viernes, 4 de julio de 2025

Los leños crujían en la noche,
pequeñas bocas abiertas
cantando su secreto de brasas.
Afuera, el frío mojaba Buenos Aires,
entraba por rendijas,
pero se estrellaba contra la piel tibia
de nuestra casa cerrada.
Solo el whisky hablaba entre nosotros,
solo el chocolate en barra se derretía
como nuestros labios,
que buscaban el sabor exacto
de lo dulce, de lo amargo,
de lo prohibido.
La sensualidad caminaba descalza
por los pasillos, dejando huellas húmedas
en cada puerta, trepando las cortinas,
apoyando su boca en las esquinas.
Éramos amor profundo
pero también deseo abierto,
carne que se reconoce,
que se celebra, que se quema.
Veinticuatro horas después
decidimos rendirnos al sueño.
En un abrazo largo, casi eterno,
nos fundimos, y allí el tiempo se quedó quieto,
mirándonos, de pie, junto a la cama,
mientras respirábamos 
el milagro simple de existir juntos,
únicos, irrepetibles, románticos,
sensuales, irremediablemente nuestros.

jueves, 3 de julio de 2025

Lavalle; cómo explicarte hoy lo que fue para tantos de nosotros, esa calle peatonal vibrante, llena de luces, marquesinas, carteles gigantes anunciando los estrenos del momento. 
Un lugar donde el tiempo parecía detenerse solo para regalarnos instantes que, sin saberlo, estaban destinados a ser recuerdos imborrables.
Cada cine tenía su alma propia, su público, su murmullo expectante antes de la función y sus comentarios apasionados al salir. 
Era un ritual hermoso, elegir la película, hacer la fila entre charlas y risas, emocionarse o sorprenderse frente a la pantalla grande, y después terminar en un bar cercano para seguir la historia, pero ahora con palabras, miradas y tazas humeantes de café.
A veces, el paseo se prolongaba por Florida, esa otra arteria encantada de la ciudad, con sus locales tan bien presentados, sus vidrieras que brillaban invitándonos a soñar un rato con lo inalcanzable, sus músicos callejeros poniendo banda sonora a nuestras caminatas. 
Todo tenía un aire casi cinematográfico, como si nosotros mismos fuésemos parte de un gran film porteño.
Nosotros veníamos desde el barrio, con la sencilla alegría de quienes sabían que el viaje ya era parte de la aventura. 
El tren Mitre nos llevaba desde Coghlan directo al centro. Cuántos viernes o sábados repetimos esa salida, cuántas veces la estación se convirtió en punto de encuentro y de regreso.
Recuerdo bien la marea humana. Lavalle estaba llena de gente, tanto que bastaba que uno se distrajera mirando un afiche, un kiosco o algún artista ambulante para que el grupo se perdiera entre desconocidos. 
Pero eso también tenía su magia, el reencuentro unos metros más adelante, los saludos entre carcajadas, los dónde te habías metido. 
Hoy Lavalle ya no es lo que era. Sus cines en su mayoría cerraron, muchas de sus luces se apagaron, el bullicio se transformó en un murmullo lejano. Pero para nosotros, los que la caminamos cientos de veces, sigue tan viva como antes. Late en la memoria, en esas noches simples y felices que nos regalaron juventud, amistad y un poquito de ilusión.
Por eso la homenajeo hoy, desde este rincón de recuerdos, con el corazón un poco apretado pero agradecido. Lavalle no solo fue una calle, fue escenario de tantas historias mínimas, fue un puente a la fantasía, fue la excusa perfecta para encontrarnos, perdernos y volvernos a encontrar. Fue  y es, parte de quienes fuimos.
Tan simple y sencillo como levantar el tubo desde Saavedra y marcar el número de Mingo en Martínez. Bastaba un, que haces, a qué hora nos vemos. Para que el viernes a la noche ya estuviera escrito. No hacía falta mucho más. Un par de palabras, una hora, un lugar, y ahí estábamos listos para devorar la ciudad.
