, el tiempo dejó de importar.
Después, el deseo se volvió calma.
Quedamos entrelazados, respirando despacio, su cabeza sobre mi pecho, su pulso acompasado al mío. Afuera, la luz crecía; adentro, todo encontraba su lugar.
Dormitamos así, sin soltarnos.
Al despertar, todavía abrazados, sonreímos sin hablar. La invité a ducharnos, y entre risas, entre gestos cómplices, el agua nos encontró distintos, más calmos, más cercanos, más ciertos.
Fue otro encuentro.
Más suave. Más lento. Más nuestro.
Y después, sin apuro, fuimos hacia la cocina.
Desnudos, con esa naturalidad que solo da la confianza, empezamos a preparar el almuerzo.
Ella se movía por el espacio como si siempre hubiera estado ahí, con una tranquilidad que me desarmaba.
Sabía porque alguna vez se lo había dicho, cuánto me gustaba verla así, libre, sin apuro, con los pies descalzos tocando el piso frío.
Y así se quedó.
Entre la luz del mediodía entrando por la ventana, el sonido suave de los utensilios y alguna risa que se escapaba sin motivo, entendí que lo que habíamos esperado tanto tiempo no era solo ese encuentro… era esto.
La simpleza de compartir el mundo.
Sin prisa, sin distancia y, por fin, en el mismo lugar.
¿Pedimos algo? —susurró.
Lo que quieras —respondí, sin dejar de mirarla.
Algo liviano… así dormimos un rato.
¿Dormir? No sé si podría.
Agarró mi celular y comenzó a navegar por la aplicación, pero más que mirar la pantalla, parecía entretenida con mis manos.
Sus dedos jugaban con los míos, recorriéndolos con una calma que decía más que cualquier palabra.
—Tira de asado —murmuró—. Tengo antojo.
Le indiqué de dónde pedir. Asintió apenas, como si ya lo hubiera decidido antes.
—Dame los documentos… así agarro mi tarjeta —dijo, extendiendo la mano.
Le alcancé la billetera.
La abrió con naturalidad, buscó entre los plásticos y sacó la suya.
La sostuvo un instante entre los dedos, casi distraída, y después la cargó en la aplicación con movimientos lentos, seguros.
—Listo —dijo en voz baja.
Levantó la mirada.
—Pago yo.
—Eso no…
—Shh… —apoyó un dedo en mis labios—. Esta vez invito yo.
Me quedé en silencio.
No por la frase… sino por el gesto.
Había en ella una forma de decidir que no dejaba espacio para la discusión, pero tampoco imponía. Simplemente sucedía.
Se quedó unos segundos más cerca de mí de lo necesario, sosteniendo la mirada, y después sonrió apenas.
—¿Helado también? —preguntó.
—En la esquina… el de dulce de leche granizado.
—Perfecto.
Terminó el pedido sin apuro.
Yo me levanté a poner la mesa. Dos copas, el vino, servilletas limpias. Movimientos simples, casi automáticos, que intentaban ordenar lo que por dentro estaba lejos de estarlo.
Me puse una remera.
Cuando volví a mirarla, ella estaba apoyada contra la pared, observándome.
Se había abrochado apenas un botón de una camisa.
El resto quedaba librado a algo más… impreciso.
—¿Siempre fuiste tan prolijo? —preguntó.
—No.
—Entonces es por mí.
No respondí.
El timbre sonó.
Ella soltó una risa baja.
—Me toca.
Se miró a sí misma, recorriéndose con la vista.
—¿Así voy?
Levantó los brazos con una naturalidad que desarmaba cualquier intento de mantener distancia. La camisa se abría apenas, lo justo y nada más.
—Si abrís así, no te cobran —le dije.
Se rió.
Salió.
El silencio que quedó en el departamento fue distinto.
Más denso.
Escuché los sonidos apagados de la puerta, imaginando la escena sin verla.
Cuando volvió, traía la bolsa en una mano y una sonrisa que mezclaba triunfo y juego.
—Misión cumplida.
Dejó el pedido sobre la mesa y fue directo a servirse una copa de vino.
La observé.
El movimiento lento, la precisión, el rojo reflejándose en su piel.
—¿No vas a tomar conmigo? —preguntó.
—Ya sabes que no.
—Lo sé… pero me gusta insistir.
Levantó la copa hacia mí.
Alcé mi vaso de gaseosa.
El sonido al chocar fue distinto.
Como nosotros.
Comimos despacio, entre palabras sueltas y silencios largos.
Ella cortaba la carne con cuidado, probaba un bocado y, cada tanto, levantaba la mirada para encontrar la mía. No era casual.
—No cambiaste tanto —dijo en un momento.
—Vos sí.
—¿Para bien?
La miré.
—Para inevitable.
Bajó la mirada, sonriendo.
Cuando terminó, dejó los cubiertos y se inclinó apenas hacia mí.
—Tenías razón… No hacía falta el vino para que me sintiera bien.
—Igual te queda bien.
El color en sus mejillas respondió antes que cualquier palabra.
La luz de la tarde entraba por la ventana, dibujando líneas suaves sobre su cuerpo. Aflojó el único botón, sin mirarme, como si fuera un gesto distraído.
Pero no lo era. Nada lo era.
Se levantó.
Caminó despacio hasta donde estaba yo y, sin decir nada, se sentó sobre mis piernas.
El movimiento fue natural, preciso, como si el cuerpo recordara algo que el tiempo no había podido borrar.
Apoyó la frente en mi hombro, sentí su respiración, el calor, el peso exacto.
—Prometiste dejar fluir el tiempo —murmuró.
—Lo estoy cumpliendo.
—No te apures entonces.
Sus dedos recorrieron mi cuello lentamente, sin dudas esta vez. Como si cada gesto fuera un reconocimiento.
Se separó apenas lo suficiente para mirarme.
Muy cerca.
—Cuarenta años… —dijo en voz baja—. Y estamos acá.
—Nunca nos fuimos del todo.
No respondió.
Pero su mirada cambió.
El beso llegó lento, sin urgencia. Como si cada segundo tuviera que durar un poco más.
Afuera, la ciudad seguía su curso. Adentro, el tiempo ya no importaba.
Y por primera vez en mucho tiempo… no hizo falta pensar en lo que venía después; el reloj marcaba otra hora, la nuestra.
Antes de salir, tomamos unos mates, sin apuro, como si ese momento también formara parte de algo más grande, de ese encuentro que venía cargado de tiempo y de palabras acumuladas.
Después nos vestimos para caminar un poco por el barrio.
Ella eligió un jean y una camisa liviana, sin sostén.
Lo noté, claro que lo noté, pero no hizo falta decir nada; la forma en que la tela acompañaba cada movimiento, insinuando sin esfuerzo, se sumaba a esa tensión suave que ya nos rodeaba.
Ella había venido para conocer mi mundo, lo dijo desde el principio, casi como una confesión: quería caminar mis calles, sentarse en los bancos donde alguna vez esperé a alguien, ver los mismos árboles, escuchar los mismos sonidos que me habían acompañado durante años.
Quería entender de qué hablaba cuando mencionaba una esquina, una plaza o un recuerdo; lo curioso era que no tenía paciencia para hacerlo despacio; estaba ansiosa, como si todo lo que alguna vez le conté por mensajes, llamadas o fotos ahora necesitara tocarlo con las manos, respirarlo, hacerlo real.
—Quiero ver todo —me dijo al salir—.
No quiero que me lo cuentes más, quiero sentirlo.
Y eso hicimos.
Caminamos sin mapa, dejando que las calles eligieran por nosotros.
Ella avanzaba con la curiosidad de quien descubre un secreto, deteniéndose en cada detalle: el olor a pan de la panadería de la esquina, las plantas que trepaban por la pared de una casa antigua, el ruido del tren que aparecía de fondo como una presencia constante.
Pero también caminaba cerca, demasiado cerca para que fuera casual; en un momento lo noté, la forma en que la camisa se tensaba con el movimiento, y se lo dije en voz baja.
Ella bajó la mirada apenas, volvió a levantarla y sonrió, como si no le importara en absoluto, como si esa exposición formara parte del mismo recorrido.
—Esto es lo que me contabas aquella vez —dijo, señalando la vereda agrietada frente a la vieja fábrica.
Asentí, y sin darme cuenta empecé a narrarle pequeñas escenas de mi pasado: la primera escuela, la lluvia de un verano, la vez que casi me atropella una bicicleta en esa misma esquina.
Ella reía, me escuchaba, preguntaba, y cada palabra parecía llenar un hueco entre nosotros, como si el barrio no solo se mostrara, sino que nos acercara.
Cuando llegamos a la plaza, la misma donde había pasado mis tardes de infancia, se detuvo un instante y respiró hondo.
—Ahora entiendo —dijo—. Tenés razón, este lugar tiene algo.
Nos sentamos en un banco. Ella cruzó las piernas, apoyó el codo en el respaldo y me miró como si quisiera memorizarme. —Contame algo de esta plaza… Esta es la plaza Alberdi; lleva el nombre de Juan Bautista Alberdi, pero la verdad es que para mí nunca fue un nombre, sino un lugar, mi lugar. Aquí fue donde empezó todo sin que me diera cuenta, donde mis viejos y mis abuelos me traían de la mano, donde aprendí a ser chico antes de entender cualquier otra cosa: el sube y baja que parecía llevarme más alto de lo que realmente subía, el tobogán caliente en verano que quemaba las piernas y las ganas, las hamacas que crujían despacio como si guardaran historias de todos los que pasamos por ahí.
Acá di mi primera vuelta en calesita; todavía puedo escuchar la música girando y sentir esa mezcla de miedo y felicidad mientras alguien me sostenía para que no me cayera.
Es una plaza simple, rodeada de calles tranquilas, casas bajas, poco ruido, pero para mí era un mundo entero, porque en cada rincón quedó algo, una risa, una caída, una tarde que no se repite, y lo más raro es que ahora, mientras te lo cuento, siento que todo eso no estaba tan lejos, que de alguna forma siempre estuvo esperando este momento, este instante en el que vos me mirás así, como si también hubieras estado ahí, como si sin saberlo hubiéramos compartido algo mucho antes de volver a encontrarnos.
—No sabía que los recuerdos también podían tener olor… Todo esto huele a vos.
Su frase me dejó sin respuesta.
Solo la observé, con la tarde cayendo detrás de los árboles y la brisa moviéndole el cabello.
En ese momento comprendí que no había venido solo a conocer mi barrio, sino a confirmarse a sí misma en él, a entender quién era yo cuando todavía no la conocía.
—Estás apurada —le dije en tono de broma.
—Un poco —admitió—, pero no quiero perderme nada.
Y sonrió, esa sonrisa suya que siempre parece abrir puertas.
Seguimos caminando hasta que las luces de la plaza comenzaron a encenderse una a una, como si el barrio nos guiara el paso.
Esa noche supe que el viaje que había hecho no era de kilómetros, sino de tiempo.
Ella estaba recorriendo mi historia, paso a paso, y en cada esquina me devolvía una versión nueva de mí mismo, una que solo podía existir porque ella la miraba.
Nos quedamos unos minutos más y después seguimos hacia el frente del colegio Costa Rica.
El aire empezaba a refrescar y el sonido del tráfico se mezclaba con las voces de algunos chicos que peloteaban a lo lejos.
Ella apoyó su mano sobre mi brazo, como buscando anclar el momento.
—Entonces, ¿acá venías de chico? —preguntó.
—Sí, pasaba seguido.
En ese tiempo era una escuela solo de mujeres y los recreos eran un murmullo constante.
Ella rio despacio, con esa complicidad suya que siempre desarma.
—Y ahora me traés a mí… supongo que soy parte de esa historia.
Seguimos caminando; el cielo, azul profundo, empezaba a llenarse de estrellas entre las ramas de los árboles.
—Por acá queda la escuela Félix de Azara —le conté—, donde yo estudié, sobre Tamborini.
—Quiero verla —dijo enseguida—. Quiero conocer todos los lugares que fueron tuyos.
Su entusiasmo me conmovió.
Caminaba atenta, observando cada detalle: las fachadas bajas, las persianas viejas, las luces cálidas detrás de las ventanas.
El barrio parecía otro al verla mirarlo así.
Avanzamos hasta el paso a nivel; el sonido del tren rompió el silencio, el campanazo comenzó a sonar y nos detuvimos.
Cuando el tren pasó, fuerte y cercano, ella se sobresaltó y me abrazó.
Fue un instante, pero suficiente.
—¿Siempre pasabas por acá? —preguntó todavía algo temblorosa.
—Siempre. Antes no había tanta luz; cruzar de noche era casi una aventura: las piedras sueltas, los durmientes viejos, el eco del tren a lo lejos…
Nos daba miedo y emoción al mismo tiempo.
Ella apretó mi mano con ternura.
—Debe haber sido lindo crecer acá.
—Lo fue. Y de alguna manera… todavía lo es.
—Vos me hablaste del molinete —dijo—. ¿Era por acá?
La llevé hasta el lugar.
Nos sentamos en el pasto, cerca de las vías, y le conté:
Por las noches, cuando ya éramos adolescentes, de esos que se sienten grandes, pero aún conservan el asombro de los chicos, solíamos juntarnos por aquí.
No era un lugar cómodo ni glamoroso, pero para nosotros era casi sagrado.
Tenía esa magia que solamente entienden quienes han crecido compartiendo veredas, secretos y veranos interminables.
A una cuadra de allí estaba la pizzería Los Banderines, en la esquina de Tamborini y Holmberg.
Un clásico de barrio; con esfuerzo juntábamos unas monedas, a veces entre todos, a veces alguno invitaba y comprábamos una pizza.
Caminábamos con la caja humeante en la mano, cuidando que no se nos cayera nada, y la apoyábamos en el centro, sobre una piedra, un banquito o directamente en el suelo, como si fuera un altar.
Aquí nos quedábamos por horas, comiendo, charlando, soñando.
Hablábamos de todo: fútbol, por supuesto, con discusiones encendidas sobre nuestros ídolos, goles memorables y partidos de potrero; también de automovilismo, con la misma pasión con la que otros hablaban de cine o política. Y de la vida misma, aunque no nos diéramos cuenta en ese momento.
Pero había otro ritual: poníamos monedas de un peso, de esas grandes y gastadas, sobre el riel. Lo hacíamos con una mezcla de picardía y fascinación; esperábamos a que pasara el tren, lo veíamos acercarse a lo lejos, con su luz cortando la oscuridad, y cuando ya no había vuelta atrás, nos apartábamos y observábamos cómo aplastaba las monedas; después íbamos a buscarlas, transformadas en discos delgados, brillantes, casi irreconocibles.
Era como una ceremonia, una forma de dejar una pequeña huella en el paso del tiempo.
Y claro, también estaban ellas, las chicas del barrio que a veces lográbamos que alguna se acercara, se sentara con nosotros y entonces, como quien no quiere la cosa, hacíamos girar el molinete. No tenía ningún propósito real, pero era una excusa para bromear, para robar una sonrisa, para coquetear torpemente con esa inocencia y nerviosismo de los primeros amores.
Este lugar, ese rincón al lado de las vías, era nuestro mundo, un espacio que parecía suspendido en el tiempo, como si el resto del universo quedara al otro lado del molinete.
La vía del tren no era solamente una división física del barrio, era una frontera simbólica; estaban los de este lado y los del otro, como si la pertenencia se definiera por qué lado del riel pisabas al salir de tu casa.
Y, sin embargo, esa supuesta separación nunca fue tan real, porque más de una vez, como pasó con muchos amigos, la vida se encargaba de cruzarnos. Vivían del otro lado, pero nos encontrábamos en la misma escuela, en el mismo grado.
Nos miramos como rivales que se encuentran en terreno neutral, pero la escuela, los recreos y las tareas compartidas hicieron lo suyo; nos hicimos amigos y sesenta años después, seguimos conversando, como si nada hubiera cambiado, como si aún estuviéramos sentados al lado del molinete, con una pizza, una moneda y el tren cruzando nuestras vidas.
Ella me escuchaba en silencio.
A veces sonreía, a veces se acercaba un poco más.
El tren volvió a pasar y volvió a abrazarme, esta vez con menos miedo y más cercanía.
Después cruzamos las vías y seguimos hasta la escuela.
Nos detuvimos frente a la Escuela Félix de Azara.
Y ahí ya no hablé solo de recuerdos sueltos, hablé de una vida.
De las aulas, del patio, de la biblioteca, de los maestros.
De mi padre, de mi tío, de esa continuidad que hacía que todo tuviera más sentido.
De la historia de la escuela desde 1925, de su crecimiento, de la comunidad que la sostuvo, de los valores que me formaron.
Ella escuchaba, en silencio, muy cerca.
Como si entendiera que ya no estaba recorriendo un lugar, sino algo más profundo.
Me emocioné al contarle mi infancia, y ella también.
Me abrazó, y seguimos caminando hacia El Tábano, el club de siempre, donde los platos ya se adivinaban por el aroma que llegaba con el viento.
—Huele a cena —dijo ella, riendo.
—Y a recuerdos —le respondí.
Nos sentamos un momento en el cordón antes de entrar. Quería contarle qué era ese lugar. Le hablé de sus orígenes en los años treinta, de aquellos pibes que con bailes y esfuerzo levantaron una sede, de la mudanza a Melián e Iberá, del espíritu inquieto que le dio nombre. Le hablé del fútbol, de los equipos del barrio, de las tardes con mi viejo y mi abuelo, de Valderrama, de las tribunas improvisadas.
Le hablé del tango, de los bailes, de la música, de la voz del Polaco Goyeneche resonando en ese salón lleno de vecinos. De la familia, de los amigos, de las mesas compartidas, del truco, de la vida que pasaba por ahí.
El Tábano no era un club, era el barrio latiendo y, de alguna forma, seguía latiendo.
Cuando terminé, tenía los ojos llenos de lágrimas. Me abrazó fuerte, me dio la mano, y entramos juntos. Elegimos una mesa, tomamos la carta, y mientras alrededor sonaba el murmullo de siempre, el murmullo del barrio, entendí que todo lo que le había mostrado no era solo para que lo conociera.
Era para que lo sintiera.
Y ella… ya era parte de todo eso.
El club El Tábano estaba casi igual que en mis recuerdos: las mesas de madera, las paredes cubiertas de fotos amarillentas, el aroma a comida mezclado con vino tinto y pan recién tostado que parecía no haberse ido nunca.
Nos ubicaron bien, en una mesa donde el aire de la noche entraba en pequeñas ráfagas tibias, como si también quisiera quedarse un rato con nosotros.
El mozo, un hombre mayor de bigote prolijo, nos saludó con esa familiaridad tan propia del barrio, esa forma de tratarte como si te conociera de toda la vida.
—¿Qué van a pedir, chicos?
Ella lo miró apenas unos segundos y decidió sin dudar, con esa seguridad tranquila que tenía para las cosas simples.
—Una milanesa con papas fritas.
El mozo sonrió y, antes de anotar, nos advirtió que con una sola íbamos a estar bien los dos. Ella me miró divertida, aceptando sin problema compartir, como si ese pequeño acuerdo fuera también parte del vínculo que se iba armando entre nosotros.
Pidió una cerveza; yo, como siempre, elegí una gaseosa. Se rio, me señaló con una mezcla de sorpresa y complicidad, y negó con la cabeza.
—No lo puedo creer… de verdad no tomás nada.
—Ya lo sabés —le dije—, pero igual te acompaño.
Y la charla empezó a fluir sin esfuerzo, como si hubiera estado esperando ese momento. Hablamos de viajes, de libros, de esas pequeñas cosas que solo aparecen cuando nadie está apurado. Debajo de la mesa, nuestras manos se buscaban con naturalidad, se encontraban, se quedaban un rato más de lo necesario. Había algo en esos gestos mínimos que decía más que cualquier frase.
La miré y volví a notar lo que ya había visto antes, la forma en que la camisa caía, la ausencia de sostén, la manera en que no intentaba ocultarlo. Se dio cuenta de mi mirada y sonrió apenas, con una mezcla de juego y decisión. Tal vez mi cara no fue del todo discreta, porque, sin decir nada, se desabotonó un botón más. No era provocación abierta, era otra cosa… una complicidad silenciosa, una forma de decir “estoy acá” sin palabras.
Los gestos seguían siendo suaves, casi secretos, pero cargados de una intensidad nueva, una sensualidad que no necesitaba exagerarse.
Entre risas y sorbos, empezó a contarme su vida en España. Las calles, los bares, los amigos, los días que parecían no terminar nunca. Su voz cambiaba cuando hablaba de eso, tenía un brillo distinto, como si cada recuerdo todavía la habitara. Yo la escuchaba fascinado, no solo por lo que contaba, sino por cómo lo hacía, por la pasión que le ponía a cada escena.
Pero cuando la conversación giró hacia su familia, algo se detuvo. La mirada se le fue por un instante. —Eso… prefiero contártelo afuera —dijo en voz baja.
No pregunté. Solo asentí.
Terminamos la cena sin apuro, compartiendo los últimos bocados, dejando que el ruido del salón se volviera parte del fondo.
Afuera el aire estaba fresco.
Le propuse un café, pero negó con suavidad. —Mejor en casa… así hablamos tranquilos.
Y caminamos; ella desabotona toda la camisa con naturalidad y, de mi mano, seguimos el camino conversando.
Las calles estaban calmas, iluminadas por esa luz blanca de las farolas que hace que todo parezca más nítido y más lejano al mismo tiempo.
El silencio entre nosotros no era vacío; tenía peso, tenía sentido.
Su mano en la mía no apretaba, pero tampoco se soltaba.
Había una certeza en ese contacto.
Cuando llegamos, la casa nos recibió en silencio.
La pava empezó a chiflar mientras la luz tenue del comedor dejaba todo en penumbra; la ropa fue quedando a un lado casi sin darnos cuenta, sin ceremonia, sin necesidad de explicarlo.
No era exhibición, era confianza.
Ella, con movimientos tranquilos, preparó el café; yo acomodé las tazas.
Todo tenía algo de ritual, de cotidiano compartido; dentro de la desnudez, el toque de su tanga era único y lo sabía; solo fue al dormitorio a ponerse la más pequeña.
Nos sentamos frente a frente.
El vapor subía entre nosotros como un hilo suave; hablamos primero de lo simple, de la tarde, de lo que habíamos visto, de pequeños detalles.
Después, de a poco, las palabras empezaron a ir más hondo.
Las historias dejaron de ser anécdotas y se volvieron partes de la vida.
Cuando se recostó entre mis piernas, apoyando la cabeza en mí, entendí que el espacio que habíamos creado era distinto.
No había apuro, no había expectativas que cumplir. Solo estar. Escuchar. Sostener.
Me habló de su llegada a España, de lo difícil, de la soledad elegida, de los silencios largos.
La abracé sin interrumpirla.
No hacía falta decir nada. A veces la cercanía es la única respuesta posible.
El llanto llegó despacio, y después más profundo. Y también, más tarde, las sonrisas. Como si algo se acomodara por dentro.
Y entonces la cercanía cambió de forma; no fue brusco, no fue inmediato, fue natural, como todo lo que había pasado desde que salió a caminar conmigo por el barrio.
Nuestros cuerpos se encontraron con la misma calma con la que se habían encontrado las palabras antes. No era urgencia, era continuidad. Era una manera más de decir lo que ya sabíamos.
La noche nos envolvió en ese refugio silencioso donde todo parecía tener sentido.
Y cuando la mañana empezó a filtrarse por la ventana, con esa luz suave que dibuja el contorno de las cosas, seguimos ahí, sin movernos demasiado, como si cualquier gesto pudiera romper algo delicado.
Nos miramos, sonreímos, y en ese intercambio simple estaba todo.
Después vino el mate. Ella lo pidió. Dijo que hacía años no compartía ese ritual, que le recordaba a su madre.
Y en cada cebada, en cada roce de manos, se fue armando otra vez ese hilo invisible que nos unía.
La música empezó a sonar, suave, llenando el espacio sin invadirlo.
Se acercó, apoyó la cabeza en mi hombro y me dijo que le gustaba cómo escribía.
Que quería escucharme. Que quería quedarse en ese momento y yo entendí que todo lo que habíamos recorrido —el club, la noche, las palabras, los silencios— no era solo una historia, era algo que había empezado a quedarse.
Algo que, sin decirlo, ya tenía un lugar y que ninguno de los dos tenía apuro en soltar; ella solo dijo: “Espera, voy a estar como te gusta”.
Se colocó la bombacha y volvió a su lugar. Tres tiras y un triángulo que no tapan nada, pero dicen mucho. Asentí y encendí el equipo.
Entre los primeros acordes, lentamente comenzó a sonar Almendra; la voz y las guitarras suaves llenaron la cocina, mezclándose con el aroma del mate y la calidez de la mañana.
Nos miramos, nos sonreímos, y mientras los acordes de la canción se extendían, nuestros mimos se hicieron más delicados, más atentos.
Entre mate y mate, conversaciones y caricias, la música creaba un hilo que nos unía, envolviéndonos en un instante de calma, complicidad y ternura; era un momento que no necesitaba palabras, la canción hablaba por nosotros, y nosotros respondíamos con presencia, cercanía y todo lo que sentíamos sin necesidad de expresarlo.
Verla desnuda ante la vida, con una sensualidad tan natural, era algo que siempre había imaginado, pero nunca concretado.
Y sin embargo, ahí estábamos, sentados a la mesa de la cocina, con el mate de por medio, mientras todo sucedía con una calma que lo volvía aún más intenso.
No había apuro, no hacía falta decirlo: ella lo sabía. Y en la forma en que sostenía la mirada, en cómo dejaba que el silencio se apoyara entre nosotros sin incomodidad, también me lo hacía saber.
—¿Por qué no me contás un poco de tus años de chico, o de esos días en el pasaje donde me dijiste que vivías? —me dijo, mientras se levantaba despacio—. ¿Te acordás?
—Claro que me acuerdo —respondí, sonriendo.
—De paso pongo un poco más de agua a calentar y cambio la yerba —agregó, caminando hacia la cocina—. Si no te molesta, sigo así… estoy cómoda.
—Quédate como quieras —le dije—. Así podemos estar todo el día, si no salimos.
—Bueno —contestó, con esa mezcla de calma y picardía—, después nos cambiamos un poco… tengo toda la ropa en la valija todavía… no la bajamos anoche.
—Después lo hacemos —le respondí—.
Ahora, si querés, te cuento.
Volvió con el mate listo, se acomodó frente a mí, las piernas recogidas sobre la silla, la mirada atenta. Respiré hondo, miré hacia un punto que solo yo veía y empecé a hablarle de mi infancia.
—Un día llegó el asfalto al pasaje —le conté—, y con él todo empezó a cambiar.
