martes, 9 de septiembre de 2025

 La toca en el cabello, también llamada tubi o vuelta, era más que una técnica para alisar el pelo sin calor, era casi un ritual. 
Las abuelas de hoy, que en ese entonces eran muy jóvenes y llenas de sueños, se hacían la toca con paciencia infinita, enrollaban el cabello húmedo alrededor de la cabeza, sujetándolo con pinzas o una red, hasta formar un círculo perfecto. 
Así, al día siguiente, se soltaban la melena lacia, brillante, como si hubiesen pasado por una peluquería, pero sin gastar un centavo.
Nosotros, adolescentes de esos años, sabíamos que la toca era un signo de cuidado, de coquetería y también de espera, esperar que se secara, esperar que quedara bien. 
La vida parecía estar hecha de esas esperas, el sábado a la tarde, cuando nos juntábamos a caminar por la avenida Cabildo, mirando vidrieras como si fueran escaparates de un futuro posible; o más tarde, a eso de las diez de la noche, cuando salíamos rumbo a los bailes de división, organizados para juntar dinero con vistas al viaje a Bariloche.
Bariloche, ese viaje soñado que era, al mismo tiempo, un destino y una promesa, cada baile, cada rifa, cada pequeño sacrificio económico tenía sentido porque, al final del camino, nos esperaba esa aventura compartida que quedaría grabada como una postal imborrable.
Hoy, cuando uno mira hacia atrás, esas escenas se revisten de una ternura especial, porque no eran solo caminatas, bailes o tocas en el pelo, eran gestos cotidianos que iban tejiendo una identidad común, un modo de crecer en compañía, de hacerse adultos entre risas, música y pequeñas complicidades.
Las abuelas de hoy, que entonces eran muchachas de mirada traviesa, siguen recordando cómo se preparaban con esmero para la salida del sábado. el pelo alisado con la toca, un vestido sencillo pero cuidado, los zapatos lustrados.
Los varones, a su manera, también se arreglaban. una camisa planchada, un poco de perfume barato, y el corazón latiendo fuerte por si había ocasión de bailar con esa chica que los desvelaba.
Los bailes no eran solo entretenimiento, eran, sobre todo, excusas para encontrarse, para mirarse a los ojos, para cruzar palabras que en otro contexto no nos animábamos a decir. 
Había en esas noches una ilusión colectiva, cada pareja que se formaba, cada grupo de amigos que se armaba alrededor de una mesa, era una pieza más de esa juventud compartida que hoy, décadas después, recordamos con una mezcla de alegría y nostalgia.
Y es que el tiempo pasó, los cabellos alisados por la toca ahora son canas que asoman con dignidad, los que corríamos de un lado a otro, hoy caminamos más despacio, acompañados de nietos curiosos que nos preguntan cómo era todo en nuestra época. Y nosotros les contamos, a veces con orgullo, a veces con un dejo de melancolía, que antes no existían los celulares, que para vernos había que encontrarse en persona, que las conversaciones se daban cara a cara, mirando a los ojos, y que en esa mirada estaba la verdad del momento.
Hoy, los amigos de entonces no se llaman por teléfono tantas veces como quisiéramos, pero cuando nos encontramos, aunque pasen meses o años, el tiempo se encoge, basta una mirada, un chiste compartido, una anécdota repetida mil veces para sentir que seguimos siendo aquellos jóvenes que caminaban por Cabildo o que bailaban hasta la madrugada para juntar plata para Bariloche.
Son postales de otra época, sí, pero siguen vivas, no como recuerdos lejanos, sino como parte de lo que somos. Porque aquellas tardes, aquellas noches y aquellos viajes fueron más que momentos felices, fueron la trama que nos unió y que hoy, como abuelos y abuelas, sigue vibrando en cada risa, en cada abrazo, en cada memoria que compartimos con quienes vinieron después.