El plan arrancaba siempre igual, con esa mezcla de ansiedad y ganas de vivir. Primero, la cita estaba en algún punto estratégico, capaz en la esquina de la vieja avenida Del Tejar, donde los Picapiedras eran infaltables. Nos sentábamos ahí, pizza de por medio, mirábamos pasar la vida y hacíamos tiempo con historias medio inventadas, medio ciertas, siempre condimentadas con ese humor filoso y un toque de picardía porteña. Pero claro, si no había un par de cargadas, no éramos nosotros.
Después venían los cafés, esos que parecían eternos. Entre sorbos y anécdotas, planeábamos la próxima movida con la complicidad de quienes saben que lo importante no era a dónde ir, sino ir juntos.
Y cuando la noche ya estaba bien entrada, salíamos con la excusa de dar una vuelta que en realidad era todo un viaje.
Mingo, con su inolvidable multicarga Fiat 1500 , ese tanque con el que me enseñó a manejar por las calles de Talar, gritando, afloja, animal un poco cada vez que me zambullía en un cambio o después, con los infaltables Fiat 600 que parecían de juguete, pero nos llevaron a cada rincón de Buenos Aires.
Así nos íbamos hasta el acceso a Tigre, donde las picadas eran leyenda viva. Autos alineados, motores rugiendo, el olor a nafta quemada y a goma caliente. Y nosotros, con esa sonrisita cómplice, sabiendo que estábamos presenciando algo que mezclaba peligro y magia en partes iguales. O sino, poníamos proa a Pilar, donde el tránsito era casi inexistente y la posta estaba en ese carrito con los mejores choripanes del planeta. No importaba la hora, el hambre, ni el frío, un buen chori era sagrado.
Pero la vida no se reducía solo a autos y carreras. Estaban también las interminables charlas con Alberto y Rubén, esos amigos que son hermanos de otra sangre. Pegábamos la vuelta manzana, comentando el barrio, recordando viejas conquistas, o filosofando sobre la vida con una seriedad que duraba lo que tardaba en aparecer el primer chiste verde.
Esa imprenta de la vida la arrancamos bien de pibes. Con Mingo, desde que entramos a la secundaria, compartiendo bancos, y las primeras miradas cómplices cuando pasaba alguna chica linda. Y con Alberto y Rubén, desde mucho antes, cuando acompañábamos a mi viejo a visitar a Emilio, el padre de ellos. Mientras los grandes arreglaban el mundo, nosotros revolcábamos felices en el depósito, entre pilas de recortes de papel que para nosotros eran montañas mágicas.
Hoy, los años pasaron. Tenemos hijos, nietos, algunos con más canas que cabello y panzas que delatan cada asado que ser disfrutado sin culpa. Pero basta una llamada, la misma de siempre, con ese, que haces, para que volvamos a ser los de antes. Nos encontramos en algún café porteño, reeditamos las mismas historias con nuevos condimentos, y nos reímos hasta que nos duele la panza.
Pero así es la amistad verdadera, no importa cuántas vueltas dé la vida, ni cuántos calendarios arranquemos. Mientras haya una mesa, un café, y ganas de compartir la picardía de siempre, todo sigue igual. Y nosotros, aunque más viejos, estamos tan vivos como en aquellas noches de picadas, pizzas y choripanes.

miércoles, 2 de julio de 2025

No hay fotos, ni registros, solamente quedan las historias que repetimos, como si fuesen un conjuro para que el tiempo no se las lleve del todo.
En Tamborini, que antes se llamaba Guayra, y en Iberá y Plaza, donde corren las vías del Mitre, existían los famosos boquetes. 
Eran simples huecos en los alambrados que separaban el barrio del mundo del tren. Cruces clandestinos, improvisados por generaciones de vecinos, que necesitaban un atajo más rápido que caminar muchas cuadras para encontrar un paso a nivel habilitado. 