Dejamos de jugar en la zanja, de embarrarnos hasta la cabeza cada vez que llovía, de saltar entre charcos como si fueran lagunas inventadas.
También quedaron atrás los ladrillos sueltos de la vereda, las manchas verdes del césped que apenas alcanzaban a cubrir la tierra, y aquella costumbre de volver a casa con los zapatos pesados de barro y la ropa marcada por la aventura.
En su lugar llegaron las baldosas prolijas, los cordones y la promesa de no tener que embarrarnos tanto cuando la lluvia decidía quedarse.
El pasaje se transformó, como si hubiera crecido de golpe, dejando atrás una infancia que parecía escrita en páginas de tierra húmeda y juegos sencillos.
Fue también en ese mismo pasaje donde viví mis primeras experiencias de movimiento y libertad; allí conduje mi primer auto, un jeep que cambié por un triciclo, como si cada cambio de vehículo marcara un capítulo distinto en mi vida.
Pero hubo algo que nunca abandoné: la bicicleta, fiel compañera de aventuras, que todavía conservo como recuerdo de aquellos años en que el mundo parecía empezar y terminar en la misma calle.
Hoy pienso que ese pasaje, que para muchos no es más que una calle cualquiera, guarda en sus veredas más historias que un libro de historia.
Cada baldosa, cada rincón, cada árbol plantado a medias entre el cemento y la tierra, es testigo de una vida que pasó corriendo, jugando, creciendo.
Quizás por eso, cuando lo camino, no veo solamente el asfalto gris ni las paredes pintadas; veo a los chicos embarrados, las bicicletas veloces, los charcos que parecían mares y la alegría simple de un tiempo que todavía late escondido entre esas piedras.
Ella me escuchaba en silencio, con esa atención que se parece al cariño.
De vez en cuando asentía, otras veces sonreía, y entre mate y mate, su mano buscó la mía y quedó ahí, quieta… como si el presente y el pasado se hubieran encontrado en ese pequeño gesto.
—¿Por qué no me contás un poco cómo era cuando nos conocimos? —me dijo, mientras cebaba el mate y de fondo sonaba Suite Génesis, suave, como un eco de otra época.
—¿Querés que te hable de cuando tenía menos de veinte? —le respondí, sonriendo.
—Sí… de ese tiempo. Vos y yo… menos de veinte.
-- Contame cómo eramos.
Respiré hondo, tomé un sorbo del mate que ella me alcanzó, y sonreí como si el recuerdo estuviera todavía esperándome en alguna esquina.
—Teníamos menos de veinte —dije—. Vos llevabas minifaldas ultracortas, pantalones ajustados con pata de elefante, botas altas… y a veces no usabas corpiño en la calle.
Ahora ya no… o solo a veces, cuando el mundo queda afuera.
Todos los días te hacías la toca para mantener ese cabello largo y lacio que caía con una suavidad que todavía recuerdo.
Escuchábamos a Los Beatles, a Sandro, a Palito Ortega. En el cine veíamos películas del Club del Clan, pero también, de trasnoche, las de Woodstock.
Fumábamos cigarrillos, probábamos tragos largos de muchos colores, bailábamos los sábados por la noche y los domingos por la tarde.
En los carnavales, cuando todo terminaba, salíamos con amigos a comprar churros y volvíamos caminando hasta casa; la palabra inseguridad no existía.
Los fines de semana íbamos al club, donde jugábamos al vóley o nadábamos en verano.
Los días eran largos porque no existían ni internet, ni celular, ni redes sociales.
Sin embargo, nos sentábamos frente al televisor a ver novelas, romances que paralizaban Buenos Aires, o programas musicales donde aprendíamos los pasos de moda.
Con los compañeros participábamos en Feliz Domingo para ganar el viaje a Bariloche, mirábamos Alta Tensión o Música en Libertad, en blanco y negro.
Fuimos testigos del nacimiento del rock argentino, de lo que entonces se llamaba música progresiva.
Y, por supuesto… ustedes usaban hot pants.
Llegábamos a casa a las dos de la mañana y a las ocho ya estábamos estudiando o trabajando.
Muchos hacían las dos cosas; cumplíamos los horarios que marcaban los padres, porque si no, la penitencia cortaba las salidas.
Y nos divertíamos sin la libertad que tienen hoy, pero con una alegría inmensa.
La miré. —Hoy, esa misma chica que un día bailó con botas altas y el pelo suelto… sos vos.
Me quedé en silencio unos segundos. Ella me miraba, emocionada.
—Esa abuela podrías ser vos… o podría ser yo —agregué, con una media sonrisa—. Pero sigo siendo este que escribe con nostalgia, aunque a veces suene viejo.
Bajé la voz.
—Solo quiero que sepas que fuimos felices. Que no necesitábamos nada más que mirarnos, encontrarnos, abrazarnos… decirnos las cosas en persona.
Sin pantallas. Sin distancia.
Ella dejó el mate en la mesa, se acercó despacio, me besó con una suavidad que se quedó suspendida y apoyó su frente en la mía. —Me gusta cómo escribís —susurró—.
Escribís como si el tiempo no te pesara. —Quizás porque todavía lo estoy viviendo —le contesté.
Sonrió apenas. —Entonces poné música… pero rock, del bueno. Quiero escuchar cómo suena tu juventud en los parlantes del equipo.
Busqué un disco, subí el volumen apenas, y las primeras notas de Muchacha ojos de papel llenaron el aire, flotando entre nosotros como un puente invisible entre lo que fuimos… y lo que, de alguna forma, todavía sigue latiendo.
Quiso que me parara, y sin decir mucho empezamos a bailar, muy suavemente, casi sin movernos del lugar.
El sol entraba en la cocina con fuerza, encendiendo todo, como si también quisiera ser parte de ese momento.
Nos dejamos llevar por la música y por esa cercanía que ya no tenía distancia.
Al salir al patio, el aire cambió, pero no nosotros. Sentí su cuerpo apoyarse contra el mío, y en ese roce, sus pezones firmes sobre mi pecho despertaron algo que no necesitaba explicación.
Ella lo notó.
Y no se apartó.
Al contrario, se quedó ahí unos instantes más, sosteniendo ese juego silencioso, esa tensión dulce que crecía sin apuro.
Había en su mirada una mezcla de decisión y disfrute, como si eligiera habitar ese instante por completo.
Después, con una calma casi provocadora, se separó apenas.
—Voy a cambiar la música —dijo, como si nada.
La dejé ir.
Me quedé mirándola, siguiendo cada paso, cada gesto.
Y entonces sonó Pappo, su guitarra llenando la casa con otra energía, más cruda, más viva.
Ella volvió con el mate en la mano, como si todo continuara, como si nada… y al mismo tiempo, todo hubiera cambiado.
Nos miramos, y sin decirlo, entendimos que ese día todavía tenía mucho por decir.
Después de un rato, entre silencios largos y miradas que se sostenían más de lo necesario, terminamos en la ducha.
El agua cayó tibia, recorriendo la piel como una continuidad de todo lo que venía pasando.
No hubo apuro tampoco ahí… solo cercanía, solo presencia.
El vapor empañó los bordes del espejo, y por momentos todo pareció disolverse en esa intimidad simple, sin palabras.
Cuando salimos, todavía envueltos en ese clima, volvimos a la cocina casi sin hablar.
Ella acomodó el mate, yo dejé que la música siguiera girando.
—¿Qué fueron esas campanadas? —preguntó de pronto—. ¿Son reales… o parte de todo esto?
Sonreí. Me acerqué, la alcé con cuidado y la senté sobre la mesada, cerca de la ventana abierta.
El vapor del agua caliente subía entre los dos.
—Son reales… aunque ya no como antes.
A unas cuadras se levanta la iglesia que me vio crecer; allí me bautizaron, allí tomé la primera comunión y allí escuché, durante tantos años, las campanas que marcaban el pulso del barrio.
Todavía puedo cerrar los ojos y sentir cómo vibraban en el aire, cómo ese tañido se colaba por las ventanas abiertas en verano, cómo reunía a los vecinos en un mismo tiempo compartido.
Pero hoy, cada vez que paso frente al templo, me invade una mezcla de tristeza y nostalgia.
Ya no suenan las campanas como antes; lo que se escucha, lo que escuchaste, es apenas una grabación que sale de un parlante.
El sonido no es el mismo, no tiene vida, no resuena en el pecho, no estremece el aire, no se siente como un llamado verdadero; es como si el barrio hubiese perdido una de sus voces más antiguas.
La parroquia también cambió en su interior; antes los curas vivían allí, eran parte de la comunidad, se los veía en la vereda, en la feria, en las charlas con los vecinos.
Uno podía entrar en cualquier momento y encontrar siempre una puerta abierta, una palabra, una presencia.
Hoy, en cambio, la iglesia permanece cerrada la mayor parte del tiempo.
Alguien llega en auto, abre con una llave, enciende las luces, cumple con lo necesario y vuelve a irse. Es un gesto administrativo más que un acto de entrega.
La diferencia se nota en cada rincón; ya no se siente ese calor humano que hacía del templo un lugar vivo, cercano, habitado.
Sin embargo, cada vez que cruzo esa puerta, la memoria me golpea con fuerza.
Recuerdo la historia que nos contaban de sus orígenes, los capuchinos predicando en una casa de la calle Congreso, la primera capillita improvisada, la piedra fundamental colocada con esperanza en 1936, los sueños de levantar un templo grande, como Lourdes en Francia.
Recuerdo también los relatos de los vecinos sobre los sacrificios de quienes donaron bienes, sobre los obreros que pusieron ladrillo tras ladrillo, sobre la comunidad que acompañó cada etapa de esa construcción. Aquella iglesia no nació de la nada: nació de la fe y de la unión de muchas vidas.
Por eso duele tanto verla ahora medio vacía, con menos gente en misa, con bancas que ya no se llenan como antes.
Es como si el barrio entero hubiera cambiado de ritmo, como si las nuevas generaciones ya no encontraran allí el mismo refugio que encontraron nuestros padres y abuelos.
Será que la fe se vive de otro modo, o será que nos acostumbramos demasiado a la ausencia,
Para mí sigue siendo un lugar muy particular; cuando escucho aunque sea grabado ese repicar de campanas, siento que algo de aquella infancia me vuelve a despertar.
Y cuando paso por su puerta, aunque vea menos gente, siento que esa historia todavía late, que todavía hay algo que convoca; quizás sean pocos, pero seguimos estando.
La parroquia de mi barrio es memoria, es herencia, es testigo de vidas que ya no están y, aunque hoy la abran y la cierren como un edificio más, para mí sigue siendo un hogar, un refugio que acompaña mi camino desde el primer día.
Puede que las campanas ya no sean de bronce, puede que los curas ya no vivan allí, pero sigue viva la certeza de que esas paredes guardan un eco profundo, el eco de todo lo que fuimos como comunidad, y la esperanza de que un día vuelva a resonar con la fuerza de antes, cosa que dudo cada día más.
—A veces pienso que no es solo la iglesia la que cambió… somos nosotros… o el tiempo.
Se quedó quieta.
—Pero igual… cuando paso por la puerta…
siento que todavía late algo.
El agua volvió a hervir.
Ella levantó la mirada, con los ojos apenas húmedos.
—Entonces todavía está —dijo.
—Sí —le respondí—.
Todavía está.
El silencio que quedó no fue vacío.
Fue de esos que guardan todo.
Afuera, el barrio seguía respirando. Adentro, el tiempo parecía suspendido entre el aroma del café, el vapor del agua y el sonido —imaginario o real— de aquellas campanas que alguna vez marcaron nuestra vida.
Después de un rato buscamos entre sus maletas, que seguían ahí, entrecerradas desde la llegada, como si también estuvieran esperando su momento.
Mientras ella terminaba de arreglarse, acomodé un poco el living: corrí las cortinas, apagué el equipo de música y dejé que el sol entrara sin pedir permiso.
Cuando salió del baño, traía el pelo húmedo, apenas atado, y ese perfume mezclado con jabón que cambió el aire de la casa. —¿Y si preparamos algo acá? —le propuse—. Tengo lo necesario para improvisar un almuerzo.
—Ni lo pienses —respondió, sonriendo—. Hoy te invito yo.
Hay una pizzería frente a la estación del barrio… dicen que tiene historia. Quiero conocerla.
Asentí, aunque no pude evitar mirarla de arriba abajo.
Llevaba sandalias, un short y una musculosa clara. Más que para caminar por el barrio, parecía lista para una tarde de playa.
—Así vas a salir… —le dije, entre sonrisa y resignación—.
Mirá que el sol pega fuerte… y no estamos en la costa.
Se rió.
—Déjame así. Estoy cómoda. Además… no vine a esconderme.
No hubo discusión posible.
Agarró su bolso, se acomodó los lentes sobre la cabeza y se quedó esperándome en la puerta.
Salimos caminando despacio.
El aire tenía ese olor a hojas secas, a barrio que no cambia del todo aunque pasen los años.
Las calles estaban tranquilas.
De fondo, el murmullo del tren… y, cada tanto, el eco de las campanas —sí, esas mismas— marcando el mediodía.
Al llegar a la estación, el ritmo era otro: chicos en bicicleta, autos en doble fila, una radio vieja sonando desde un quiosco.
Frente a las vías, el lugar que mencionaba seguía ahí, igual que siempre: bar, pizzería, restaurante… todo en uno, con sus ventanales grandes mirando al andén.
Ella levantó la vista hacia el cartel y sonrió.
—Así que esta es la famosa esquina de la que tanto hablás…
—La misma —respondí—.
Si este lugar pudiera hablar… contaría más historias que un libro.
Entramos.
Nos recibió el aroma a muzzarella, el murmullo de la gente y el temblor leve del tren pasando detrás. Nos sentamos junto a la ventana, desde donde se veía toda la estación.
Pidió una pizza de muzzarella y jamón, una cerveza bien fría y una gaseosa.
Mientras esperábamos, apoyó los codos en la mesa y me miró fijo.
—Quiero que me cuentes… ¿Por qué esa esquina? ¿Qué tiene de especial?
Sonreí.
Tomé un trago, miré por la ventana y dejé que el recuerdo hiciera lo suyo.
—Esa esquina —le dije— es el punto donde todo empezaba… y todo terminaba.
Ahí nos encontrábamos después de cenar, ahí esperábamos el colectivo… ahí más de uno dio sus primeros besos… y también sus últimos adioses.
Hice una pausa breve.
—Era el centro del mundo… cuando el mundo era solo este barrio.
Ella me escuchaba en silencio, como si cada palabra fuera marcando un mapa invisible sobre las calles que había recorrido hacía un rato.
—¿Y todavía la sentís tuya? —preguntó al fin.
La miré.
Después miré otra vez hacia afuera, hacia las vías, hacia la gente que iba y venía sin saber nada de todo eso.
—No sé si mía… —le dije despacio—.
Pero cada vez que vuelvo… algo de mí sigue estando acá.
—Sí —respondí—. Aunque todo cambió, aunque los negocios ya no son los mismos y los rostros se mezclen con otros nuevos, sigo sintiendo que algo de mí quedó aquí, en esta esquina. Sigue mi historia, aunque ahora la mire desde otra vereda.
Ella sonrió, levantó su vaso y brindó.
—Por las esquinas que nos forman —dijo—. Y por las que todavía nos esperan.
El tren volvió a pasar. Afuera, el barrio seguía igual, con su ritmo lento, su ruido de fondo y ese aire de domingo que parece no tener prisa.
La pizza llegó humeante, dorada, con el aroma a muzzarella recién fundida que llenó el aire.
Durante unos segundos nos quedamos en silencio, simplemente disfrutando del momento: el murmullo del lugar, el tren que se alejaba, las risas de un grupo de chicos al otro lado de la ventana.
Ella cortó un trozo y, sin mirarme, dijo:
—No sabés cuánto extrañaba esto… una pizza simple, sin nombres raros ni presentaciones en bandejas de madera con hojas verdes que nadie come.
Reí.—Allá eran más sofisticados, ¿no?
—Más complicados, diría yo —respondió, sonriendo con cierta melancolía—.
En España aprendí muchas cosas, pero también perdí otras.
Allá todo es más rápido, más ruidoso, más intenso.
Tomó un sorbo de cerveza, apoyó el vaso y continuó:
—Las playas, los boliches, los días sin horarios, las madrugadas que parecían no tener fin… y esa sensación de que la vida se te escapa si no la corrés.
Hay libertad, sí, pero también soledad.
Todos buscaban algo, aunque no supieran qué.
Algunos se encontraban, otros se perdían para siempre.
La miré en silencio.
—¿Y vos? —pregunté—. ¿Te encontraste o te perdiste?
Sonrió con suavidad.
—Depende del día. A veces creo que me encontré al perderme, otras que me perdí por buscar demasiado… pero en aquel tiempo no pensábamos tanto, vivíamos. Bailábamos, amábamos, discutíamos, todo en el mismo día.
El sol entraba oblicuo por el vidrio, acariciando su rostro.
—¿Y te suena a casa esto? —pregunté al fin.
—Más de lo que imaginás —dijo—.
Este bar, el ruido del tren, la pizza simple, el mate de la mañana, las campanas del mediodía…
Todo eso me recuerda que todavía se puede vivir despacio.
Terminamos de comer la pizza, tomamos un café y cruzamos hacia la estación.
Por suerte tenía la SUBE en el portadocumento, así que entramos sin problema y nos sentamos en un banco a la sombra, sobre el andén, esperando el tren.
Sentados a la sombra, en el andén que va a Retiro, me dijo —contame—, y después se cruzó de piernas, despacio, como si se acomodara para quedarse, como si supiera que lo que venía no iba a ser interesante, y agregó —quiero saber todo, dale—, y ahí entendí que no era una pregunta suelta, que querías entrar en ese mundo conmigo.
Ahi estaba la parrilla de Justo, no era un restaurante ni un lugar de mesas con mantel y mozos, era apenas una barra sobre la vereda con algunas banquetas gastadas, y sin embargo parecía que todo Saavedra pasaba por ahí, Justo estaba siempre detrás de la parrilla, firme, callado, con ese aire de hombre simple que hacía todo como en su casa, sacaba la carne en el punto justo, servía chorizos, vacío, pero también tenía lo suyo, unas lentejas que eran puro invierno y abrazo, y unas empanadas que todavía hoy, si cierro los ojos, puedo sentir cuando murió en 2021, a los 92 años, no cerró solo una parrilla, se apagó algo del barrio, aunque las puertas tardaron en bajar, todos sabíamos que ya no era lo mismo, porque ahí no se iba solamente a comer, uno iba a encontrarse, a quedarse un rato más, enfrente estaba Julio, el diariero, que aguantaba hasta la medianoche como si fuera parte de la esquina, siempre tenía algo para contar, y muchas veces íbamos más a charlar con él que a comprarle el diario.
Saavedra tenía muchos lugares así, que parecían eternos, la librería Bramanti, por ejemplo,
Entré de chico con mi abuelo, después con mi viejo y más tarde con mis hijos; entre libros, cigarros y carpetas siempre había algo para llevarse, pero también algo que te hacía quedarte, hasta que un día cerró y el barrio sintió ese vacío que no se explica me acuerdo también de Vega con su tienda, de La Vitoria, de El Calamar, de El Colmao, nombres que hoy parecen lejanos pero que eran parte de todos los días, lugares donde no hacía falta decir quién eras hoy en esos mismos espacios hay edificios, gente nueva, otro ritmo, ya no se cruzan las mismas miradas, antes caminabas una cuadra y saludabas a varios, ahora podés cruzar el barrio sin detenerte, el túnel de Balbin trajo apuro, velocidad, otro tiempo pero yo sigo caminando por esas calles y en cada esquina aparece algo, la barra de Justo, el olor de las lentejas, las charlas con Julio, las carpetas de Bramanti, los helados de Firenze, todo eso que ya no está sigue estando de otra manera y mientras te lo cuento, vos seguís ahí, con las piernas cruzadas, mirándome fijo, sin apurarme, como si cada palabra tuviera que llegar hasta vos entera, y entonces entiendo que no es solo el barrio lo que estoy contando, que en el fondo te estoy contando quién fui… y tal vez, sin darme cuenta, por qué estoy acá ahora, con vos, en este andén, dejando que todo vuelva otra vez, ella levantasto apenas la mirada, hizo un silencio corto, como si acomodaras algo adentro, y dijo —nunca te fuiste de ahí…—, no fue una pregunta, fue una certeza, algo que iba más allá del barrio, como si también hablaras de nosotros, de ese tiempo que quedó suspendido.
Me sostuvo la mirada, el tren todavía no llegaba, la ciudad sonaba lejos.
—Hay cosas que no se van nunca —dije despacio—
Me miró con los ojos húmedos y me abrazó muy fuerte, como si en ese gesto se le fuera algo que no sabía nombrar. El cuerpo le temblaba apenas, y sin embargo no soltaba.
Había una forma de quedarse en ese abrazo, de aferrarse a un instante que parecía no querer pasar.
Después se separó despacio.
Se puso de pie, acomodándose el pelo detrás de la oreja, y caminó unos pasos hasta el borde del andén. Miró las vías como si en ese hierro hubiera alguna respuesta, o tal vez una salida.
El aire cambió.
Giró apenas la cabeza, con esa mezcla de curiosidad y distancia, y preguntó cómo se llamaba la estación siguiente.
Le dije: Estación Coghlan.
Repitió el nombre en voz baja, probándolo, como si al decirlo pudiera imaginarlo.
Después me miró otra vez, distinta, con una luz nueva en los ojos.
—¿Podemos ir? —preguntó.
No era solo la estación.
Era la excusa.
El movimiento.
Seguir un poco más.
El tren todavía no había llegado, pero algo ya se había puesto en marcha.
Ella nunca había escuchado hablar de Coghlan, y eso despertaba algo especial.
Había algo en llevarla ahí, en mostrarle ese rincón, como si le estuviera abriendo una parte de mi propia historia.
Mientras esperábamos, me dijo que iba al baño; me quedé mirando las vías, el sol apoyado sobre los rieles, el ruido lejano del barrio.
Cuando volvió, se acercó con una sonrisa cómplice.
—¿Me guardás esto?
Miré su mano. Era su bombacha.
Se rio bajito. Yo sentí cómo el calor me subía a la cara; estaba sin ropa interior… y lo sabía.
No hizo falta decir nada más; su forma de moverse, de mirarme, de acercarse apenas, tenía algo que no dejaba de provocarme.
Llegó el tren; subimos.
Y en ese trayecto corto, cuadras que separan un lugar de otro, no hizo más que sostener ese juego: roces que parecían casuales, miradas que se quedaban un segundo más de lo necesario, una cercanía que me desarmaba; yo intentaba mirar por la ventana… ella miraba cómo yo intentaba disimular.
Bajamos en Coghlan.
Apenas salimos de la estación, vimos un barcito chico, simple, muy simpático.
Nos acercamos a la barra, pedimos algo fresco para tomar y unos alfajores, y después nos sentamos en una mesa a la sombra, desde donde se veía el andén y el paso tranquilo del tren.
El aire era más templado ahí, más quieto.
Dejó una sandalia y apoyó el pie en el piso, como buscando alivio al calor.
Después, con naturalidad, lo deslizó entre mis piernas.
Me miró.
—Contame algo de Coghlan.
Sonreí.
—El barrio nació a fines del siglo XIX —empecé—, alrededor de la estación, que se inauguró en 1891. Lleva el nombre de John Coghlan, un ingeniero irlandés que tuvo mucho que ver con el desarrollo del ferrocarril en la Argentina.
Me miraba con esa mezcla de curiosidad y diversión.
—Al principio esto era todo campo, quintas, huertas… Con la estación se empezaron a lotear los terrenos y aparecieron casas bajas, muchas con estilo inglés, pensadas para gente del ferrocarril.
Tomó un sorbo, sin dejar de mirarme.
—Con el tiempo llegaron inmigrantes, sobre todo vascos y franceses, y el barrio fue creciendo, pero siempre mantuvo ese aire tranquilo… distinto.
Se acomodó mejor, más cerca.
—Hay cosas que todavía siguen ahí —continué—: la vieja usina del 29, el puente de hierro, las calles arboladas… y esa sensación de que el tiempo va un poco más lento.
Sonrió.
El pie seguía haciendo lo suyo.
Nos quedamos un rato más, entre el calor, el silencio compartido y esa cercanía que ya no necesitaba explicación.
Después volvimos.
Según ella, nos esperaba un merecido descanso antes de la cena.
Tenía en mente cocinar algo rico, poner música y seguir conversando, estirando ese momento que parecía suspendido.
Pasamos por el chino de la esquina.
Compramos carne para el horno, bebidas y un postre helado. Caminamos despacio las dos cuadras hasta casa, con el aire más fresco y el sol cayendo.
Entre las bolsas y las miradas, me dijo que tenía algo para contarme, pero que prefería esperar a llegar.
Al entrar, guardamos todo.
La carne quedó lista para el horno, las bebidas en la heladera, el postre esperando.
La luz se iba.
Me miró.
—Quiero que nos sentemos a conversar… tengo una propuesta para vos.
Nos acomodamos en el sillón.
—Quería hablarte antes —dijo—, pero necesitaba que todo estuviera en orden.
Hizo una pausa.
—Quiero saber si estás cómodo… si no te molesta mi forma de ser…
Bajó la mirada.
—No quiero incomodar. Si hace falta, puedo ir a un hotel… Yo juego con todo esto… con las sensaciones, el cuerpo, el instante… pero no quiero ser una molestia.
No respondí.
Fuimos a la cocina.
Se puso a cocinar.
El cuchillo marcaba un ritmo suave sobre la tabla. El vapor del mate subía lento. El calor nos envolvía.
Me senté.
—¿Cómo era eso de la lamparita de la calle? —preguntó.
La acerqué. La senté sobre mis piernas. La abracé y la besé. Fue largo, húmedo, detenido.
Se separó apenas.
—Después seguimos… contame.
Hoy, las luminarias de la ciudad cuentan con una antena similar a los módems hogareños.
Estas modernas antenas permiten encender las luces de acuerdo a la oscuridad que se va produciendo en cada zona de la Ciudad de Buenos Aires; todo está automatizado, todo parece funcionar solo, sin necesidad de que nadie haga nada.
Pero no siempre fue así.
Años atrás, encender la vieja lamparita que iluminaba el pasaje, justo en la mitad de la cuadra, era algo mucho más artesanal.
Bastaba con cruzar la calle y bajar una llave de baquelita. O, si uno iba más atrás en el tiempo, girar una llave que, si mal no recuerdo, era de un material similar a la cerámica.
