miércoles, 30 de abril de 2025

La tarde ardía sin pudor
sobre los caminos del Delta,
y nosotros,
tomados de la mano,
buscábamos sombra entre ciruelos cargados,
como si el deseo también diera fruta.
El calor pegaba en la piel
como una caricia lenta,
de esas que no piden permiso
y dejan marcas invisibles.
Probamos los frutos,
uno a uno,
jugosos, tibios,
como tu boca cuando la mía
se demora en el borde del suspiro.
A orillas del río,
el agua parecía quieta,
pero el cielo ya murmuraba en lo alto
y el viento olía a tormenta.
Vos reías,
con el jugo del ciruelo en los labios,
y yo no sabía si besarte
o esperar que el trueno nos diera el ritmo.
Las ramas nos tocaban la espalda
como cómplices del calor insoportable,
ese que abría los poros
y las ganas.
Y cuando el primer relámpago
cortó el horizonte,
nos quedamos quietos,
abrazados al borde del río,
sabiendo que la lluvia sería un alivio,
pero también otra forma
de desearte.


 Habíamos cruzado el río en la lancha,
hice el vaivén justo para que te apoyes en mí
como por accidente,
aunque ya sabíamos a dónde íbamos.
Tres Bocas nos recibió con su calma antigua,
esa que guarda historias de príncipes, de Perón,
y de un hotel perdido en el tiempo
que alguna vez fue promesa de tango y copas llenas.
Ahora hay vereditas, sauces que se inclinan,
y el murmullo suave del Santa Rosa naciendo
como una caricia nueva.
Caminamos sin apuro,
entre los senderos del barrio que huele a río y flores silvestres,
hasta que el zumbido leve de las abejas
nos anunció el paraíso dorado,
el colmenar de Marta,
la mujer que hizo de la miel su destino
y del amor por su tierra, una herencia viva.
Fe y Esperanza, decía el cartel con orgullo,
y vos, tan cerca, tan de mi lado,
probaste una cucharita de oro dulce
que te iluminó la boca
como si el sol te la hubiera besado.
Compramos un frasco para llevarnos a casa,
pero yo ya sabía que el verdadero regalo
era tu risa pegajosa,
tu mano tibia entre los ciruelos del recuerdo,
tu perfume mezclado con polen y verano.
El río crece, a veces desborda,
pero hay pasiones que ni la lluvia puede apagar.
Y así, entre colmenas, veredas flotantes
y un calor que todo lo abría,
nos amamos con los ojos,
sin decirlo,
sabiendo que la miel más verdadera
es la que se deja caer
de a poco, en la piel del alma.


Aquel mediodía de primavera
llegamos como se llega a los sueños, 
que alguna vez se dijeron en voz baja,
en lancha lenta, con el sol abriéndose paso entre los sauces
y el corazón apurado, como si ya supiera lo que venía.
La Real nos recibió con su aire antiguo
y una elegancia sencilla que parecía salida de otro tiempo.
Las paredes hablaban, se lo juro,
del murmullo de botellas,
del burbujeo de la sidra en la fábrica que allí nació
cuando todo esto era futuro.
Nos sentamos frente al río,
y entre nosotros se tendió una mesa tan íntima
como una promesa que no hace falta decir.
El mantel blanco, el aroma de la comida recién servida,
y tus ojos, que tenían un brillo más fuerte que el sol de mediodía.
Yo escuchaba tus palabras como si fueran música
que bajaba del monte o de algún sauce secreto.
Y vos reías con esa risa que siempre me desarma,
mientras un colibrí flotaba a la altura de nuestras ganas.
No sabíamos por qué, pero allí,
a pocos minutos del territorio
y a una eternidad de la ciudad,
el mundo parecía haber girado solo para nosotros.
Quizá el Delta tiene esas cosas,
rincones que se apartan del tiempo,
historias que brotan de la tierra mojada,
y lugares que, como vos, se sienten lejos
de todo lo que no importa.
Terminamos el almuerzo con un brindis,
no con sidra, pero sí con algo más valioso:
el sabor del momento compartido,
el temblor de la cercanía,
y la certeza suave de que cuando el amor florece
no hay Buenos Aires que quede cerca,
ni olvido que pueda alcanzarlo.

