viernes, 3 de abril de 2026

Tus manos acarician el día
como si el tiempo fuera una tela dócil,
un terciopelo tibio donde descansa la luz
y aprende a pronunciar tu nombre.
Tus labios esa frontera suave
abren la mañana como una fruta madura,
y cada palabra tuya
enciende el aire con un fuego lento,
casi secreto,
como si el mundo recién empezara
cada vez que hablás.
Por las noches, en cambio,
sos refugio;
una casa encendida en medio del viento,
un rincón donde el cuerpo se vuelve lenguaje
y el silencio respira más hondo.
Tus ojos,
color del tiempo detenido entre dos latidos,
son faros en este camino extenso
que recorremos despacio,
como quien no quiere llegar
para no interrumpir la magia.
Y entonces aparece el paisaje:
el río, la caminata sin destino,
la orilla donde el deseo se vuelve brisa
y roza la piel apenas,
como una promesa que no necesita apurarse.
Hay en tus besos
un sabor antiguo y nuevo a la vez,
una forma de quedarse
sin decirlo, una manera de incendiar lo cotidiano
sin hacer ruido.
Y cuando la noche cae
y el mundo se deshace en sombras,
tu cercanía se vuelve otra cosa:
más honda, más íntima,
un temblor que recorre la piel
como si cada centímetro recordara
por qué existe.
No hace falta nombrarlo todo.
Algunas cosas viven mejor en la insinuación:
la pausa entre dos respiraciones,
el roce que no termina,
la cercanía que enciende sin consumirse.
El resto es apenas una poesía tibia,
un intento torpe de decir lo indecible,
porque esta historia
no habla de vos solamente,
ni siquiera de nosotros,
sino de todo el tiempo perdido
antes de encontrarte.
Y aun así, en cada verso queda algo:
una huella leve,
un eco de tu forma de habitar el mundo,
y ese modo tuyo de convertir lo simple
en eternidad.

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