Llegó sin aviso, sin tregua ni pausa,
el río creció como fiera sin jaula.
Mordió la ribera, rompió los juncales,
arrastró las islas, quebró los umbrales.
Un viento dolido soplaba en la noche,
las madres rezaban, los niños lloraban.
La radio temblaba con voces lejanas,
y el barro subía por cada ventana.
Las casas de madera, de amor y sudores,
se hundían calladas, sin quejas ni flores.
Los árboles viejos lloraban su historia,
ahogados los sueños, perdida la gloria.
La escuela flotaba, los botes de a poco
se volvían casas de un pueblo sin foco.
Un niño buscaba a su hermana en la espuma,
la madre en silencio miraba la bruma.
Los hombres del río, curtidos en lodo,
alzaban colchones, salvaban el modo.
Pero el agua entra donde el alma quiebra,
y aquel año negro dejó abierta la puerta.
Murieron gallinas, murieron rosales,
los muelles cedieron con crujidos graves.
Y en cada canoa un adiós sin destino,
con nombres perdidos que arrastra el camino.
Desde entonces vive en el Delta una sombra,
que canta en los sauces, que a veces te nombra.
La creciente trajo su ley, su castigo,
y el agua se fue… pero quedó el ruido,
de aquel 1959 que nunca olvidaré.
el río creció como fiera sin jaula.
Mordió la ribera, rompió los juncales,
arrastró las islas, quebró los umbrales.
Un viento dolido soplaba en la noche,
las madres rezaban, los niños lloraban.
La radio temblaba con voces lejanas,
y el barro subía por cada ventana.
Las casas de madera, de amor y sudores,
se hundían calladas, sin quejas ni flores.
Los árboles viejos lloraban su historia,
ahogados los sueños, perdida la gloria.
La escuela flotaba, los botes de a poco
se volvían casas de un pueblo sin foco.
Un niño buscaba a su hermana en la espuma,
la madre en silencio miraba la bruma.
Los hombres del río, curtidos en lodo,
alzaban colchones, salvaban el modo.
Pero el agua entra donde el alma quiebra,
y aquel año negro dejó abierta la puerta.
Murieron gallinas, murieron rosales,
los muelles cedieron con crujidos graves.
Y en cada canoa un adiós sin destino,
con nombres perdidos que arrastra el camino.
Desde entonces vive en el Delta una sombra,
que canta en los sauces, que a veces te nombra.
La creciente trajo su ley, su castigo,
y el agua se fue… pero quedó el ruido,
de aquel 1959 que nunca olvidaré.

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