viernes, 5 de septiembre de 2025

 Entre el río Carapachay y el Caraguatá se escondía uno de los secretos más preciados de nuestros sábados, un corredor natural, un pasillo angosto y exuberante que parecía inventado por la selva. La excursión de la linda caminata, era más que un simple trayecto, un rito, una travesía que repetíamos una y otra vez como quien regresa a un lugar sagrado.
Aquel pasillo estaba formado por la espesura de la vegetación, los sauces llorones inclinaban sus ramas hasta casi rozarnos la cabeza, los juncos crecían como muros desordenados y las enredaderas se colgaban de árbol en árbol, formando arcos improvisados que parecían portales hacia un mundo oculto, por el medio, serpenteaba un arroyo pequeño, una zanja, decíamos en broma, pero que a nuestros ojos tenía la solemnidad de un río místico.
Ese arroyo era como un hilo conductor que nos llevaba, paso a paso, desde el Carapachay hasta el Caraguatá, atravesando un terreno que parecía inventado para el asombro.
Íbamos como podíamos, algunos en zapatillas viejas y húmedas, otros descalzos, desafiando las espinas y el barro, el vestuario variaba según el clima y el humor, shorts en verano, camperas y hasta bufandas en los días más fríos, no importaba demasiado la incomodidad, lo esencial era estar ahí, caminar juntos, reírnos y sentirnos dueños de una aventura que parecía infinita.
Conversábamos de todo y de nada, a veces sobre chicas, otras sobre música, política o sueños que nunca se cumplían, muchas veces simplemente nos gastábamos chanzas, como si el tiempo fuera eterno y no hubiera nada más serio que hacernos reír. Alguien sacaba un cigarrillo, otro improvisaba una historia fantástica y todos la seguíamos como si fuese cierta, el humo se mezclaba con el olor húmedo del monte, y en ese aire espeso quedaban suspendidas nuestras voces jóvenes.
La caminata tenía algo de libro de aventuras, yo solía pensar en Robinson Crusoe o en La isla del tesoro. El Delta, con su vegetación cerrada y sus sonidos misteriosos, nos envolvía como un escenario preparado para nosotros: el croar de las ranas al caer la tarde, el zumbido constante de los mosquitos, los pájaros que se cruzaban de rama en rama como centinelas invisibles, todo parecía formar parte de un cuento que, sin embargo, era real.
El grupo variaba, siempre estábamos con Alberto y Rubén, infaltables compañeros de andanzas, a veces se sumaba algún otro amigo, atraído por las historias que contábamos después. Cruzar aquel pasadizo era como pasar una prueba: había barro hasta los tobillos, ramas que se enredaban en la ropa, algún susto cuando un bicho se nos cruzaba de golpe. Pero lo hacíamos con la convicción de que, del otro lado, nos esperaba el premio, la libertad de sentir que éramos exploradores en un mundo secreto.
El punto de encuentro, casi siempre, era la famosa casa el Pájaro Loco. Esa casa, mezcla de refugio y leyenda, era la base desde donde partíamos hacia el corazón del Delta. 
Entrar y salir de allí era como firmar un pacto tácito lo que sucedía en esas travesías quedaba guardado entre nosotros y la selva.
Hoy, con el paso de los años, miro hacia atrás y recuerdo todo aquello con un sabor agridulce, la nostalgia me invade como un río lento, por un lado, la alegría inmensa de haber vivido esas aventuras, y por otro, cierta inquietud. 
Pienso en los riesgos que corrimos, en las locuras que hicimos sin medir consecuencias, algunas me provocan un estremecimiento, como si recién ahora, a la distancia, entendiera que nos la jugábamos más de la cuenta, a veces hasta me da vergüenza recordarlas, pero es una vergüenza tibia, mezclada con satisfacción.
Porque lo cierto es que lo hicimos, lo vivimos. 
En su momento, cuando debíamos hacerlo, sin pedir permiso y sin esperar a que llegara un tiempo más seguro. Y hoy, al recordarlo, siento que aquellas caminatas eran mucho más que un pasatiempo de juventud, eran una manera de afirmarnos, de gritarle al mundo que estábamos vivos, que teníamos derecho a equivocarnos y a soñar.
Entre el Carapachay y el Caraguatá quedó guardada una parte de nosotros, en ese pasillo selvático, en ese arroyo que parecía insignificante y en esa casa del Pájaro Loco, todavía respira un pedazo de nuestra juventud y cuando cierro los ojos, puedo vernos otra vez, descalzos, embarrados, riendo a carcajadas, cruzando ese corredor como si fuese la entrada a un mundo mágico que, de algún modo, sigue existiendo en mi memoria.




