El sol se escondió,
pero hubo puerto,
y en ese llegar sin ruido
estaban tus brazos abiertos,
como si siempre hubieran sabido
el camino de regreso.
despejó los restos del mundo,
apagó los gritos antiguos
y encendió un horizonte nuevo,
donde la noche ya no era oscura
sino apenas un velo.
La luna se volvió piel,
yacía entre nosotros
como una tibieza compartida,
entre sábanas de hojas de otoño
y palabras dulces,
decoradas de silencios
que también decían.
Quizás nos fuimos esquivando,
quizás elegimos caminos opuestos,
perdiéndonos a propósito
para encontrarnos más ciertos.
Y un día sin estruendo
todo se alineó en secreto:
tu vida encontró la mía
en la calma de un encuentro.
No hizo falta alzar la voz,
ni discutirle al destino,
porque en una conversación callada
se dijeron todos los latidos.
Y así, sin darnos cuenta,
fuimos llegando a ese instante
donde el amor no irrumpe,
sino que permanece.
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