La noche en Escobar tenía un aire espeso, cargado de misterio. El Paraná brillaba con reflejos de luna mientras las sombras de los buques inmensos pasaban a nuestro lado como bestias dormidas, nuestro bote, frágil como una media nuez, parecía insignificante frente a esa inmensidad.Sentí tu mano aferrarse a la mía, sudorosa, temblorosa, tus labios dibujaban una sonrisa confundida, mezcla de miedo y valentía, tus ojos, iluminados por el reflejo del agua, revelaban esa tensión deliciosa de quien se sabe vulnerable y, al mismo tiempo, viva.
El cruce fue un baile peligroso, el agua golpeaba, el motor vibraba como un corazón desesperado, y nosotros, diminutos, nos enfrentábamos al río como si la vida entera dependiera de llegar a la orilla, yo miraba tu rostro, esa expresión difusa de pánico contenido, y solo pensaba en protegerte, en ser tu refugio.Cuando al fin tocamos tierra firme, tu cuerpo se lanzó contra el mío, el abrazo fue feroz, un derrumbe de todo lo contenido, las lágrimas corrían calientes por tus mejillas y yo las bebí con un beso lento, profundo, que borraba el miedo y encendía otro fuego.Tus labios temblaban, y en ese temblor encontré deseo, tus manos, primero inseguras, comenzaron a deslizarse por mi espalda, apretándome contra vos, sentí tu pecho erguirse contra el mío, tus pezones endurecidos bajo la tela mojada, mi boca buscó la tuya y la encontré hambrienta, como si el cruce hubiera despertado un instinto nuevo, salvaje.Allí, en la arena húmeda, la pasión nos devoró, te recosté suavemente y mi boca comenzó un recorrido ansioso, tu cuello, tu clavícula, la sal de tu piel mezclada con el río. Tus gemidos, apenas contenidos, me guiaban, mis manos deslizaban tu ropa lentamente, descubriendo la tibieza húmeda de tu cuerpo.El aire se llenó de jadeos y del murmullo cómplice del Paraná. Cuando mis labios encontraron tus pechos, tu espalda se arqueó como buscando entregarse por completo, mis dientes jugaron con tus pezones mientras tus dedos se enredaban en mi cabello, pidiéndome más.Descendí, lento pero seguro, hasta hundirme en tu vientre palpitante, el aroma de tu sexo era un perfume salvaje que me enloquecía, te abriste para mí, generosa, vulnerable y poderosa a la vez. Mi boca recorrió tus pliegues húmedos y tu gemido se confundió con el rumor del río, te bebí como quien bebe agua en medio del desierto, sintiendo cómo tu cuerpo temblaba bajo mis caricias.Tus caderas comenzaron a danzar contra mi boca, tu respiración entrecortada se volvió un grito ahogado, tus manos me apretaban contra vos, exigiendo más, hasta que te desbordaste como una ola que rompe contra la orilla, estremecida, hermosa, dueña de la noche.Pero no nos detuvimos ahí, me buscaste con furia, me desnudaste con manos ansiosas y me recibiste entre tus muslos ardientes. Al entrar en vos, el tiempo se detuvo. El Paraná quedó atrás, solo existía tu cuerpo envolviendo el mío, húmedo, ardiente, reclamando cada embestida como un triunfo.La arena se volvió cómplice, el viento nos acariciaba, y el río, testigo eterno, nos miraba en silencio, cada movimiento era un recordatorio de que habíamos desafiado la muerte en el cruce y ahora celebrábamos la vida con un amor animal, desenfrenado.Tu boca gritó mi nombre al mismo tiempo que el mío se perdía en tu pie.
Al final, exhaustos, quedamos abrazados l, nos deshicimos juntos, en un estallido infinito, como si el Paraná entero hubiera corrido dentro de nosotros.bajo la luna, escuchando el rumor del agua, tu sonrisa, libre y seductora, brillaba más que las estrellas. Supimos entonces que ese cruce accidentado no solo había sido una aventura: había sido el inicio de una pasión que el río nunca olvidaría.
Al final, exhaustos, quedamos abrazados l, nos deshicimos juntos, en un estallido infinito, como si el Paraná entero hubiera corrido dentro de nosotros.bajo la luna, escuchando el rumor del agua, tu sonrisa, libre y seductora, brillaba más que las estrellas. Supimos entonces que ese cruce accidentado no solo había sido una aventura: había sido el inicio de una pasión que el río nunca olvidaría.

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