Y si uno no la encendía, lo hacía el señor que trabajaba para SEGBA ese vecino del barrio que, montado en su bicicleta, pasaba cada noche encendiendo las luminarias, y al amanecer volvía para apagarlas.
Si alguna luz se quemaba, a veces esperábamos unos días a que vinieran a cambiarla. Pero muchas otras veces, poníamos dinero entre nosotros, los vecinos, comprábamos una bombita nueva y la cambiábamos.
Era toda una odisea.
La aventura comenzaba juntando escaleras. Una, muy alta y de madera, era del vecino pintor alemán que vivía justo enfrente de casa, en diagonal a la calle Plaza.
Sobre esa escalera apoyábamos otra, cruzada, y así, precariamente, lográbamos llegar a la altura deseada. Las primeras veces que se cambiaron las lamparitas, el encargado era Alfredo, vecino de la cuadra y padre de Walter. Subía con cuidado, mientras nosotros lo mirábamos desde abajo, atentos a que nada saliera mal.
Las últimas veces, en cambio, me tocó a mí; subía despacio, con la bombita dentro de una bolsita para evitar que se golpeara.
Era una lámpara especial, con un culote más grande de lo común, que comprábamos en el local de Boya, ese que aún hoy se encuentra sobre la avenida, en la esquina con la calle Manzanares.
Recuerdo que los sábados por la tarde solíamos juntarnos los vecinos, antes de jugar a la pelota en toda la cuadra porque sí; en aquellos tiempos jugábamos a la pelota en la calle, sin miedo, sin apuro, cambiábamos la famosa bombita que alumbraba Valderrama, nuestro rincón, nuestra calle.
Porque la luz de esa bombita no era solo electricidad, era comunidad, era infancia, era barrio.
Se quedó en silencio, apoyada en mí, escuchando.
El horno hacía de la cocina un sauna; cuando terminé, se levantó despacio.
—Me voy a bañar… después seguimos; antes de entrar, me pidió una camisa.
Cuando salió, llevaba solo eso, abierta,
La miré. Sonrió.
Y entendí que la historia… todavía tenía mucho más para seguir.
La cena duró más de lo esperado, no por la comida, sino por el debate sobre qué escribir, cómo organizar las historias, cómo transformar los recuerdos en palabras que valieran la pena.
Cada cosa que le contaba, ella la anotaba en su notebook, con esa concentración adorable y feroz que la hacía ver irresistiblemente hermosa.
Insistió en que debía reunir todo en un nuevo libro; el del Delta ya estaba terminado, era hora de comenzar otro.
Entre risas y gestos, le decía que ella también debería empezar a escribir, y al final coincidimos en que empezaríamos lo antes posible.
Después de limpiar la mesa, se levantó y fue hasta la heladera, sacando un par de recipientes de helado. Lo sirvió con delicadeza, dejando caer cada cucharada en los platos con un gesto que parecía casual, pero cargado de intención.
Mientras me ofrecía la cuchara, nuestras manos se rozaron y un escalofrío recorrió mi brazo.
Comimos helado lentamente, como si cada bocado alargara el momento.
Me acerqué un poco más, apoyando mi mano sobre la suya; ella no la retiró, al contrario, entrelazamos los dedos. Suspiró suavemente, y nuestras miradas se encontraron, cargadas de una tensión deliciosa.
Entonces, entre risas y susurros, comenzó la seducción: pequeños roces, sonrisas que decían más que las palabras, acercándonos cada vez más hasta que el mundo exterior desapareció.
El helado se derretía lentamente en los platos, y el aire parecía cargarse de algo distinto, casi eléctrico.
Ella apoyó el codo sobre la mesa, inclinando la cabeza hacia un lado, observándome con una mezcla de ternura y picardía.
La música seguía de fondo, suave, como si acompañara el ritmo pausado de la noche.
—¿Ves? —dijo sonriendo—. Todo lo que contás tiene algo… no sé, como si fuera verdad y sueño al mismo tiempo.
—Quizás porque lo vivo así —respondí.
Ella sonrió apenas, bajó la mirada y jugueteó con la cuchara.
El aire olía a vainilla, perfume y madera.
Me incliné un poco hacia delante; no dije nada, solo la miré.
Esa pausa, ese segundo suspendido, valía más que cualquier palabra.
Se levantó despacio, fue hasta el equipo de audio y cambió el disco.
Sonó una melodía más lenta, casi un susurro. Caminó hacia mí y se detuvo detrás de mi silla; sus dedos rozaron mi hombro, ligeros, apenas un gesto, pero suficiente para hacerme cerrar los ojos.
—Mira lo que me haces —dijo en voz baja, apoyando su frente contra la mía—.
Voy a terminar llenando mi block de vos.
Nos quedamos así, quietos, respirando juntos; el tiempo parecía disolverse.
Se apartó apenas, tomó mi mano y me guio hasta el sillón.
Nos sentamos sin hablar, todavía con la música sonando.
Cada gesto era un lenguaje: la forma en que apoyó su cabeza en mi hombro, el roce de su pierna contra la mía, el calor que iba creciendo entre los dos sin apuro.
La noche siguió su curso, lenta, envolvente.
En algún momento, sin que lo notáramos, la luz del velador se apagó por completo, dejando solo un resplandor dorado.
Y entre murmullos, promesas y planes sobre ese nuevo libro, la realidad se volvió tan frágil y perfecta como una historia bien contada.
La noche se fue deshilachando en susurros y respiraciones compartidas, hasta quedar solo el latido lento de la casa.
Esa camisa abierta que ella llevaba se había convertido en una especie de bandera de la noche, y su respiración, cálida contra mi cuello, fue la última melodía antes del sueño.
Amaneció con una claridad tímida que se colaba por las cortinas.
La casa tenía ese olor a humedad leve y a libro viejo que tanto me gusta.
Me separé despacio para no despertarla de golpe.
La observé dormir: los párpados le temblaban como si aún siguiera soñando frases, la mano apoyada sobre una libreta cerrada.
Fue imposible no pensar en las palabras que esa mano, alguna vez, convertiría en páginas. Sonreí en silencio y me fui a la cocina.
Preparar el mate fue un pequeño ritual sagrado: agua al fuego, la bombilla lista, la yerba acomodada con cuidado.
La desperté con el mate en los labios, un gesto tan cotidiano y a la vez íntimo.
Abrió los ojos como quien recibe un pacto nuevo. Le di el mate; nuestras manos se rozaron. La electricidad de la noche todavía estaba allí, ahora suave, en clave de ternura diurna.
Cuando la luz ya fue plena y la casa despertó del todo, ambos supimos que aquella mañana no solo habíamos despertado juntos, sino que habíamos empezado a dar vida a un libro que, en el fondo, era la suma de todas las pequeñas cosas que nos habían traído hasta allí.
Decidimos vestirnos y salir a la calle.
Las valijas con ropa nos esperaban, y la compra de alimentos en el súper era necesaria. Ese día cocinaba yo, pero necesitaba víveres.
Fuimos a buscar el auto para hacer todo lo que precisábamos y paré el auto sobre calle Plaza, casi en Larralde.
Apagué el motor y, por un momento, nos quedamos en silencio, como si el lugar pidiera eso antes de empezar a hablar.
Bajamos.
El aire tenía ese movimiento constante de la barrera cercana. Caminamos unos pasos y nos apoyamos en el paso a nivel, mirando las vías que cruzan el barrio como si unieran tiempos distintos.
Entonces le empecé a contar.
Que ahí, donde hoy la calle Plaza sigue de largo, antes no era así.
Que ese tramo no existía como continuidad, porque en ese lugar se levantaba el Club Saavedra, ocupando ese espacio con vida propia.
Le señalé el terreno, tratando de dibujarlo en el aire:
—Acá estaba todo —le dije—. Las canchas, la sede, el jardín…
Le hablé de las canchas de tenis de polvo de ladrillo, del rojo marcado en los zapatos, del sonido seco de la pelota. De la actividad durante todo el año, de la gente entrando y saliendo, de los encuentros que no necesitaban excusas.
Y después, casi sin darme cuenta, me fui hacia lo más fuerte.
—Y en carnaval… esto era una fiesta.
Le conté de cuando venía con mi familia, de mis viejos bailando tango, de mis tíos riendo, de nosotros corriendo con amigos entre la gente, perdiéndonos y volviendo a encontrarnos.
De las luces, la música, el calor de esas noches que parecían no terminar.
Ella miraba las vías, pero escuchaba cada palabra.
—Hoy ves esto —le dije—, una calle que sigue, autos que pasan… pero antes acá latía otra cosa.
El tren no venía, pero igual nos quedamos un rato más, apoyados ahí, como si en cualquier momento fueran a volver las luces, la música… y alguien nos invitara otra vez a entrar.
Hoy, quienes cruzan la barrera y caminan por la actual calle Plaza —que se extiende donde antes el terreno se interrumpía entre Larralde y Núñez— ven un edificio y la continuidad de una calle.
Pero pocos saben que, justo en ese lugar, latió alguna vez uno de los clubes más importantes que tuvo Saavedra.
Y aunque el club ya no esté, todavía queda en pie aquel símbolo: la palmera sigue allí, silenciosa y fiel, recordándonos la grandeza de un tiempo que no se olvida.
Ella me escuchó detenidamente y después seguimos viaje a hacer las compras.
Más tarde dimos una vuelta por el parque y nos sentamos en un banco, para que yo le contara, mientras ella escribía en su notebook, como había hecho con la historia del club, la historia de la estación Saavedra.
Habíamos estado allí el día anterior, pero entonces no le había contado nada.
Ella bajó con el mate, y entre sorbos le empecé a decir: Cuando caminamos por Saavedra y miramos el cartel de la estación, muchos lo vemos como algo cotidiano, casi invisible.
Pero detrás de esas letras que dicen “Luis María Saavedra” hay una historia de familia, de tierras, de sueños… y hasta de caballos, que vale la pena volver a contar. Porque, de algún modo, gracias a ese hombre, el barrio empezó a tener nombre, forma y memoria.
Luis María nació en 1829. Era sobrino de Cornelio de Saavedra, aquel vecino del otro Saavedra, el de la Revolución de Mayo.
A mediados del siglo XIX compró una chacra en las afueras de Buenos Aires, en lo que entonces era San Isidro.
Eran tierras amplias, con hornos de ladrillo, corrales y un arroyo, el Medrano, que cada tanto se desbordaba y arruinaba todo a su paso.
Con los años fue ampliando su propiedad y terminó quedándose con terrenos que habían pertenecido a los White, dueños del primer hipódromo organizado de Buenos Aires, que funcionó justo en esas tierras hasta que lo destruyó la tormenta de Santa Rosa de 1866.
En su chacra levantó una casa grande y elegante, de estilo italiano, con galerías, patios, cocheras y dependencias para los peones. Criaba caballos de carrera y toros de raza que se lucían en exposiciones. Sus hijas mellizas, Estela y Tomasa, se dedicaban a las aves: miles de patos y gallinas poblaban el campo. No faltaba nada
: había tambo, palomar, corrales y hasta un lago artificial rodeado de eucaliptos, que todavía algunos recuerdan en postales viejas.
Así fue como la propiedad empezó a conocerse como la Chacra Los Eucaliptos.
En 1891, el ferrocarril llegó a la zona. Entonces, don Luis María hizo un gesto que marcaría para siempre la identidad del barrio: donó los terrenos para levantar la estación, pero puso una condición. Quería que llevara el nombre de su hijo, también llamado Luis María, que había muerto siendo muy chico.
Así nació la estación Luis María Saavedra, la misma que hoy usamos sin saber que guarda la memoria de un padre que quiso dejar viva la huella de su hijo.
Unos años antes, en 1873, ya se había hecho la fundación oficial del barrio, con toda la pompa de la época: discursos, música, remate de lotes y hasta góndolas navegando en el Lago Saavedra, ese espejo de agua artificial que fue orgullo de la ciudad. Fue un acto único; ningún otro barrio porteño tuvo una inauguración así.
Don Luis María murió en 1900. La chacra siguió en pie un tiempo, pero poco a poco su actividad se fue apagando, y en 1936 el Estado terminó por expropiar esas tierras y destinarlas a parques y paseos públicos.
El Parque Saavedra quedó como símbolo de lo que alguna vez fueron esas hectáreas de campo. Con el correr de las décadas, el barrio fue creciendo: aparecieron las fábricas, los clubes, las bibliotecas, las murgas… y el fútbol de Platense.
Llegaron también los artistas y escritores que hicieron de Saavedra una fuente de inspiración.
Hoy, cuando vemos edificios nuevos levantarse donde antes hubo casonas o negocios de toda la vida, cuando los vecinos ya no se conocen tanto como antes, es importante no olvidar de dónde venimos.
Porque, así como recordamos la parrilla de Justo, la librería Bramanti, a Julio el diariero, la tienda de Vega y tantos otros personajes que hicieron barrio, también tenemos que recordar a don Luis María Saavedra.
No pudo imaginarlo, pero su chacra, su gesto de donar la tierra y su apellido quedaron grabados para siempre.
Y cada vez que alguien dice “me bajo en Saavedra” o “yo soy de Saavedra”, de alguna manera lo estamos nombrando.
Porque un barrio no son solo calles y edificios, sino las historias, los vecinos y los recuerdos que lo hacen latir y Saavedra —con su túnel nuevo, con sus cambios y con su gente— sigue latiendo al compás del tiempo.
—Es hermoso esto… hay que darlo a conocer mucho más —dijo ella, cerrando la notebook un instante .—Eso, eso lo decís vos porque lo estás viviendo conmigo… ¿Tomamos mate? ¿Vamos para casa?
Dale.
Un rato más tarde, apenas entramos, ella acomodó las cosas en la heladera y enseguida fue hacia el lavarropas.
Puso toda la ropa a lavar; antes revisó las valijas, separó lo que había quedado del viaje y colgó las sandalias al sol en el pequeño patio.
Fue gracioso verla delante del lavarropas, quitándose la ropa con total naturalidad y llamándome para que hiciera lo mismo.
Y así, entre risas y sin ningún apuro, seguimos el día.
La casa se llenó de ese sonido familiar del agua girando y del olor a jabón.
Yo, mientras tanto, empecé a ordenar la cocina y a preparar lo necesario para el almuerzo.
Ella encendió el equipo de música y dejó sonar un disco suave, de esos que llenan el aire sin apurar el tiempo.
Caminaba semidesnuda con una naturalidad que solo da la confianza.
Fue tendiendo la ropa y preparando el mate. Para poner más ropa a lavar, en segundos me hizo quitar lo puesto para también lavarlo.
La observé moverse por el lugar, ligera, tranquila, como si el espacio le perteneciera desde siempre.
—¿Cómo era la historia de la fábrica de chocolate que me ibas a contar? —me dijo, alcanzándome un mate.
Los dos, desnudos en la cocina, empezamos a tomar mate como si estuviéramos vestidos, con una naturalidad casi absurda que nos hacía reír por lo bajo.
Pero en un momento empecé a notar que en su cuerpo comenzaban a pasar cosas parecidas a las que me estaban pasando a mí.
Ella se dio cuenta, se levantó sin decir nada y fue a buscar una musculosa amplia, se la puso con calma y volvió a sentarse, retomando el mate como si nada, mirándome de reojo antes de preguntarme, con una sonrisa apenas dibujada, si iba a seguir así o pensaba vestirme.
Me alcanzó otra para mí, me dio un mate y me pidió que la acompañara al dormitorio.
Mientras acomodaba la ropa de las valijas, seguimos conversando.
No había mucho por ordenar. Las dos valijas eran pequeñas, así que todo se guardó rápido.
—Contame de la fábrica —insistió, animada—. Yo voy tomando nota.
—Te cuento…
Donde hoy se levantan edificios modernos, balcones con macetas y el trajín cotidiano de vecinos que entran y salen de un complejo habitacional, alguna vez existió un mundo hecho de humo, cacao y café. Fue en 1929 cuando Nestlé abrió en Saavedra su primera fábrica de chocolates en Argentina, apenas un año antes de establecerse formalmente en el país, el 5 de mayo de 1930.
No era una fábrica cualquiera.
Para quienes vivieron el barrio en aquellas décadas, la planta fue más que un edificio: fue un punto de referencia, un lugar donde el aire mismo parecía contar historias.
El apellido de Henri Nestlé, aquel farmacéutico suizo que en el siglo XIX había creado la primera harina lacteada para salvar vidas infantiles, significa en alemán “nido”. Y, curiosamente, en Saavedra, esa palabra cobró vida: la fábrica se volvió un verdadero nido de aromas, de trabajo, de comunidad.
Durante más de medio siglo, la planta dio empleo a cientos de vecinos y fue testigo de la fabricación de productos que marcaron a generaciones: el chocolate Milkybar, el Suflair, las monedas de chocolate que los chicos atesoraban como si fueran de oro, los caramelos que endulzaban la infancia, el café Dolca que se servía en cada sobremesa, la leche en polvo Nido y hasta los caldos que llegaban a tantas mesas humildes.
Pero lo que más se recuerda no son los nombres de los productos, sino la vida que emanaba de la fábrica.
El barrio entero olía. Sí, olía.
A veces a chocolate tibio que parecía escaparse de las paredes, como una invitación secreta; otras veces a café recién tostado, tan intenso que llenaba las calles de un humo denso, pegajoso, casi imposible de ignorar.
Cuando se prensaban los granos de café, ese humo oscuro salía disparado por las chimeneas y caía como un manto sobre las casas bajas del barrio. Las madres corrían desesperadas a descolgar la ropa tendida en los patios, porque bastaba un minuto para que las sábanas blancas se tiñeran de manchas negras de hollín. Había fastidio, claro, pero también una sonrisa resignada: todos sabían que ese mismo humo era parte del pulso de Saavedra, un sello de identidad.
El barrio olía, sí, y ese olor se convirtió en memoria.
Con el paso del tiempo, la fábrica se volvió paisaje, rutina; los obreros entraban y salían en turnos, los chicos jugaban en las veredas sabiendo que adentro se producían dulces que quizás algún día probarían, y el aroma se confundía con la vida misma.
Pero todo nido, tarde o temprano, se vacía. En 1981, Nestlé cerró las puertas de la planta de Saavedra.
El barrio se quedó en silencio, como si un gran corazón hubiera dejado de latir, donde antes había ruido de máquinas, olor a cacao y humo de café, quedaron paredes vacías, listas para transformarse. Años después, en ese mismo terreno, se levantó el complejo de viviendas Tronador, símbolo de una nueva etapa urbana, pero también de la memoria que no se borra.
Hoy, entre las torres y los patios internos, queda en pie una sola chimenea, alta, solitaria, como un centinela del tiempo.
Esa chimenea es mucho más que un vestigio arquitectónico: es un testigo de la historia barrial, un recordatorio de que allí, donde hoy viven familias que quizás desconocen la vieja historia, alguna vez se cocinó la identidad de Saavedra a fuerza de humo, cacao y café.
Y así, como el apellido Nestlé evocaba un nido, Saavedra guarda todavía ese recuerdo en lo más íntimo de su memoria colectiva. Porque los barrios también huelen, sienten y recuerdan.
Y el de Saavedra, durante más de cincuenta años, fue el barrio donde la vida tenía gusto a chocolate y aroma de café.
En 1981, la fábrica cerró. Y el barrio quedó en silencio, como si un corazón hubiera dejado de latir.
Hoy, entre torres y patios, queda en pie una sola chimenea, alta y solitaria, como un testigo del tiempo.
Ella escribió en silencio unos segundos más.
Después, la historia siguió entre mates, música y el ir y venir de la casa viva.
Por la noche cocinamos algo simple, casi sin darnos cuenta de los pasos, como si el cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer mientras la cabeza seguía en otra parte.
La mesa fue otra vez escenario, pero distinto. Más calma. Más cierta.
Después de cenar, ella abrió la notebook.
—Mañana seguimos —dijo—. Esto ya no es solo un libro…
La miré.
—No —le respondí—. Ya no lo es.
Y entonces entendimos —sin decirlo— que lo que estábamos escribiendo no era solo sobre Saavedra, ni sobre sus historias, ni sobre la memoria del barrio.
Era sobre nosotros.
Sobre ese punto exacto donde dos caminos, sin saberlo, habían decidido quedarse.
Y esa noche, mientras la casa volvía a quedarse en silencio, el libro empezó a escribirse solo, como si cada palabra ya hubiera estado esperándonos desde antes, paciente, inevitable.
Mientras juntaba algunas cosas de la mesa, el aroma del café recién hecho empezaba a llenar el aire, cálido, envolvente.
Cuando me giré, la sentí detrás de mí.
Se acercó despacio, apoyándose contra mi espalda, sus brazos rodeándome con naturalidad.
Su cuerpo encajaba con el mío como si ya conociera ese lugar.
Su respiración tibia rozó mi cuello.
—¿Me llevás a dar una vuelta? —susurró.
El pedido tenía algo más que palabras.
Era una necesidad suave, casi urgente, de salir, de sentir, de hacer real todo lo que estaba empezando.
Me quedé unos segundos así, sosteniendo ese instante.
Después me giré despacio para mirarla.
Tenía esa mezcla de emoción y timidez, con una sonrisa apenas contenida.
Serví el café y nos sentamos cerca, casi sin distancia entre los dos.
El calor de la taza entre las manos contrastaba con la cercanía, con esa tensión leve que no incomodaba, sino que invitaba a quedarse un poco más en ese borde.
—Por primera vez quiero recorrer Buenos Aires —dijo, mirándome—. El centro… el Obelisco… aunque no lo creas, no conozco nada. Sonreí.
Afuera, la noche ya estaba lista.
Adentro, nosotros también.
Después de cenar y cambiarnos, partimos. La noche se veía espléndida.
Le tomé la mano y caminamos hasta el auto sin apuro, como si ese pequeño trayecto también formara parte del ritual. Subimos, y el motor rugió suavemente mientras las luces de Buenos Aires comenzaban a deslizarse sobre el parabrisas.
Ella se acomodó a mi lado, y entonces la miré bien.
Llevaba un short que dejaba ver sus piernas con una naturalidad provocadora, los tacos altos marcando cada movimiento, incluso al sentarse, y la remera anudada apenas contenía su cuerpo, insinuando más de lo que mostraba.
No llevaba sostén, y en la forma en que la tela se apoyaba sobre su piel había algo libre, despreocupado… peligrosamente atractivo.
Se recostó apenas, como si no fuera consciente del efecto que provocaba, dejando que la ciudad la atravesara con sus luces y sus ruidos.
Su risa, baja y contagiosa, se mezclaba con la música que sonaba en el auto.
Cada semáforo, cada farola, era un descubrimiento.
Para mí, verla así —libre, viva— era como reencontrarme con esa energía que había conocido tantos años atrás, intacta, indomable.
—No puedo creer todo esto —dijo, apoyando la cabeza contra el respaldo—. Nunca vi la ciudad así… y siento que puedo ser cualquiera de mis versiones al mismo tiempo.
Sonreí, mirándola de reojo mientras tomábamos la avenida.
El viento entraba por la ventana abierta y jugaba con su ropa, acentuando esa sensación de desborde contenido.
No era un paseo con destino. No hacían falta mapa, ni planes, ni apuro.
Solo nosotros, la música… y la ciudad desplegándose a nuestros pies.
Ella se recostaba contra el asiento, jugando distraídamente con el borde de su remera anudada, como si ese gesto la mantuviera anclada mientras todo lo demás la desbordaba.
Observaba la ciudad con ojos abiertos, curiosos, casi brillantes.
Cada semáforo era un descubrimiento.
Cada reflejo en los vidrios, un detalle nuevo que antes no había existido para ella
—Nunca imaginé que la ciudad fuera así… —susurró—.
Es gigante… y a la vez parece nuestra.
Sonreí.
Nos reímos juntos, y sin apuro, casi sin darnos cuenta, nos fuimos acercando a La Biela, con sus mesas en la vereda y ese aire suspendido en el tiempo.
Pedimos un café y nos sentamos afuera.
El murmullo constante de los autos, las voces que pasaban, alguna bocina lejana… todo se mezclaba en una música urbana suave. Ella movía los pies apenas, descalzando un poco la tensión de los tacos, disfrutando de esa sensación nueva: estar ahí, sin miedo, siendo parte.
Libre.Viva.
Con esa chispa salvaje que nunca había perdido.
Nos miramos. Y por un instante, todo quedó en pausa.
No hacía falta hablar.
Las manos que se rozaban sobre la mesa, el calor del café elevándose en el aire, la brisa fresca rozando la piel… era suficiente. Más que suficiente.
Cuando la noche empezó a aflojar, volvimos al auto.
El regreso fue lento, casi íntimo.
La ciudad ya no era descubrimiento, era compañía.
A veces, ella se inclinaba hacia mí, rodeándome con un brazo desde atrás, apoyando su cuerpo con una necesidad suave, como si buscara asegurarse de que todo seguía ahí.
De que yo seguía ahí.
Llegamos despacio, sin ganas de cerrar ese momento.
Apenas entramos, dejó los tacos a un lado, como quien se desprende de algo innecesario, y se acomodó en la cocina. La remera seguía anudada, el cabello apenas desordenado por el viento, y en esa simpleza había algo aún más íntimo.
Preparé el mate.
Nos sentamos uno al lado del otro, lo suficientemente cerca como para que el contacto fuera inevitable. Cada sorbo parecía tender un puente silencioso entre lo que había sido la noche… y lo que, sin decirlo, empezaba a crecer. No hablábamos mucho.
A veces bastaban las miradas.
Una sonrisa leve.
Un roce que se quedaba un segundo más de lo necesario.
El silbido del agua caliente y el olor a yerba llenaban el espacio, y por un momento el mundo se redujo a eso: la cocina, el calor, nosotros.
Apoyó la cabeza en mi brazo.
La rodeé despacio, sintiendo cómo su cuerpo se acomodaba con naturalidad, como si ese lugar ya le perteneciera. —Gracias por hoy… —susurró—. Todo se siente tan real.
—Lo es —respondí en voz baja, alcanzándole el mate—. Y esto… recién empieza.
El tiempo siguió corriendo sin apuro.
El mate nos mantuvo despiertos un rato más, entre risas suaves, recuerdos del paseo, fragmentos de la ciudad que todavía parecía latir afuera… y esa sensación nueva, intensa, de libertad compartida.
Salvaje y dulce.
Cuando el cansancio finalmente llegó, nos miramos y supimos que estaba bien.
Nos levantamos despacio, ordenamos lo justo, y fuimos hacia la habitación sin necesidad de decir nada más. Como si todo ya hubiera sido dicho en los gestos, en los silencios, en la forma en que nos habíamos encontrado.
La noche se cerró sobre nosotros con suavidad.