 

jueves, 24 de abril de 2025

 
La madera del muelle crujía bajo nuestros pies descalzos, resonando como un tambor lejano en la quietud de la noche estival. El aire, denso y cálido, parecía suspendido entre el canto de los grillos y el zumbido implacable de miles de mosquitos que, atraídos por la luz del farol, insistían en compartir nuestro juego.
Alberto, con la mano experta, cebaba mate tras mate, levantando la bombilla apenas iluminada para ofrecernos el primer sorbo. El amargo vapor se mezclaba con el aroma dulzón de la vegetación, envolviéndonos en un aroma de calma y complicidad.
Rubén, apoyado en la baranda, desplegaba las cartas con un gesto casi sobrador. Cada carta era excusa para una anécdota. Ven ese bote allá, decía señalando con la baraja. Es de doña Mercedes, la que vive en el fondo del arroyo. Ella me saludó esta tarde y me contó que su nieto volvió de la ciudad con un bebé de un mes.  Entre risas y comentarios oportunos, la historia de cada vecino desfilaba, el carpintero que reparaba los muelles, la pareja que inauguró la parrilla flotante, el pescador… Todos saludando desde sus embarcaderos, amables como viejos amigos, aunque apenas nos cruzáramos unas buenas al atardecer.
El truco avanzaba: ¡Truco!”, “—¡Retruco!”, “—¡Vale cuatro!”, gritábamos con el fervor de quienes saben que cada mano puede cambiar el destino de la apuesta. El mate se vaciaba y se cebaba de nuevo, mientras la baraja, húmeda de la brisa del río, se deslizaba entre los dedos como un tesoro prohibido.
Pasada la medianoche, sucedió lo inesperado: el último bote se alejó, los saludos se apagaron, y la orilla quedó desierta. El muelle quedó solo para nosotros, rodeado de sombras que crecían y decrecían con el movimiento de las hojas. El silencio fue tan intenso que dolía. un vacío sonoro que parecía engullir incluso el zumbido de los mosquitos. Solo persistían, en ese recinto suspendido, los ecos de nuestras voces exaltadas cada vez que una carta ganadora rompía la paz.
Y así, en ese punto, entre el murmullo del río y la noche sin testigos, sentimos la magia de estar vivos: el calor del verano, la presencia amiga de los compañeros, el conteo de la baraja, el canto de un truco eterno que, contra todo pronóstico, parecía nuestro único refugio. Cuando la última mano llegó a su fin, guardamos las cartas en silencio y nos quedamos unos instantes más, con el mate frío, dejando que el río y las estrellas se encargarán de acompañar el final de aquella noche inolvidable.

La noche había caído sin aviso, pero el calor persistía. Una luna llena altísima derramaba su luz plateada sobre el canal. Las sombras de los sauces se mecían, como si respiraran con nosotros.
Allí estábamos, solos, en el muelle de una cabaña perdida, con los pies colgando sobre el agua tibia, el mate ya tibio, y las palabras agotadas por tanto deseo contenido.
Ella me miró sin urgencia. Su mirada era un arroyo más, lento, inevitable.
Apoyó su cabeza en mi hombro y deslizó los dedos por mi brazo, como si tocara un instrumento.
Sabés qué quiero susurró. Que no exista mañana.
Yo no dije nada. Tomé su mano, la besé. Después dejé que fuera mi boca la que hablara, bajando por su cuello, entreabriendo sus suspiros como puertas hacia un mundo oculto.
Nos levantamos sin apuro. La llevé hasta la reposera de madera. Ella se sentó sobre mis piernas, sacó su remera de un tirón y me ofreció sus pechos como si fueran promesa y refugio.
El calor de su piel me ardió en las manos.
Los cuerpos hablaron sin lenguaje, mientras el Delta nos rodeaba con el canto lejano de los bichos, el crujido de la madera, y ese perfume salvaje a agua, vegetación y sudor.
Mis dedos la buscaron como quien conoce de memoria el mapa de un tesoro. Ella me guio hacia su centro, temblando con cada roce.
Nos fundimos como dos ríos, hasta que no supimos quién era quién.
El orgasmo fue lento, hondo, como si el tiempo mismo se hubiese rendido ante nosotros.
Después vino el silencio, ese silencio sagrado del Delta, solamente roto por su respiración agitada y mi mano que le acariciaba la espalda.
Quédate, dijo ella, apenas un murmullo. Quédate para siempre.
La miré. No había promesa más fácil de cumplir.