Nosotros éramos pibes. Jugábamos a la pelota en la esquina, juntábamos ramas secas para la fogata de San Juan, o simplemente deambulábamos, porque el barrio era nuestro patio. 
Hasta que aparecía el patrullero doblando despacio, o el Falcón verde, tan temido en esos años, donde bastaba una mirada equivocada para desaparecer. Y entonces el boquete se convertía en salvación.
Atravesábamos el hueco del alambrado sin pensarlo, con el corazón golpeando en el pecho, saltábamos las vías y corríamos un rato largo hasta escondernos entre los pastizales del otro lado. 
Allí nos quedábamos agazapados, mirándonos con sonrisas nerviosas, mientras el peligro pasaba de largo.
Había algo de aventura, claro. Algo de esa épica infantil que convierte cualquier peligro en un juego. 
Pero también, con el tiempo, se volvió un recuerdo cargado de nostalgia, de esa ternura que tienen las cosas que hoy sabemos que pudieron haber terminado mal.
El boquete era un portal a otro lado. A la libertad, aunque fuera precaria, clandestina, un poco sucia de óxido y tierra. 
Hoy ya no está, o tal vez sí, oculto entre yuyos, esperando a otros chicos que necesiten huir, no de un patrullero o un Falcón, sino del aburrimiento, del encierro o de la rutina.
Porque en el fondo, esos boquetes que el barrio inventaba para cruzar las vías sin permiso, eran también una forma de cruzar la frontera invisible entre la niñez y la vida que vendría después. una frontera mucho más difícil de saltar.
La camiseta del Valderrama Club era rayada verticalmente con tiras rojas y amarillas. Así eran todas las camisetas de aquel equipo. Recuerdo que una vez encontré el libro de actas y una de esas camisetas, pero con el correr del tiempo terminaron por deteriorarse. La camiseta estaba evidentemente mal guardada, y el papel del acta se deshizo, apenas lo toqué.
Mi padre era el presidente del club, acompañado por algunos vecinos que hacían de vocales. Siempre contaba, entre risas, que era muy malo jugando al fútbol, por eso se dedicaba a la parte administrativa.
Las medias a rombos que usaba el equipo las había tejido don Pedro, que vivía en la esquina y tenía allí mismo una fábrica de medias. Hoy de ese lugar solo queda una cortina verde y una puerta que da a lo que fue aquel local.
Donde hoy se alza la General Paz, antes había una canchita de fútbol y un campito donde el equipo se entrenaba. Toda esa zona era campo abierto. Desde la esquina de la calle Plaza, si uno miraba hacia el norte, lo único que se veía eran las vías del tren y el horizonte.
Aquí compró mi abuelo el terreno. De regalo, solían venir unos cuantos ladrillos, porque para muchos era el fondo de la Capital. Eran tiempos de calles de tierra, zanjas y casillas de madera, o piezas de madera, como decían mis abuelos, donde se instalaron cuando comenzaron a vivir en este pasaje.
Recuerdo también aquella mañana, ya pasado el tiempo, en que mi madre me sacó todo embarrado de la zanja donde jugaba, me sentó en la vereda de tierra, y juntos vimos cómo llegaban las máquinas que comenzaron a pavimentar la cuadra. Fue ahí mismo donde alguna vez, allá lejos y hace tiempo, estuvo la sede del querido Club Valderrama.
Desde allí, por las tardes, solían salir con los vecinos Yungue y el Pibe (Paul) en una bicicleta tándem (una bici doble) a pescar detrás de lo que hoy es el estadio de River. Si pasan por la Lugones, verán que al costado de la vía se levanta una pared bastante ancha, de un metro de altura, más o menos. 
Parados ahí, más de una vez iban a pescar, porque hasta esa altura llegaba el río en aquellos tiempos.