 Un mundo de umbrales y esquinas iluminadas con pequeñas lamparitas. Durante el día, esas mismas esquinas eran los locales del barrio que nos abastecían: la frutería y la verdulería, la carnicería, la panadería, la librería, la mercería, el quiosco y la fiambrería. 
Todo rodeaba unas manzanas donde, cuadra a cuadra, nos cruzábamos con las vecinas que por las mañanas salían a hacer las compras antes del almuerzo, después de que sus maridos se iban al trabajo y los hijos a la escuela.
Las veredas eran, más que de cemento, confesionarios de historias. Historias de hijos e hijas, de suegras y maridos, que hoy darían para más de una miniserie. 
Pero como todo en la vida, aquel mundo también se fue terminando, apagándose de a poco. La modernidad trajo primero los supermercados y, un día, la maravillosa Internet. Y con ella, el silencio.
Nadie volvió a encontrarse en las calles. Las compras comenzaron a hacerse en línea, los chicos cambiaron la pelota por el celular, y la violencia junto con los robos se adueñaron del barrio. Los locales bajaron las persianas y las dejaron cerradas para siempre. Los perros ya no entran ni salen a su antojo: tienen paseador. Los amigos dejaron de esperar en la esquina, junto al buzón; ahora mandan un WhatsApp con un chiste rápido. El barrio perdió el barrilete y se llenó de autos. Por las veredas solo circulan hojas secas, si hay viento.
Hoy, la inteligencia artificial parece ser la nueva maravilla, capaz de perfumar, en cualquier momento, con ese olor a barrio que tanto extrañamos. Y entre lágrimas nos sentamos a recordar lo felices que fuimos jugando a la rayuela en medio de la calle, cuando la modernidad todavía cabía en el almacén de la esquina, donde estaba el único teléfono del vecindario.

jueves, 4 de septiembre de 2025

 De vez en cuando se producía la magia de poder hacerlo, y allá íbamos. 
El bondi negro y rojo  que fue primero el 405 y después el 156,  nos dejaba en la estación Núñez, y desde allí el tren Mitre a Tigre. Desde ese instante ya todo era fiesta, porque sabíamos que lo que venía era distinto, especial, inolvidable.
En Tigre nos esperaba la lancha colectiva, cuarenta minutos navegando, mirando el río, abrirse y cerrarse entre las islas, hasta que sobre el Carapachay aparecía El Pájaro Loco. 
Esa casa con un nombre tan particular, tan simpático, que ya anunciaba lo que allí se vivía, alegría, amistad y un mundo propio. Apenas bajábamos de la lancha, comenzaba la magia de un fin de semana diferente.
La rutina era simple y hermosa, cañas de pescar listas, líneas que cruzaban el río, el sonido de una radio con casetes en el muelle, y amigos dispuestos a compartir todo. 
Y así empezaban esas conversaciones interminables que nos encontraban sentados hasta altas horas de la madrugada. Hablábamos de la vida, de sueños, de cosas serias y de pavadas, siempre con el río al lado, como un testigo silencioso.
Algunas noches eran frías, otras sofocantes; a veces los mosquitos nos volvían locos, otras veces el viento fresco nos obligaba a abrigarnos, pero nada importaba, porque lo esencial estaba ahí, la amistad, la música, el asado chisporroteando, las cañas esperando el pique y la luna caminando sobre el agua. 
Esa luna que parecía acercarse un poco más al Pájaro Loco y que nos regalaba escenas que todavía hoy puedo ver con solo cerrar los ojos.
En ese lugar se construyeron recuerdos que no se borran, cada viaje fue distinto, pero todos fueron parte de una misma historia, la de un grupo de amigos que encontró en una casa del Delta mucho más que un espacio de descanso. 
Encontramos un refugio, una manera de ser felices.
Hoy, cada vez que navego el Carapachay y paso frente al Pájaro Loco, no puedo evitar mirarlo y en esa mirada se mezclan la nostalgia, la alegría y la certeza de que esos momentos quedaron grabados para siempre. Porque no era solo una casa, era un pedazo de vida, un capítulo hermoso de nuestra historia, un lugar donde la amistad se volvía eterna.
El Pájaro Loco no era solo una casa en el Delta, era un corazón latiendo entre los árboles y el río. Pero también era Alberto y Rubén, que con generosidad infinita nos invitaban, nos recibían y compartían con nosotros ese refugio, y era también la anuencia del padre, Emilio, que con su confianza nos abría la puerta a algo mucho más grande que una casa, nos abría la puerta a su amistad.
Allí aprendimos que la felicidad se mide en charlas interminables, en una caña apoyada en el muelle, en una luna que se refleja sobre el agua y en el calor humano que hace de cualquier lugar un hogar.
Hoy, cada vez que paso por el Carapachay y miro el Pájaro Loco, siento que todavía nos espera. 
Porque más allá de las paredes y el río, lo que permanece es el recuerdo de quienes nos recibieron con el corazón abierto, y la certeza de que la amistad verdadera nunca se apaga, simplemente queda grabada para siempre en el alma.