La luz del amanecer se colaba por las rendijas de la persiana, tibia y lenta, deslizándose sobre la piel que todavía guardaba el calor de la noche, y aunque apenas nos movimos, como si el mínimo gesto pudiera romper algo, en el fondo sabíamos que no era tan fácil soltarse porque el cuerpo tiene memoria, ya que hay cosas que quedan incluso cuando uno intenta separarse.
A las nueve me levanté y fui hacia la cocina, encendí la hornalla, puse el agua y dejé que el silencio de la mañana hiciera lo suyo, ese silencio espeso que no incomoda, que más bien acomoda las ideas, que ordena lo que todavía late bajo la piel.
Cuando me giré, la sentí detrás de mí, acercándose sin apuro, apoyándose con suavidad, rodeándome con los brazos mientras su respiración tibia se quedaba en mi cuello, y ese gesto tan simple terminó de anclarme en ese momento.
—Buen día… —susurró.
Nos sentamos frente a frente y le alcancé un mate; afuera el día empezaba a desplegarse con su ritmo inevitable, pero adentro el tiempo parecía quedarse suspendido, como si todavía no hubiera decidido avanzar.
—Contame lo del hospitalito —dijo, mientras todavía bostezaba.
Respiré hondo, no porque fuera difícil recordarlo sino porque sabía que no era solo una historia, y entonces empezó a tomar forma entre nosotros.
Le dije que estaba en Saavedra, en la esquina de Jaramillo y Plaza, que ahí funcionaba lo que todos llamaban el “Hospitalito”, y mientras hablaba la veía acomodarse un poco más cerca, como si también quisiera entrar en ese recuerdo.
Le conté que todo había empezado con un médico, el doctor Natalio Goldstein, que en 1937 abrió su consultorio en el barrio, pero que muy rápido ese consultorio dejó de ser solo un lugar de atención para convertirse en una idea más grande, en una necesidad compartida, porque veía a los que no podían pagar, a los que quedaban afuera de todo, y entendió que hacía falta algo distinto, algo que no dependiera de tener o no tener.
La casa donde funcionaba era alquilada y comprarla parecía imposible: tres millones de pesos que para la época eran una cifra descomunal, pero fue entonces cuando pasó algo que hoy cuesta imaginar sin que suene casi irreal: el barrio entero se organizó.
Se hicieron kermeses en los terrenos cercanos a la estación, fiestas, rifas, encuentros donde lo importante no era solo recaudar, sino sentirse parte, y los comerciantes empezaron a donar materiales, ladrillos, cal, ventanas, lo que estuviera a su alcance, mientras los vecinos aportaban tiempo, trabajo, presencia, como si cada uno supiera que estaba construyendo algo que lo iba a trascender.
El mate fue y vino entre nosotros mientras le contaba que el 16 de marzo de 1941 el barrio entero estuvo ahí, no como en una inauguración formal sino como quien llega a ver terminado algo propio, algo que se levantó entre todos, y así nació el Hospital Vecinal de Saavedra, en Plaza Este 3715, un lugar donde no solo se atendía sino donde se empezaron a escribir historias: ahí nacieron muchos de los vecinos que hoy todavía caminan esas calles, ahí se hicieron operaciones que para muchos fueron decisivas, como las de garganta que casi todos recuerdan, esas de amígdalas que marcaron a generaciones enteras, y aunque no era un edificio grande, tenía algo que lo hacía enorme, una identidad que no se podía comprar.
Con el tiempo, ese esfuerzo creció, se transformó en la Asociación Policlínico de Saavedra General San Martín, sumó profesionales, socios, reconocimiento, y, sin embargo, seguía siendo el hospitalito para todos, porque el nombre no era una cuestión de tamaño, sino de afecto.
En 1969 se inauguró el nuevo edificio y ahí mi voz cambió un poco, porque ese recuerdo ya no era heredado, sino propio: le conté que yo estuve ahí, que fui con el coro de la escuela Feliz de Azara, que éramos chicos y no entendíamos del todo lo que pasaba, pero sí sentíamos la emoción de los adultos, ese orgullo que no necesita explicarse, y que mi padre formaba parte de la comisión, que lo veía moverse entre la gente con una seriedad que no podía ocultar la alegría.
Cantamos ese día y la gente aplaudía con una intensidad que iba más allá de la música, como si en cada aplauso se celebrara todo lo que había costado llegar hasta ahí, y ese lugar no tardó en convertirse en algo enorme, con miles de socios y miles de pacientes atendidos en poco tiempo, una institución que funcionaba pero que también representaba algo más profundo.
Después, las cosas cambiaron, como cambian tantas veces cuando aparecen intereses que no son los mismos que los del origen. Hubo decisiones difíciles de entender, manejos que nunca quedaron del todo claros, y la historia empezó a cargarse de sombras; incluso nombres pesados del país se cruzaron con ese lugar, como el de López Rega, que años más tarde estuvo internado allí y terminó muriendo entre esas mismas paredes que habían nacido del esfuerzo solidario del barrio. Todo eso, de algún modo, fue erosionando lo que se había construido con tanto cuidado, hasta que lo que parecía sólido empezó a desdibujarse sin que nadie pudiera explicar del todo cómo.
Hoy funciona ahí una clínica de rehabilitación; el edificio sigue en pie, pero ya no es lo mismo, aunque tampoco es justo decir que todo se perdió, porque hay cosas que no desaparecen aunque cambien de forma.
Le dije que lo importante no era solo lo que es ahora, sino lo que fue, lo que representó, la prueba concreta de que un barrio podía levantar algo enorme sin esperar nada a cambio, que la solidaridad no era un discurso, sino una práctica cotidiana.
Sentí entonces su mano apretando la mía, suave pero firme, y en ese gesto entendí que no hacía falta agregar mucho más, porque el silencio que se había formado entre nosotros ya no era vacío, sino memoria compartida, una manera de sostener todo eso en el presente, mientras afuera el día seguía creciendo y adentro, en esa cocina, algo seguía latiendo con la misma intensidad de antes.
Nos sentamos a la mesa, entre mates y charla tranquila, y empezamos a ordenar lo necesario.
Hicimos juntos la lista de compras, anotando lo que faltaba, agregando cosas que surgían en el momento, corrigiendo detalles mínimos como si ese pequeño orden también fuera parte del día.
Mientras hablábamos de todo un poco, me decía que quería averiguar por una peluquería, caminar por el barrio, conocer los locales de los que le había hablado.
Le ofrecí el auto; era una excusa para que saliera cómoda, para que se moviera con libertad.
Lo aceptó con una sonrisa leve, de esas que dejan un brillo en el aire.
Le pregunté si tenía registro, y me confirmó que sí, que manejaría despacio, que no me preocupara.
Nos mantenemos en contacto —dijo—, así te cuento si encuentro algo lindo.
Ahí recién la mesa quedó atrás y la mañana empezó a tomar otro ritmo.
Después de eso, la casa siguió con su movimiento suave.
Bajó la ropa que había quedado tendida del día anterior y la dobló con cuidado, con esa prolijidad silenciosa que tienen los gestos que no buscan ser vistos.
Me preguntó dónde iba cada cosa, le fui indicando los cajones, y el ambiente se llenó de ese rumor cálido de lo cotidiano compartido.
Cuando terminó, se cambió.
Ya con las llaves en la mano, se acercó.
Me besó antes de irse.
Estaba hermosa: las zapatillas, la calza, esa sencillez que la hacía parecer siempre recién salida de una mañana de verano.
Antes de salir, me regaló otro beso corto, tibio, como si dejara algo suspendido en el aire.
Entonces se fue.
La casa quedó en silencio, pero no era un silencio vacío, sino uno lleno de su presencia reciente, como si todavía habitara en cada rincón.
Me fui al escritorio, subí un poco el volumen de la música, preparé el mate, acomodé el termo al lado de la computadora y abrí un documento nuevo.
Tenía esa calma necesaria que se siente cuando la casa respira en silencio.
Entonces, mientras la yerba soltaba su primer aroma, algo más sutil llegó hasta mí.
No fue solo un recuerdo.
Fue un olor.
Un olor antiguo, mezcla de papel y de tinta, que traía consigo el eco de otro tiempo.
Y sin pensarlo, empecé a escribir.
Más allá del horizonte del olfato, allí donde la memoria guarda sus tesoros más íntimos, habita un aroma irrepetible.
Un perfume que no se encuentra en ninguna fábrica moderna ni en ningún libro recién impreso, sino solo en un lugar: el taller gráfico de la familia Pascual, a la vuelta de casa, donde el tiempo parece haberse detenido.
El aire allí huele a tinta fresca, a papel recién cortado, a cartón apilado y a cola industrial tibia, una fragancia espesa que se pega a la ropa y a la memoria.
La imprenta de la familia Pascual no es solo un taller: es un mundo detenido en su propio ritmo.Adentro, el tiempo se mide por máquinas y no por relojes.
La troqueladora golpea con un pulso constante, como un corazón mecánico que sostiene toda la jornada.
La guillotina cae con precisión seca, cortando pilas de papel con un silencio breve y tenso antes de cada golpe.
Y la vieja Minerva Heidelberg, traída hace décadas por el fundador, sigue imprimiendo tarjetas, sobres e invitaciones, como si se negara a envejecer del todo.
En las mesas largas de madera gastada, los hijos de Pascual revisan trabajos, corrigen detalles, ordenan pedidos y apilan pliegos recién salidos.
Las manos están manchadas de tinta, pero nadie lo nota: ahí eso es normal, casi una forma de identidad.
El taller nació cuando Pascual padre consiguió su primera máquina usada y aquel galpón frío que con los años se transformó en imprenta.
Empezó solo, con más voluntad que herramientas, y fue sumando trabajo, máquinas, gente, hasta convertir ese lugar en una familia de oficio.
Sus hijos crecieron entre el ruido de engranajes, el olor a tinta y el crujir del papel.
Aprendieron a reconocer un buen corte solo por el sonido de la guillotina, a ver un error en la impresión apenas con la luz sobre la hoja, a entender que ahí el trabajo no era individual sino compartido.
Con el tiempo, la imprenta Pascual se volvió parte del barrio.
No por grande, sino por constante.
Siempre abierta, siempre produciendo algo, siempre con ese mismo ritmo firme que no depende del calendario, sino de los encargos.
Y aunque el mundo cambie afuera, adentro todo sigue teniendo la misma lógica: papel, tinta, manos, oficio.
Porque allí no solo se imprimen trabajos, se imprime historia cotidiana, se imprime la memoria de los primeros empleos, se imprime la paciencia de los procesos, se imprime la idea de que lo hecho con las manos todavía tiene valor.
Y cada vez que uno pasa frente al portón metálico medio gastado de la imprenta, siente lo mismo: que adentro el tiempo sigue funcionando de otra manera.
Se esconde la vida misma, impresa en cada hoja, en cada caja, en cada ruido de máquina.
Allí, a la vuelta de casa, sigue existiendo ese mundo que no desaparece del todo, aunque todo alrededor cambie.
Entre mates y letras, casi sin darme cuenta de cuánto tiempo había pasado, llegó el llamado telefónico.
Su voz, con ese acento entre argentino y español, era inconfundible.
Me dijo que me extrañaba, y se la notaba contenta: había conseguido turno en la peluquería.
Allí podía pagar sin problema, porque le aceptaban el dinero, aunque en un local donde había comprado algunas cosas de granja no, pero habían conocido el auto, preguntado por mí, y todo quedó solucionado.
Me alegró escucharla así, aunque noté cierta preocupación por el tema del dinero. Le dije que no se preocupara, que ya conversaríamos cómo manejar sus cuentas, sus euros, sus dólares, sus tarjetas… Todo tendría que ir acomodándose, como nos acomodábamos nosotros, día a día.
Le pedí que me mandara la ubicación, que en un rato pasaba a buscarla para resolver algunos temas. Se puso contenta, le pasó el celular a la peluquera, que me llamó por mi nombre y en ese instante supe quién era.
—Recién comienzo —dijo, riendo—, dame una hora.
Me cambié despacio, tomé un café y salí caminando hacia la peluquería. El aire del barrio tenía ese perfume de domingo tranquilo, con las veredas tibias y el murmullo de la gente en la esquina.
Al llegar, ella ya me esperaba, el pelo recién arreglado, la sonrisa encendida. Pagué la cuenta mientras charlaba con la peluquera, que me agradeció con una mirada cómplice.
Después salimos juntos, de la mano, caminando despacio por el barrio. Fuimos pagando lo que quedaba pendiente, saludando a conocidos. Ella hablaba con todo el mundo, y yo disfrutaba verla así, libre, suelta, contenta.
De regreso, pasamos por el mercado, compramos algunas cosas y volvimos a casa. El camino de vuelta fue tranquilo, sin apuro, como si el barrio mismo nos dejara ir despacio.
Ella seguía hablando, riendo por momentos, y yo la miraba de reojo, sintiendo que había algo en esa forma de estar que volvía todo más liviano.
Al doblar la última esquina, la casa apareció como un refugio silencioso.
Subimos con las bolsas, entre comentarios sueltos y pequeñas risas. Ella dejó las cosas en la mesa y se quedó un instante mirando alrededor, como si reconociera el lugar de otra manera.
Yo dejé el termo, acomodé las llaves y, sin pensarlo, la abracé desde atrás, apenas.
Ella apoyó sus manos sobre las mías.
—Está lindo acá —dijo en voz baja.
Y en esa frase sencilla, el día pareció ordenarse solo.
Preparamos unos mates otra vez, sin apuro.
El mediodía entraba suave por la ventana, y todo parecía haber encontrado su lugar.
No hacía falta decir mucho más.
Algunas cosas, simplemente, empiezan así: quedándose.
En la cocina, mientras el agua hervía y el aroma del ajo empezaba a llenar el aire, ella se acercó por detrás, me abrazó y dijo bajito:
—Así, todo, se hace más fácil.
Y tenía razón… de a dos, todo es más fácil.
Y lo era, hasta para comprender su manera de ser, esa costumbre suya de dejar la ropa apenas entra, de andar por la casa sin vergüenza ni pudor, con esa musculosa y en patas, como dice ella, moviéndose entre la cocina y la mesa, preguntándome qué había escrito hoy, qué historia tenía para contarle.
Yo la miraba, entre divertido y asombrado, mientras le hablaba del barrio, de sus calles, de la gente que la iba reconociendo y la aceptaba con naturalidad.
Ella sonreía, entendiendo al fin la mística del lugar; bastaba una charla con los comerciantes o una conversación con la peluquera que, según me contó, no dejó de hablarle en todo el tiempo que le cortó el cabello para sentirse parte.
Y ahí, entre el aroma del almuerzo y la luz que entraba por la ventana, comprendí que también nosotros empezábamos a pertenecer.
La casa tenía ese silencio lleno de vida que solo aparece cuando dos personas se entienden sin decir demasiado.
Y mientras el almuerzo se terminaba de hacer, pensé que pertenecer era eso: cocinar juntos, compartir el pan y las pequeñas historias que hacen que un lugar y una persona empiecen a sentirse como hogar.
El aroma del pollo empezó a llenar la casa.
Ella se movía despacio, liviana, descalza, tarareando algo mientras preparaba la ensalada; de tanto en tanto me miraba y sonreía sin decir palabra, como si bastara eso para hablar.
Yo la observaba, apoyado en la puerta, con esa sensación extraña de paz; todo parecía encajar: el ruido suave de los cubiertos, el sol filtrándose entre las cortinas, el olor que salía del horno.
—Va a quedar riquísimo —le dije.
—Si no se quema —respondió riendo, con ese tono que mezcla picardía y ternura.
Me acerqué y la abracé por detrás. No dijo nada, se apoyó apenas, como si ese gesto le alcanzara para sentirse a salvo.
—De a dos, todo es más fácil —murmuró, casi sin voz.
Y tenía razón.
Hasta el pollo parecía cocinarse mejor.
Nos quedamos así, quietos, escuchando cómo el tiempo, por un rato, dejaba de correr.
El pollo estaba en su punto justo, dorado, tierno.
Lo serví mientras ella acomodaba los platos y se sentaba frente a mí, con esa manera suya de hacerlo todo sin apuro.
Comimos tranquilos, hablando de cosas simples, del barrio, de la gente, de lo que aún nos faltaba por ordenar. Afuera el sol pegaba en las paredes, y dentro de la casa el aire olía a comida y a paz.
Mientras almorzábamos, sonó mi celular.
—Hola —dije, contestando.
Era un amigo, el mismo que la había visto y reconocido en el barrio. Me preguntó si quería que le dijera a ella de cambiar algunos dólares o euros.
Colgué y le conté mientras tomaba un sorbo de vino.
—Mi amigo te ofrece cambiar algunos dólares, si querés.
Ella asintió con naturalidad. Me contó que dentro de cada zapato guardaba dólares y euros, que la jubilación la depositan afuera y que controla todo por el celular. Incluso habló de que quería abrir una cuenta bancaria para tenerlo más ordenado.
Le ofrecí un banco cerca, pero prefirió ir a Zárate, donde ya la esperaban y sabían todo.
Mientras conversábamos, también quedó pendiente ver algunos campos y una casa que tenía que resolver. Todo se acomodaba paso a paso, con calma y confianza.
Llamé a mi amigo, le confirmé el monto y quedamos en pasar por su local.
Terminé de almorzar y lavé los platos. Luego me senté a descansar un poco; ella se acomodó sobre mi pierna, me abrazó con suavidad y me ofreció café.
Mientras lo preparaba, me pidió que le contara algo sobre los emprendimientos que había en el famoso pasaje del que tanto hablaba. Sonreí por la memoria que evocaba y comencé.
En el pasaje Valderrama, el aire parecía tener peso propio, espeso y gomoso, impregnado de un calor que no era solo del sol, sino del pulso constante de las máquinas y del trabajo humano.
Allí, el aroma del látex dominaba todo, un perfume extraño que se mezclaba con el sudor, la pintura vieja y el humo de los cigarrillos furtivos. Era un olor que se pegaba a la ropa, a las manos, a la piel y, sin darse cuenta uno, hasta al recuerdo.
Para muchos chicos del barrio, aquel taller fue la primera puerta al mundo del trabajo.
Nadie les enseñaba teoría ni a leer balances; todo se aprendía en la práctica.
Entre charcos de látex y risas nerviosas, aprendían a moldear lo cotidiano y lo inesperado: bombitas de carnaval, globos de cumpleaños, chupetes de bebés y, en un rincón más silencioso, preservativos que salían de la misma máquina que inflaba sueños, secretos y silencios.
Cada pieza era producto de manos jóvenes que estaban descubriendo la fuerza de su propio esfuerzo.
El taller era un hervidero de vida y ruido. Las prensas metálicas golpeaban con un ritmo constante que se mezclaba con radios encendidas, bromas y cantos improvisados.
El dueño del taller conocía a cada obrero por su nombre. No era un patrón distante: era uno más, un emprendedor de barrio que sostenía una comunidad sin nombrarla.
Los chicos aprendían rápido: sumergir moldes, secar piezas, revisar imperfecciones.
Era repetitivo, sí, pero había orgullo en ver cómo algo sin forma se convertía en objeto.
Cada jornada era una escuela sin libros: llegar temprano, resistir el cansancio, aprender disciplina y oficio al mismo tiempo.
El pasaje Valderrama no era grande, pero tenía esa magia de las fábricas chicas: humanidad, esfuerzo y ruido compartido.
Con el tiempo, algunos siguieron en el oficio; otros se fueron con el primer sueldo en el bolsillo buscando otro destino. Pero todos se llevaron algo de ese lugar: el eco del trabajo hecho con las manos.
Cuando terminé de contarle, ella quedó en silencio. Tenía los ojos húmedos.
Se acercó y me abrazó fuerte, largo rato, sin decir nada.
Afuera, el sol caía pesado sobre el patio, y el calor envolvía todo.
Le dije que iba a dormir una siesta antes de seguir escribiendo. Ella dijo que haría lo mismo, leyendo un poco a mi lado.
La tarde fue bajando despacio, con una luz dorada que entraba por la ventana.
Y en ese silencio compartido, sin necesidad de explicaciones, nuestros cuerpos se acercaron de manera natural.
Primero fue un roce leve, casi accidental. Después las manos buscando el contacto sin pensarlo, luego el abrazo que ya no es casual, sino necesario.
Hasta que, sin palabras, nuestros labios se encontraron en un beso suave, largo, detenido en el tiempo; no hubo apuro ni interrupción. Solo ese instante suspendido donde todo lo demás deja de existir: la casa, el calor, el ruido del mundo.
Solo quedábamos nosotros, en una tarde que parecía haberse detenido para no estorbar y, en ese silencio completo, entendimos sin decirlo que no hacía falta nada más que estar ahí y luego me quedé dormido después de no sé qué tiempo...
Me despertó con el mate. Estaba profundamente dormido cuando sentí su beso en la mejilla. Abrí los ojos despacio y la vi, su sonrisa tenue, su perfume flotando en el aire, el termo sobre la mesa de luz y el mate esperándome, paciente, como si el día comenzara solo cuando yo lo tomara. Ella estaba sentada a mi lado mirándome con esa mezcla de ternura y picardía que tanto me desarma.
Fue un momento único, sencillo e inolvidable; la tenue luz que se filtraba por las rendijas de la cortina apenas dibujaba sombras en la habitación, pero no hacía falta nada más; el mundo entero cabía en esa escena, ella, el mate, la calma y el silencio compartido, y creo que ambos lo sabíamos.
Durante un buen rato conversamos sin apuro, mezclando risas y silencios. Nos bañamos, nos cambiamos y salimos a caminar por el barrio,el sol de la tarde tenía ese brillo dorado que invita a andar sin destino, cerca de las siete de la tarde salimos.
Caminamos mucho, charlamos con amigos que encontramos al paso, aprovechamos para cambiar algo de dinero y ya con la noche cayendo, frente a la estación, cenamos una pizza caliente que ella pagó sin problema; nos reímos de todo, del día, de nuestras dudas, del cansancio.
Después volvimos caminando despacio, con la brisa tibia acompañando el regreso, las luces del barrio titilaban sobre el asfalto húmedo y ella a mi lado parecía más tranquila, como si el día le hubiera devuelto algo de confianza; yo en silencio sentía una calma que no recordaba hace tiempo; era como si todos los mates, las risas, la caminata y la pizza formaran parte de algo mayor, una historia sencilla pero viva que se estaba escribiendo en ese mismo instante, paso a paso entre los dos.
Volvimos bordeando la vía, a paso lento; el aire fresco de la noche nos envolvía y el cielo encendido dejaba ver estrellas que titilaban despacio. Caminamos sin apuro, disfrutando el rumor cercano de los trenes y el sonido de nuestras propias pisadas sobre la vereda agrietada; no hablábamos mucho, pero no hacía falta, el silencio compartido tenía más sentido que mil palabras.
Al llegar, abrimos la puerta y nos envolvió ese aroma familiar de la casa al final del día, una mezcla de madera, ropa limpia y un poco de café viejo. Puse un disco en el equipo, uno de esos de voz suave y guitarra clara que invitan a quedarse, y dejamos que la música llenara el aire.
Ella fue a la habitación, dejó la ropa y yo hice lo mismo. Afuera se escuchaba el murmullo lejano del barrio y cada tanto, el paso de algún tren que parecía marcar el compás de la noche, nos sentamos en la mesa con dos tazas humeantes frente a nosotros; el café tenía ese gusto que solo tiene cuando se comparte sin apuro.
La miré y sonreí; había algo sereno en su rostro, una paz que pocas veces se ve.
Entonces la conversación fue derivando, casi sin darnos cuenta, hacia el querido club del barrio, le hablé del Club Atlético Platense, ese orgullo de Saavedra que más que un club siempre fue una familia; le conté que fui socio desde chico, igual que mi padre, mi abuelo y mi tío, y que en sus tribunas aprendí no solo a querer una camiseta, sino también a entender lo que significa pertenecer.
Le hablé de las tardes de sábado o de domingo, del olor al pasto mojado, de los cantos que venían desde la popular y de cómo el barrio entero parecía latir al ritmo de cada partido. En casa el fútbol no era solo un tema, era una herencia, mi abuelo me llevaba de la mano al estadio cuando Platense jugaba de local, mi viejo más tarde repetía el gesto conmigo, era una cadena de afectos, una forma de decir acá estamos, juntos, pase lo que pase.
Ella escuchaba con atención, sonriendo, como si pudiera ver todo eso que yo recordaba, los tablones, las banderas, el humo de los choripanes, las voces mezcladas en una sola emoción, “qué lindo”, dijo al final, “que sigas hablando de tu club como si hablaras de tu familia”
“Es que lo es”, respondí, Platense es más que fútbol, es el eco de mi viejo, el barrio entero gritando al unísono, la memoria de todos los que ya no están.
Nos quedamos callados un rato, solo escuchando la música que seguía girando en el fondo, como si acompañara la charla, el café se había enfriado pero el momento tenía su propio calor, ese que no se apaga con el paso de las horas, ella apoyó su cabeza en mi hombro y suspiró.
Era simplemente ella, con esa musculosa gastada, los pies descalzos, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, se movía por la casa como si cada rincón la reconociera, no preguntó nada y yo tampoco dije nada, entre nosotros comenzó a formarse una complicidad silenciosa, como si las palabras fueran innecesarias.
Cuando terminó el LP me levanté despacio, lo di vuelta y dejé que la púa buscara su lugar, el sonido del vinilo llenó la habitación con ese leve crujido que antecede a la música. Seguimos conversando, pero ya no era una charla cualquiera; hablábamos de la vida, sí, pero de la vida sin defensas, de lo que dolía, de lo que habíamos perdido, de lo que aún esperábamos encontrar. Había momentos en que el silencio se hacía largo, pero no incómodo; al contrario, parecía necesario, como si cada pausa sirviera para que las palabras anteriores se asentaran.
Después vino un whisky, otro LP, otro café; la noche se estiraba sin apuro y en ese espacio pequeño parecía que el tiempo se detenía. La luz era suave, casi dorada, y el humo del cigarrillo formaba espirales lentas que subían hacia el techo.
En algún momento noté que la observaba más de lo que debía, o quizá menos de lo que quería; había algo en su forma de escuchar, en cómo apoyaba el mentón en la mano, en cómo sonreía apenas sin mostrar los dientes. Sentí que empezaba a conocerla de verdad, o tal vez a reconocer algo de mí en ella.
Eran cerca de las dos de la mañana cuando ella se levantó para abrir una ventana. Una corriente leve entró desde la calle trayendo olor a tierra y a verano; se volvió hacia mí con esa sonrisa cansada que solo aparece cuando uno deja de fingir que tiene sueño o energía. Puse otro disco; el sonido del saxofón llenó la habitación con una melancolía dulce. Nos quedamos en silencio largo rato, mirando el girar del vinilo, el reflejo de la luz en su superficie, el humo que seguía subiendo obstinado.