Estas son historias y recuerdos de una zona del barrio con mucha historia, poblada de vecinos que ya no están, y de memorias que se pierden en el tiempo, sin que los actuales habitantes sepan todo lo que pasó por este hoy tan transitado pasaje.

martes, 1 de julio de 2025

Todo era muy simple, tan simple que casi duele evocarlo, como si la memoria insistiera en rozar con nostalgia aquellas escenas cotidianas, sencillas, perfectas en su modesta humanidad.
Solo había que salir a la calle, abrir la puerta con ese sonido viejo de bisagras que parecían saludar, sentir el sol o el fresco del día, y encarar con paso tranquilo hacia la esquina. 
Doblábamos media vuelta a la manzana, o a veces ni eso, hasta toparnos con esa casa conocida, que guardaba más historias que paredes.
Allí estaba el timbre, un botón negro plantado en el centro de una tapa plástica, cuadrada, un poco ajada, siempre con el eco oculto de tantas manos que lo habían apretado antes. 
Bastaban dos toques cortos, casi un guiño cómplice, y enseguida bajaba Alberto, o desde adentro surgía la pregunta ritual, ¿quién es?
De ahí en más el día tomaba un color distinto. 
El encuentro era casi diario, como si lo hubiésemos pactado sin palabras desde siempre. Bastaba con mirarnos para saber que algo bueno iba a suceder, aunque ese algo fuera simplemente compartir un rato sin reloj, sin destino preciso.
Nos íbamos para la esquina, a veces ni llegábamos, y quedábamos ahí, parados junto al buzón rojo, ese centinela mudo de la cuadra que escuchó todas nuestras confesiones adolescentes. 
Nos encontrábamos para discutir de cualquier cosa, los autos, los goles del domingo, los equipos de fútbol, los chismes mínimos del barrio y, sin darnos cuenta, hilábamos planes y sueños entre risa y risa.
No existían celulares para preguntar dónde estás, porque sabíamos bien dónde encontrarnos. No había chats ni redes que mediaran nuestras voces. El encuentro era crudo, directo, con la respiración cerca y los ojos mirándose de verdad. La amistad se alimentaba caminando juntos, hablando sin apuro, decidiendo sobre la marcha, si seguir hasta la otra esquina, si sentarnos en el cordón o si dar la vuelta entera a la manzana.
Así surgían los viajes que después contaríamos mil veces, las vacaciones planeadas con monedas contadas y entusiasmo sin medida, la salida al cine con algún estreno que a veces ni mirábamos atentos, porque la charla valía más que la pantalla. O el baile de los sábados, donde la expectativa se tejía a carcajadas desde la vereda hasta el club.
Nada nos faltaba. no bluetooth, ni GPS, ni estados en línea, bastaba caminar y hablar, eso era todo. Eso, y un latido compartido que sin saberlo edificaba una amistad de esas que duran toda una vida.
Hoy miro atrás y entiendo que la felicidad era eso, un botón negro en el centro de una tapa plástica, un buzón que nos escuchaba soñar, y nosotros, caminando despacio por la misma calle de siempre, diciendo tonterías que el tiempo convirtió en tesoros.
Tan simple. Tan enorme y tan feliz.

 Mi barrio, mi querido barrio, tenía perfume propio. Se vestía cada mañana con un aroma dulce y envolvente, a chocolate recién fundido, a café tostado que viajaba en susurros por el aire. Y ese hollín travieso, nacido de los granos prensados en la Nestlé, volaba descarado, posándose sobre la ropa limpia que colgaba orgullosa en los balcones y tendederos. Mi madre, como tantas otras madres, corría a descolgar las sábanas, los camisones blancos, las camisas del domingo, intentando salvarlas de esa mancha inevitable que, sin embargo, era también una caricia del barrio.
