Pánico a la tormenta,
como si el cielo fuera a caer sobre la piel
y no a lavarla.
Pánico al deseo, esa chispa mínima
que insiste en arder aunque la tapen con años,
aunque la nombren pecado,
aunque la escondan bajo la mesa
como un secreto que respira.
Pánico al sexo, al cuerpo dicho en voz alta,
a las manos que buscan sin permiso de la culpa,
a la humedad de lo vivo
que desarma cualquier catecismo.
Pánico a la vida, y entonces sobrevivir:
cerrar ventanas, bajar persianas,
archivar latidos.
Encerrarse en un mundo que ya fue,
donde todo estaba escondido:
el cuerpo doblado, el deseo en silencio,
la sexualidad como una palabra prohibida
y el amor… el amor apenas insinuado
en cartas que nunca decían todo.
Encerrarse es no querer vivir,
es repetir la escena antigua
como una fotonovela gastada,
donde el beso se corta antes de existir,
donde la piel nunca se nombra.
La radio murmura compañía,
pero no alcanza: no abraza, no incendia,
Vestirse de largo para ocultar las rodillas,
como si la carne fuera delito,
como si mostrarse fuera caer.
Pero algo cruje una grieta mínima
en la costumbre.
Y entonces la poesía:
no pide permiso, no baja la voz,
no se arrodilla ante el miedo.
Rompe el dobladillo del silencio,
rompe la tela vieja del pudor heredado,
rompe la idea de que vivir
es esconderse.
Y deja al cuerpo en su sitio:
ardiendo, deseando, temblando sin culpa.
Porque no es la tormenta lo que asusta,
es descubrir que siempre hubo cielo
y nunca se miró.

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