martes, 2 de septiembre de 2025

 Cuando comencé a subir la escalera, el perfume inundó mi olfato. No fue necesario verla todavía; en décimas de segundo supe que me esperaba, y no me esperaba de cualquier manera, me aguardaba con esa ansiedad que late en el cuerpo antes de un encuentro que se sabe inevitable.
La reconocí en cada detalle, ese andar que habla sin palabras, ese modo en que deja rendida la ropa sobre el piso, como si cada prenda caída fuera un anticipo, un signo secreto de lo que vendrá, había en el aire una tensión cálida, un lenguaje invisible que anunciaba la intensidad de la noche.
El viejo reloj de péndulo del pasillo marcaba las veintidós. Teníamos, entonces, largas horas para perdernos el uno en el otro, hasta que la primera claridad se filtrara por el ventiluz del escritorio. Y allí, cuando el sol del nuevo día nos descubriera exhaustos y desnudos, ella se vestiría con calma, encendería la hornalla, llenaría la pava y, entre mates y silencios sonrientes, sellaríamos otra noche de entrega con un abrazo prolongado.
Pero todo eso era todavía promesa, lo cierto era que me esperaba. La encontré detrás de la puerta, más que insinuante, su  mirada, fija, no pedía permiso, ordenaba. 
Me acerqué, la descubrí lentamente, y el roce de mi mano sobre su piel tibia encendió un estremecimiento que recorrió ambos cuerpos sus labios buscaron los míos con una urgencia delicada, una mezcla de hambre y ternura y el beso fue creciendo, abriéndose paso hacia lo inevitable, los cuerpos encontrándose, fundiéndose.
Ella me guió con una paciencia ardiente, como si quisiera enseñarme cada rincón de sí misma, la suavidad de su cuello, el pulso acelerado en su pecho, la respiración cortada que se hacía jadeo cuando mis labios bajaban por su vientre, su piel era un mapa húmedo que se dejaba recorrer sin apuro, y cada caricia era un territorio conquistado a la noche.
El reloj seguía marcando el tiempo, pero para nosotros no corría. Todo era presente, intensidad, deseo que crecía y se desbordaba. Nuestros movimientos eran primero torpes, urgentes, y luego cada vez más acompasados, como si la pasión hubiera encontrado un ritmo secreto que solo nosotros dos podíamos escuchar.
Nos hicimos uno, entre suspiros, gemidos apagados contra la almohada, y manos que se aferraban buscando no soltar, fuimos atravesando las horas, una y otra vez, en distintas formas, con distintos gestos, pero siempre con esa misma sensación de descubrimiento, la de estar viviendo la única noche posible, aunque supiéramos que habría muchas más.
Cuando la luz del día se filtró por el ventiluz, ella se incorporó con calma. Se vistió despacio, como quien sabe que aún está siendo mirada y deseada, puso la pava sobre el fuego, y el silbido del agua hirviendo nos trajo de regreso al mundo. Tomamos mate entre risas, agotados, pero plenos, y al final, antes de que el cansancio nos venciera, nos abrazamos fuerte, como quien agradece sin palabras la intensidad de lo vivido.
Desde entonces, cada vez que el reloj marca las diez y el perfume vuelve a inundar la escalera, sé que me espera y que la noche, otra vez, será nuestra.