Pero no solo olía el barrio que sonaba y cómo sonaba en la Sedalana, allá por Estomba y Congreso, los telares entonaban su canto metálico, un ritmo constante, casi hipnótico, que tejía no solo la lana, sino también la trama de nuestras vidas. Era una sinfonía obrera que se mezclaba con el pregón de los vendedores ambulantes, con el rumor del tranvía tembloroso, con las risas cristalinas de los chicos que jugaban a la pelota descalzos en la vereda.
Y tenía música, música verdadera, porque en la RCA transitaban artistas de todas partes, llevando guitarras, partituras y sueños. Se escuchaban tangos, boleros, folklore, jazz, un abanico sonoro que se filtraba por las ventanas abiertas, regalándonos serenatas inesperadas. 
Cuántas historias de amor habrán nacido solo porque una canción se coló en el corazón distraído de una vecina que regaba sus malvones.
Pero el barrio también tiene y siempre tuvo el verde generoso de sus parques. Ese verde que brota en los plátanos que dan sombra a las plazas, en los bancos gastados por tantas charlas de amigos y enamorados, en el pasto mullido donde las familias extienden mantas para compartir un mate o un picnic improvisado. Es el verde que acaricia la vista y calma el alma, el que invita a quedarse un rato más, a sentir que todo sigue bien mientras existan árboles que se mecían igual que antes.
Este, mi barrio, era un universo de fábricas. Cada cuadra latía con la fuerza de un taller que daba trabajo y orgullo. La Adams, con sus chicles famosos que perfumaron la niñez; la Philips, con sus lámparas, tubos y electrodomésticos que iluminaron tantos hogares. Por las veredas pasaban obreros saludándose, comentando el precio del pan o el resultado del partido, mientras el barrio entero parecía un enorme reloj, latiendo en un mismo compás.
Hoy, las fábricas son solo un eco. Sus portones, sus chimeneas, quedaron mudos o desaparecieron, tragados por el tiempo y la codicia. Pero persiste el recuerdo, tan vivo, tan testarudo, que si cierro los ojos todavía puedo verlos: los hombres fumando en la puerta, arreglando el mundo a fuerza de palabras, mientras el aroma del café se mezclaba con la bruma del tren mixto en la estación Saavedra.
Qué romántico era todo sin que lo supiéramos, qué manera de quererse tenía el barrio, con sus manos manchadas de hollín, su música popular flotando en el aire y el verde de sus parques, prometiéndonos siempre un mañana.  A veces pienso que ese tiempo sigue intacto en algún rincón secreto, aguardando que volvamos a caminarlo, para regalarnos otro sorbo de ese pasado que, aunque se haya ido, todavía nos pertenece.

Desde el umbral de casa hasta la vereda, la cuadra se desplegaba como una gran familia, unida no solo por la cercanía física, sino por un sinfín de historias compartidas. Cada vecino era un personaje único en este pequeño universo, donde los días transcurrían entre saludos, anécdotas y el ir y venir cotidiano.
Al salir de casa, justo al lado, vivían Tilde y Oscar, un matrimonio inolvidable con quienes compartimos tantas cosas: desde cumpleaños bulliciosos hasta la línea telefónica que, en aquellos tiempos, se volvía un bien preciado.
Siguiendo hacia Tronador estaba la casa de Alfredo, que vivía con su madre, doña Elena, y su hermano Francis. Con el tiempo, Francis y Alfredo se casaron y así la familia fue creciendo, sumando nuevas caras y alegrías a la cuadra.
Al llegar a la esquina, se alzaba la casa de don Pedro y doña Irma, siempre acompañados por sus dos hijas. Cruzando la calle vivía don Arnaldo con su esposa, padres de Ana María, Zulema, Kin y el pequeño Arnaldo. A su lado, donde hoy vive Ana María con su propia familia, había una casa que solía alquilarse, por donde pasaron varias familias que dejaron sus recuerdos.
