domingo, 4 de enero de 2026

Bernardo abrió la noche
con la flauta de una milonga,
la llevó despacio
hasta volverla vals,
como quien cambia el pulso del corazón
sin avisar.
Lito lo siguió, un solo largo, intenso,
más largo que el tiempo,
más hondo que cualquier recuerdo.
Duró más que John Lee Hooker
en una madrugada sin fin,
y nadie quiso que terminara.
González no se quedó atrás.
hizo estallar una criolla entre sus manos,
fuego puro, madera viva,
y el escenario ardió sin quemarse.
El Luna gritó sus nombres,
los aplaudió de pie, fueron ellos.
Salieron y volvieron.
Una, dos, tres, seis veces.
Podríamos haber pasado
toda la noche escuchándolos.
Las luces se encendieron
pero nadie se movió.
Salieron una vez más
y les gritamos la última.
Trece minutos eternos.
La piel erizada.
Las lágrimas marcando surcos
en rostros que no querían disimular.
Y en un chau, simple, honesto,
se fueron.
La noche quedó ahí, ardiendo en silencio,
guardada, para siempre en mi memoria.

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