viernes, 3 de octubre de 2025


 La Estación Luis María Saavedra, del ramal Retiro Mitre, fue inaugurada en 1891 sobre terrenos donados por don Luis María Saavedra, con la condición de que llevara el nombre de su sexto hijo, fallecido en la infancia. Desde entonces, se convirtió en un símbolo del barrio y en una referencia para generaciones de vecinos.
Durante décadas no solo cumplió su función ferroviaria. Además de ser un centro de maniobras de carga, donde se despachaban vacunos y cereales y de contar con un depósito de locomotoras que funcionó hasta 1992, la estación fue parte de la vida social de Saavedra.
A un costado del predio ferroviario había un gran terreno abierto, donde el barrio se reunía en kermeses, juegos y celebraciones comunitarias. 
Allí llegaban también circos y parques de diversiones, que llenaban de luces y música las noches del barrio. Ese espacio fue testigo de risas, encuentros y la magia de los espectáculos itinerantes, hasta que con el tiempo se perdió: hoy lo ocupa un supermercado, y lo que antes fue lugar de fiesta y comunidad quedó guardado en la memoria colectiva.
La estación misma atravesó momentos de esplendor y de silencio. Tras la decadencia de los años noventa y el cierre de los servicios de carga, llegó la oportunidad del renacer: en 2017 fue reabierta con andenes elevados, accesos para personas con discapacidad, molinetes con SUBE, nuevos refugios e iluminación LED. También se restauró el edificio histórico, respetando su valor patrimonial.
Hoy, la Estación Luis María Saavedra sigue funcionando como parte del ramal Mitre, pero para muchos vecinos su mayor riqueza no está solo en los trenes que pasan, sino en las historias que guarda: los circos que desplegaban su magia, los parques que traían alegría y los encuentros que hicieron del lugar mucho más que una simple estación.

viernes, 26 de septiembre de 2025

La Pelota Pulpo nació en 1936 en el barrio de Saavedra,  gracias a Gerildo Lanfranconi, un ex operario de Pirelli experto en caucho. 
Su apodo “Pulpo”, ganado por su fuerza, dio nombre a la pelota, que se distinguió por su diseño a rayas rojas y blancas, su dureza y su rebote impredecible.
Junto a su hermano Arístides, fundó la empresa G. Lanfranconi SRL, que además fabricaba ventosas, pelotas de tenis y otros productos. En su época de auge llegaron a producir 5.000 pelotas diarias, y dominarla en el juego era un desafío que entrenaba a generaciones enteras de chicos en los barrios.
Tras la muerte de los fundadores, la empresa pasó a Juan Carlos, hijo de Gerildo. Pero la crisis de los 90 golpeó fuerte, y en 1994 dejó la producción.
La familia Cena tomó el relevo y mantuvo viva la marca. Hoy, Luis Cena y su hijo Nicolás continúan fabricando la Pulpo en Villa Lynch, aunque en menor escala, preservando la esencia original.
Este ícono argentino también fue homenajeado en el arte: una muestra en 2013 (Alma de Pulpo) y un documental en 2017 reafirmaron su lugar en la cultura popular.
La Pelota Pulpo es mucho más que un juguete, es un pedazo de memoria colectiva. En cada callejón, baldío o potrero, esa pelota desafiante enseñó a gambetear no solo a rivales, sino también a la vida.
Su permanencia, aun con los vaivenes económicos, demuestra que ciertos objetos no son reemplazables porque están cargados de identidad. 
La Pulpo es argentina como el asado, el mate o la camiseta albiceleste, y sigue recordándonos que jugar también es un modo de construir cultura.

 Hubo un tiempo en que la primavera no solo llegaba con flores y perfumes nuevos, sino también con música, color y alegría en el corazón de Buenos Aires. Eran los desfiles de la Avenida Santa Fe, que desde 1952 supieron transformar la ciudad en una pasarela abierta, donde carrozas, modelos y vecinos celebraban la estación más esperada del año.
El tramo entre Riobamba y Plaza San Martín se convertía, cada septiembre, en un escenario de fiesta popular. La elección de la reina de la primavera, las carrozas engalanadas y el bullicio de comerciantes y vecinos dibujaban un paisaje urbano lleno de vitalidad, donde la moda y la cultura se encontraban con el espíritu barrial.
Pero como tantas otras expresiones de alegría colectiva, aquella tradición fue silenciada durante los años oscuros de la última dictadura militar. El color se apagó, las calles quedaron mudas, y la primavera quedó reducida a una estación en el calendario.
Hoy, al mirar hacia atrás, los desfiles de la Avenida Santa Fe aparecen teñidos de nostalgia. Eran mucho más que un espectáculo: eran la expresión de una comunidad que encontraba en la calle un punto de encuentro, un motivo para festejar juntos.
Tal vez la enseñanza que nos dejan sea simple pero profunda: las tradiciones no se decretan ni se imponen, nacen de la gente, de la unión, del deseo compartido de celebrar. Y cuando se apagan, lo que queda es la memoria, un eco dulce y melancólico que nos recuerda que hubo días en que Buenos Aires supo florecer en medio del asfalto.