Junto a ellos, en la casa que hoy ocupa Gustavo con los suyos, vivía Lili con su esposo y sus hijos, Juan y Ester, siempre alegres y llenos de vida. Más adelante, por la misma vereda, se encuentra ahora el taller de Marcelo, pero en otros tiempos allí vivieron sus padres y antes sus abuelos, testigos silenciosos del paso del tiempo.
Frente a nuestra casa vivía doña María, quien alquilaba parte de su hogar. Luego la casa se remodeló y llegó una nueva familia. Al lado estaba el alemán, un pintor que con su esposa y su hija iban y venían cargando grandes latas de pintura y altas escaleras, siempre dejando rastros de color en la cuadra.
A continuación vivía don Manuel con su señora y sus hijos, Jorge y Jesús, que durante años fueron dueños de la concesión del bar sobre el andén de la estación Saavedra, allí en la calle Plaza. Un poco más adelante, hacia la misma plaza, vivía Piyoco con su madre y su familia. Luego se mudó don Ángel con su esposa y sus tres hijas, y al lado estaba Alejandro, siempre atento a todo, junto a su madre.
Al lado de Alejandro y su madre vivía Chencho con toda su familia, justo en la esquina del pasaje y Plaza del lado impar. Cruzando, ya estaba la esquina donde vivía Loño, un exjugador de fútbol de Chacarita, amante del Delta, quien tuvo la idea y el empeño de traer los álamos que hoy están plantados en el terreno del ferrocarril, rodeando el alambrado de la vía.Viniendo hacia Tronador, al lado de Loño vivía Portela con su esposa y sus hijas, un enfermero de hospital que además criaba perros de raza. Su casa era un chalecito de madera y chapa, envuelto en vegetación, casi como un pequeño bosque urbano. A su lado, acercándonos a mi casa, vivía Juan Blanco con su familia; hasta hace poco allí habitaba Raúl, su hijo, con su señora.
Después venía la casa de Yunque y Pibe, hijos de un alemán sobreviviente del gran naufragio del Admiral Graf Spee, que decidieron quedarse en Argentina tras aquella tragedia en alta mar. Y al lado, una casa que conoció a tres familias distintas a lo largo de los años, hasta que se estableció un matrimonio que convivió largo tiempo, hasta que no hace mucho el hombre quedó solo, tras la partida de su esposa.
Y finalmente, mi casa: donde crecí junto a mis padres y mi hermana,    construyendo capítulo a capítulo nuestra propia historia, entrelazada con las de todos nuestros vecinos, en esta cuadra que siempre fue mucho más que un simple lugar en el mapa: un auténtico hogar compartido.

lunes, 30 de junio de 2025

 Hoy quiero contarles algo que quizá les suene a fantasía, a esas historias que se inventan los viejos para dorar el pasado. Pero no, esto fue tan real como el sol que sale cada mañana.
Había una puerta en mi casa, una puerta inmensa, de madera trabajada con detalles de tablero trabajado. 
Tenía un buzón calado por donde asomaban cartas y diarios, como si la casa respirara noticias. 
Durante el día, esa puerta quedaba abierta de par en par, sujetada a la pared con un simple gancho de hierro doblado, y nada más. Nadie temía que entraran ladrones, porque por entonces todos sabíamos quién vivía en cada casa, y la calle era un poco el patio de todos.
Mi abuelo solía sentarse en la vereda, en una reposera de lona gastada, a ver pasar parte de la mañana y después de una siesta la tarde. 
Saludaba con la mano a los vecinos, se reía con alguno que pasaba en bicicleta, o simplemente se quedaba mirando el cielo, mientras fumaba en pipa. 
Mi abuela, en las noches de verano, sacaba el mate a la vereda y se juntaba a charlar con otras vecinas hasta después de la media noche, cuando la brisa empezaba a hacerse amiga.
No había rejas ni alarmas. Las cerraduras eran casi un adorno. Mi padre abría la puerta temprano, cuando nos íbamos al colegio o él al trabajo, y después de cenar la cerraba con llave, más por costumbre que por temor.