A orillas del agua dormida,
la pista de remo se extendía
como un espejo largo y callado,
un susurro tendido entre sauces
y luminarias de luz blanca.
La luna, esa reina sin voz,
colgaba altísima y plena,
mirándonos con su cara redonda
como quien escucha sin preguntar.
Estábamos ahí, vos y yo,
cómodos, tranquilos,
con un mate caliente que pasaba de mano en mano
como un secreto manso,
como una promesa sin urgencia.
Tus ojos brillaban más que el río,
y cada palabra tuya era un remanso.
Me hablabas de la infancia,
de los libros que te marcaron,
de los sueños que no contaste.
Y yo te miraba,
como se mira el fuego
sin apuro, con asombro, con ternura.
El silencio también hablaba,
entre mate y mate,
entre palabra y palabra.
Un silencio lleno de cosas buenas:
de paz, de conexión,
de ese saber que el amor cuando es real
no necesita gritarse.
A lo lejos, una estrella fugaz cortaba el noche
con la lentitud de quien no tiene prisa.
Y pensé, así somos nosotros esta noche.
Sin prisa, sin apuro,
dejándonos llevar por la corriente del momento,
como si el tiempo se hubiera dormido en la orilla.
Tu risa,tus pausas,
la forma en que acomodabas el pelo tras la oreja
cuando el viento lo traía al rostro,
todo era poesía.
El mate se acababa, pero la noche no.
Seguía ahí, abrazándonos con su frescura,
dibujando sombras largas
mientras la luna crecía sobre los techos del Tigre.
Yo no dije nada,
pero lo supe en ese instante:
podría quedarme así con vos,
todas las lunas llenas que vinieran,
a la orilla de cualquier pista,
con un mate,una manta,
y esa forma tuya de hacer que todo pese menos.
Y si alguna vez me preguntan
cuándo empezó esto,
les voy a decir que fue esa noche,
a la vera del agua mansa,
cuando la luna nos regaló
una tregua del mundo
y vos sonreíste con el alma entera.

miércoles, 23 de abril de 2025

El primer rayo no llegó de golpe,
vino colándose despacio por entre las ramas,
pintando el agua de un dorado tímido.
El río, como nosotros, aún no se decidía a despertar del todo.
Y en esa bruma baja, como un velo que se resiste a caer,
te miré, no decías nada, pero sonreías
como si el sol supiera que primero tenía que tocar tu cara
antes de iluminar el resto del mundo.
El mate ya estaba frío.
La radio se había rendido al silencio.
Y yo… Yo tenía un nudo en la garganta
y un anillo invisible ardiendo en el bolsillo del alma.
Y si nos quedamos, te dije sin mirarte del todo.
Acá. En la isla.
Con un galpón hecho casa,
una huerta desprolija,
y un perro viejo que elija vivir con nosotros.
Te reíste, pero no con burla.
Con esa risa que se escapa cuando el corazón se sorprende
porque algo muy adentro ya lo había soñado.
Y de qué vamos a vivir, preguntaste, probándome.
De vos dije, y lo sentí cierto.
Y de los días así.
Del río, del pan hecho en horno de barro.
De escribirte poemas en las tablas de la galería.
El sol ya se asomaba entero
y el agua se volvió espejo.
Te acercaste, apoyaste la cabeza en mi hombro,
y dijiste, bajito_Acepto.
No dijiste más.
Pero en ese acepto estaba todo,
el sí, al río,
el sí, al silencio,
el sí, a una vida de barro en los pies
y besos lentos al costado del muelle.
Y en ese instante,
el Delta fue testigo de un amor que decidió quedarse
para siempre a la orilla del Carapachay.