A las tres, el whisky ya sabía más a agua que a fuego, la música se volvió un fondo lejano, casi un pulso; hablamos apenas, palabras sueltas, frases que no buscaban sentido; el calor seguía ahí, suave y persistente, pegándose a la piel como un recuerdo.
A las cuatro de la noche parecía agotada; ella se acomodó en el sillón apoyando la cabeza en el respaldo, yo me quedé mirando sus ojos cerrarse despacio, el leve movimiento de su respiración; sentí que no hacía falta nada más.
Apagué la luz; la púa del tocadiscos siguió girando un rato, hasta que el silencio la venció.
Cuando desperté, la luz del amanecer ya se filtraba entre las cortinas, una claridad suave, dorada, de esas que no apuran, el aire todavía tibio, pero distinto, como si la noche hubiera dejado una calma más limpia, la bandeja del tocadiscos quieta, la púa descansando al final del vinilo y el vaso de whisky a medio terminar sobre la mesa.
Ella seguía dormida a mi lado, recostada contra el sillón, con una pierna doblada, el cabello revuelto cayéndole sobre el rostro; tenía esa expresión de paz que aparece cuando nadie la está mirando… o cuando cree que nadie lo hace.
Me quedé observándola, sin moverme, sosteniendo ese equilibrio frágil del momento.
Cuando abrió los ojos, sonrió apenas, una sonrisa leve, todavía envuelta en sueño; se estiró despacio, dejando escapar un suspiro tibio, mezcla de cansancio y alivio.
—¿Qué hora es? —murmuró, con la voz baja, ronca, todavía tomada por la noche.
—No sé… muy temprano, o muy tarde.
Nos reímos de esas risas suaves, sin motivo, que nacen solo por estar ahí.
Fuimos a la cocina sin apuro, el piso frío bajo los pies descalzos, el aire con ese perfume de madrugada que todavía no se va. Mientras el agua empezaba a calentarse, la miré: el pelo desordenado, los ojos hinchados, la musculosa arrugada pegándosele apenas al cuerpo… y aun así, o justamente por eso, estaba hermosa, con esa belleza desarmada que no se construye, que simplemente aparece.
—Mate amargo —dijo—, como debe ser.
Asentí.
Nos sentamos, la luz entrando de a poco por la ventana, llenando la cocina de un resplandor tranquilo, cada gesto, cada mirada diciendo más que cualquier palabra, hasta que en un momento apoyó la cabeza sobre sus brazos, sonriendo con los ojos cerrados.
—No dormimos nada…
—Pero valió la pena.
Y nos quedamos así, entre bostezos y risas bajas, mientras el sol terminaba de colarse. Afuera el barrio empezaba a despertar: una moto, un perro, una puerta… el mundo en marcha, pero adentro todavía había algo suspendido, un resto de la noche, una calma nueva.
—¿Y qué hacemos hoy?
—No sé… podemos no hacer nada.
—Me gusta eso… no hacer nada juntos.
Me miró un momento, con esa mezcla de curiosidad y ternura.
—Contame algo.
La sostuve con la mirada.
—Contame vos… de Lima, de ese lugar donde seguro fuiste a una escuela como la mía.
Bajó los ojos, el silencio se volvió pesado, lleno de cosas no dichas, se levantó despacio, puso la pava otra vez, y desde ahí, sin mirarme, habló.
—No quería volver a Lima… quería quedarme con el recuerdo de lo que fui… todavía no sé si quiero regresar, tengo miedo… tengo muchos miedos…
El silbido del agua ocupó todo.
—Pero escuchándote… me pasó algo acá —se tocó el pecho—… como ganas de volver… de caminar esas calles… pero solo si me llevás vos.
Me acerqué un poco.
—Claro que te acompaño… pero contame más.
Sonrió apenas, los ojos húmedos.
—A Lima la dibujé… la pinté… la guardé como la niña que fui… A veces la extraño tanto que duele… pero tengo miedo de verla distinta… o de no reconocerme.
Le saqué una lágrima; se dejó, sin decir nada. Después se sentó sobre mis piernas, apoyó la cabeza en mi hombro, y la abracé.
El silencio volvió, pero esta vez era refugio.
—¿Cuándo podríamos ir? —preguntó, con la voz quebrada entre miedo y deseo.
—Cuando quieras… cuando estés lista.
Asintió, sin soltarse.
El mate ya frío, el sol entrando con más fuerza, el día empezando de nuevo.
—No sabía que pintabas —le dije, todavía sosteniéndola.
Levantó la vista, los ojos brillantes.
—No sabés muchas cosas de mí… así como vos volcás todo en lo que escribís… yo me refugié en la pintura…
Su voz, suave, entrecortada.
—Cuando pinto, todo se ordena… es mi manera de entender… pero hace tiempo que no lo hago… y la extraño… creo que voy a pedir que me manden mis cosas… los pinceles, los lienzos… todo…
Me miró fijo.
—El día que decidamos cómo seguir… quiero volver a pintar.
La observé en silencio; había algo distinto en su cara, una mezcla de tristeza y decisión.
—Recién nos estamos conociendo… ¿No te parece?
—Sí… recién empezamos a reconocernos.
—Y somos grandes… cada uno con lo suyo… ya no tenemos tanto tiempo… deberíamos hablar… decir qué queremos…
Las lágrimas le cubrieron el rostro; la dejé llorar, sin interrumpir.
La abracé, despacio, como si pudiera sostener también lo que le dolía.
—¿Y cuándo querés ir?
—Cuando quieras.
Sonreí.
—Entonces hagamos algo… acomodamos un poco… y que el día decida… que el viaje nos lleve.
Asintió, con esa sonrisa leve que siempre desarma, el aire ya caliente, el mate pasando lento entre los dos.
Mientras juntábamos algunas cosas, dijo:
—Podríamos pasar por Zárate… tengo alguien que ver.
—Perfecto… paramos, almorzamos… y si pinta, nos quedamos.
—Una noche… o dos… no más.
Cerramos la puerta cerca del mediodía, el calor subiendo desde la vereda, el sol pegando fuerte, ella con una musculosa clara y un short liviano, simple, libre… Demasiado libre a veces para el mundo que la mira y, sin embargo, imposible no mirarla así.
El viaje empezó sin música, solo el motor, el viento, el mate en sus manos moviéndose con ese ritmo preciso que ya era suyo.
—Hace años que no salía así… sin planear.
—A veces es mejor… lo importante aparece solo.
Sonrió.
—Cuando pintaba era igual… no buscaba… solo salía…
—¿Y cómo empezó?
—Tengo un atelier… mi lugar… pintaba todo el día… sin reloj… ahí era libre…
Miró por la ventanilla.
—Cuando vine… lo dejé todo… y pensé que podía… pero no… Le tomé la mano, sin decir nada.
Cuando entramos a Zárate, el sol caía fuerte, sin una nube que lo frenara.
El río, a lo lejos, parecía una sábana blanca de tanto reflejo. Le propuse caminar un rato por la costanera antes de almorzar, pero ella negó con la cabeza, sonriendo.
—Después, si querés… ahora tengo hambre —repitió.
Así que fuimos en busca de un lugar tranquilo, con sombra y algo liviano para comer; encontramos un pequeño restaurante frente a una plaza, con las ventanas abiertas y el ventilador girando lento en el techo. Nos sentamos cerca de la ventana y pedimos algo simple: pescado con ensalada, agua fresca.
Mientras esperábamos, ella mandó un mensaje al hijo de una amiga que trabajaba en un banco de la zona. Le contó que estábamos ahí, por si podía acercarse al salir.
Él respondió enseguida: salía a las tres, faltaba menos de una hora, y prometió pasar por el restaurante apenas cerrara la sucursal.
Comimos despacio, sin apuro, mirando la gente que cruzaba la plaza; la conversación flotaba entre cosas pequeñas, el viaje, el calor, los planes para más tarde.
Cuando estábamos terminando, lo vio entrar.
El encuentro fue cálido, lleno de abrazos y sonrisas que traían ecos de otros tiempos.
Era el hijo de una amiga suya, y se notaba el cariño de siempre, ese afecto que sobrevive a la distancia. Después de los saludos, hablaron de lo que la había llevado hasta allí: el dinero, las tarjetas, los trámites pendientes. Él, paciente, le explicó todo con detalle, anotando números y pasos en una hoja que le alcanzó al final.
—Cualquier cosa que necesites, avisame. Estoy acá para ayudarte.
Pedimos café y conversamos un rato más. Nos recomendó un hospedaje pequeño, limpio, a pocas cuadras del río.
Cuando se levantó para volver al banco, nos acompañó hasta la puerta.
—Descansen un poco —nos dijo—. El calor está bravo.
Lo vimos alejarse entre el ruido de la calle. El aire pesaba, el sol caía vertical, y hasta las palomas parecían cansadas.
Pensamos en caminar, pero la idea se deshizo rápido: el calor era insoportable, asi que seguimos el consejo del muchacho y fuimos a buscar alojamiento.
Ella llevaba una pequeña valija, apenas algo de ropa; yo, casi nada. El hospedaje quedaba en una esquina tranquila, con un jazmín trepando por el muro y el olor del río llegando con el viento.
Al entrar, ella suspiró.
—Solo quiero una ducha y una siesta —dijo. —Y después —le respondí—, si baja el sol, caminamos por la costanera.
Sonrió, sin decir nada.
El día seguía ardiendo allá afuera, pero adentro, entre las sombras del cuarto, el viaje empezaba a tomar otro ritmo, más lento, más nuestro.
El hotel resultó más cómodo de lo que esperábamos. Apenas entramos a la habitación, dejó la valija a un costado y se fue directo al baño.
Yo me dejé caer sobre la cama, sintiendo por fin el alivio del aire fresco.
Desde la puerta entreabierta se escuchaba el sonido del agua, constante, envolvente.
—No seas vago —dijo desde adentro, con una risa leve—. Vení, te va a hacer bien.
Me quedé un segundo quieto, mirando el techo, como si necesitara tiempo para decidir. Pero la voz de ella tenía algo imposible de negar, una mezcla de ternura y juego. Me levanté.
El vapor llenaba el baño, el aire tibio, la luz filtrándose por el vidrio esmerilado. Por un momento todo fue calma, silencio y agua.
Era un descanso que nos devolvía el cuerpo después del viaje.
Cuando salimos, ella me alcanzó una toalla y me miró sin decir nada. Nos quedamos así, un instante suspendido, donde las palabras sobraban.
Después, el cansancio nos ganó. Caímos sobre la cama y nos quedamos dormidos, con el rumor de los autos filtrándose por la ventana abierta.
El sol de la tarde todavía pegaba fuerte cuando salimos. Después de preguntarle, decidimos ir rumbo a Lima.
Ella se había cambiado: una blusa clara y el pelo recogido con descuido. Antes de subir al auto, preguntó con una sonrisa que mezclaba curiosidad y nostalgia:
—¿Sabés qué es Lima?
Negué con la cabeza.
—No mucho… solo que queda cerca del Río Paraná.
Miró hacia el camino y empezó a hablar, primero como si se contara a sí misma, después como si buscara que yo entendiera lo que significaba para ella volver.
En Lima empezó casi todo, aunque pocos lo recuerdan. Sebastián Gaboto fue de los primeros en andar por estas aguas, cuando todavía no existía nada de lo que hoy vemos. Mucho después, Juan de Garay repartió las tierras, pero no se ocuparon del todo. Eran otros tiempos.
Luego llegaron los jesuitas, que trabajaron la tierra; de ellos aprendieron los colonos a sembrar y a criar ganado.
Hizo una pausa. Yo la miraba hablar, con esa mezcla de orgullo y melancolía que le cambiaba la voz.
—Más tarde —siguió—, las tierras pasaron a manos de familias grandes… Otálora, Lima, Atucha… hasta que Justa Lima, una mujer increíble, le dio impulso a todo esto. Tenía estancias con nombres casi poéticos: El Paraíso, La Justa, San Sebastián. De sus campos salió el primer ganado argentino que se exportó a Europa. Imaginate.
El paisaje pasaba lento por la ventanilla: los girasoles inclinados hacia el sol bajo, los galpones antiguos, los caminos de tierra que se perdían hacia el río.
—Y Lima creció… —dijo, bajando el tono—. En 1888 se trazó el pueblo alrededor de la estación del ferrocarril. Fue un nacimiento sin ceremonia, espontáneo, con la esperanza de los que llegaban de lejos: suizos, italianos, vascos. Levantaron casas, una escuela, una iglesia… la de San Isidro Labrador.
Se quedó en silencio, mirando al frente.
—Por eso quiero volver. No solo porque ahí pasé mi infancia, sino porque siento que cada piedra, cada árbol, guarda una historia que todavía me habla. Lima no fue fundada por decreto… fue fundada por la vida misma. Y necesito verla otra vez, saber si algo de mí sigue ahí.
No supe qué decir. Solo asentí y seguí manejando.
Salimos de Zárate sin apuro, dejando la ruta 9 a un costado. Tomé el camino por adentro, ese que serpentea entre campos abiertos, casas aisladas, hileras de álamos y molinos que giran lento. El polvo se levantaba bajo el sol de la tarde, dorado y espeso, y el aire traía olor a pasto cortado y a tierra caliente.
Ella iba en silencio, con los brazos cruzados sobre las piernas, la mirada fija en la ventanilla.
—¿Estás bien? —pregunté en voz baja.
—Sí… es raro… es como si cada árbol me conociera.
Las curvas nos acercaban cada vez más.
—Por acá venía con mi abuelo a caballo —dijo—. Me sentaba adelante y él me dejaba llevar las riendas.
Su voz tenía ese temblor suave de quien camina sobre los recuerdos como sobre hielo fino.
Cuando aparecieron las primeras casas, bajamos la velocidad. Perros a la sombra, chicos en bicicleta, una calma antigua.
—Nunca pensé que iba a volver… —susurró—. Siempre tuve miedo de no poder con todo esto. Le tomé la mano. Una lágrima le cayó despacio por la mejilla.
Entramos al pueblo. Ella me guió sin mirar el mapa.
—Por ahí vamos a la estación.
La vimos a lo lejos: vieja, casi dormida. Bajamos. Caminó hasta el borde del andén, tocó el hierro oxidado y cerró los ojos.
—Mi abuelo me traía acá los domingos…
Se quebró. La abracé despacio.
Seguimos. Pasamos por la iglesia blanca.
—Mi madre no faltaba ningún domingo…
Después se detuvo frente a una casa antigua, con un portón verde descascarado y un paraíso enorme. —Ahí nací.
Bajó, tocó la puerta, recorrió el marco con los dedos.
—Mi padre pintaba ese portón cada verano…
El llanto la venció. La abracé fuerte, sin hablar.
—¿Querés que sigamos?
—Sí… falta lo más importante: el río.
Tomamos un camino angosto, bordeado de sauces y eucaliptos. El aire se volvió más fresco, con olor a barro y agua vieja.
En el horizonte apareció el Río Paraná.
—Ahí íbamos a pescar… el río tiene memoria —dijo.
El camino terminó en una barranca baja. El río se extendía enorme, dorado por el atardecer.
Ella bajó, caminó hasta la orilla y metió las manos en el agua.
—Sigue igual…
Me acerqué. Se dio vuelta y me abrazó fuerte.
—Gracias por traerme… no sabía cuánto lo necesitaba.
Nos quedamos así, mirando el río, el sol escondiéndose detrás de la otra orilla, el viento moviendo los pastos, el silencio casi sagrado.
—Creo que ya puedo volver —dijo—. Pero esta vez… para despedirme bien.
Asentí.
El río seguía fluyendo frente a nosotros, inmenso, eterno, como si guardara también nuestras propias historias.
La soledad del lugar era casi total.
El camino había quedado atrás, perdido entre los pastos altos y el silencio del campo.
Gracias por traerme —dijo entre sollozos—. No sabía cuánto lo necesitaba.
Nos quedamos así, mirando el río. El sol se escondía detrás de la otra orilla, tiñendo el agua de un dorado espeso, el viento movía los pastos y el silencio era casi sagrado.
—¿Sabés qué? —dijo en voz baja, sin soltarme—. Creo que ya puedo volver… pero esta vez no para quedarme, sino para despedirme bien.
Asentí.
No había nada que agregar.
El río seguía fluyendo frente a nosotros, inmenso, eterno, como si también escuchara y guardara nuestras propias historias. La soledad del lugar era casi total; el camino había quedado atrás, a unos cincuenta metros, perdido entre los pastos altos y el silencio del campo.
El auto, detenido junto a unos sauces, parecía fuera del tiempo, como si también necesitara descansar. El río se extendía delante de nosotros, pesado, con esa calma engañosa que tienen las aguas hondas. No se escuchaba más que el zumbido de los insectos y el rumor del viento entre las hojas.
Nos sentamos cerca de la orilla, sin hablar.
El sol caía de frente y el calor era espeso, casi inmóvil.
Ella miraba el horizonte, con el rostro húmedo; no supe si era transpiración, lágrimas, o ambas cosas.
Había en sus ojos una mezcla de tristeza y algo difícil de nombrar: un impulso, tal vez, una necesidad de romper el peso del silencio.
De pronto se levantó despacio, dejó las sandalias a un costado y, sobre ellas, acomodó la remera y el short.
Caminó hacia el agua y se quedó unos segundos quieta, mirándola.
Necesito sentirla —dijo simplemente.
La vi avanzar, paso a paso, hasta que el agua le cubrió los tobillos, las rodillas, la cintura. El reflejo del sol la envolvía entera. Quise decir algo, detenerla tal vez, pero no pude. En el fondo comprendía que ese gesto no era un capricho, sino una forma de volver a sí misma. Se sumergió un momento y, cuando emergió, respiró hondo, como si soltara años de peso.
Se quedó quieta, flotando, mirando el cielo.
El agua parecía devolverle algo que había perdido: una calma, una inocencia, una voz.
Entonces, sin que yo dijera nada, empezó a llorar.
No era un llanto de tristeza pura, sino de desahogo, de alivio.
Cuando volvió a la orilla, sus pasos eran lentos, cansados, pero había en su rostro otra expresión, una serenidad nueva.
Se acercó y, sin decir palabra, me abrazó fuerte.
Sentí su cuerpo temblar y, de pronto, la risa: una risa nerviosa, frágil, que se fue mezclando con las lágrimas hasta volverse un sollozo alegre, casi infantil.
Nos quedamos así, abrazados, hasta que su respiración se aquietó.
El sol comenzaba a bajar, y su piel mojada se fue secando lentamente bajo esa luz dorada del atardecer. No dijo nada más. Se sentó a mi lado, mirando el agua, y se vistió.
El río seguía fluyendo, indiferente y eterno, como si en ese rincón perdido del mundo el pasado hubiera encontrado finalmente un lugar donde descansar.
El sol ya empezaba a caer cuando decidimos volver.
Se calzó las sandalias sin apuro; su cabello, todavía húmedo, le caía sobre los hombros y brillaba con los últimos reflejos del día.
Subimos al auto sin hablar, y el camino de tierra, con sus sombras alargadas, nos llevó despacio de regreso al pueblo.
Lima aparecía tranquila, dormida bajo el calor del atardecer, con las calles casi vacías y ese olor a polvo y verano que solo tienen los lugares pequeños.
Al pasar frente a la estación, ella señaló una esquina.
—Ahí, a dos cuadras, hay un hospedaje —me dijo en voz baja—. Vamos a ver si hay lugar.
El edificio era antiguo, de paredes claras y persianas de madera.
Una mujer mayor salió a atendernos; había solo dos habitaciones libres.
Reservamos una para esa noche.
Pero antes debíamos volver a Zárate, arreglar unas cosas, pagar, dejar todo listo.
Ya de noche regresamos a Lima.
Las luces amarillas de las calles parecían flotar en el aire quieto.
El pueblo dormía temprano, pero había algo en esa calma que invitaba a quedarse, a demorarse.
Nos alojamos. La habitación era sencilla, con una ventana que daba a un patio con parra.
Ella dejó la mochila sobre la cama y se quedó un momento mirando hacia afuera, como si buscara algo que aún no encontraba.
—Mañana —dijo despacio— quiero volver a caminarlo todo… la escuela, la plaza, la iglesia. Hay cosas que todavía no terminé de decirle a este lugar.
Asentí.
En el fondo, yo también sentía que Lima guardaba algo más.
Salimos del hospedaje cuando el sol ya se había escondido detrás de los galpones del ferrocarril.
Nos recomendaron un restaurante tradicional, de esos donde todos se conocen y el tiempo parece haberse detenido. Ella, antojada desde la tarde, quería una hamburguesa “de las de verdad”, como dijo riendo.
El lugar quedaba a pocas cuadras, con luces amarillas colgando sobre la vereda y un cartel de chapa que tintineaba con la brisa.
Nos sentamos junto a una ventana.
Ella, todavía con su short y su musculosa, se movía cómoda, libre.
Me miró con picardía y sonrió.
—¿Otra vez con esa cara? —me dijo, sabiendo perfectamente lo que me pasaba—.
Si no te gusta, no mires.
Y se rio, de esa manera que desarma cualquier enojo. Provocaba, consciente, jugando conmigo; cuando le mencioné el sostén, soltó una carcajada aún más fuerte.
Pedimos dos hamburguesas caseras y una cerveza fría. La charla se fue soltando entre bocados, risas y recuerdos. A veces los vecinos se acercaban a saludar, curiosos por ver caras nuevas, y terminamos conversando sobre el pueblo, las viejas familias, los años en que el tren traía movimiento y música.
El dueño, al ver que éramos forasteros, nos convidó un licor casero para bajar la comida.
Nos quedamos un rato más, hasta que empezaron a levantar las sillas.
Afuera, el pueblo era casi silencio.
Caminamos despacio hacia la plaza. La calle principal tenía apenas un par de faroles encendidos. A lo lejos se oía el ladrido de un perro y el zumbido leve de los insectos.
Ella caminaba a mi lado, todavía riendo por algo que había dicho el dueño del restaurante, y de vez en cuando me rozaba el brazo.
—Te das cuenta de que nos quedamos hasta el cierre, ¿no? —le dije sonriendo.
—Y sí… pero valió la pena —respondió—. Hacía mucho que no me sentía tan tranquila, tan parte de algo.
Nos detuvimos en la plaza antes de volver al hospedaje. El reloj de la iglesia marcaba las once y media, y la brisa tibia movía las hojas de los árboles.
Nos sentamos en un banco, sin apuro, mirando cómo las luces se reflejaban en el monumento del centro. Ella se abrazó las piernas y me miró de costado.
—Parece otro mundo, ¿no? —dijo en voz baja—. Todo está igual, pero al mismo tiempo nada es lo mismo.
—Tal vez vos cambiaste —le respondí—. El lugar sigue esperándote igual que antes.
Se quedó callada unos segundos, como si masticara la frase. Luego apoyó su cabeza en mi hombro y suspiró.
—Quizás tenía que volver para entender eso…
Nos quedamos así, sin hablar. Solo el canto lejano de un grillo y el sonido del viento entre los árboles acompañaban la escena.
Caminamos las dos cuadras hasta el hospedaje. Las ventanas estaban oscuras, las calles vacías. Entramos en silencio, como si no quisiéramos despertar al pueblo.
Afuera, la noche seguía tibia, y en el aire flotaba esa sensación extraña, entre nostalgia y paz, que solo aparece cuando uno vuelve a un lugar donde alguna vez fue feliz.
Nos levantamos con el primer sol de la mañana.
La habitación todavía olía a la calma de la noche anterior y a la madera tibia del hospedaje.
Ella se movía con lentitud, acomodando sus cosas, y yo la observaba tranquilo.
El silencio entre los dos ya no era incómodo; era cómodo, casi protector.
Bajamos a desayunar a un pequeño café cercano, donde el aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire.
Nos sentamos junto a la ventana, mirando cómo despertaba el pueblo.
Sus manos jugueteaban con la taza mientras hablaba de la infancia, de los veranos largos y del río que tanto había amado.
—Hoy quiero ir al cementerio —dijo finalmente—. Allí descansan mis abuelos maternos… y mi hermanito, que perdimos cuando yo tenía apenas unos años.
Su voz tembló un instante.
Yo no dije nada, solo le tomé la mano.
Tomamos el camino hacia el cementerio. Las calles todavía estaban tranquilas, con apenas un par de vecinos a lo lejos.
Al llegar, caminó despacio, casi reverente, entre los nichos y las lápidas.
Se detuvo frente a los restos de sus abuelos y luego frente a la pequeña tumba de su hermanito. Se arrodilló, cerró los ojos y respiró hondo.
—Siempre me pregunté cómo habría sido… crecer junto a él —murmuró—. Cómo habría sido nuestra infancia juntos…
La abracé por detrás.
No había palabras que pudieran llenar ese vacío, solo el abrazo y la presencia.
Se quedó un largo rato, tocando con suavidad las piedras, dejando que los recuerdos la atravesaran. Luego, lentamente, se incorporó.
—Es momento de seguir —dijo con una sonrisa tímida—. No quiero quedarme atrapada en el pasado.
Regresamos a la pensión para dejar las cosas y prepararnos para almorzar.
El pueblo ya estaba más despierto, con negocios abriendo y gente caminando a paso tranquilo.
Elegimos un restaurante cerca de la estación, recomendado por vecinos.
Un lugar sencillo, luminoso, donde todo parecía familiar.
Sentados, compartimos un almuerzo ligero, comentando los recuerdos que acababan de recorrer.
Ella señalaba rincones de su infancia, casas que aún seguían en pie y otras que habían cambiado con los años.
—Es extraño… —dijo—. Todo sigue aquí, y sin embargo yo volví distinta.
—A veces no se trata del lugar —le respondí—. Se trata de quien lo mira.
Después del café, dimos un último paseo por la estación, contemplando los trenes y el movimiento tranquilo.
Cada paso parecía un cierre silencioso, un adiós a lo que había sido y un reconocimiento de lo que ahora podía ser.
Tomamos camino hacia la Ruta 9 y emprendimos el regreso a Capital.
El viaje fue calmo, con la radio encendida suavemente y la charla ligera, como si quisiéramos estirar un poco más el tiempo.
El recuerdo de Lima —la escuela, el río, el cementerio— flotaba íntimo, mientras el paisaje de campos y arroyos pasaba por la ventanilla.
Al llegar, la ciudad nos recibió con su bullicio habitual.
Pero dentro de nosotros algo había cambiado.
—No sabía que volvería a sentir esto… —dijo con suavidad—. Gracias por acompañarme… no solo al pueblo, sino a mí misma.