En la esquina, la misma  tenía un umbral donde nos pasábamos horas discutiendo sobre el partido del sábado o del domingo. Entre semana no había fútbol, así que aguardábamos ansiosos esos días para ver a Platense. Si tocaba la suerte de que jugara en primera, caminábamos contentos hasta Cramer y Manuela Pedraza a alentar al equipo del barrio, con el corazón latiendo fuerte.
Toda la tecnología de entonces era una radio portátil a pilas. Con ella escuchábamos el partido, las noticias, o aquel Modart en la noche, que susurraba canciones bajo la almohada. 
No había streaming ni redes. Para saber del mundo bastaba la radio, el diario que llegaba por el buzón, y las charlas en la vereda.
Hoy, vivimos detrás de rejas, con porteros eléctricos, cámaras y contraseñas. Y la vereda, esa extensión de la casa, quedó vacía, sin sillas ni risas después de la cena.
Quizá les cueste creerlo, pero hubo un tiempo donde la vida cabía entera en una puerta siempre abierta y en el rumor suave de los vecinos charlando a la fresca. Un tiempo donde la calle era nuestra, y el mundo, aunque más chico, parecía mucho más cercano.

domingo, 29 de junio de 2025


 Ese terreno baldío, acá en Coghlan, casi en el corazón de la cuadra entre Tamborini e Iberá, era mucho más que un pedazo de tierra sin construir; era nuestro reino secreto, el escenario de mil historias que tejíamos sin saberlo, con la inocencia intacta y los días interminables.
Tenía esa tierra negra, suelta, que nos manchaba las manos y las rodillas mientras jugábamos a la pelota, a la paleta o a la bolita. Y si uno se acostaba bocarriba, mirando el cielo, podía sentir que el mundo entero giraba alrededor de ese lugar. 
Porque ahí pasábamos las vacaciones escolares, cuando el calendario dejaba de importar y los días se medían solo por la luz del sol y el canto de los gorriones.
Era el territorio donde juntábamos ramas para la fogata de San Juan, o para cualquier excusa que encontráramos. Una tarde, con esa inconsciencia luminosa que solo tienen los chicos, decidimos encender el fuego ahí mismo, en el baldío, en vez de llevarlo a la esquina como hacíamos siempre. 
En cuestión de minutos estábamos rodeados de bomberos, con sus rostros serios y las mangueras escupiendo agua fría sobre nuestras ilusiones ardientes. Terminamos escuchando un sermón enorme, pero, aun así, guardamos esa aventura en la caja dorada de los recuerdos inolvidables.
A un costado del terreno vivía don Rogelio, un vecino que tenía más paciencia que un santo. Nos soportaba con todas nuestras travesuras, las carreras alocadas, los gritos y hasta algún pelotazo que, sin querer, iba a dar contra su pared. Y a su lado estaba Avelino, un AMIGO con mayúsculas, compañero y cómplice de cada fechoría, un hermano de juegos que entendía a la perfección el valor sagrado de ese baldío.
Enfrente vivían los tíos de mi vieja, mis tíos abuelos, que siempre nos espiaban de reojo desde la vereda, atentos a cualquier lío en el que pudiéramos meternos. Era su manera silenciosa de cuidarnos, sin interferir demasiado, dejándonos la libertad de ser dueños de nuestros días. 
Al fondo del terreno se alzaba una carpintería, con su olor a madera recién cortada y su dueño que vivía con el corazón en la boca, temiendo que un fuego mal apagado terminara en un desastre. Y a los lados, los alambrados de las casas vecinas que nosotros jamás hubiéramos cruzado, porque aunque éramos traviesos, había límites invisibles, códigos que se respetaban sin necesidad de palabras.
Pasábamos ahí horas y horas, a veces hasta que el sol se escondía y el cielo se pintaba de un azul profundo que anunciaba la hora de volver a casa. 
