Hay barrios que no se nombran:
se respiran y Saavedra
no se dice, se camina despacio
como quien vuelve a un abrazo que nunca terminó.
Sabe a tarde larga en sus parques,
a banco gastado por historias,
a sombra que cobija más de lo que tapa.
El verde ahí no es paisaje:
es memoria viva,
es promesa de domingo que no falla,
es infancia que no se deja ir.
Y su gente, esa forma de mirarte
como si te conociera de antes,
aunque recién cruces la esquina.
Como si cada cara guardara
un pedacito de barrio
para el que viene llegando.
En el aire, todavía, late el eco de la Sirena,
esa que cortaba el tiempo en dos
y los Los Picapiedras riéndose en alguna tele lejana,
mientras el mundo era más chico
y alcanzaba con volver antes de que oscurezca.
El boulevard se estiraba como un suspiro largo,
con árboles que aprendieron a escuchar
más que a hablar, y veredas que saben
todos los pasos que pasaron por ahí.
El empedrado, ah, el empedrado.
No es calle, es corazón antiguo.
Es el ritmo irregular
que obligaba a bajar la velocidad
para que la vida no se te escape.
Y los cines, fantasmas luminosos de otras noches,
todavía proyectan besos en penumbra,
todavía guardan aplausos que nadie vino a retirar.
Porque Saavedra siempre está al borde…
como si fuera a caerse del mapa,
como si la provincia la estuviera llamando bajito.
Pero la Avenida General Paz la sostiene.
Como una línea terca,
como un límite que no es frontera
sino abrazo apretado
para que no se vaya del todo.
Y cuando llueve…
cuando llueve el barrio se vuelve otra cosa.
No se inunda de tristeza, se empapa de historia.
Se puede caminar igual,
aunque el cielo se venga abajo,
porque hay algo en el suelo,
algo secreto, como un swing de suelas de zapatilla de goma
que hace rebotar la nostalgia en cada baldosa.
Y entonces, cada esquina perfuma el día.
No con flores, ni con promesas nuevas,
sino con ese olor a vida vivida,
a charla en la vereda, a mate que no se apura,
a amor sin espectáculo.
Es un tango, sí, pero no de escenario.
Un tango que se arrastra despacio
por las calles de Saavedra,
que se mete en los bolsillos,
que se queda en los huesos.
Un tango que no pide permiso
para doler un poco, para querer quedarse.
Porque hay barrios que pasan…
y hay barrios que se quedan a vivir
en la forma en que uno recuerda.
Y Saavedra con sus parques, su gente, su lluvia mansa—
no se olvida. Se vuelve.
se respiran y Saavedra
no se dice, se camina despacio
como quien vuelve a un abrazo que nunca terminó.
Sabe a tarde larga en sus parques,
a banco gastado por historias,
a sombra que cobija más de lo que tapa.
El verde ahí no es paisaje:
es memoria viva,
es promesa de domingo que no falla,
es infancia que no se deja ir.
Y su gente, esa forma de mirarte
como si te conociera de antes,
aunque recién cruces la esquina.
Como si cada cara guardara
un pedacito de barrio
para el que viene llegando.
En el aire, todavía, late el eco de la Sirena,
esa que cortaba el tiempo en dos
y los Los Picapiedras riéndose en alguna tele lejana,
mientras el mundo era más chico
y alcanzaba con volver antes de que oscurezca.
El boulevard se estiraba como un suspiro largo,
con árboles que aprendieron a escuchar
más que a hablar, y veredas que saben
todos los pasos que pasaron por ahí.
El empedrado, ah, el empedrado.
No es calle, es corazón antiguo.
Es el ritmo irregular
que obligaba a bajar la velocidad
para que la vida no se te escape.
Y los cines, fantasmas luminosos de otras noches,
todavía proyectan besos en penumbra,
todavía guardan aplausos que nadie vino a retirar.
Porque Saavedra siempre está al borde…
como si fuera a caerse del mapa,
como si la provincia la estuviera llamando bajito.
Pero la Avenida General Paz la sostiene.
Como una línea terca,
como un límite que no es frontera
sino abrazo apretado
para que no se vaya del todo.
Y cuando llueve…
cuando llueve el barrio se vuelve otra cosa.
No se inunda de tristeza, se empapa de historia.
Se puede caminar igual,
aunque el cielo se venga abajo,
porque hay algo en el suelo,
algo secreto, como un swing de suelas de zapatilla de goma
que hace rebotar la nostalgia en cada baldosa.
Y entonces, cada esquina perfuma el día.
No con flores, ni con promesas nuevas,
sino con ese olor a vida vivida,
a charla en la vereda, a mate que no se apura,
a amor sin espectáculo.
Es un tango, sí, pero no de escenario.
Un tango que se arrastra despacio
por las calles de Saavedra,
que se mete en los bolsillos,
que se queda en los huesos.
Un tango que no pide permiso
para doler un poco, para querer quedarse.
Porque hay barrios que pasan…
y hay barrios que se quedan a vivir
en la forma en que uno recuerda.
Y Saavedra con sus parques, su gente, su lluvia mansa—
no se olvida. Se vuelve.
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