—Siempre —respondí—. Y creo que esto recién empieza.
Porque, al final, Lima no era solo un lugar en el mapa.
Era un puente.
Entre la niña que había sido y la mujer que era ahora.
Entre lo que se perdió… y lo que todavía estaba por construirse.
Al llegar, la ciudad nos recibió con su bullicio habitual.
El tránsito, las luces, el ruido constante… todo parecía seguir igual, pero dentro de nosotros algo había cambiado.
Entramos a la casa despacio, casi en silencio. Dejamos las cosas sin ordenar, como si nada tuviera urgencia. Nos miramos apenas, cansados, pero con esa complicidad nueva que traíamos del viaje.
Nos recostamos un rato.
El descanso llegó rápido, profundo, de esos que no se piensan.
Afuera la ciudad seguía girando, pero adentro el tiempo se había detenido.
Después, la noche nos encontró cerca.
Hubo abrazos, mimos, silencios largos y cuerpos que se buscaban sin necesidad de hablar. Fue una noche suave, íntima, donde todo parecía acomodarse solo.
El despertar fue distinto.
La luz entraba tibia por la ventana y la casa tenía otro aire. Nos movimos sin apuro, compartiendo gestos simples, miradas, esa tranquilidad que queda cuando algo importante ya fue dicho, aunque no siempre con palabras.
El almuerzo fue liviano, casi sin darnos cuenta, y la siesta llegó como una continuidad natural de ese ritmo lento que habíamos adoptado.
Cuando despertamos, ella se estiró, todavía con los ojos entrecerrados, y sonrió.
—Tengo ganas de amasar una pizza…
Lo dijo como quien propone algo pequeño, pero necesario.
—Me parece perfecto —respondí—. Yo pongo el agua para unos mates.
Se levantó sin apuro y volvió desde el dormitorio sin ropa, como si el calor y la confianza ya no dejaran espacio para otra cosa.
—¿Y vos? ¿Seguís vestido? —me dijo, con esa mezcla de risa y provocación.
Me encogí de hombros, dándole la razón.
En la cocina, el aire estaba espeso.
La ventana abierta dejaba entrar una brisa tibia que apenas se movía.
Puse el agua mientras ella empezaba a amasar.
La harina se esparcía sobre la mesa, sus manos trabajaban con calma, y cada gesto tenía algo de ritual, de cotidiano y de íntimo a la vez.
Hablábamos sin rumbo fijo. Recuerdos, anécdotas, ideas sueltas. La charla fluía entre risas suaves y silencios cómodos.
—Me gusta esto… —dijo en un momento—. Sin apuro. Solo estar.
La masa fue tomando forma, creciendo bajo sus manos.
Entre historias y risas, el tiempo volvió a plegarse. Cabildo, los bailes, Bariloche, la toca en el cabello… todo aparecía como si no se hubiera ido nunca.
Y en medio de ese ir y venir, algo más profundo empezó a asomar.
Cuando me miró, ya no era solo recuerdo lo que había en sus ojos.
Se acercó.
Me besó.
Un beso lento, lleno de todo lo que veníamos trayendo.
Y entonces, casi sin poder sostenerlo más:
—Te amo…
La abracé fuerte. No hubo apuro, no hubo palabras inmediatas. Solo el cuerpo sosteniendo lo que ella acababa de decir.
Se quedó así, respirando contra mí, hasta que la emoción se fue aquietando.
—Se nos quema la pizza… —murmuré.
Se rió, todavía con los ojos húmedos.
Volvimos a la cocina. Terminó de armarla y la metió en el horno.
Mientras esperábamos, nos abrazábamos una y otra vez, como si necesitáramos reafirmar ese momento.
Abrí una cerveza, serví en dos vasos.
Brindamos.
—Por nosotros…
—Por esto…
La pizza salió dorada, con ese aroma que llena todo y obliga a quedarse. Comimos cerca, sin formalidades, compartiendo más que la comida.
La noche se fue acomodando despacio alrededor nuestro.
Dejamos todo así nomás. No había apuro.
Nos sentamos en el sillón, primero separados, después no tanto. Su pierna sobre la mía, su mano buscando la mía.
La conversación se fue apagando, reemplazada por silencios cargados.
En un momento me miró fijo.
No dijo nada.
Me acerqué despacio y la besé otra vez. Más lento. Más profundo.
Sus manos recorrieron mi espalda, se aferraron, como si quisieran quedarse ahí.
El tiempo dejó de importar.
Se acomodó contra mí y quedamos así, respirando juntos.
—Qué simple es todo cuando es así… —susurró.
—Sí… —le respondí—. Y qué difícil explicarlo.
Se rió bajito.
Después apoyó su frente contra la mía y cerró los ojos.
Más tarde, casi sin darnos cuenta, fuimos hacia la habitación.
La cama todavía guardaba el calor del día.
Se acostó primero, mirándome con esa mezcla de ternura y deseo.
Apagué la luz.
Y la noche, otra vez, nos envolvió.
La música no dejó de sonar ni un segundo, como si acompañara cada palabra, cada mirada, y el tiempo se fue pasando sin medirlo hasta que el cansancio nos alcanzó; eran las dos de la mañana, un día largo, y abrazados nos quedamos dormidos en el dormitorio, enredados, respirando al mismo ritmo.
A las nueve me desperté, preparé el mate y unas tostadas y fui a despertarla despacio, con una sonrisa, el aroma a tostadas llenaba el ambiente, pero ella no lo registró, dormía profundamente. La fui despertando con besos y después de unos segundos, me abrazó, le mostré el mate, las tostadas y el dulce de leche, se emocionó, me senté a su lado y le cebé, nos quedamos conversando largo rato, tranquilos, como si el día no tuviera apuro.
Se levantó para ir al baño a lavarse la boca, volvió y seguimos ahí, instalados, hablando del día, de los días, con los mimos apareciendo entre palabra y palabra, hasta que decidió vestirse; quería salir a hacer compras, me pidió que la acompañara y que al volver iba a limpiar, poner el lavarropas y ordenar todo, dijo que ese día era para poner la casa en orden, que yo me encargara de cocinar y de la música. Después se acercó, me besó y entre sonrisa me dijo que si la miraba así, me iba a comer.
En pocos minutos estábamos en la calle; faltaban algunas cosas, pero como sabía que yo evitaba el súper, hicimos el recorrido de siempre: los locales del barrio, primero el del pollo y los fiambres, después la carnicería de enfrente con algún comentario de ocasión, más tarde la casa de pastas con ese olor a harina y salsa que abre el apetito, y finalmente la verdulería, con las frutas brillando como recién bajadas del árbol.
Cerca de las once y media volvimos, y al llegar no tiró nada como otras veces, se tomó su tiempo para acomodar todo. Yo puse la pava, cebé mates y encendí la música; ella se puso a limpiar y yo a cocinar, y la casa se fue llenando de sonidos: la música de fondo, la aspiradora, el chisporroteo de la sartén, cada uno en lo suyo pero compartiendo el mismo espacio, ese aire de casa que mezcla rutina con cariño.
En un momento la vi pasar hacia el lavarropas con ropa en los brazos; se ató el pelo con un alambre del pan lactal. Estaba transpirada, pero tranquila, como si limpiar también le ordenara algo por dentro. Yo seguía con el almuerzo; el olor del ajo y las hierbas se mezclaba con el de la limpieza, y cuando nos sentamos a comer, fue como si todo se detuviera un instante: la casa en calma, el trabajo hecho, los platos servidos.
Después llevó los platos y los lavó sin decir mucho; yo cebaba un mate que quedó olvidado, hasta que propuso hacer un café, y la idea fue perfecta; el aroma llenó la cocina. Nos sentamos otra vez, más relajados, con el sol entrando de costado, la música baja, la casa ya en paz, una paz que no era solo orden, sino algo interno, como si todo encajara por un momento.
Dijo que la casa había quedado linda, asentí, y poco después fuimos al dormitorio; el silencio, la calma y esa sensación simple de que todo estaba en su lugar, dormí profundamente y cerca de las cinco me levanté tratando de no hacer ruido, fui a la cocina, preparé el mate, llevé todo al escritorio y con la luz del monitor empecé a escribir, a ordenar lo que estaba viviendo, a contar lo del barrio, esas cosas que tantas veces había dicho; todo parecía un cuento y sentía que merecía ser contado.
Pensé en ella, en que nunca me había mentido, en que era exactamente como decía, su forma de moverse, de vestirse o de no hacerlo, me resultaba extraña pero natural; entendí que era más pudor mío que otra cosa, y me di cuenta de que debería decirle que siempre la pensé, que nunca olvidé ese pulóver, ese pantalón, aquellos besos, ni la bronca cuando me dijo que se iba, ni la alegría cuando la encontré otra vez, aquella noche por pantalla, el reto por no tener cámara, y yo comprándola al día siguiente. Todavía siento esa emoción de cuando nos vimos.
Las noches después fueron nuestras: palabras, silencios, miradas a través de una pantalla, recuerdo la primera vez que la vi así, casi sin ropa; pensé que era un juego, pero no, era ella, sin artificios, natural, con el tiempo entendí que no provocaba, simplemente era, espontánea, libre, y en esa mezcla había algo más que deseo, ternura, complicidad, algo difícil de explicar.
A veces creo que no fue su cuerpo lo primero que me atrapó, sino su forma de decir las cosas como si solo yo estuviera escuchando, y entonces todo cobra sentido, su risa, su piel, su manera de estar, pensé en empezar a escribir la historia del barrio, y supe que ella iba a estar ahí, entre líneas.
La escuché, primero el ruido del baño, después la ducha, el agua cayó fuerte, fría, golpeando los azulejos, la imaginé, ese primer impacto, el cuerpo reaccionando, dejé de escribir, fui a la cocina, encendí la hornalla, puse la pava;, el sonido del agua seguía, la imaginé otra vez, de pie, el pelo cayendo, los brazos cruzados, soportando el frío. Ella siempre elige agua fría, dice que le limpia la cabeza, a mí me parece que la vuelve más real.
La ducha se detuvo, hubo un silencio breve, el silbido de la pava llenó el espacio y escuché sus pasos. Apareció apenas envuelta en una toalla pequeña, con gotas recorriéndole el cuello. El aire cambió, preguntó si ya estaba el mate con esa voz baja, no esperó respuesta, se acercó y me besó, su boca fresca, el contraste con el calor que empezaba a crecer.
Se sentó, pidió un mate, se lo di, y ahí, alrededor de la mesa, con el vapor subiendo entre los dos, como si nada hubiera terminado y todo volviera a empezar.
Se sentó frente a mí, pero esta vez distinta.
Cruzó las piernas sobre la silla, en esa postura que adoptaba cuando quería escuchar de verdad, cuando se entregaba al momento. Puso el mate y el termo frente a ella y, con una sonrisa leve, casi cómplice, me pidió: —Bueno… ahora sí.
Contame.
La miré unos segundos antes de hablar. No solo buscaba ordenar las palabras, también quería sostener ese instante: ella frente a mí, atenta, hermosa en su naturalidad, en ese modo suyo de hacer que todo pareciera fácil, verdadero.
Entre mates, le conté. —Dale, contame esa historia —insistió. —Mirá… allá por el año 1954, en medio de un escenario económico complejo que atravesaba el país, un grupo de comerciantes del barrio —que se conocían y en muchos casos eran amigos de toda la vida— empezó a reunirse. La motivación era clara: afrontar juntos las dificultades y encontrar, en la unión y el intercambio de ideas, soluciones que solos hubieran sido mucho más difíciles.
Al principio eran encuentros informales. Se compartían problemas cotidianos, se proponían respuestas. Pero pronto se hizo evidente que ese espacio tenía algo más: la experiencia de uno ayudaba a otro, los conocimientos se complementaban, y la fuerza del grupo impulsaba proyectos que de manera individual parecían imposibles.
Así, paso a paso, esas reuniones tomaron forma hasta convertirse en una comisión que, con mucho esfuerzo, logró su personería jurídica.
Lo primero fue asociar a los comerciantes y empezar a darle vida comunitaria al barrio. Junto al mástil de la plazoleta de Tronador se organizaron los primeros festejos patrios: se izaba la bandera con orgullo y se compartía el sentimiento nacional.
También nació la costumbre de colocar en cada local una franja con mensajes para fechas importantes: el Día de la Madre, el Día del Niño, las fiestas de fin de año.
Gestos simples, pero que fortalecían los lazos y consolidaban la idea de comunidad. En esos años, los comercios eran el corazón del barrio.
No había supermercados ni grandes cadenas. Las compras se hacían cerca, cara a cara, y siempre en efectivo.
No existían tarjetas ni transferencias. —Es verdad —dijo ella—.
Ahora estamos acostumbrados a cosas que antes ni existían. Asentí. —Por eso los comerciantes eran referentes.
No solo vendían: formaban parte de la vida de cada vecino.
Recordé algunos nombres. —Galavani, de la farmacia… Stella, de la sastrería… Gómez, de la ferretería… Spienza… y tantos otros. Fueron los pioneros.
Ellos pusieron la primera piedra de algo que con el tiempo se volvió clave para el barrio. Pero no era lo único que nacía en ese tiempo. —En otra parte del barrio también empezaba a crecer el cooperativismo —seguí—. Vecinos que se juntaban para generar créditos, ayuda mutua, organización.
Ambos movimientos fueron creciendo, cada uno a su manera, pero con el mismo espíritu: comunidad. Con el tiempo, y gracias a la cooperativa de réditos, la comisión dio un paso enorme. Algunos comerciantes salieron como garantes y lograron un crédito. Con eso compraron el primer piso de la esquina de Avenida del Tejar y Tronador.
Dos oficinas que, unidas, se transformaron en la sede: un pequeño salón, con secretaría y baño, en pleno corazón del barrio. —Costó muchísimo —le dije—.
Pero entre todos, mes a mes, lo pagaron. Nombre algunos: Giménez, Fumo, Méndez, Santos, Trípodi, Casenave, Marrero… y tantos otros. —Pero lo importante no son los nombres —aclaré—, sino que todos fueron protagonistas.
La sede se convirtió en mucho más que un lugar de reuniones.
Una vez por semana, un contador y un abogado atendían gratis a los comerciantes.
Había un cobrador que pasaba por los locales, se pagaban los servicios, todo con una organización transparente y comprometida.
La Comisión estaba presente en todo: fiestas patrias, desfiles, cenas de fin de año con cientos de personas, sorteos, premios.
Y también en la alegría: la carroza del Día de la Primavera, el Tren de la Alegría para el Día del Niño, los sorteos, los campeonatos de fútbol, los corsos de carnaval. —Todo eso pasó acá —le dije—.
En el barrio. Pero con los años, algo empezó a cambiar. La participación fue disminuyendo. Lo que había sido un grupo enorme se fue reduciendo.
Hasta que, casi sin darnos cuenta, quedaron muy pocos sosteniendo todo. —Y la sede… —Hice una pausa—. Se perdió.
Ella se quedó mirando el mate. —Qué lindo… —dijo en voz baja—.
Pero qué pena que se esté perdiendo todo eso.
La escuché en silencio. Dejé que sus palabras hicieran eco.
Cuando hablé, fue apenas un susurro: —No se está perdiendo… se perdió.
Levantó los ojos, sorprendida, como esperando que la contradijera.
Pero no tenía otra cosa para darle que la verdad. Hubo un silencio breve. Afuera, el ruido lejano de un auto… y el canto de algún pájaro que todavía resistía la mañana.
Ella apoyó el mate sobre la mesa y me miró fijo.
—Todo eso —dijo— deberías escribirlo.
—Lo haré —respondí.
—¿Y yo? —preguntó, sonriendo apenas—. ¿Dónde voy a estar en esa historia?
—Vos vas a ser el hilo conductor —le dije—, la que une todo.
Ella bajó la vista, como si mis palabras le pesaran y, a la vez, le dieran calor.
—¿Así lo escribís? —preguntó después, curiosa.
—Así lo estaba escribiendo —le respondí, señalando el escritorio.
Se quedó en silencio, asintiendo apenas, como si entendiera que en ese gesto, en ese intento mío de dejarlo todo en palabras, había algo más que una costumbre: había una necesidad, la de no dejar que se borrara, la de fijar en papel aquello que el tiempo ya empezaba a diluir.
Miré hacia el escritorio. Sobre la pantalla, las frases a medio hacer esperaban, retazos de barrio, recuerdos de noches de charla, imágenes suyas colándose entre líneas. Todo volvía a tener sentido.
Ella tomó otro mate, lo sostuvo unos segundos y dijo:
—Entonces seguí. Escribí. No dejes que se pierda del todo.
Y en ese momento lo supe: más que una musa, era la memoria viva de todo lo que había querido guardar.El amor no se había perdido del todo.
Quedaba ahí, en ella, en mí, en el intento de volver a vivirlo y escribirlo.
Volví al escritorio.
La pantalla de la computadora estaba encendida, con el documento abierto, las palabras a medio escribir esperando ser completadas. La luz iluminaba el teclado y dibujaba sombras suaves sobre el polvo suspendido en el aire.
Ella me siguió despacio, con el mate todavía tibio entre las manos.
No dijo nada; se acercó y, con naturalidad, se sentó sobre mis piernas. Tenía puesta solo su musculosa clara, de tela liviana, que dejaba ver los hombros y parte de la espalda. Su piel todavía conservaba un frescor sutil y su cabello caía sobre mi hombro, húmedo por el calor del ambiente.
Se inclinó hacia la pantalla y sus ojos recorrieron cada palabra, como si quisiera absorberlas todas al mismo tiempo. Yo apenas respiraba.
La sentía cerca, su cuerpo liviano apoyado sobre el mío, su cabello húmedo rozando mi mejilla. Cuando terminó de leer, me miró con esa mezcla de ternura y emoción contenida.
Me besó: breve, silencioso, pero lleno de intensidad, un gesto que lo decía todo sin necesidad de palabras.
—Seguí escribiendo —susurró al oído—. Está hermoso.
Se levantó despacio y se alejó hacia la cocina. Yo me quedé unos segundos quieto, mirando la pantalla, todavía sintiendo el calor de su cuerpo en mis piernas. Apoyé las manos sobre el teclado y seguí escribiendo.
El sonido de sus pasos iba y venía, acompañando el ritmo de mis frases. A veces se oía el roce de las sillas contra la mesa, otras el abrir de un cajón, hasta que volvió a aparecer.
Cuando regresó, tenía una chispa en los ojos.
—Estuve pensando —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—. Quiero comprar cosas para empezar a pintar.
—Me alegro —respondí, sonriendo.
—Sí… lienzos, un atril grande, óleos, pinceles, acrílicos… todo. Y quería saber si me acompañás a elegirlos.
Se movía con naturalidad, sus gestos llenos de entusiasmo. Su musculosa se le pegaba un poco al torso por el calor, y algunos mechones de cabello húmedo se le adherían al cuello, dándole un aire casual pero encantador.
—Claro que te acompaño —le dije.
Se inclinó sobre la pantalla unos segundos, apoyando la mano suavemente en mi hombro, y me dio un beso fugaz antes de irse.
Me quedé un momento mirándola alejarse, con el calor de su cuerpo aún presente sobre mis piernas, y comprendí que escribir sobre ella en la pantalla era otra forma de acompañarla.
Ella pintaría cuadros; yo seguiría pintando con palabras.
Y entre ambos, el amor se filtraba en cada gesto, en la luz que entraba por la ventana, en el calor del mate y en el ritmo de la casa que compartíamos.
El plan estaba claro: pronto caminaríamos juntos hacia tiendas de arte, eligiendo lienzos y pinceles, compartiendo la emoción de lo que ella crearía.
Pero por ahora, la pantalla era mi lienzo y ella, con su sola presencia, la musa que lo hacía posible.
Estaba concentrado en el escritorio, con la cabeza metida en el relato y la luz de la pantalla reflejándose en mis ojos, cuando ella apareció en la puerta de la cocina y se asomó para consultarme. Traía consigo un aroma suave a papa y especias, y me dijo con una sonrisa que tenía todo listo para hacer un pastel de papas.
Le respondí que me parecía perfecto; así no tendríamos que salir, y su sonrisa se amplió, casi como si hubiera ganado un pequeño triunfo.
Después me preguntó si tenía algún bloc o anotador en la cocina, porque quería hacer una lista de materiales de pintura y, de paso, organizar la del supermercado.
Le sugerí que lo hiciera directamente en la computadora, pero me explicó que estaba acostumbrada al papel: primero anota todo, luego lo pasa a la compu. Me gustó esa costumbre suya, ese ritual que le daba calma.
Mientras hablábamos, intentaba conectarse con España para ver cómo estaba todo por allá. Pensaba pedirle a una amiga que enviara algo de ropa y, más tarde, me consultaría qué planeaba hacer con la casa.
Aunque faltaba mucho para el invierno, se notaba que le inquietaba el frío; parecía querer adelantarse, protegerse, sentirse lista para lo que vendría.
El ambiente estaba lleno de pequeños detalles: el olor de la cocina, el ruido leve de la calle entrando por la ventana, su voz mezclada con mis pensamientos. Eran momentos simples, casi cotidianos, pero llenos de una calma que construye la vida juntos: listas, comidas, planes y miedos compartidos, entre risas y gestos suaves.
Me senté frente a la computadora y me perdí en el escrito durante un largo rato. Los dedos bailaban sobre el teclado, transformando pensamientos dispersos en palabras que aparecían iluminadas en la pantalla. La música suave llenaba el aire, girando de un LP al siguiente, y yo apenas notaba el paso del tiempo. Cada canción era un puente entre ideas, una caricia que mantenía mi concentración intacta.
Mientras tanto, el aroma del pastel comenzó a deslizarse desde la cocina. Supe entonces que, en cualquier momento, almorzaríamos. Me levanté de la silla y ella se asomó con esa paciencia que siempre me hace sonreír. —¿Por qué no vas dejando eso?
—En minutos estoy —le respondí, guardando el archivo abierto, con el cursor parpadeando como un recordatorio silencioso de que volvería.
Caminé hacia la cocina, sintiendo cómo la dulzura del pastel se mezclaba con el aroma del café recién hecho y el aire fresco de la mañana.
Antes de cualquier otra cosa, era necesario llamar al técnico del aire acondicionado. La primavera ya se sentía pesada en algunos días, anticipando el calor del verano.
Entre charlas y risas surgió la idea de trasladar el estudio al living, reorganizando muebles, cables y equipos.
Pensé en pedir ayuda para mover lo más pesado, pero ella insistió en que lo hiciéramos nosotros. Algunas cosas eran realmente pesadas y una mano más habría sido bienvenida, pero al final, la fuerza de nuestra voluntad y la coordinación hicieron que todo encajara.
Rápidamente coordinamos con conocidos para pasado mañana, asegurándonos de que no faltara ayuda. Mañana sería un día de descanso fuera de casa, pero pasado mañana los contratados vendrían. Todo tenía un ritmo silencioso, casi musical: el aroma del pastel, la música que aún flotaba en el aire, la luz que entraba por la ventana y reflejaba los colores de la cocina.
Ella preguntó a dónde iríamos mañana. Le respondí que nos dedicaríamos a comprar lo que necesitaba para pintar: pinceles, lienzos, pinturas de todos los colores. Pero mientras hablábamos, la rutina de la mañana, los muebles, la organización y el aroma del pastel se mezclaban con la expectativa de un almuerzo que ya estaba listo cuando finalmente nos sentamos a la mesa.
Cuando lo sacó del horno, el aire se llenó de una fragancia irresistible: el borde dorado, el vapor que se elevaba, el sonido de los cubiertos… todo era un pequeño ritual.
Servimos las porciones con cuidado y nos sentamos a la mesa. Afuera, el sol seguía alto, y por la ventana entraban fragmentos de luz que se reflejaban sobre la mesa.
El primer bocado tenía gusto a hogar, a tiempo detenido, a ese punto perfecto entre la calma y la alegría.
Ella me miró, sonriendo, y me dijo que después de comer iba a preparar una lista con los materiales para pintar. Asentí, sin apuro, disfrutando de ese instante silencioso, donde lo único que se oía era el sonido de los cubiertos, el reloj lejano y alguna canción que todavía giraba en el tocadiscos.
Terminamos el almuerzo sin decir demasiado.
Las palabras se disolvieron en la tibieza del mediodía. La casa quedó quieta, el aire en pausa, la luz inmóvil sobre las cosas.
Ella levantó los platos, yo apagué la computadora, y todo pareció suspenderse. En ese silencio compartido, la siesta se insinuó como una promesa inevitable.
A las cinco de la tarde me despertó con unos mates. Estaba hermosa. Conversamos un rato; me comentó que estaba ansiosa por comprar sus cosas para pintar. Lo contaba como una niña con juguete nuevo. Se acostó a mi lado y dijo que quería abrazarme; durante un rato, los mimos fueron los protagonistas.
Después mencionó algo que había escuchado del banco de la avenida y me pidió que se lo contara.
Acepté, aunque preferí que fuéramos a sentarnos a la cocina: ya estaba algo acalorado.
Ella estuvo de acuerdo y comencé:
Le conté que un panadero, un heladero, un publicista, un martillero, un odontólogo y un carpintero —oficios distintos, vidas distintas— compartieron un mismo sueño: el de un barrio mejor. Esa fue la chispa que encendió, en Saavedra, a principios de la década del 60, el fuego solidario de una comunidad que entendió que su progreso no podía depender de individualidades aisladas, sino de la unión organizada de sus vecinos.
En tiempos donde el crédito parecía patrimonio exclusivo de los grandes capitales y de instituciones lejanas a la vida cotidiana, surgió la idea de algo distinto: una caja de crédito de, por y para los vecinos. Así, nombres que hoy son memoria viva del barrio dieron forma a la Cooperativa de Crédito, Vivienda y Consumo de Saavedra, nacida en el seno del Club Estrella, primero en un local prestado y luego en su propia sede.
El día de su inauguración quedó grabado en la memoria colectiva. No fue solo el corte de cintas de una nueva institución, sino una verdadera fiesta popular, con un gran show en la puerta, vecinos, comerciantes, profesionales y familias celebrando lo que significaba tener, por primera vez, una entidad financiera propia, administrada con honestidad y transparencia por gente del mismo barrio.
Ese día no solo se abrió una caja de crédito: se inauguró un símbolo de pertenencia y confianza.
Lo que siguió después fue la prueba más clara de que el cooperativismo, lejos de ser una teoría, podía ser una práctica transformadora.
La Cooperativa Saavedra llegó a tener más de 6.000 asociados y se convirtió en motor de innumerables proyectos colectivos: acompañó a comerciantes y profesionales, apoyó a escuelas, colaboró con clubes y centros culturales, impulsó obras públicas como la instalación de cloacas y hasta participó en la recuperación de empresas de transporte como las líneas 21 y 71.
