domingo, 4 de enero de 2026

El Parakultural fue uno de esos lugares que no se explican: se recuerdan con el cuerpo. Estuve ahí, en esos años finales de los 80, cuando Buenos Aires todavía estaba saliendo de la dictadura y necesitaba, con urgencia, espacios donde respirar sin pedir permiso.
Funcionaba como un centro cultural subterráneo, casi clandestino, entre 1986 y 1990. Pero más que un lugar era un estado de ánimo. Entrar al Parakultural era aceptar que todo podía pasar: teatro, música, poesía, cuerpos mezclados, risas incómodas, provocación y libertad, Nada estaba del todo terminado, y eso era lo mejor.
Fundado por Omar Viola y Horacio Gabin, su nombre ya decía mucho: para-cultural, en contra de lo hegemónico, a favor de lo disidente. 
Ahí se ensayaban nuevas formas de decir, de moverse, de burlarse de una sociedad todavía rígida. El humor era ácido, el mal gusto se volvía vanguardia, y la parodia social era una forma de resistencia.
Vi pasar a Las Gambas al Ajillo, a Batato Barea, a Las Poetizas. Escuché rock, punk, post-punk. Los Redondos, Sumo, Flema, Los Fabulosos Cadillacs aparecían como parte de un mismo pulso subterráneo. Punks, artistas, curiosos y noctámbulos compartíamos el mismo espacio sin jerarquías. 
Todo era mezcla, tribu, experimento. Con el tiempo, el Parakultural también mutó y se volvió milonga, dejando otra huella inesperada: el tango convivía con ese espíritu libre que nunca se fue del todo. Muchos de quienes pasaron por ahí saltaron después a los medios masivos en los 90, pero en ese momento nadie pensaba en carreras ni en fama. Se trataba de estar, de probar, de romper.
Hoy lo recuerdo como un semillero irrepetible. Un lugar donde la libertad creativa no era un discurso sino una práctica diaria. El Parakultural no fue solo un centro cultural, fue una respuesta visceral a años de silencio. Y haber estado ahí es algo que todavía vibra cuando lo pienso.

Ayer.
Cuando el tiempo todavía estaba tibio
y Buenos Aires respiraba despacio.
No fui solo.
De mi brazo venía una mujer
hermosa y antigua.
Se llamaba Historia
y caminaba como quien sabe
que todo ya ocurrió
y, aun así, sigue doliendo.
Ayer sus dedos tocaron los muros
y las piedras recordaron.
San Ignacio nos miró en silencio,
con siglos colgados del campanario,
y yo sentí que rezaban
los que ya no están.
En la Sala de Representantes
el aire se volvió promesa.
Juramentos flotaban como polvo dorado
y hombres sin nombre pasaban despacio,
con la patria temblando en la voz.
Historia me apretó el brazo,
ella sabe cuándo el pasado pesa.
Ayer bajamos.
Los túneles nos tragaron
como una boca antigua.
Allí Historia era sombra y fuego,
contrabando de ideas,
miedo escondido,
pasos que no querían ser oídos.
Las paredes sudaban siglos
y yo entendí
que la memoria no es limpia ni cómoda.
De pronto, un golpe.
Otro,1966.
Historia cerró los ojos
y no me soltó.
Los bastones aún caen
cuando nadie mira.
Ayer salimos a la luz.
Los patios respiraban.
La ciudad seguía viva, ajena,
pero algo en mí
se había quedado allí abajo.
Antes de irse,
Historia me miró.
Sonrió con tristeza antigua
y me besó la frente
con labios de tiempo.
Ayer caminé la Manzana de las Luces.
Hoy la sigo caminando por dentro.

 Ni siquiera el viento se detuvo al verte pasar:
fue apenas una ráfaga leve,
un suspiro tibio, casi brisa,
como si el mundo respirara 
más hondo para no interrumpirte.
En ese instante
cuando tu andar dejó huella sin tocar el suelo
te vi llegar elegante,
abriendo un surco invisible
en la tierra blanda de la memoria,
dejando la marca exacta de tu presencia
donde antes no había nombre.
No hubo silencio, hubo un beso.
Y eso bastó, desde ese momento 
la noche giró sobre sí misma
como una moneda lanzada al destino,
y nunca volvió a ser la misma.
Vos lo supiste, yo lo supe.
Hay encuentros que cambian la forma de la oscuridad.
La luna esa que solo sale en mi barrio,
cuando llueve en la ciudad,
nos acompañó siempre,
aunque la lluvia cayera en otro barrio
y acá, sin embargo, brillarán las estrellas,
como si también ellas hubieran sido testigos.
Porque desde entonces,
cada vez que el cielo duda,
tu recuerdo le enseña a iluminarse.


