domingo, 29 de junio de 2025


 Ese terreno baldío, acá en Coghlan, casi en el corazón de la cuadra entre Tamborini e Iberá, era mucho más que un pedazo de tierra sin construir; era nuestro reino secreto, el escenario de mil historias que tejíamos sin saberlo, con la inocencia intacta y los días interminables.
Tenía esa tierra negra, suelta, que nos manchaba las manos y las rodillas mientras jugábamos a la pelota, a la paleta o a la bolita. Y si uno se acostaba bocarriba, mirando el cielo, podía sentir que el mundo entero giraba alrededor de ese lugar. 
Porque ahí pasábamos las vacaciones escolares, cuando el calendario dejaba de importar y los días se medían solo por la luz del sol y el canto de los gorriones.
Era el territorio donde juntábamos ramas para la fogata de San Juan, o para cualquier excusa que encontráramos. Una tarde, con esa inconsciencia luminosa que solo tienen los chicos, decidimos encender el fuego ahí mismo, en el baldío, en vez de llevarlo a la esquina como hacíamos siempre. 
En cuestión de minutos estábamos rodeados de bomberos, con sus rostros serios y las mangueras escupiendo agua fría sobre nuestras ilusiones ardientes. Terminamos escuchando un sermón enorme, pero, aun así, guardamos esa aventura en la caja dorada de los recuerdos inolvidables.
A un costado del terreno vivía don Rogelio, un vecino que tenía más paciencia que un santo. Nos soportaba con todas nuestras travesuras, las carreras alocadas, los gritos y hasta algún pelotazo que, sin querer, iba a dar contra su pared. Y a su lado estaba Avelino, un AMIGO con mayúsculas, compañero y cómplice de cada fechoría, un hermano de juegos que entendía a la perfección el valor sagrado de ese baldío.
Enfrente vivían los tíos de mi vieja, mis tíos abuelos, que siempre nos espiaban de reojo desde la vereda, atentos a cualquier lío en el que pudiéramos meternos. Era su manera silenciosa de cuidarnos, sin interferir demasiado, dejándonos la libertad de ser dueños de nuestros días. 
Al fondo del terreno se alzaba una carpintería, con su olor a madera recién cortada y su dueño que vivía con el corazón en la boca, temiendo que un fuego mal apagado terminara en un desastre. Y a los lados, los alambrados de las casas vecinas que nosotros jamás hubiéramos cruzado, porque aunque éramos traviesos, había límites invisibles, códigos que se respetaban sin necesidad de palabras.
Pasábamos ahí horas y horas, a veces hasta que el sol se escondía y el cielo se pintaba de un azul profundo que anunciaba la hora de volver a casa. 
No teníamos celulares, ni tablets, ni redes sociales. Algunos ni teléfono fijo teníamos en nuestras casas, y cuando hacía falta llamábamos desde lo de un vecino que siempre estaba dispuesto a prestar el aparato. 
Era un tiempo donde los amigos se buscaban a los gritos desde la vereda, y la siesta imponía un silencio sagrado que hasta nosotros, con todo nuestro alboroto, aprendíamos a respetar.
Hoy pienso en ese terreno y me parece casi un pasaje fantástico, una metáfora de un futuro que no llegó. Porque los chicos de ahora con su mundo digital y sus pantallas brillantes, difícilmente puedan imaginar lo que era pasar las vacaciones escolares tiradaos panza arriba en un baldío, inventando aventuras que solo existían porque estábamos juntos, ya que el tiempo sobraba y porque la vida, sin que lo supiéramos, se escribía a cada paso sobre esa tierra negra que todavía, en mis recuerdos, guarda la huella de nuestros pies descalzos.


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