Mientras tanto, también alimentaba la vida cultural con su sala Spilimbergo, escenario de conciertos, teatro, conferencias y cine, gracias al empuje de su activa comisión de damas.
A pesar de los embates de las dictaduras que intentaron sofocar la fuerza del cooperativismo, la Cooperativa Saavedra resistió y dejó un legado que hoy sigue vivo. En su antiguo edificio funciona actualmente una filial del Banco Credicoop, heredero directo de aquella gesta barrial y de tantas otras cajas de crédito que, en todo el país, demostraron que la unión solidaria es una herramienta económica tan eficiente como profundamente humana.
Hoy, al recordar a aquellos pioneros, no hablamos solo de nombres y oficios. Hablamos de un barrio entero que entendió que el verdadero poder está en la comunidad, en la capacidad de organizarse, en la voluntad de poner el hombro unos por otros.
Cuando un barrio se une, no hay proyecto imposible.
En tiempos donde tantas veces se nos quiere convencer de que cada uno debe salvarse solo, esta historia recuerda que la verdadera grandeza surge de la solidaridad, del esfuerzo compartido y del orgullo de decir: lo hicimos entre todos.
Ella me miró con una intensidad distinta.
—Es muy lindo lo que contás… y todavía más lindo cómo lo contás.
Su voz tenía algo más profundo, más cercano.
Cada palabra parecía encontrar un lugar en mí, como si no se quedara en el aire, sino que se volviera cuerpo, respiración.
Se acercó un poco más.
—A veces siento que lo que decís no solo emociona… también despierta —susurró—.
Como si tocara algo que estaba dormido.
Su cercanía volvió todo más intenso.
El calor de su piel, la pausa entre sus palabras, el silencio cargado entre nosotros.
Por un instante, todo lo demás dejó de existir.
Solo estaba ella, su respiración cerca, el leve roce de nuestras manos, esa corriente invisible que recorre la piel sin aviso.
No supe si era el momento o algo más profundo, pero sí supe que quería quedarme ahí.
Pasadas las seis de la tarde comenzamos a vaciar el escritorio y a mover algunos muebles. Usamos el dormitorio para dejar cosas hasta vaciarlo por completo y empezar a llevar otras allí. El equipo de música y un sillón quedaron en el living; la música nunca se detuvo, la discoteca pasó del escritorio al living sin perder el ritmo.
Fuimos y vinimos con libros muchísimas veces, hasta que la noche empezó a caer. El cansancio aparecía, pero seguimos.
El pedido de empanadas con cerveza, que hizo ella, llegó pasadas las diez y media.
Le sugerí que al día siguiente solo fuéramos a comprar los materiales de pintura y que continuáramos con todo esto, dejando la salida para otro momento. Aceptó.
Cuando sonó el celular, se vistió y salió a buscar la cena.
Comimos en el living mientras seguíamos organizando cosas, y trabajamos hasta la medianoche.
La ducha cerró el día.
Nos fuimos a dormir.
Antes de apagar la luz, ella encontró una pelota guardada y me pidió que le contara algo antes de dormir.
Entonces le hablé de la Pelota Pulpo, la que tenía en la mano, una nueva que yo guardaba.
En 1936, en el barrio de Saavedra, gracias a Lanfranconi, un exoperario de Pirelli experto en caucho su apodo, “Pulpo”, ganado por su fuerza dio nombre a la pelota, que se distinguió por su diseño a rayas rojas y blancas, su dureza y su rebote impredecible.
Junto a su hermano Arístides fundó la empresa G. Lanfranconi SRL, que también fabricaba ventosas, pelotas de tenis y otros productos.
En su época de esplendor llegaron a producir 5.000 pelotas diarias.
Dominarla era todo un desafío, pero también un aprendizaje: generaciones de chicos la usaron para entrenar en los potreros y en las calles.
Tras la muerte de los fundadores, la empresa pasó a Juan Carlos, hijo de Gerildo.
Pero la crisis de los años 90 golpeó fuerte, y en 1994 la producción se detuvo.
Más tarde, la familia Cena tomó el relevo y mantuvo viva la marca. Hoy, Luis Cena y su hijo Nicolás siguen fabricando la Pulpo en Villa Lynch, en menor escala, pero preservando su esencia.
Este ícono argentino fue también homenajeado en el arte: una muestra en 2013 (“Alma de Pulpo”) y un documental en 2017 reafirmaron su lugar en la cultura popular.
La Pelota Pulpo es mucho más que un juguete: es un pedazo de memoria colectiva.
En cada baldío, en cada callejón, esa pelota desafiante enseñó a gambetear no solo rivales, sino también la vida.
Su permanencia, a pesar de los vaivenes económicos, demuestra que hay objetos que no pueden reemplazarse, porque están hechos de identidad.
La Pulpo es tan argentina como el asado, el mate o la camiseta albiceleste, y sigue recordándonos que jugar también es una forma de construir cultura.
—Insisto, es hermoso lo que contás —me dijo—, pero ahora que te escucho, que puedo tenerla en la mano… creo que la recuerdo… allá, con los chicos.
—Esta es nueva, nunca la usaron, pero sí… la recuerdo.
Me abrazó, apagó la luz y, entre mimos, nos quedamos dormidos.
A las ocho de la mañana me despertó el murmullo suave de la casa que empezaba a moverse.
El desayuno ya estaba listo, humeante sobre la mesa, y el olor del agua caliente mezclado con la yerba recién cebada me trajo una calma extraña, esa que aparece solo en los comienzos de algo que todavía no se nombra.
Una hora más tarde, después de ordenar algunas cosas dispersas, ducharnos y cruzar un par de miradas que decían más de lo que cualquiera de los dos se animaría a admitir, salimos a la calle.
El aire tenía ese filo fresco que deja la mañana después de una noche larga. Íbamos a comprar sus elementos: pinceles, papeles, óleos, bastidores… toda esa constelación de objetos que parecen inertes hasta que alguien como ella los toca y les da vida.
Intenté convencerla de que se pusiera otra ropa, algo más discreto, pero fracasé, claro.
Sonrió apenas, sin palabras, como si supiera que de todas formas yo lo volvería a intentar mañana, y pasado, y así hasta que la costumbre o el cariño me hicieran rendirme.
Cuando entramos a la casa-librería de arte, todo cambió.
Fue como si el lugar la reconociera antes que las personas.
Las paredes llenas de colores, los estantes repletos de tubos y papeles… todo parecía inclinarse levemente hacia ella.
Apenas cruzó la puerta, la vendedora la miró con una mezcla de sorpresa y certeza.
—Usted es artista —le dijo con una sonrisa amplia—.
Por su look, por cómo entra… Es hermosa. ¿Qué precisa?
Ella se dio vuelta hacia mí con esa lentitud que tiene cuando sabe que está ganando una escena. Me miró y, sin decir nada, me hizo un gesto —mitad burla, mitad caricia— que me dejó desarmado.
Después volvió a la vendedora y empezaron a conversar como si se conocieran de antes.
Yo me quedé ahí, un paso atrás, observando cómo todo a su alrededor cobraba sentido.
Después de más de una hora, salimos con los brazos llenos de bolsas, cajas, tubos y bastidores, como si hubiera saqueado el corazón mismo del arte.
Los envoltorios crujían con cada paso, y había en su expresión una mezcla de orgullo y entusiasmo infantil que me hizo sonreír.
—¿No te parece demasiado? —le dije.
—El arte nunca es demasiado —respondió, anulando cualquier réplica.
La ayudé a acomodar todo en el auto.
Cada objeto tenía el peso de una promesa.
Manejé despacio. No hacía falta hablar.
Al llegar, bajamos todo.
La casa se llenó de vida y desorden.
Ella se movía con energía, cada caja era una revelación.
—No te imaginas lo que va a salir de todo esto —dijo.
Y entendí que no hablaba solo de pinturas.
Cuando bajamos todas las cajas —los atriles, el butacón, los bastidores— y se desparramaron los pinceles, las espátulas y los pomos de pintura con sus colores abiertos como pequeñas heridas luminosas, el living pareció encogerse.
No era que faltara espacio: era que de pronto había demasiado mundo adentro.
Nos quedamos un rato en silencio, mirando ese desorden como si dijera algo que todavía no sabíamos nombrar.
Entonces apareció la idea, casi sin buscarla.
Una pared para mi escritorio, la computadora, los papeles; la opuesta para su pintura, la tela en blanco, los gestos que no necesitan palabras. Convertir el living en otra cosa.
Un atelier.
El ancho del departamento —casi nueve metros— podría a tener sentido.
La luz ya no seria la misma: podría elegir dónde quedarse.
La mesa del comedor la llevaríamos al dormitorio de huéspedes, donde armaríamos un comedor más chico, más íntimo, como si comer también necesitara su propio refugio.
Pero no era solo mover muebles.
Los enchufes no alcanzaban, faltaban tomas de corriente, internet mejor distribuido, un audio que estuviera a la altura de lo que queríamos.
Así que decidimos llamar a gente que supiera.
Lo volvimos a pensar y analizar y llamamos a los que harían el trabajo.
Quedamos en que vendrían el sábado.
Los días hasta entonces tuvieron algo de espera suspendida. Más tarde, en la cocina:
—Che, no cocines así. Tenes que protegerte…—No pasa nada, ya estoy acostumbrada.
—Igual, no cuesta nada…—Toma, alcánzame el mate.
El olor de las milanesas llenó la casa.
—¿Querés contarme algo? —me dijo.
Me quedé en silencio un instante, como si lo que iba a decir necesitara acomodarse primero.
—No es fácil de contar así nomás —le dije—, pero tiene que ver con una época…
Conta algo de lo que estabas escribiendo el otro día —dijo, tratando de esquivar el tema del aceite y de no tener que contar algo ella, pero me beso y el tema quedo terminado cuando el arromar de las milanesas empezó a llenar la cocina.
Se movía con esa mezcla de descuido y gracia que me dejaba entre la preocupación y la ternura.
Suspiré y, mientras le cebaba otro mate, pensé que, por más que le repitiera lo del aceite mil veces, iba a seguir igual: confiada, libre, haciendo las cosas a su manera.
Se quedó un momento en silencio, como pensando en lo que le había dicho.
Después dejó la espumadera en el borde de la sartén y me miró.
—A vos te gusta decirme eso, ¿no? —preguntó, medio en broma, medio en serio.
—¿El qué?
—Que me cuide… —dijo, con una sonrisa leve—.
Pero ¿sabes qué? Me gusta que me lo digas, me gusta que me cuides.
Entonces fue hasta el dormitorio y volvió al rato con una musculosa liviana. Se la puso rápido, mientras seguía hablando desde allá.
—¿Así está bien?
—Sí, mucho mejor —le contesté, sonriendo.
—Bueno, gracias —dijo, alcanzándome el mate como si nada hubiera pasado, aunque en sus ojos había algo distinto, más suave, más tranquilo.
El aceite seguía chispeando, pero ahora la veía moverse con más cuidado.
Me senté en la mesa y la miré en silencio mientras terminaba las milanesas.
Pensé que, a veces, cuidar también es eso: decir lo justo, sin meterse de más, pero sin dejar de estar.
Se dio vuelta con el plato en la mano.
—Listo, el puré ya está. Comemos y después seguimos con lo del escritorio, ¿dale?
Asentí. Mientras servía las milanesas, el mate quedó entre los dos, tibio, sobre la mesa, como parte del ritual de todos los días.
Nos sentamos a almorzar. Las milanesas con puré estaban recién hechas y el mate seguía a un costado. Hablamos de cosas simples: de la semana, de algún recuerdo gracioso que nos hizo reír. Se reía mucho de mis comentarios, me cargaba, pero cada tanto se detenía y me miraba con esa mezcla de ternura y gratitud que me hacía sonreír por dentro.
—Gracias por cuidarme… de verdad —dijo entre risas, pero con la voz más suave.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
No pudo contenerse y rompió en llanto. Sin pensarlo, la abracé fuerte, sintiendo cómo su emoción se mezclaba con la mía.
—No tenés que pedir disculpas si no me haces caso —le susurré—. Solo quiero que estés bien.
El día siguió su curso con normalidad: la cocina limpia, el living más ordenado, y nosotros compartiendo un momento que no era nada extraordinario, pero que, de alguna manera, lo era todo.
Sentados en el piso del living —no sé por qué—, tomando mate, me miró y dijo:
—¿A la noche cenamos empanadas?
—Sí, —le respondí, sonriendo—. Y compramos helado.
—Contame… contame qué hacías cuando nos conocimos. ¿Qué dijiste algo de militancia?, hoy me ibas a contar y después no dijiste nada.
Entonces, entre sorbo y sorbo de mate, empecé:
Vos lo supiste después, porque lo hablamos.
Para quienes pensábamos como yo, siguiendo los pasos del radicalismo, era imposible no sentir que estábamos viviendo un momento único.
Caminábamos detrás de Raúl Alfonsín, un hombre sencillo, honesto, con la serenidad del que sabe escuchar y la claridad de un estadista.
En su voz había esperanza; en su mirada, un país entero.
Noche tras noche nos reuníamos en el comité de la calle Naón, en Saavedra.
Era una casa vieja, con las paredes descascaradas y un cartel torcido que apenas se sostenía, pero adentro latía una energía indescriptible.
Entre mates, cigarrillos y discusiones, preparábamos el engrudo en ollas grandes y organizábamos las cuadrillas que saldrían a empapelar el barrio.
Algunos traían brochas, otros baldes, y todos llevábamos ganas.
Afuera, el aire fresco de la madrugada mezclaba el olor a pegamento con el perfume de los tilos.
Pintábamos consignas con letras apuradas, con la ansiedad de quien quiere recuperar el tiempo perdido. Nosotros escribíamos “Somos la paz”, mientras que desde el peronismo respondían “Somos la rabia”. Más de una vez terminábamos discutiendo por una pared, pero en el fondo, más allá de las diferencias, todos queríamos lo mismo: que nunca más el miedo ni el silencio fueran la norma.
Volvíamos a casa sucios, manchados de cal, con las manos teñidas de rojo y blanco, los colores de nuestra esperanza.
Pasábamos horas a veces hasta el amanecer cantando, debatiendo, soñando.
Nos acompañaban chicas de la juventud, novias, compañeras, esposas.
Los mates iban y venían, los chistes también, y entre todos construíamos algo más que una campaña: construíamos la fe en que otro país era posible.
Recuerdo especialmente a Gustavo, que llegaba siempre tarde, todavía con el traje puesto, directo de la facultad. Ya casi recibido, se sumaba sin dudar. Sabíamos que, cuando él llegara, empezarían las mejores discusiones.
Y así, día tras día, el calendario se acercaba al 30 de octubre.
En cada esquina, en cada reunión, en cada abrazo, se respiraba esperanza.
Después de siete años de una noche oscura que había comenzado en 1976, sentíamos que al fin la luz empezaba a asomar.
El 30 de octubre de 1983 amaneció distinto.
Las calles estaban llenas de gente que sonreía sin miedo.
Y cuando llegaron los resultados, cuando supimos que Alfonsín era presidente, fue como si todo el país respirara aliviado.
El 10 de diciembre, desde Plaza de Mayo, la democracia volvió a florecer. Alfonsín levantó la Constitución y la multitud estalló en aplausos.
No importaba a quién habías votado: esa tarde todos fuimos uno solo.
Hoy, a más de cuarenta años, vuelven los rostros de tantos compañeros.
Éramos jóvenes, idealistas, tercos, soñadores.
No sabíamos mucho de política, pero sabíamos de esperanza
.Y eso —recuperar la democracia— sigue siendo nuestro mayor triunfo.
Cuando terminé, ella estaba en silencio.
Tenía los ojos llenos de lágrimas. Me tomó la mano
.Me contó que nunca supo bien qué pasó.
Sus padres se habían ido a España por trabajo y ella los siguió.
Nunca hablaron demasiado. Cuando quiso entender, ya era tarde. No estaban más.
Investigó, leyó, trató de reconstruir. Nunca supo si se fueron por miedo o por otras razones. Su historia estaba llena de huecos
El aire entraba por las ventanas abiertas. Las persianas bajas dejaban pasar una luz tibia. Una música suave acompañaba el momento.
La miré. Y ella lo supo
No dijo nada, pero aprovechó ese silencio
Cada movimiento hablaba: cómo levantaba los brazos para acomodar libros, cómo se inclinaba, cómo respiraba más profundo.
Su cuerpo, levemente húmedo por el calor, brillaba bajo la luz tenue, el equipo de música, estaba suave, apenas acompañando, como si entendiera que no hacía falta más.
Nuestra ropa había quedado en la cocina, olvidada entre el apuro y la necesidad de quedarnos así.
Quiso que estuviéramos espalda con espalda; no quería emocionarse más, porque si nos mirábamos, sabíamos que íbamos a llorar los dos.
Durante un largo rato hablamos así, espalda con espalda, sentados desnudos en el piso.
Las palabras salían distintas, más sinceras, más calmas, como si el cuerpo al descubierto también dejara al descubierto todo lo demás.
Fue maravilloso, la música, la brisa, el aroma, la luz… todo volvía el instante más íntimo, más intenso.
Era ese equilibrio perfecto entre lo cotidiano y lo extraordinario, entre ordenar la casa y sentir cómo, en el aire, algo más empezaba a crecer.
El reloj avanzaba. El sonido del tráfico comenzaba a disminuir y la música seguía baja, mezclándose con el viento, era un instante suspendido, donde cada movimiento parecía alargarse y cada respiración compartida se volvía cercana, casi palpable.
Habíamos pedido la cena y en cualquier momento la magia se romperia con un llamaddo, comente casi sonriendo, y minutos sucedio.
Cerca de las diez de la noche, un timbre rompió suavemente la calma.
Ella fue hacia la puerta y levanto la cortina con lentitud, dejando apenas un espacio hacia la calle, para mirar, see puso una bata y atendio.
Las empanadas llegaron calientes, en una bolsa de papel que todavía guardaba el vapor. Dejo la bata, acomodo las mismas en un plato y saco de la heladera una cerveza , y en el suelo seguimos, conversando.
Era un momento simple, pero cargado de algo especial: la casa a medio ordenar, los libros ya en su lugar, los muebles con ese brillo reciente, la música, la luz, la intimidad… y ahora esa pequeña alegría de lo compartido.
Comentamos que al día siguiente nos levantaríamos temprano, porque a las nueve llegarían los muchachos.
Entre empanadas y cerveza, la conversación se volvió liviana.
Hablábamos de cualquier cosa: anécdotas, recuerdos, planes sueltos. Entre risas, miradas y silencios cómodos, la noche se fue haciendo más cálida. Sin darnos cuenta, después de bañarnos, eran casi las dos de la mañana cuando nos acostamos.
A las siete, el teléfono sonó como una sacudida.
Ella se levantó todavía medio dormida, con el pelo húmedo y una camiseta en la mano. En la pantalla aparecía el nombre de su amiga desde Madrid. Atendió ahí mismo, en la cocina, mientras la cafetera seguía apagada y el amanecer apenas aclaraba las ventanas.
Allá era mediodía.
Se saludaron con una sonrisa sin formalidades.
Ella se disculpó por estar sin ropa, pero su amiga se rió y le dijo que estaba igual, que allá también hacía calor.
Se entendían con gestos, con risas, con esos silencios que dicen más que cualquier palabra.
La charla derivó en lo cotidiano: ropa de verano, el calor, algunas cosas que necesitaba que le enviaran. Después hablarían del invierno, de otras prendas, de la casa… de mantenerla en orden hasta que se vendiera.
En medio de la conversación, ella me miró y me hizo un gesto para que me acercara.
Me incluyó en la videollamada con total naturalidad. Las dos, riendo, sin pudor, como si nada.
La saludé, algo incómodo al principio, pero enseguida me relajé.
Había algo genuino en esa escena, una confianza que no necesitaba explicaciones.
Cuando cortaron, ella se quedó un momento mirando la pantalla apagada.
Después se vistió con calma.
Pusimos la pava y nos sentamos a tomar mate.
Entre sorbos, me habló de su amiga, de los años compartidos, de esa libertad que habían aprendido juntas.
Yo la escuchaba, tratando de entender. Le dije que me costaba, que venía de otro ritmo, de otras formas.
Sonrió.
—No hace falta entenderlo enseguida —dijo—. Solo mirar sin prejuicio.
La mañana empezaba a moverse afuera. El sol entraba más firme por la ventana y la calle volvía a llenarse de ruido.
—Voy a cambiarme, que en un rato llegan los chicos.
La seguí con la mirada mientras desaparecía por el living. Se escuchaban los cajones, pasos suaves, el ritmo de alguien que ya estaba en otra sintonía.
Me quedé en la mesa, dejando que el tiempo pasara un poco.
Cuando volvió, ya estaba lista.
Nada exagerado, nada que llamara la atención. Un pantalón de lino claro, suelto, acompañando el movimiento, y una blusa liviana que dejaba entrever apenas los hombros cuando la luz la tocaba de costado. Zapatillas limpias, cómodas.
El pelo, todavía húmedo, le caía con naturalidad sobre la espalda. Se lo apartaba del rostro cada tanto, sin pensarlo. No había maquillaje, solo la frescura del agua y del descanso breve.
Se detuvo un segundo en el marco de la puerta, miró alrededor, como midiendo el estado de la casa.
Y ahí, en ese gesto simple, en esa forma de habitar el espacio con calma, entendí que algo de todo lo que me había dicho no pasaba por explicaciones.
Pasaba por verla.
Y dejar que eso, con el tiempo, hiciera su propio trabajo.
El sábado llegaron temprano. Traían herramientas, seguridad, una manera de hacer que todo pareciera posible. En un solo día, lo que habíamos imaginado empezó a volverse real: nuevas conexiones, más tomas, un sonido más limpio, todo en su lugar.
Cuando se fueron, el living ya no era el mismo.
Era un espacio abierto, compartido, donde mi escritura y su pintura convivían sin invadirse. Donde cada uno tenía su lado, pero el centro era de los dos. Donde el ruido de afuera quedaba lejos y adentro solo importaba crear.
Y entonces sí, el lugar dejó de parecer chico.
Se volvió nuestro.
Más tarde, en la cocina:
—Che, no cocines así. Tenés que protegerte…—No pasa nada, ya estoy acostumbrada.
—Igual, no cuesta nada…—Tomá, alcánzame el mate.
El olor de las milanesas llenó la casa.
—¿Querés contarme algo? —me dijo.
Me quedé en silencio un instante, como si lo que iba a decir necesitara acomodarse primero.
—No es fácil de contar así nomás —le dije—, pero tiene que ver con una época…
Levanté la mirada y la encontré atenta.
—Vos lo supiste después, porque lo hablamos…
Algo de los tuyos, de cuando eras chico o de lo que estabas escribiendo el otro día —dijo, tratando de esquivar el tema del aceite y de no tener que contar algo ella, pero me beso y el tema quedo terminado cuabdo el arromar de las milanesas empezó a llenar la cocina.
Se movía con esa mezcla de descuido y gracia que me dejaba entre la preocupación y la ternura.
Suspiré y, mientras le cebaba otro mate, pensé que, por más que le repitiera lo del aceite mil veces, iba a seguir igual: confiada, libre, haciendo las cosas a su manera.
Se quedó un momento en silencio, como pensando en lo que le había dicho.
Después dejó la espumadera en el borde de la sartén y me miró.
—A vos te gusta decirme eso, ¿no? —preguntó, medio en broma, medio en serio.
—¿El qué?
—Que me cuide… —dijo, con una sonrisa leve—.
Pero ¿sabés qué? Me gusta que me lo digas, me gusta que me cuides.
Entonces fue hasta el dormitorio y volvió al rato con una musculosa liviana. Se la puso rápido, mientras seguía hablando desde allá.
—¿Así está bien?
—Sí, mucho mejor —le contesté, sonriendo.
—Bueno, gracias —dijo, alcanzándome el mate como si nada hubiera pasado, aunque en sus ojos había algo distinto, más suave, más tranquilo.
El aceite seguía chispeando, pero ahora la veía moverse con más cuidado.
Me senté en la mesa y la miré en silencio mientras terminaba las milanesas. Pensé que, a veces, cuidar también es eso: decir lo justo, sin meterse de más, pero sin dejar de estar.
Se dio vuelta con el plato en la mano.
—Listo, el puré ya está. Comemos y después seguimos con lo del escritorio, ¿dale?
Asentí. Mientras servía las milanesas, el mate quedó entre los dos, tibio, sobre la mesa, como parte del ritual de todos los días.
Nos sentamos a almorzar. Las milanesas con puré estaban recién hechas y el mate seguía a un costado. Hablamos de cosas simples: de la semana, de algún recuerdo gracioso que nos hizo reír. Se reía mucho de mis comentarios, me cargaba, pero cada tanto se detenía y me miraba con esa mezcla de ternura y gratitud que me hacía sonreír por dentro.
—Gracias por cuidarme… de verdad —dijo entre risas, pero con la voz más suave.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
No pudo contenerse y rompió en llanto. Sin pensarlo, la abracé fuerte, sintiendo cómo su emoción se mezclaba con la mía.
—No tenés que pedir disculpas si no me hacés caso —le susurré—. Solo quiero que estés bien.
El día siguió su curso con normalidad: la cocina limpia, el living más ordenado, y nosotros compartiendo un momento que no era nada extraordinario, pero que, de alguna manera, lo era todo.
Sentados en el piso del living —no sé por qué—, tomando mate, me miró y dijo:
—¿A la noche cenamos empanadas?
—Sí, —le respondí, sonriendo—. Y compramos helado.
—Contame… contame qué hacías cuando nos conocimos. ¿Qué dijiste algo de militancia?
Entonces, entre sorbo y sorbo de mate, empecé:
Vos lo supiste después, porque lo hablamos.
Para quienes pensábamos como yo, siguiendo los pasos del radicalismo, era imposible no sentir que estábamos viviendo un momento único.
Caminábamos detrás de Raúl Alfonsín, un hombre sencillo, honesto, con la serenidad del que sabe escuchar y la claridad de un estadista.
En su voz había esperanza; en su mirada, un país entero.
Noche tras noche nos reuníamos en el comité de la calle Naón, en Saavedra. Era una casa vieja, con las paredes descascaradas y un cartel torcido que apenas se sostenía, pero adentro latía una energía indescriptible.
Entre mates, cigarrillos y discusiones, preparábamos el engrudo en ollas grandes y organizábamos las cuadrillas que saldrían a empapelar el barrio.
