lunes, 30 de junio de 2025

 Hoy quiero contarles algo que quizá les suene a fantasía, a esas historias que se inventan los viejos para dorar el pasado. Pero no, esto fue tan real como el sol que sale cada mañana.
Había una puerta en mi casa, una puerta inmensa, de madera trabajada con detalles de tablero trabajado. 
Tenía un buzón calado por donde asomaban cartas y diarios, como si la casa respirara noticias. 
Durante el día, esa puerta quedaba abierta de par en par, sujetada a la pared con un simple gancho de hierro doblado, y nada más. Nadie temía que entraran ladrones, porque por entonces todos sabíamos quién vivía en cada casa, y la calle era un poco el patio de todos.
Mi abuelo solía sentarse en la vereda, en una reposera de lona gastada, a ver pasar parte de la mañana y después de una siesta la tarde. 
Saludaba con la mano a los vecinos, se reía con alguno que pasaba en bicicleta, o simplemente se quedaba mirando el cielo, mientras fumaba en pipa. 
Mi abuela, en las noches de verano, sacaba el mate a la vereda y se juntaba a charlar con otras vecinas hasta después de la media noche, cuando la brisa empezaba a hacerse amiga.
No había rejas ni alarmas. Las cerraduras eran casi un adorno. Mi padre abría la puerta temprano, cuando nos íbamos al colegio o él al trabajo, y después de cenar la cerraba con llave, más por costumbre que por temor.
En la esquina, la misma  tenía un umbral donde nos pasábamos horas discutiendo sobre el partido del sábado o del domingo. Entre semana no había fútbol, así que aguardábamos ansiosos esos días para ver a Platense. Si tocaba la suerte de que jugara en primera, caminábamos contentos hasta Cramer y Manuela Pedraza a alentar al equipo del barrio, con el corazón latiendo fuerte.
Toda la tecnología de entonces era una radio portátil a pilas. Con ella escuchábamos el partido, las noticias, o aquel Modart en la noche, que susurraba canciones bajo la almohada. 
No había streaming ni redes. Para saber del mundo bastaba la radio, el diario que llegaba por el buzón, y las charlas en la vereda.
Hoy, vivimos detrás de rejas, con porteros eléctricos, cámaras y contraseñas. Y la vereda, esa extensión de la casa, quedó vacía, sin sillas ni risas después de la cena.
Quizá les cueste creerlo, pero hubo un tiempo donde la vida cabía entera en una puerta siempre abierta y en el rumor suave de los vecinos charlando a la fresca. Un tiempo donde la calle era nuestra, y el mundo, aunque más chico, parecía mucho más cercano.

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