viernes, 3 de abril de 2026

 Llora, cuando el eco de aquellos gritos
todavía rompe el aire,
cuando los insultos quedan suspendidos
como ropa húmeda en la memoria,
y el corte de la llamada
no termina de caer nunca.
Llora, porque hay finales que no saben cerrarse,
porque hay palabras que no llegan a destino
y se pudren en la garganta.
Pero con los días, lentos, torpes, inevitables,
algo empieza a cambiar de forma.
Se comprende sin querer 
comprender que el amor
no se rompe con la muerte,
ni con la distancia,
ni con ese último silencio que dolió más que nada.
Perder no siempre es dejar de tener.
Y que hay presencias
que se vuelven diarias
como el mate tibio de la mañana
o el ruido lejano de un colectivo al pasar.
Un amigo dice, hay que hacer el duelo.
Otro insiste, el tiempo lo acomoda todo.
Y algunos, más cansados o más sabios,
miran la vida de costado
y dicen que hay historias
que simplemente se guardan
en el cajón del recuerdo
para poder seguir caminando.
Pero la verdad, la verdad es que nadie sabe del todo.
Porque la vida, el barrio, la ciudad entera,
están llenos de historias inconclusas.
De gritos que no llegaron a ser abrazo.
De insultos que escondían miedo.
De despedidas que nunca se dijeron.
Y sin embargo, en cada esquina
hay un tango respirando despacio.
En cada árbol, hay una poesía escondida
esperando que alguien la mire de verdad.
En cada bondi que avanza
con su cansancio de siempre,
viaja una lágrima silenciosa
guardando una historia
que casi nadie escucha.
Pero está y alcanza con detenerse un segundo,
no solo mirar, sino ver,
para sentir cómo todo eso
se vuelve materia sensible, carne de poema.
Entonces aparecen nombres,
rostros lejanos o cercanos,
vidas que podrían ser propias
o de cualquiera.
Y alguien tal vez lo lea.
Aunque digan que cada vez se lee menos,
aunque el ruido del mundo intente tapar la palabra,
aunque parezca inútil.
Porque escribir no es para todos.
Es para los que no pueden evitarlo.
Para los que siguen, aunque nadie mire,
aunque nadie responda, 
aunque la soledad se siente al lado
como una vieja compañera.
Y entonces,
cuando la noche cae despacio
y el recuerdo vuelve sin permiso,
la hoja en blanco deja de ser vacío.
Se llena de nombres, de calles.
De heridas que todavía respiran.
Y escribir aunque duela
se vuelve una forma de quedarse,
de entender, de no perder del todo.  
Porque a veces,
cuando ya no queda nada,
queda esto, una historia,
una letra, y alguien en algún lugar
que la lee y, sin saber por qué,
también llora.

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