martes, 1 de julio de 2025

 Mi barrio, mi querido barrio, tenía perfume propio. Se vestía cada mañana con un aroma dulce y envolvente, a chocolate recién fundido, a café tostado que viajaba en susurros por el aire. Y ese hollín travieso, nacido de los granos prensados en la Nestlé, volaba descarado, posándose sobre la ropa limpia que colgaba orgullosa en los balcones y tendederos. Mi madre, como tantas otras madres, corría a descolgar las sábanas, los camisones blancos, las camisas del domingo, intentando salvarlas de esa mancha inevitable que, sin embargo, era también una caricia del barrio.
Pero no solo olía el barrio que sonaba y cómo sonaba en la Sedalana, allá por Estomba y Congreso, los telares entonaban su canto metálico, un ritmo constante, casi hipnótico, que tejía no solo la lana, sino también la trama de nuestras vidas. Era una sinfonía obrera que se mezclaba con el pregón de los vendedores ambulantes, con el rumor del tranvía tembloroso, con las risas cristalinas de los chicos que jugaban a la pelota descalzos en la vereda.
Y tenía música, música verdadera, porque en la RCA transitaban artistas de todas partes, llevando guitarras, partituras y sueños. Se escuchaban tangos, boleros, folklore, jazz, un abanico sonoro que se filtraba por las ventanas abiertas, regalándonos serenatas inesperadas. 
Cuántas historias de amor habrán nacido solo porque una canción se coló en el corazón distraído de una vecina que regaba sus malvones.
Pero el barrio también tiene y siempre tuvo el verde generoso de sus parques. Ese verde que brota en los plátanos que dan sombra a las plazas, en los bancos gastados por tantas charlas de amigos y enamorados, en el pasto mullido donde las familias extienden mantas para compartir un mate o un picnic improvisado. Es el verde que acaricia la vista y calma el alma, el que invita a quedarse un rato más, a sentir que todo sigue bien mientras existan árboles que se mecían igual que antes.
Este, mi barrio, era un universo de fábricas. Cada cuadra latía con la fuerza de un taller que daba trabajo y orgullo. La Adams, con sus chicles famosos que perfumaron la niñez; la Philips, con sus lámparas, tubos y electrodomésticos que iluminaron tantos hogares. Por las veredas pasaban obreros saludándose, comentando el precio del pan o el resultado del partido, mientras el barrio entero parecía un enorme reloj, latiendo en un mismo compás.
Hoy, las fábricas son solo un eco. Sus portones, sus chimeneas, quedaron mudos o desaparecieron, tragados por el tiempo y la codicia. Pero persiste el recuerdo, tan vivo, tan testarudo, que si cierro los ojos todavía puedo verlos: los hombres fumando en la puerta, arreglando el mundo a fuerza de palabras, mientras el aroma del café se mezclaba con la bruma del tren mixto en la estación Saavedra.
Qué romántico era todo sin que lo supiéramos, qué manera de quererse tenía el barrio, con sus manos manchadas de hollín, su música popular flotando en el aire y el verde de sus parques, prometiéndonos siempre un mañana.  A veces pienso que ese tiempo sigue intacto en algún rincón secreto, aguardando que volvamos a caminarlo, para regalarnos otro sorbo de ese pasado que, aunque se haya ido, todavía nos pertenece.

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