jueves, 3 de julio de 2025

Tan simple y sencillo como levantar el tubo desde Saavedra y marcar el número de Mingo en Martínez. Bastaba un, que haces, a qué hora nos vemos. Para que el viernes a la noche ya estuviera escrito. No hacía falta mucho más. Un par de palabras, una hora, un lugar, y ahí estábamos listos para devorar la ciudad.
El plan arrancaba siempre igual, con esa mezcla de ansiedad y ganas de vivir. Primero, la cita estaba en algún punto estratégico, capaz en la esquina de la vieja avenida Del Tejar, donde los Picapiedras eran infaltables. Nos sentábamos ahí, pizza de por medio, mirábamos pasar la vida y hacíamos tiempo con historias medio inventadas, medio ciertas, siempre condimentadas con ese humor filoso y un toque de picardía porteña. Pero claro, si no había un par de cargadas, no éramos nosotros.
Después venían los cafés, esos que parecían eternos. Entre sorbos y anécdotas, planeábamos la próxima movida con la complicidad de quienes saben que lo importante no era a dónde ir, sino ir juntos.
Y cuando la noche ya estaba bien entrada, salíamos con la excusa de dar una vuelta que en realidad era todo un viaje.
Mingo, con su inolvidable multicarga Fiat 1500 , ese tanque con el que me enseñó a manejar por las calles de Talar, gritando, afloja, animal un poco cada vez que me zambullía en un cambio o después, con los infaltables Fiat 600 que parecían de juguete, pero nos llevaron a cada rincón de Buenos Aires.
Así nos íbamos hasta el acceso a Tigre, donde las picadas eran leyenda viva. Autos alineados, motores rugiendo, el olor a nafta quemada y a goma caliente. Y nosotros, con esa sonrisita cómplice, sabiendo que estábamos presenciando algo que mezclaba peligro y magia en partes iguales. O sino, poníamos proa a Pilar, donde el tránsito era casi inexistente y la posta estaba en ese carrito con los mejores choripanes del planeta. No importaba la hora, el hambre, ni el frío, un buen chori era sagrado.
Pero la vida no se reducía solo a autos y carreras. Estaban también las interminables charlas con Alberto y Rubén, esos amigos que son hermanos de otra sangre. Pegábamos la vuelta manzana, comentando el barrio, recordando viejas conquistas, o filosofando sobre la vida con una seriedad que duraba lo que tardaba en aparecer el primer chiste verde.
Esa imprenta de la vida la arrancamos bien de pibes. Con Mingo, desde que entramos a la secundaria, compartiendo bancos, y las primeras miradas cómplices cuando pasaba alguna chica linda. Y con Alberto y Rubén, desde mucho antes, cuando acompañábamos a mi viejo a visitar a Emilio, el padre de ellos. Mientras los grandes arreglaban el mundo, nosotros revolcábamos felices en el depósito, entre pilas de recortes de papel que para nosotros eran montañas mágicas.
Hoy, los años pasaron. Tenemos hijos, nietos, algunos con más canas que cabello y panzas que delatan cada asado que ser disfrutado sin culpa. Pero basta una llamada, la misma de siempre, con ese, que haces, para que volvamos a ser los de antes. Nos encontramos en algún café porteño, reeditamos las mismas historias con nuevos condimentos, y nos reímos hasta que nos duele la panza.
Pero así es la amistad verdadera, no importa cuántas vueltas dé la vida, ni cuántos calendarios arranquemos. Mientras haya una mesa, un café, y ganas de compartir la picardía de siempre, todo sigue igual. Y nosotros, aunque más viejos, estamos tan vivos como en aquellas noches de picadas, pizzas y choripanes.

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