Te escucho,
me escuchás,
y en ese gesto sencillo
vamos armando la metáfora más grande:
la vida.
Amar es decir sin gritar,
es comprender sin herir,
es compartir la palabra
como quien ofrece abrigo.
Los gritos alejan,
los insultos no construyen nada.
En cambio, el diálogo enriquece,
ensancha el alma,
acerca los cuerpos.
Amar es dialogar,
dialogar cada día,
elegirte palabra a palabra,
amarte un poco más
en cada conversación.
Porque el diálogo siempre es mutuo,
como el amor verdadero,
uno habla, el otro escucha,
y entre ambos
nace algo que vale la pena cuidar.

Primer día del año
y Buenos Aires se despereza
con vos al sol, mate tibio,
piel brillando al lado del agua
como una promesa que no necesita apuro.
Yo te miro sin verte,
porque también se escribe con los ojos cerrados.
El éter nos envuelve, esa electricidad lenta
que empieza en la nuca y baja sin pedir permiso.
Descansás y el mundo afloja.
El silencio se vuelve piel,
el deseo aprende a respirar
sin gritos, sin prisa.
Arriba del Obelisco
una estrella cae en diagonal,
como un tango bien dicho,
arrastrado, sensual,
marcando el ritmo exacto
entre tu cintura y mi espera.
Buenos Aires nos gira alrededor,
cómplice, con sus veredas calientes
y su luna mirona.
Yo te acompaño, vos me dejás quedarme,
y eso ya es un gesto íntimo.
Este instante no se repite.
Es una caricia que sucede una vez,
una caída lenta, un roce eterno.
Primer día del año,
y el amor cuando es verdadero
se dice así, cerca, porteño,
y ardiendo despacio.

Bernardo abrió la noche
con la flauta de una milonga,
la llevó despacio
hasta volverla vals,
como quien cambia el pulso del corazón
sin avisar.
Lito lo siguió, un solo largo, intenso,
más largo que el tiempo,
más hondo que cualquier recuerdo.
Duró más que John Lee Hooker
en una madrugada sin fin,
y nadie quiso que terminara.
González no se quedó atrás.
hizo estallar una criolla entre sus manos,
fuego puro, madera viva,
y el escenario ardió sin quemarse.
El Luna gritó sus nombres,
los aplaudió de pie, fueron ellos.
Salieron y volvieron.
Una, dos, tres, seis veces.
Podríamos haber pasado
toda la noche escuchándolos.
Las luces se encendieron
pero nadie se movió.
Salieron una vez más
y les gritamos la última.
Trece minutos eternos.
La piel erizada.
Las lágrimas marcando surcos
en rostros que no querían disimular.
Y en un chau, simple, honesto,
se fueron.
La noche quedó ahí, ardiendo en silencio,
guardada, para siempre en mi memoria.

Tu sonrisa no entra en el tango,
pero el tango aprendió por mirarla,
se le aflojó la pena a la noche
y el bandoneón dejó de sangrar.
No es sonrisa de foto ni fiesta,
es de esquina, de mate y verdad,
de esas luces que alumbran despacio
cuando el mundo se empieza a apagar.
Buenos Aires se queda escuchando
cada vez que la dejás salir,
porque sabe que en esa curvita
hay un barrio que quiere vivir.
Yo venía con años torcidos,
con el alma cansada de errar,
y tu boca, sin decir promesas,
me enseñó que valía esperar.
Si algún día el dolor vuelve a invitarme
a sentarme en su mesa de hiel,
que me alcancen tu risa en la sombra:
con eso me alcanza… mujer.
La magia vive en sus manos,
no hace ruido, no pide atención,
con ellas une y desnuda,
cose y descose el corazón.
Alarga los días pequeños,
achica dolores sin voz,
agranda lo simple del mundo
con la destreza del amor.
La magia está en esa práctica
de vivir sin alzar la razón,
de conocerse despacio
y dejar que te conozcan mejor.
No grita verdades que aturden
ni rompe oídos ni fe,
habla justo, mide el silencio,
dice exacto lo que hay que decir.
Cuando el sol se retira cansado
y las estrellas se animan a entrar,
la luna le guiña un secreto
en el primer soplo de claridad.
Entonces ella brilla sin esfuerzo,
como quien sabe quién es,
y en la noche descansa del día
entre el sueño, la vida y la piel.
Mujer de mil noches vividas,
de mil horas sabidas de a pie,
de una vida magnífica y honda
que no se prohíbe el placer.
Celebra el milagro pequeño
de cada segundo que fue,
de cada día que abraza
sin miedo a volver a creer.
Y si el mundo pregunta en silencio
qué palabra la puede nombrar,
no hacen falta discursos ni aplausos,
ella es una gran mujer.