 No sabés cuánto te esperaba.
Sí, a vos… que estás leyendo ahora.
A vos que abriste este libro 
como quien abre una ventana en la siesta,
dejando que entre la brisa sin preguntar de dónde viene.
No lo planeé. No tenía trama.
Sólo palabras que flotaban como camalotes,
pedacitos de isla sueltos en un río de tinta.
Y sin embargo, acá estamos,
vos leyendo,
yo… siendo leído.
Te imaginé muchas veces,
pero nunca acerté.
Porque sos más que una idea:
sos quien le da sentido a esta magia.
Porque yo escribí una lluvia,
y vos escuchaste la que te mojó en tu infancia.
Dibujé una orilla,
y vos recordaste ese muelle donde ella dijo adiós.
Puse un mate,
y vos lo cebaste en silencio,
como si estuviéramos juntos bajo el alero de madera,
viendo caer la noche.
Y así, sin vernos,
sin conocernos,
nos fuimos encontrando.
Yo puse palabras.
Vos, los latidos.
Y entonces entendí:
no soy autor de este libro.
Apenas fui el primero en llegar.
El verdadero creador sos vos,
que cada vez que pasás una página
le das vida a este mundo inesperado,
que ni yo sabía que existía.
Gracias por eso.
Por leerme como quien mira al río:
con calma, con respeto,
y con la esperanza secreta
de encontrarse en la corriente
un reflejo propio.

martes, 22 de abril de 2025

El sol bajaba lento sobre el Paraná de las Palmas, pintando el agua de naranja y cobre. Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro, en silencio. La corriente nos llevaba sin apuro, como si el río mismo quisiera que estuviéramos juntos un poco más. Cada tanto, el viento jugaba con su pelo y me rozaba la mejilla. Era imposible no enamorarse así.
Sabías que este río está vivo, le dije, con la voz apenas más alta que un susurro.
Y cómo late —preguntó, sin moverse.
Late en cada ola, en cada crujido de las ramas, en los remolinos que se arman sin motivo. Como vos agregué, girando apenas la cabeza para mirarla. Que llegaste como una corriente inesperada y me cambiaste el cauce.
Ella sonrió. Pero no de esas sonrisas fugaces. Sonrió como si lo que le había dicho fuera el remanso donde quería quedarse a vivir.
Nos detuvimos a la vera de una isla, justo donde un sauce se inclinaba al agua como si también quisiera besarse con el río. Amarramos la lancha y nos sentamos en la orilla. Ella sacó de su bolso una botella de vino blanco, frío todavía, y un par de vasos plásticos que tintinearon al chocar.
Brindemos dijo.
¿Por qué?
Por nosotros. Por este lugar. Por lo que sea que está naciendo.
Bebimos. No hablamos mucho más. Caminamos por la orilla descalzos, entre juncos y raíces. La llevé de la mano por un sendero que apenas se abría entre los árboles. La humedad del aire, el canto de las aves al atardecer, el murmullo de las hojas… todo parecía cómplice.
Y ahí, entre troncos viejos y reflejos de luna creciente, nos besamos de nuevo. Pero esta vez fue distinto. Fue más lento, más profundo. Como si el Delta nos hubiera elegido para contarnos un secreto, para darnos su bendición.
Nos abrazamos largo rato. Sentí su respiración en mi cuello, sus dedos recorriéndome el alma. No había necesidad de decir nada. En ese instante, ella y yo éramos parte del paisaje. Éramos isla, agua, raíz. Éramos todo lo que el mundo dejaba de lado cuando se apaga el ruido.
La noche cayó. Subimos de nuevo a la lancha y navegamos despacio, guiados por la luna. Ella se quedó dormida con la cabeza en mi regazo. Yo la miré, sintiéndome el hombre más afortunado del mundo.
Ahí, donde el Canal Arias se encuentra con el Paraná de las Palmas, en el corazón del Delta, supe que el amor, el de verdad,  no se busca. Te encuentra, como ella, como ese beso, como esa noche eterna en que el río, por fin, nos abrazó.
La tarde caía despacio sobre el Delta, como una caricia tibia, mientras la proa cortaba el canal con esa elegancia que solamente tienen los días sin apuro. Ella iba sentada adelante, con el viento jugando en su pelo suelto, y los ojos encendidos por la luz dorada del sol.
¿Sabes que este canal no siempre estuvo acá? Le dije, mientras me acomodaba cerca del timón. Lo abrieron a mano, hace más de un siglo, para unir el río Luján con el Paraná de las Palmas.
Ella giró apenas, me miró con una sonrisa entre curiosa y divertida.
¿A mano? ¿Todo esto?
A pico y pala asentí. Lo trazaron a través de las islas, buscando una línea recta que rompiera el laberinto del Delta. Una obra de ingeniería increíble. Casi diez kilómetros. Tres metros de profundidad. Setenta y cinco de ancho.
¿Y por qué lo hicieron?
Para unir. Como tantas cosas que se hacen por necesidad… o por amor.
El silencio se quedó flotando unos segundos. El canal seguía su curso recto, con leves codos al principio y al final, como si quisiera despistar a los que se creen que todo camino es siempre recto. Ella se acercó y apoyó una mano sobre mi brazo.
Me gusta que me cuentes estas cosas. Hacen que el lugar respire distinto.
Fue bautizado en honor a José Inocencio Arias, gobernador de Buenos Aires a principios del siglo XX. Pero el canal… el canal es de todos. Lo cruzan los isleños, los pescadores, los enamorados...
Como nosotros. La miré. El sol, ya en retirada, le marcaba los pómulos con fuego leve. Y entonces sí, me animé. Bajé la velocidad del motor, dejé que la lancha se deslizara apenas, como un susurro, y la tomé de la cintura. Nos besamos ahí, en el centro de esa línea de agua cavada con esfuerzo y visión, rodeados de verdes espesos y un cielo que parecía hecho para nosotros.
En ese momento entendí que hay canales que no solamente conectan ríos. Algunos, como el Arias, también enlazan historias. Porque desde ese paseo con ella, cada vez que navego esas aguas, siento que algo me une a esa tarde. A su risa, a su voz, al modo en que el Delta, de pronto, pareció dibujar un puente entre dos almas.