Al mirar hacia atrás y recordar mis años en la Escuela Félix de Azara, siento que no solo hablo de un período escolar, sino de un verdadero capítulo de mi vida, mi paso por estas aulas dejó huellas profundas, porque aquí aprendí no solo a sumar, leer o escribir, sino a descubrirme en relación con los demás, a convivir, a respetar y a crecer como persona.
La historia de la escuela es también la historia de nuestro barrio y, en parte, la de cada uno de nosotros desde aquel 25 de febrero de 1925, cuando abrió sus puertas en un modesto edificio de madera en Coghlan, hasta convertirse en la institución moderna y amplia que conocemos hoy, su recorrido ha sido siempre de compromiso y esfuerzo colectivo. 
Me emociona pensar que los sueños de aquellas primeras familias, que pedían un espacio para educar a sus hijos siguen latiendo en las risas de los chicos y chicas que hoy pueblan sus patios y aulas.
Por esas aulas pasé yo, pero también pasaron mi padre y mi tío, cuando la entrada aún estaba sobre la calle Estomba y las clases se daban en aulas de madera. 
Esa continuidad familiar me hace sentir parte de una historia aún más grande, unida por generaciones que encontraron en esta escuela un espacio de aprendizaje, de afecto y de comunidad.
Mi experiencia personal se enlaza con esa larga tradición, fui testigo de una comunidad que nunca dejó de sostener a su escuela. 
Lo vi en la cooperadora, en las familias que acompañaban cada proyecto, en los docentes que iban mucho más allá de sus horas de clase. Siempre sentí que pertenecía a algo más grande que yo: una institución que abría puertas, que me ofrecía conocimientos y que, al mismo tiempo, me transmitía valores de solidaridad, esfuerzo y compromiso con los demás.
Cada rincón guarda un recuerdo,el patio donde jugué y soñé, la biblioteca que me abrió mundos nuevos, las aulas donde descubrí el poder de la palabra y de la ciencia. 
Recuerdo también a las maestras y maestros que me marcaron con su paciencia, con su exigencia justa, con su mirada alentadora cuando flaqueaban mis fuerzas, ellos son parte esencial de lo que soy hoy , porque en su tarea diaria supe reconocer no solo la enseñanza, sino el cariño y la entrega.
El nombre de Félix de Azara, aquel explorador y naturalista que dedicó más de dos décadas a estudiar estas tierras, también cobra un significado especial. Porque, al igual que él, aquí aprendí a mirar con atención, a observar lo que me rodea, a valorar la riqueza de nuestro entorno y a ser curioso frente a lo desconocido. En cierto modo, ser alumno de esta escuela fue también aprender a ser un explorador de la vida.
Hoy, a cien años de su fundación, no puedo dejar de sentir orgullo y gratitud. Orgullo porque pertenezco a una institución que creció junto al barrio, que se adaptó a cada época, que supo transformarse sin perder su esencia. 
Gratitud porque me brindó herramientas para ser quien soy, ya que me dio amistades que todavía conservo, y porque me enseñó que la educación es mucho más que aprender contenidos: es aprender a ser parte de una comunidad.
Sé que mi paso fue uno entre tantos, pero también sé que cada alumno y alumna deja una marca en la historia de la escuela. Yo guardo en el corazón la certeza de haber sido acompañado, formado y querido en este espacio. Y por eso, cuando pienso en la Escuela Félix de Azara, pienso en un hogar educativo que nos trasciende a todos, que nos une y que sigue siendo faro para las nuevas generaciones.
Gracias, querida Escuela N.° 22 DE 15, por todo lo que me diste. Gracias por ser testigo de mis primeros pasos, por acompañar mi crecimiento y por enseñarme que el conocimiento tiene sentido cuando se comparte y se pone al servicio de la vida. A un siglo de tu nacimiento, celebro tu historia, tu presente y tu futuro, con la emoción de quien siempre llevará tu nombre grabado en el alma.