domingo, 31 de agosto de 2025

 La tormenta había terminado casi con un suspiro, con la última gota de lluvia resbalando por la tela, ella cerró el paraguas antes de cruzar la avenida. El semáforo le daba paso, y al fondo, en medio del caos de autos y colectivos, un rayo de sol tibio rompía la tarde anunciando su despedida.
Él también cruzaba y entre el tumulto de cuerpos y pasos apurados,  se miraron. Fue un instante breve, pero tan intenso que ninguno de los dos pudo seguir caminando igual, ella aceleró hasta la vereda, él dudó, pero al segundo volvió sobre sus pasos para seguirla.
Cuando ella puso los dos pies sobre la acera, giró la cabeza, quería comprobar si lo había imaginado, si aquel hombre se había perdido en la multitud, pero estaba allí, a su lado, demasiado cerca como para fingir casualidad. 
Sin decir palabra, le tomó la mano, ella no se resistió y caminaron juntos, como si los uniera un acuerdo antiguo, secreto.
Avanzaron por la avenida iluminada de ocaso, minutos después, bajo un cartel de cine ya desgastado por el tiempo, se detuvieron. Él la miró fijo, como si buscara permiso en su respiración agitada, y se inclinó. 
El beso fue torpe primero, urgente después, hasta que ambos se reconocieron en esa mezcla de labios húmedos y ternura contenida.
La ciudad desapareció, la gente, el ruido, el tránsito, todo quedó lejos, solo quedaron ellos dos, enredados en un deseo súbito que los arrastró hasta una esquina olvidada, donde las persianas bajas y los portales cerrados les ofrecieron refugio. 
Allí, entre sombras húmedas, él apoyó su espalda contra la pared y la atrajo hacia sí, ella dejó caer el paraguas, y con manos temblorosas buscó su cuello, su pecho, su cintura.
Él deslizó los dedos por su cabello mojado, bajando luego por la curva de su espalda hasta sentir el calor de sus caderas. se besaban como si quisieran devorarse, como si el tiempo se hubiera acortado y solo quedara esa oportunidad. 
Ella, con una mezcla de timidez y osadía, se pegó contra él, sintiendo el cuerpo erguido y fuerte que la reclamaba.
Los labios se multiplicaron en el cuello, en los hombros, en la piel recién descubierta cuando la blusa cedió a los botones apresurados, el roce de sus manos, la respiración entrecortada, el temblor de las piernas, todo fue creciendo como una tormenta distinta, que no se derramaba en agua, sino en deseo.
Cuando finalmente se perdieron en la penumbra de aquel pasillo, dejaron que el mundo se apagara afuera. 
Allí, entre caricias ansiosas y silencios cómplices, se entregaron, fue un encuentro breve, urgente, húmedo todavía por la lluvia, pero tan intenso que se grabó en la memoria de ambos como el verdadero inicio de todo.
Hoy, pasados los años, aún caminan por la misma avenida van de la mano a hacer las compras, se detienen en los mismos lugares, sonríen ante el mismo cine que ya no proyecta películas, sino que anuncia reuniones religiosa y cada vez que lo miran, no pueden evitar recordar aquella primera tarde, cuando se cruzaron en medio de la avenida y descubrieron, entre beso y deseo, que la vida entera podía empezar en un instante.


