Al límite de lo desconocido,
de lo casi sobrenatural,
hay un placer callado
que sólo nace
de la entrega total.
Descubrir que es posible
con la simple sensibilidad
de dejarse ir,
de verte sonreír, sudar,
cerrar los ojos
como si el mundo fuera un sueño.
Fue y sigue siendo
uno de esos instantes
más intensos,
más verdaderos.
A media luz,
en el preciso momento
en que la cabeza se desprende del cuerpo
y el alma, sin pedir permiso,
encuentra refugio en otra.
Ahí,
se reúnen al borde de la piel,
marcando un compás de latidos
que ningún instrumento
podría imitar.
La poesía
que sólo sucede
donde sólo vos sabés encontrarme,
y yo sé
que vamos,
una vez cada tantas vueltas
de una aguja que ni existe.
En ese lugar
que nadie imagina,
que sólo vos y yo conocemos.
Cuando se cierra la puerta,
baja la persiana
y la ventana se entreabre apenas,
mientras gira, persistente,
el ritmo tibio de un ventilador.
El aire se vuelve denso,
la mirada se nubla,
la voz apenas susurra
lo que sólo existe entre dos.
Porque hay cosas
que sólo pasan
cuando el mundo queda afuera,
cuando el sudor canta
la más sincera de las melodías.
Entre tus labios
mi cuerpo y la poesía.

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