La Sirena ya no está, pero yo la sigo viendo, como si las paredes todavía respiraran el humo de los cigarrillos, el murmullo de las discusiones, el chocar de los vasos llenos de vermut. 
Era más que un bar; era una especie de templo laico donde la vida se tejía entre charlas políticas, risas cómplices y silencios que también decían lo suyo.
En los comienzos de los 80, cuando el país despertaba de su propia sombra, yo empecé a escribir mis  poesías en esas mesas. Entre botellas de Cinzano y servilletas manchadas de tinta, descubrí que las palabras podían ser refugio y también trinchera. 
Allí aprendí que la poesía no nace en soledad, sino entre amigos que discuten, sueñan, se equivocan y vuelven a empezar.
Recuerdo los domingos como un rito sagrado, almuerzo sencillo, vermut con hielo, discusiones de política que duraban horas y que a veces terminaban en abrazos, a veces en promesas de seguir luchando. Todo parecía posible en esa esquina, porque el barrio tenía corazón y La Sirena lo hacía latir.
Hoy, en ese lugar que fue testigo de nuestras vidas, se levantan góndolas frías de un supermercado. 
Donde había canciones, hay ofertas; donde hubo abrazos, hay pasillos y, sin embargo, no pudieron borrarla del todo, porque La Sirena habita en la memoria, en cada poema que nació allí, en cada brindis compartido, en cada amigo que quedó en el camino.
No es nostalgia solamente, es agradecimiento, porque en ese bar empecé a ser yo, ya que allí comprendí que la poesía podía nacer de un vaso de vermut, de una charla de política, de un amigo que te tiende la mano. La Sirena se fue, pero nos dejó a nosotros con la tarea de mantenerla viva en la palabra.

 Hubo un tiempo en que el parque Saavedra tenía un aire de cuento. Entre sus árboles, donde hoy los chicos andan en bicicleta y los abuelos se sientan a tomar sol, se levantaba un molino que en realidad nunca fue molino. 
Era un tanque de agua, parte de la vieja chacra de un sobrino de Cornelio Saavedra, su estructura, con forma de torre fantástica, parecía fuera de lugar, como si alguien la hubiera traído desde otra historia para plantarla en el corazón del barrio.
Los vecinos lo miraban con cariño, no era útil, no giraban aspas ni sacaba agua, pero estaba ahí, dándole identidad al parque, como esos detalles que no tienen explicación y, sin embargo, se vuelven imprescindibles. 
Fue declarado Patrimonio Cultural y se sostuvo durante años gracias a la voluntad de quienes lo sentían suyo, hasta que, un día, el tiempo pudo más y el molino desapareció.
Hoy ya no se lo puede ver, pero basta caminar por el parque para sentir que sigue allí, escondido entre los recuerdos, quien cierre los ojos quizá lo vea reflejado en un lago que tampoco está, aquel Paseo del lago” alimentado por el arroyo Medrano, donde se navegaba en pequeñas barcas y las familias se sacaban fotos en blanco y negro.
La historia del parque es la historia de la vida barrial, donde antes sonaban los organitos y giraba la calesita con su música de campanitas que aun esta, hoy los chicos corren detrás de una pelota o trepan los juegos modernos, pero la risa es la misma, la de la infancia, eterna, que llena de vida las tardes de Saavedra.
Los fines de semana, el parque se convierte en un ritual compartido, hay rondas de mate bajo la sombra, grupos de amigos que se tiran en el pasto, vecinos que se cruzan y se saludan con la confianza de toda la vida. En los caminos se mezclan los que hacen gimnasia, los que salen a correr, los que pasean al perro o simplemente buscan un respiro en medio de la ciudad.
El molino ya no está, pero el parque sigue siendo su herencia. Es un espacio de encuentro, un punto de unión entre generaciones, donde los mayores cuentan cómo era aquel parque con lago y los más chicos inventan sus propias aventuras. Entre las ramas, las veredas y los bancos, parece flotar la certeza de que los lugares no mueren cuando son queridos: cambian, se transforman, pero siguen latiendo en la memoria colectiva.
Así, cada tarde en el parque Saavedra es un puente entre el ayer y el hoy. El molino, la calesita, el lago, los organitos, las bicicletas, los mates y los juegos forman parte de un mismo hilo invisible. Un hilo que nos recuerda que no solamente caminamos un parque, caminamos una historia que nos pertenece a todos.