Debajo de ese vestido
no hubo nunca errores,
solo años.
Vida aprendida despacio,
experiencia escrita en la piel
como se escriben las cosas verdaderas:
sin pedir permiso.
El vestido insistía en marcar
lo que el mundo suele juzgar,
pero nosotros aprendimos pronto
a no mirar ahí.
Debajo no había formas,
había historia, había presencia,
había un ritmo sereno, que sabía quedarse.
Debajo de ese vestido
la vida pasaba sobre la mesa
en platos servidos con cuidado,
sabores lentos, la tentación justa
de probar lo que no se repite.
Y había vinos guardados,
de esos que solo se abren
cuando lo que viene, merece ser recordado.
El vestido cayó sin ruido,
como caen las excusas,
quedó rendido sobre el respaldo de una silla,
mientras las manos aprendían otro lenguaje,
uno donde no existen juicios ni apuros.
Debajo del vestido ya no hubo cuerpo,
hubo caricias borrando fronteras,
piel encontrando refugio,
silencios llenos de sentido.
Todo lo que sobraba
se fue con ellas.
La luna caminó despacio
sobre las sábanas,
el reloj siguió su marcha
sin importarnos,
y el tiempo, por una vez,
se olvidó de nosotros.
Ahora estás abrazada y desde lejos
miramos ese vestido arrugado
que ya no dice nada.
Porque lo importante
ya pasó, ya quedó en nosotros,
y no necesita volver. 
Llueve solo en la avenida,
después del piso veinte
y antes de la luna.
Luna del lobo, llena, redonda,
casi perfecta.
En su brillo
encuentro el reflejo de tus ojos,
esa forma tuya de mirar
a través del vidrio como si la ciudad
fuera apenas un rumor lejano.
La lluvia golpea el ventanal
con cadencia de poema,
suena a Neruda dicho en voz baja,
con Chopin de fondo,
en re sostenido,
afinando la noche sin apuro.
Una noche más
girando alrededor de la luna,
esa circunvalación lenta
que dibuja tu cintura
cuando te acercás,
cuando el mundo se vuelve
semicírculo y nos limpia el alma
del smog sucio de este Buenos Aires
que respira cansado
el segundo día del año.
Hace calor, un calor que no discute,
que se queda.
Tus manos siguen trabajando
a la luz cansada del sol tardío,
bajo un ventilador viejo
que gira y gira,
como un tango obstinado
acariciando tu cuerpo
mientras yo aprendo,
a quedarme en silencio.

Buenos Aires despierta
en un domingo fresco,
cuando el día camina en puntas de pie
para no romper el hechizo.
El silencio decora las calles
como una vieja costumbre sabia,
y el aroma de la noche que pasó
queda prendido en las veredas,
en los árboles cansados,
en la memoria de quienes miramos
y entendemos que cada rincón
es una poesía sin firma.
Hay un suspiro de vida en el aire,
una pausa necesaria,
como si la ciudad respirara hondo
antes de volver a latir.
El tiempo no apura,
los relojes parecen cómplices
y el sol, tímido,
aprende a querer despacio.
El año nuevo asoma
con sabor a esperanza:
vino tinto compartido,
gaseosa fría en vasos de plástico,
un whisky que abriga promesas
y riega los primeros días
que habrán de cruzar los meses.
Que sea el diálogo el ritual,
la palabra sin insulto,
el entendimiento por encima de todo,
el silencio que escucha
y no la confrontación que hiere.
Buenos Aires,
en este domingo quieto,
nos enseña que también se puede empezar
con calma, con respeto,
con esperanza.

Entre Vos y Yo. +

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