 La noche en Escobar tenía un aire espeso, cargado de misterio. El Paraná brillaba con reflejos de luna mientras las sombras de los buques inmensos pasaban a nuestro lado como bestias dormidas, nuestro bote, frágil como una media nuez, parecía insignificante frente a esa inmensidad.Sentí tu mano aferrarse a la mía, sudorosa, temblorosa, tus labios dibujaban una sonrisa confundida, mezcla de miedo y valentía, tus ojos, iluminados por el reflejo del agua, revelaban esa tensión deliciosa de quien se sabe vulnerable y, al mismo tiempo, viva.
El cruce fue un baile peligroso, el agua golpeaba, el motor vibraba como un corazón desesperado, y nosotros, diminutos, nos enfrentábamos al río como si la vida entera dependiera de llegar a la orilla, yo miraba tu rostro, esa expresión difusa de pánico contenido, y solo pensaba en protegerte, en ser tu refugio.Cuando al fin tocamos tierra firme, tu cuerpo se lanzó contra el mío, el abrazo fue feroz, un derrumbe de todo lo contenido, las lágrimas corrían calientes por tus mejillas y yo las bebí con un beso lento, profundo, que borraba el miedo y encendía otro fuego.Tus labios temblaban, y en ese temblor encontré deseo, tus manos, primero inseguras, comenzaron a deslizarse por mi espalda, apretándome contra vos, sentí tu pecho erguirse contra el mío, tus pezones endurecidos bajo la tela mojada, mi boca buscó la tuya y la encontré hambrienta, como si el cruce hubiera despertado un instinto nuevo, salvaje.Allí, en la arena húmeda, la pasión nos devoró, te recosté suavemente y mi boca comenzó un recorrido ansioso, tu cuello, tu clavícula, la sal de tu piel mezclada con el río. Tus gemidos, apenas contenidos, me guiaban, mis manos deslizaban tu ropa lentamente, descubriendo la tibieza húmeda de tu cuerpo.El aire se llenó de jadeos y del murmullo cómplice del Paraná. Cuando mis labios encontraron tus pechos, tu espalda se arqueó como buscando entregarse por completo, mis dientes jugaron con tus pezones mientras tus dedos se enredaban en mi cabello, pidiéndome más.Descendí, lento pero seguro, hasta hundirme en tu vientre palpitante, el aroma de tu sexo era un perfume salvaje que me enloquecía, te abriste para mí, generosa, vulnerable y poderosa a la vez. Mi boca recorrió tus pliegues húmedos y tu gemido se confundió con el rumor del río, te bebí como quien bebe agua en medio del desierto, sintiendo cómo tu cuerpo temblaba bajo mis caricias.Tus caderas comenzaron a danzar contra mi boca, tu respiración entrecortada se volvió un grito ahogado, tus manos me apretaban contra vos, exigiendo más, hasta que te desbordaste como una ola que rompe contra la orilla, estremecida, hermosa, dueña de la noche.Pero no nos detuvimos ahí, me buscaste con furia, me desnudaste con manos ansiosas y me recibiste entre tus muslos ardientes. Al entrar en vos, el tiempo se detuvo. El Paraná quedó atrás, solo existía tu cuerpo envolviendo el mío, húmedo, ardiente, reclamando cada embestida como un triunfo.La arena se volvió cómplice, el viento nos acariciaba, y el río, testigo eterno, nos miraba en silencio, cada movimiento era un recordatorio de que habíamos desafiado la muerte en el cruce y ahora celebrábamos la vida con un amor animal, desenfrenado.Tu boca gritó mi nombre al mismo tiempo que el mío se perdía en tu pie.
Al final, exhaustos, quedamos abrazados l, nos deshicimos juntos, en un estallido infinito, como si el Paraná entero hubiera corrido dentro de nosotros.bajo la luna, escuchando el rumor del agua, tu sonrisa, libre y seductora, brillaba más que las estrellas. Supimos entonces que ese cruce accidentado no solo había sido una aventura: había sido el inicio de una pasión que el río nunca olvidaría.

 Tus labios, frescos como el río,
se derriten en mi boca.
El cansancio del día desaparece
cuando te recorro lento,
palmo a palmo,
bebiendo tu piel como vino secreto.
Desnudos bajo la luna del Delta,
tu cuerpo es la isla donde me pierdo,
tus curvas son cauces ardientes
que guían mis manos y mi deseo.
El agua murmura a nuestro ritmo,
mi boca escribe en vos
palabras húmedas de placer.
Sos la poesía que se gime,
la canción prohibida de mis noches.
En la marea de tu vientre
encerrado sin querer huida
sos la mujer del Delta,
mi amante,
mi río desbordado de erotismo.