lunes, 21 de abril de 2025

 El paseo Victorica guarda una historia que pocos cuentan mientras caminan a la orilla del río. Las luces tenues, las mesas repletas de risas, los aromas que escapan de las parrillas, todo invita a pensar que siempre fue así: calmo, encantador, lleno de vida. Pero bajo esas baldosas late la memoria de un país que se expandía a sangre y fuego, y que en algún rincón del tiempo decidió homenajear a uno de sus generales dándole nombre a esta calle.
A ella le conté eso mientras caminábamos tomados de la mano, descalzos casi, entre los bancos y los sauces, en una de esas noches tibias de enero en que el río parece quedarse despierto. Escuchaba en silencio, con esa forma suya de mirar el mundo como si pudiera desarmarlo con los ojos.
Y vos venís seguido por acá? me preguntó cuando nos detuvimos a ver un bote pasar, lento, deslizándose como un suspiro sobre el agua.
Antes sí. Ahora más, desde que venís conmigo.
Sonrió, y en ese gesto se encendió todo lo que la historia no cuenta: lo que se vive, lo que se toca, lo que se guarda.
Nos sentamos en un murito, frente al club de remo, mientras los faroles pintaban su cara de luz dorada. Me contó que de chica venía con sus padres a comer helado, que siempre se quedaban hasta tarde, escuchando el agua y los grillos. Yo le hablé de los veranos con amigos, de algún beso fugaz, de las carreras en bici bajo el mismo cielo.
Pero esa noche fue distinta. No por lo que dijimos, sino por lo que callamos. Por la forma en que el río nos envolvía, por el calor que se filtraba entre nuestros dedos, por el perfume de su piel mezclado con el de la madreselva.
En un momento, sin buscarlo, me apoyé sobre su hombro. Ella giró apenas el rostro. No hizo falta más que eso.
El beso fue suave, como el aire del Luján cuando no sopla. Y después vino el abrazo, la risa floja, el prometer volver, como si necesitáramos excusas para seguir encontrándonos.
Dicen que el amor es memoria. Y quizás tengan razón. Porque cada vez que paso por el Paseo Victorica y escucho el río, me acuerdo de ella. De su voz, de su risa, de sus labios en verano. pero es un gusto saber que sentada a mi lado disfruta del paisaje como yo.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...