No teníamos celulares, ni tablets, ni redes sociales. Algunos ni teléfono fijo teníamos en nuestras casas, y cuando hacía falta llamábamos desde lo de un vecino que siempre estaba dispuesto a prestar el aparato. 
Era un tiempo donde los amigos se buscaban a los gritos desde la vereda, y la siesta imponía un silencio sagrado que hasta nosotros, con todo nuestro alboroto, aprendíamos a respetar.
Hoy pienso en ese terreno y me parece casi un pasaje fantástico, una metáfora de un futuro que no llegó. Porque los chicos de ahora con su mundo digital y sus pantallas brillantes, difícilmente puedan imaginar lo que era pasar las vacaciones escolares tiradaos panza arriba en un baldío, inventando aventuras que solo existían porque estábamos juntos, ya que el tiempo sobraba y porque la vida, sin que lo supiéramos, se escribía a cada paso sobre esa tierra negra que todavía, en mis recuerdos, guarda la huella de nuestros pies descalzos.


La esquina, el buzo y el largo umbral de la carnicería primero de don Roberto, luego con otro dueño, pero siempre ahí enfrente de la panadería de don Alejandro y doña Alcira, a metros de la librería de doña Amalia y don Elías, y muy cerca de las motos que don Pedro arreglaba y dejaba sobre la vereda cada noche, seguro de que nadie tocaría nada.
Enfrente de la librería estaba la peluquería de hombres del barrio, donde Miguel nos cortó el cabello durante años: a mí, a todos los muchachos que nos fuimos juntando en esa querida esquina, como antes lo había hecho con mi padre y mi tío.
Con los años llegó el quiosco de Daniel y su familia, y a no más de cincuenta metros, al lado de la escuela, estaba la fiambrería de Dora. Pero antiguamente, junto al quiosco y frente a la escuela, estuvo la primera fiambrería de doña Rosa, la abuela de Fiuli, quien paraba en la esquina con nosotros. Un hábil jugador de fútbol, ese que se practicaba en la misma esquina los sábados, los domingos, y por qué no, algún día de semana, entre figuritas, bolitas y rango.
El umbral de la carnicería los sábados se convertía en tribuna: los picados duraban horas, desde después de almorzar hasta el anochecer, salvo las veces que algún vecino llamaba a la policía y llegaba el patrullero, llenando el asiento trasero con cuatro o cinco directo a la seccional. Entonces corríamos o íbamos en bicicleta a llevarles los documentos para que los largaran. O pasaba que algún vecino agarraba la pelota que caía en su terraza o patio, y durante largos minutos se paraba el juego.
En esa esquina las discusiones de fútbol eran moneda corriente hasta altas horas de la noche, después de cada cena diaria, y hasta el amanecer de viernes y sábado. Luego venía el intercambio de experiencias con mujeres, la primera novia de muchos, las consultas sobre la primera relación sexual, y los consejos de los más grandes. Siempre observados a distancia por nuestros padres, que, como alguna vez lo hicieron ellos mismos, estaban tranquilos: sabían que sentados en el umbral intentábamos arreglar el mundo. Discutíamos y gritábamos, hasta que el grito de algún padre nos mandaba a dormir cuando éramos pequeños, y solo quedaban contemplando la única lamparita de neón que colgaba en el medio de la calle los mayores.
El olor a chocolate o café llegaba desde la fábrica de Nestlé y el sonido del tren, a menos de cien metros, nos acompañaba de tal manera que ya ni lo escuchábamos.
Porque en esa esquina parábamos nosotros, a cualquier hora, sin reloj, sin tiempo.
Pero hoy pasamos del buzón a la bicisendas, del umbral a una garita de seguridad, de la lamparita de neón que encendíamos nosotros mismos a unas luminarias de led computarizadas, pero ninguno está en la calle, vivimos todos encerrados.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...