 Amarse sin tocarse es negar al sol su fuego.
Una mirada enciende,
pero es la piel la que pide la boca,
tu respiración, la que llama a la mía,
tu cuerpo el altar donde mi cuerpo se arrodilla.
Por eso mi deseo no se esconde,
necesito perderme en tu abrazo,
probar la dulzura de tu boca,
sentir cómo tu piel se abre como un secreto
que sólo mis manos pueden descifrar.
El amor no se conforma con palabras,
pide el roce, el gemido, la entrega.
Amar es hundirse en el cuerpo como en un río,
dejar que el agua nos arrastre,
y naufragar sin miedo,
porque tu abrazo es mi orilla.
Cuando entro en vos,
no es solamente el sexo el que habla,
es el amor que se hace carne,
El amor sin sexo es un sueño inconcluso,
una carta sin firma,
un fuego que no arde.
El amor verdadero pide desnudarse,
mezclar respiraciones,
y quedarse exhaustos y felices,
como dos cuerpos que han tocado el infinito.



 La mañana de domingo nos sorprendió con lluvia,
el Paraná se abrió como un espejo gris
donde el cielo se deshacía en gotas.
Tu mano buscó la mía,
y en ese gesto supe que el viaje sería más que un cruce,
sería un rito secreto entre vos y yo.
La pequeña embarcación se mecía suave,
el agua golpeaba como un tambor lento,
y cada gota que resbalaba por tu piel
me encendía más que el mismo sol ausente.
Te miraba, tu pelo húmedo pegado a la frente,
tus labios entreabiertos recibiendo la lluvia,
y mi deseo se mezclaba con la bruma del río.
Te acerqué, como si temiera perderte en la corriente,
y tu cuerpo tibio contra el mío fue la hoguera necesaria.
Tus pezones se endurecieron bajo la tela mojada,
tu risa tembló al sentir mis dedos recorrer tu cintura,
y el Paraná fue testigo del temblor
que no venía del frío sino del ardor.
La lluvia nos cubría como un velo,
nadie más existía, solo nosotros dos,
dos viajeros entregados al delirio del instante.
Mis labios se perdieron en tu cuello,
saboreando la sal de tu traspiración y el agua,
tu gemido se confundió con el rumor del río.
Amor, deseo, sexo, todo se mezcló allí,
en la pequeña embarcación que parecía flotar
no sobre agua, sino sobre nuestra fiebre compartida.
Cada caricia era un viaje,
cada beso, una orilla alcanzada,
cada penetración un estallido
que multiplicaba la lluvia dentro de nosotros.
Cuando al fin la tormenta se fue apagando,
no sabíamos si era el cielo el que había llorado,
o si éramos nosotros los que habíamos desbordado
el cauce inmenso del Paraná.
Y mientras el domingo seguía su curso,
yo supe que ese viaje había sido eterno,
un río, una lluvia, tu cuerpo y el mío
fundidos en el amor más carnal y más sagrado.


 Llueve, y el Delta se convierte en un mundo mágico, diferente, sin igual.
El interior de la casa se encoge para abrigarnos;
los leños en la cocina crujen lentamente,
y la pava siempre lista para el mate acompaña
a la humeante cafetera.
Desde la cama vemos el río,
ese río que durante toda la mañana fue,
y ahora regresa en su vaivén eterno.
Entre mates y besos, las horas se deslizaron suaves,
y nuestras caricias se hicieron más profundas,
más intensas, más necesarias.
Solamente te levantaste un instante
para abrirle la puerta a ella,
que quiso salir al mundo de lluvia,
y en ese breve momento tu cuerpo se enfrió.
Pero apenas volviste, nos encontramos otra vez,
y el calor encendido de nuestro abrazo
destapó la cama para llevarnos
a un largo paraíso compartido.
El sonido de la lluvia sobre el techo de chapa
se confundía con nuestros latidos,
marcando el ritmo secreto del domingo:
tu piel buscándome,
mi deseo fundiéndose en el tuyo,
una vez más, juntos,
uno dentro del otro,
mientras afuera el río y la tormenta
eran testigos silenciosos del amor.
Y así seguimos,
perdidos y hallados a la vez,
en el mágico Delta,
donde la lluvia, el río y nuestros cuerpos
se hicieron uno solo.


Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...