Algunos traían brochas, otros baldes, y todos llevábamos ganas. Afuera, el aire fresco de la madrugada mezclaba el olor a pegamento con el perfume de los tilos.
Pintábamos consignas con letras apuradas, con la ansiedad de quien quiere recuperar el tiempo perdido. Nosotros escribíamos “Somos la paz”, mientras que desde el peronismo respondían “Somos la rabia”. Más de una vez terminábamos discutiendo por una pared, pero en el fondo, más allá de las diferencias, todos queríamos lo mismo: que nunca más el miedo ni el silencio fueran la norma.
Volvíamos a casa sucios, manchados de cal, con las manos teñidas de rojo y blanco, los colores de nuestra esperanza. Pasábamos horas a veces hasta el amanecer cantando, debatiendo, soñando.
Nos acompañaban chicas de la juventud, novias, compañeras, esposas. Los mates iban y venían, los chistes también, y entre todos construíamos algo más que una campaña: construíamos la fe en que otro país era posible.
Recuerdo especialmente a Gustavo, que llegaba siempre tarde, todavía con el traje puesto, directo de la facultad. Ya casi recibido, se sumaba sin dudar. Sabíamos que, cuando él llegara, empezarían las mejores discusiones.
Y así, día tras día, el calendario se acercaba al 30 de octubre. En cada esquina, en cada reunión, en cada abrazo, se respiraba esperanza. Después de siete años de una noche oscura que había comenzado en 1976, sentíamos que al fin la luz empezaba a asomar.
El 30 de octubre de 1983 amaneció distinto. Las calles estaban llenas de gente que sonreía sin miedo. Y cuando llegaron los resultados, cuando supimos que Alfonsín era presidente, fue como si todo el país respirara aliviado.
El 10 de diciembre, desde Plaza de Mayo, la democracia volvió a florecer. Alfonsín levantó la Constitución y la multitud estalló en aplausos. No importaba a quién habías votado: esa tarde todos fuimos uno solo.
Hoy, a más de cuarenta años, vuelven los rostros de tantos compañeros. Éramos jóvenes, idealistas, tercos, soñadores. No sabíamos mucho de política, pero sabíamos de esperanza
.Y eso —recuperar la democracia— sigue siendo nuestro mayor triunfo.
Cuando terminé, ella estaba en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Me tomó la mano
.Me contó que nunca supo bien qué pasó. Sus padres se habían ido a España por trabajo y ella los siguió. Nunca hablaron demasiado. Cuando quiso entender, ya era tarde. No estaban más.
Investigó, leyó, trató de reconstruir. Nunca supo si se fueron por miedo o por otras razones. Su historia estaba llena de huecos
.El aire entraba por las ventanas abiertas. Las persianas bajas dejaban pasar una luz tibia. Una música suave acompañaba el momento.
La miré. Y ella lo supo.
No dijo nada, pero aprovechó ese silencio
Cada movimiento hablaba: cómo levantaba los brazos para acomodar libros, cómo se inclinaba, cómo respiraba más profundo. Su cuerpo, levemente húmedo por el calor, brillaba bajo la luz tenue, mirándolal equipo de música, estaba suave, apenas acompañando, como si entendiera que no hacía falta más.
Nuestra ropa había quedado en la cocina, olvidada entre el apuro y la necesidad de quedarnos así.
Quiso que estuviéramos espalda con espalda; no quería emocionarse más, porque si nos mirábamos, sabíamos que íbamos a llorar los dos.
Durante un largo rato hablamos así, espalda con espalda, sentados desnudos en el piso.
Las palabras salían distintas, más sinceras, más calmas, como si el cuerpo al descubierto también dejara al descubierto todo lo demás.
Fue maravilloso, la música, la brisa, el aroma, la luz… todo volvía el instante más íntimo, más intenso.
Era ese equilibrio perfecto entre lo cotidiano y lo extraordinario, entre ordenar la casa y sentir cómo, en el aire, algo más empezaba a crecer.
El reloj avanzaba. El sonido del tráfico comenzaba a disminuir y la música seguía baja, mezclándose con el viento, era un instante suspendido, donde cada movimiento parecía alargarse y cada respiración compartida se volvía cercana, casi palpable.
Habiamo pedido la cena y en cualquier mmoemnto la magia se romperia con un llamaddo, comente casi sonriendo, y en minutos sucedio.
Cerca de las diez de la noche, un timbre rompió suavemente la calma.
Ella fue hacia la puerta y levanto la cortina con lentitud, dejando apenas un espacio hacia la calle, para mirar, se puso una bata y atendio.
Las empanadas llegaron calientes, en una bolsa de papel que todavía guardaba el vapor.
Dejo la bata, acomodo las mismas en un plato y saco de la heladera una cerveza , y en el suelo seguimos, conversando.
Era un momento simple, pero cargado de algo especial: la casa a medio ordenar, los libros ya en su lugar, los muebles con ese brillo reciente, la música, la luz, la intimidad… y ahora esa pequeña alegría de lo compartido.
Comentamos que al día siguiente nos levantaríamos temprano, porque a las nueve llegarían los muchachos.
Entre empanadas y cerveza, la conversación se volvió liviana.
Hablábamos de cualquier cosa: anécdotas, recuerdos, planes sueltos.
Entre risas, miradas y silencios cómodos, la noche se fue haciendo más cálida.
Sin darnos cuenta, después de bañarnos, eran casi las dos de la mañana cuando nos acostamos.
A las siete, el teléfono sonó como una sacudida.
Ella se levantó todavía medio dormida, con el pelo húmedo y una camiseta en la mano. En la pantalla aparecía el nombre de su amiga desde Madrid. Atendió ahí mismo, en la cocina, mientras la cafetera seguía apagada y el amanecer apenas aclaraba las ventanas.
Allá era mediodía.
Se saludaron con una sonrisa sin formalidades.
Ella se disculpó por estar sin ropa, pero su amiga se rió y le dijo que estaba igual, que allá también hacía calor.
Se entendían con gestos, con risas, con esos silencios que dicen más que cualquier palabra.
La charla derivó en lo cotidiano: ropa de verano, el calor, algunas cosas que necesitaba que le enviaran. Después hablarían del invierno, de otras prendas, de la casa… de mantenerla en orden hasta que se vendiera.
En medio de la conversación, ella me miró y me hizo un gesto para que me acercara.
Me incluyó en la videollamada con total naturalidad.
Las dos, riendo, sin pudor, como si nada.
La saludé, algo incómodo al principio, pero enseguida me relajé.
Había algo genuino en esa escena, una confianza que no necesitaba explicaciones.
Cuando cortaron, ella se quedó un momento mirando la pantalla apagada.
Después se vistió con calma.
Pusimos la pava y nos sentamos a tomar mate.
Entre sorbos, me habló de su amiga, de los años compartidos, de esa libertad que habían aprendido juntas.
Yo la escuchaba, tratando de entender.
Le dije que me costaba, que venía de otro ritmo, de otras formas.
Sonrió.
—No hace falta entenderlo enseguida —dijo—. Solo mirar sin prejuicio.
La mañana empezaba a moverse afuera.
El sol entraba más firme por la ventana y la calle volvía a llenarse de ruido.
—Voy a cambiarme, que en un rato llegan los chicos.
La seguí con la mirada mientras desaparecía por el living.
Se escuchaban los cajones, pasos suaves, el ritmo de alguien que ya estaba en otra sintonía.
Me quedé en la mesa, dejando que el tiempo pasara un poco.
Cuando volvió, ya estaba lista.
Nada exagerado, nada que llamara la atención. Un pantalón de lino claro, suelto, acompañando el movimiento, y una blusa liviana que dejaba entrever apenas los hombros cuando la luz la tocaba de costado. Zapatillas limpias, cómodas.
El pelo, todavía húmedo, le caía con naturalidad sobre la espalda. Se lo apartaba del rostro cada tanto, sin pensarlo. No había maquillaje, solo la frescura del agua y del descanso breve.
Se detuvo un segundo en el marco de la puerta, miró alrededor, como midiendo el estado de la casa.
Y ahí, en ese gesto simple, en esa forma de habitar el espacio con calma, entendí que algo de todo lo que me había dicho no pasaba por explicaciones.
Pasaba por verla.
Llegaron temprano, pasadas las nueve. Traían herramientas, seguridad, una manera de hacer que todo pareciera posible.
Desde el primer momento trabajaron con ritmo, sin pausas, como si el tiempo también formara parte del plan.
No hubo descanso. Ni siquiera al mediodía: almorzaron mientras hacían, entre cables, herramientas y decisiones que se resolvían sobre la marcha.
Corrían muebles, abrían paredes, tendían conexiones.
Y nosotros, a la par, acompañando, ordenando, alcanzando cosas, viendo cómo la idea empezaba a tomar forma concreta.
En un solo día, lo que habíamos imaginado se volvió real: nuevas conexiones, más tomas, un sonido más limpio, todo en su lugar.
A las cinco de la tarde ya estaba todo listo.
Cuando se fueron, el living ya no era el mismo.
Era un espacio abierto, compartido, donde mi escritura y su pintura convivían sin invadirse. Donde cada uno tenía su lado, pero el centro era de los dos. Donde el ruido de afuera quedaba lejos y adentro solo importaba crear.
Y entonces sí, el lugar dejó de parecer chico. Se volvió nuestro.
Nos quedamos un momento en silencio, mirando alrededor.
Estábamos cansados, sí, pero había una satisfacción tranquila en el cuerpo, esa que solo deja el trabajo bien hecho.
Fuimos a la cocina. Ella se sentó y yo puse la pava en el fuego.
Durante el día habíamos tomado solo agua, gaseosa y café, así que el mate se extrañaba.
—Por fin —dijo ella, sonriendo—, un rato para nosotros.
Me di vuelta y la vi sentada, con los pies apoyados en otra silla, relajada.
Se había sacado la ropa y la había dejado a un costado; quedó cómoda, libre, como quien se quita el peso del día.
La luz del atardecer entraba por la ventana, dorada, suave, y le daba a la escena un aire sereno.
Ella estaba especialmente contenta porque por fin habían arreglado el aire acondicionado del living.
—Era una tontería, pero me tenía cansada —dijo, riendo.
—Ahora no queda nada pendiente.
Tenía razón. Todo estaba en orden. Hasta el aire, al funcionar, se respiraba distinto.
Desde la cocina llegaba el murmullo del televisor que había quedado encendido.
Ella se levantó sin decir nada, fue hasta el living, lo apagó y puso algo de música, una melodía suave que llenó el espacio sin imponerse.
Nos quedamos ahí. Todo estaba en su lugar: la casa, el día, el silencio y, por un momento, también nosotros.
Conversamos durante mucho tiempo, sin mirar el reloj. Afuera ya había oscurecido del todo y la casa se sentía distinta, más serena, con ese silencio que solo llega después de un día completo.
Ella se levantó y empezó a sacar algunas cosas para cenar.
—Hagamos algo rápido, liviano —dijo—. No tengo fuerzas para nada complicado.
Preparamos una cena sencilla: un poco de pan, fiambre, unas verduras salteadas, algo fresco para acompañar.
Mientras cocinábamos, la conversación seguía fluyendo, saltando de un tema a otro sin rumbo fijo: el trabajo, los viajes, las amistades, las cosas que se fueron quedando atrás.
En un momento, entre risas, me miró y me preguntó:
—¿Vos sabés jugar al truco?
Me tomó por sorpresa.
—Claro —le respondí—. No soy un experto, pero me defiendo. ¿Por qué?
—Ah, no, por nada —dijo sonriendo—. Es que hace un montón que no juego, y me acordé recién.
Me gustan los juegos de mesa, las cartas, esas cosas que se hacen sin apuro, hablando, riendo.
Le conté que, en casa, de chico, el truco era casi una religión los fines de semana: los mates, los gritos de “quiero vale cuatro” que se escuchaban hasta en la vereda.
Ella se rió con ganas y me dijo que en su familia era igual, aunque ahora ya nadie se tomaba el tiempo para eso.
—¿Querés que te cuente lo que escribí sobre los juegos?
—Dale, ahí quería llegar. Recuerdo haber leído algo.
Alguna vez, en un tiempo no muy lejano, las pantallas no existían para tenerlas en la mano. Solo conocíamos la del cine, cuando íbamos a ver una película, o la del televisor en casa, ese mueble grande con patas que ocupaba un lugar central en el living y que, llegada la medianoche, nos mandaba a dormir.
A veces, antes del cierre de transmisión, aparecía un cura con sus palabras finales o un locutor despidiéndose con solemnidad.
Después, la pantalla se llenaba de un ruido blanco que anunciaba que el día había terminado.
En aquellos años, la vida parecía tener otro ritmo.
No existían los teléfonos inteligentes, ni las redes sociales, ni la urgencia de mirar cada cinco minutos una pantalla brillante.
Nos comunicábamos cara a cara, con una mirada, una sonrisa o un silencio compartido.
Las reuniones no se daban a través de videollamadas, sino alrededor de una mesa real, con sillas que crujían y tazas de café que se enfriaban entre anécdotas.
Los naipes y los juegos de mesa eran parte esencial de esos encuentros. El truco, el chinchón, el póker, el burako, el backgammon, la carrera de mente, el T.E.G., la canasta y tantos otros juegos llenaban las tardes de risas, discusiones amistosas y pequeñas rivalidades que se olvidaban en la próxima ronda. Algunos apostaban unas monedas; otros simplemente jugaban por el placer de ganar o de compartir.
Había algo especial en esas partidas: no solo se trataba de ganar, sino de estar juntos.
Cada juego tenía su propio ritual: barajar las cartas, mover las fichas, anotar los puntos, bromear con el que hacía trampa. Eran momentos que nos unían sin necesidad de tecnología.
No necesitábamos avatares ni perfiles, porque teníamos nombres, rostros, gestos y emociones verdaderas.
Hoy, en cambio, muchos pasan horas frente a una pantalla diminuta, conectados con miles, pero en soledad. Conversan con alguien que quizás no conocen, que podría estar en cualquier lugar del mundo, o que incluso podría no ser una persona.
Se trata de un algoritmo, un conjunto de líneas de código que responde con precisión, pero sin alma.
Es el famoso avance, el progreso que tanto admiramos, pero que a veces nos roba un pedacito de humanidad sin que nos demos cuenta.
Sin embargo, no todo está perdido.
El mismo avance que nos encierra también puede abrirnos puertas si sabemos usarlo con equilibrio.
Hoy podemos reencontrarnos con un amigo de la infancia, compartir recuerdos, aprender cosas nuevas o comunicarnos con alguien a miles de kilómetros.
Las pantallas, en sí mismas, no son el enemigo; el peligro aparece cuando olvidamos mirar más allá de ellas.
Quizás sea hora de recuperar algo de aquel espíritu simple y cercano, de volver a sacar los naipes del cajón, desempolvar un tablero y reunirnos otra vez alrededor de una mesa, aunque sea una vez por semana.
De apagar por un rato el teléfono y encender la charla, la risa y el afecto. Porque nada —ni la mejor tecnología, ni la conexión más rápida— puede reemplazar la calidez de una mirada, el sonido de una carcajada compartida o la emoción de una partida ganada entre amigos.
Todavía estamos a tiempo.
El futuro no tiene por qué borrar el pasado; puede aprender de él. Y quizás, si encontramos ese equilibrio, podamos vivir en un mundo donde las pantallas no nos separen, sino que sean solo una herramienta más para seguir conectados, pero de verdad.
Cenamos tranquilos, sin prisa.
La música seguía sonando suave desde el fondo y, cada tanto, el viento movía apenas las cortinas. Cuando terminamos, dejamos los platos en la pileta y nos quedamos en la mesa con el último café, conversando como si el día no quisiera terminarse.
La casa, limpia y ordenada, olía a comida y a descanso.
Ella parecía feliz, relajada, con esa expresión de quien siente que todo está bien, aunque no haya pasado nada extraordinario.
—Qué lindo día —dijo al final, mirando hacia la ventana.
Y tenía razón. Había sido un día largo, simple, completo.
Un día donde, sin planearlo, todo encajó en su lugar: el trabajo, la charla, el cansancio y ese pequeño espacio compartido que ya empezaba a sentirse como algo propio.
Nos duchamos y nos fuimos a dormir.
En la cama conversamos un rato, con esa voz baja que aparece cuando el cuerpo ya está rendido y las palabras se vuelven suaves. No recuerdo bien en qué momento nos quedamos dormidos, pero fue de golpe, como si el sueño nos hubiera estado esperando desde hacía horas.
Cuando desperté, una música suave, casi imperceptible, llegaba desde el living.
Me quedé unos segundos escuchando, tratando de adivinar la melodía: algo tranquilo, con guitarras y un ritmo lento, perfecto para la hora.
Me levanté despacio, todavía con la sensación tibia del descanso, y caminé hacia el living.
Ella estaba ahí, concentrada, preparando el bastidor sobre el atril, uno de los más grandes que había traído.
Ya tenía el lienzo ajustado y había trazado algunos bocetos con lápiz, apenas líneas, como si estuviera tanteando el espacio antes de decidir por dónde empezar.La luz de la mañana caía de lleno sobre su trabajo, iluminando el lienzo y parte de su rostro.
Ella me vio acercarme y, sonriendo, apoyó el lápiz en el borde del atril.
—Hola —dijo con voz suave—. Te estaba esperando. No quise despertarte.
Me acerqué despacio.
La luz entraba plena por la ventana y bañaba el lienzo, el suelo, su pelo. Había algo muy sereno en la escena, como si todo encajara de manera perfecta: la música baja, el olor a café, el sonido apenas perceptible de los pinceles sobre la tela.
—¿Hace mucho que estás levantada? —le pregunté.
—Un rato nomás —respondió—. Me desperté y no pude volver a dormirme.
Tenía ganas de pintar… y con esta luz, era ahora o nunca.
Me reí y la abracé por detrás, apoyando el mentón sobre su hombro.
—Y ya empezaste con uno de los grandes, veo.
—Sí —dijo—. Quería animarme con algo distinto. Anoche, mientras me dormía, tuve una imagen en la cabeza… todavía no sé bien qué va a ser, pero necesitaba ponerla en el bastidor antes de que se me escapara.
Nos quedamos así un momento, sin hablar. La música llenaba el silencio con un ritmo lento, casi respirable. Afuera se escuchaban los primeros ruidos de la calle, el día abriéndose paso.
Ella giró apenas la cabeza y me miró.
—¿Querés un café?
Asentí.
Sonrió, me beso y fue hacia la cocina.
Yo me quedé mirando el bastidor, esas primeras líneas que parecían todavía buscar su forma.
Había algo vivo en ese trazo, algo que, sin saber por qué, me hizo pensar que ese día también iba a ser distinto, como si recién empezara una nueva historia.
La mañana paso lentamente y a eso de la una ya estaba todo listo: pollo al horno con papas, dorado justo, y el olor empezaba a recorrer cada rincón del departamento.
Ella se limpió las manos en el repasador y se sentó frente a mí, sonriendo, con esa expresión de satisfacción que deja cocinar algo simple pero bien hecho.
—Huele bien —dije, sirviéndonos un poco de gaseosa.
—Sí —respondió—, pero el olor llega hasta el estudio… me preocupa por las telas, el bastidor, la pintura.
—Tenés razón. El aire acondicionado también se pierde por ahí —agregué—.
Deberíamos poner una puerta en la cocina.
—Sí, algo que cierre bien, pero que no quite la luz.
Quizás una puerta corrediza de vidrio, ¿no te parece?
—Podría quedar bien —dije—. Y así el estudio queda más aislado, sin tanto olor ni corriente de aire.
—Exacto —respondió, con esa forma práctica que tiene de resolver lo cotidiano—. Igual, me gusta cómo se siente la casa cuando cocinamos… es como si tomara vida.
Sonreí.
—Sí. Antes era todo más silencioso, más vacío, ahora me gusta mas.
La rutina siguió con naturalidad.
Desde la pileta llegaba el sonido del agua y los platos que se acomodaban; el aroma del café recién hecho llenaba el aire.
Cuando me acerqué con las tazas, me sonrió, secándose las manos con un repasador.
—Al final —dijo—, no hace falta tanto para estar bien.
Nos sentamos otra vez, con el sol de la tarde entrando por la ventana.
Sin apuro, en silencio. Afuera el día seguía, pero ahí adentro, entre el aroma del café y el eco de nuestras palabras, todo parecía sostenerse en una calma hecha a medida de los dos.
Después del café, nos sentamos en el living, mirando el espacio como si fuera nuevo.
—¿Sabés qué estaba pensando? —dije, señalando el rincón donde tenía el atril—.
Tu atril mira hacia la pared, y yo también cuando me siento a escribir. ¿Por qué no damos vuelta todo? Así nos vemos cuando charlamos.
Ella me miró, sonriendo.
—Tenés razón. A veces te hablo y solo veo tu espalda.
—Y yo la tuya —respondí, riendo—.
Si giramos el atril y mi escritorio, queda mejor.
Así compartimos el espacio, no son dos rincones separados.
—Podemos hacerlo.
—Perfecto —dije—. Y hay algo más que pensé: podríamos conseguir unas banquetas altas.
Un par para el atril y otras para la mesa, así no tenemos que andar arrastrando sillas.
—Sí, me gusta. Además, esta mesa no es baja, es de trabajo —respondió—.
Me gustaría tener una banqueta cómoda, de madera clara, alta.
—Lo veo. Cuatro estarían bien. Dos acá y dos allá, para moverlas según lo que necesitemos.
Ella se apoyó en la mesada, pensativa, y después me miró con una sonrisa leve.
—Me gusta cuando planeamos estas cosas… la casa va tomando forma de verdad.
—Es que ya lo es —le contesté—. Y el estudio también lo será, cuando terminemos de acomodar todo.
Hubo un silencio breve, tranquilo.
Se pasó una mano por el cabello y bajó un poco la voz.
Se levantó, fue hasta la habitación y volvió vestida, peinada, con ese aire resuelto que tenía cuando algo se le metía en la cabeza.
—Voy a salir un momento —dijo, mientras buscaba la cartera—.
Cerca vi unas banquetas que me gustaron. Quiero volver a mirarlas.
—¿Querés que te acompañe?
—No, no hace falta. Si te quedás, descansá un rato. Vuelvo pronto.
Me dio un beso, agarró la llave del auto y se fue.
Escuché el sonido del motor alejándose y el silencio volvió a llenar la casa. Me quedé un rato sentado, disfrutando de la calma.
Después revisé algunos detalles del estudio y de la cocina: el atril, el escritorio, el orden de los papeles y los pinceles.
Todo iba tomando forma, aunque aún faltaba ese último toque.
Una hora después, cuando volvió, traía una sonrisa amplia y el olor a madera nueva.
—Las encontré —dijo, contenta—. Cuatro banquetas, justas, ni muy altas ni muy bajas.
Entre los dos las descargamos y empezamos a colocarlas.
Movimos el atril y el escritorio como habíamos planeado, girándolos de modo que pudiéramos mirarnos cuando trabajáramos o charláramos.
Las banquetas quedaron perfectas: dos en el estudio y dos junto a la mesa alta de trabajo.
—Así está mejor —dije, probando una—. Todo se siente más nuestro.
—Sí —respondió ella—. Ahora sí parece un espacio compartido.
El estudio había cambiado sin perder su sencillez.
La casa entera respiraba un aire distinto, más propio, más sereno.
Todo había quedado en su lugar: la casa, el estudio, las banquetas recién estrenadas… y nosotros, tranquilos, preparados para descansar, con la certeza simple de haber hecho las cosas bien.
Una semana después, ella seguía en su atril, comenzando a mezclar colores que todavía no terminaban de convencerla.
La miraba mientras escribía en la computadora; de vez en cuando intercambiábamos alguna palabra, y la música nos acompañaba.
Notaba que, de reojo, también me observaba.
En un momento sonrió. Me acerqué —la música estaba algo fuerte— y le pregunté:—¿Qué pasa? ¿De qué te reís?
Ella respondió:
—Creo que no te conviene que el atril esté al revés.
—¿Por qué?
—Porque antes me mirabas el culo, pícaro.
Sonreí, la abracé y volví al escritorio.
Ella siguió mirándome, sonriendo, hasta que justo sonó el timbre.
Pregunté por la ventana quién era.
Respondieron que la buscaban a ella: era del correo, había llegado una encomienda.
Una camioneta estaba estacionada en la puerta, esperando.
Ella se puso el pantalón y salió apurada, contenta.
Sus cosas desde España habían llegado.
Muy embaladas, traían varias valijas grandes.
Las hizo entrar, firmó un papel, dejó una propina y cerró la puerta.
Empezó a abrirlas una por una. Adentro: ropa, zapatos, zapatillas.
Todo muy ordenado, envuelto en bolsas, con ese olor a viaje y encierro de tantos días.
Fue sacando todo rápido, apilándolo sobre el sillón, mientras yo miraba y pensaba dónde íbamos a meter tantas cosas.
El estudio se llenó de montones: jeans, camperas, remeras, cajas de calzado por todos lados.—No pensé que tuviera tanto —dijo, riéndose.
—Y eso que todavía no abriste la última —le respondí.
Abrió esa última, suspiró y me miró con una mezcla de cansancio y alegría.
—Bueno… ahora hay que buscar espacio.
Asentí, mirándola mientras doblaba la ropa.
El departamento, de golpe, parecía más chico, pero también más lleno de vida.
Almorzamos, tomamos mate durante la tarde y, cuando terminamos de cenar, ella siguió acomodando cosas.
La cama estaba llena de ropa.
Me acosté a escuchar música en el sillón del estudio, mientras el sonido de las perchas y los cajones llenaba la noche.
—Mañana sigo —dijo—. Todavía me quedan algunas cosas.
Me despertó el sonido de ella moviéndose por la casa.
No sé a qué hora se levantó, pero ya estaba en marcha: abriendo y cerrando cajones, colgando ropa, ordenando sin pausa.
Me levanté y preparé el desayuno.
Cerca de las nueve, entre lo que quedaba por acomodar, calculaba que para el mediodía terminaría.
La dejé con eso y salí un rato. Fui hasta el comité, donde me esperaba un amigo.
Volví un par de horas después. Al abrir la puerta, el living estaba más despejado; la cama ya no estaba cubierta de ropa y varias cajas habían desaparecido o estaban ordenadas en un rincón.
Ella me miró y sonrió, con el cabello un poco revuelto y las manos marcadas de tanto doblar ropa.
—Mirá —dijo, señalando el placard—. Todavía me quedan un par de cosas, pero ya se empieza a ver todo más claro.
Me dejé caer en el sillón del estudio, observando cómo transformaba el espacio con pequeños gestos.—Te quedó genial —le dije—. Está todo mucho más ordenado.
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