domingo, 4 de enero de 2026

Debajo de ese vestido
no hubo nunca errores,
solo años.
Vida aprendida despacio,
experiencia escrita en la piel
como se escriben las cosas verdaderas:
sin pedir permiso.
El vestido insistía en marcar
lo que el mundo suele juzgar,
pero nosotros aprendimos pronto
a no mirar ahí.
Debajo no había formas,
había historia, había presencia,
había un ritmo sereno, que sabía quedarse.
Debajo de ese vestido
la vida pasaba sobre la mesa
en platos servidos con cuidado,
sabores lentos, la tentación justa
de probar lo que no se repite.
Y había vinos guardados,
de esos que solo se abren
cuando lo que viene, merece ser recordado.
El vestido cayó sin ruido,
como caen las excusas,
quedó rendido sobre el respaldo de una silla,
mientras las manos aprendían otro lenguaje,
uno donde no existen juicios ni apuros.
Debajo del vestido ya no hubo cuerpo,
hubo caricias borrando fronteras,
piel encontrando refugio,
silencios llenos de sentido.
Todo lo que sobraba
se fue con ellas.
La luna caminó despacio
sobre las sábanas,
el reloj siguió su marcha
sin importarnos,
y el tiempo, por una vez,
se olvidó de nosotros.
Ahora estás abrazada y desde lejos
miramos ese vestido arrugado
que ya no dice nada.
Porque lo importante
ya pasó, ya quedó en nosotros,
y no necesita volver. 

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