 En la esquina de Larralde y Plaza antiguamente Republiqueta y Plaza vivió uno de los símbolos más entrañables de nuestro barrio, el Club Saavedra.
Fue uno de los primeros clubes de la zona, y su presencia marcó una época de esplendor social y deportivo.
Allí se alzaban dos hermosas canchas de tenis de polvo de ladrillo, orgullo de los vecinos que descubrieron en aquel deporte una pasión compartida.
Su sede, de estilo señorial, recibía con calidez a todos los que cruzaban sus puertas y en el jardín de entrada, una palmera majestuosa se erguía como emblema, brillando con la fuerza de una postal imborrable.
El club no era solo un espacio deportivo: era también el corazón de las reuniones y celebraciones.
Los bailes de carnaval quedarán para siempre en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de vivirlos, noches de música, alegría y comunidad que hacían vibrar las calles del barrio.
Muchos vecinos, pioneros en aquel tiempo, fueron forjando la identidad barrial a través de la práctica del tenis y de la vida social en torno a su sede.
Hoy, quienes cruzan la barrera y caminan por la actual calle Plaza que se extiende donde antes el terreno se interrumpía entre Larralde y Núñez ven un edificio y la continuidad de una calle. Pero pocos saben que, justo en ese lugar, latió alguna vez uno de los clubes más importantes que tuvo Saavedra.
Y aunque el club ya no esté, todavía queda en pie aquel símbolo, la palmera sigue allí, silenciosa y fiel, recordándonos la grandeza de un tiempo que no se olvida.

 


Todavía me acuerdo de la parrilla de Justo. No era un restaurante de salón, ni un lugar con mesas y mozos.
Era apenas una barra en la vereda, con unas pocas banquetas y sin embargo, parecía que todo el barrio pasaba por ahí.
Justo estaba siempre detrás de la parrilla, firme, con ese aire de hombre sencillo que cocinaba como en su casa, sacaba la carne justa del fuego, servía chorizos, vacíos, pero también tenía sus especialidades, unas lentejas inolvidables, bien de olla, y unas empanadas que todavía extraño, eran cosas simples, pero con ese sabor que solo tienen los platos hechos con el corazón.
Cuando Justo murió en 2021, a los 92 años, su parrilla murió con él. Aunque las puertas tardaron un tiempo en cerrarse del todo, el barrio ya sabía que algo se había apagado. 
A la parrilla no se iba solo a comer, uno iba a encontrarse con la gente. Enfrente estaba julio, el diariero, que se quedaba hasta la medianoche, Julio era como un faro, siempre tenía algo para contar, algún chisme, alguna noticia, muchos íbamos más a charlar con él que a comprarle el diario, era parte de la vida cotidiana, como la vereda misma.
Saavedra tuvo muchos lugares así, que parecían eternos, la librería Bramanti, por ejemplo, entré de chico con mi abuelo, después con mi viejo y más tarde con mis hijos, entre libros, cigarros y carpetas, siempre había algo para llevarse, pero también una conversación, un gesto conocido, hasta que un día cerró, y al barrio le quedó un vacío más.
Me acuerdo también de Vega con su tienda, de La Vitoria, de El Calamar, de El Colmao. Nombres que hoy parecen historias contadas, pero que para nosotros fueron parte de la vida diaria.
Hoy en esos mismos lugares se levantan torres, hay vecinos nuevos, pero ya no se conoce a nadie como antes, antes uno cruzaba la calle y se cruzaba con caras amigas, ahora es distinto.
El túnel de la Balbín trajo otro ritmo, otro tiempo, pero yo sigo caminando por Saavedra y en cada esquina me vienen los recuerdos, la barra de Justo en la vereda, las lentejas que no se olvidan, las charlas de medianoche con Julio, las carpetas de Bramanti, los helados de Firensze.
El barrio cambia, sí. Sin embargo, adentro mío, Saavedra sigue latiendo al compás de todo eso que ya no está y que, sin embargo, me acompaña cada vez que vuelvo a caminar sus calles.
 Hablar de Saavedra es hablar de murga; desde hace más de un siglo, las calles del barrio se llenan de música, baile y color en cada carnaval, transformando las veredas y la avenida en un escenario a cielo abierto. 
Pero no se trata solo de bombos y lentejuelas; la murga en Saavedra es una cultura, una identidad, una manera de entender la vida y dentro de esa tradición, Los Reyes del Movimiento ocupan un lugar central, llevando con orgullo el estandarte del barrio desde 1986 hasta hoy.
En los recuerdos de los vecinos más grandes todavía vive la imagen de la avenida cortada, cuando el corso era la gran cita del verano. Familias enteras se acercaban con reposeras, heladeras portátiles, mates o botellas de gaseosa. 
Los chicos corrían detrás de la espuma, los adolescentes se preparaban para desfilar, y los abuelos aplaudían emocionados, recordando sus propias noches de carnaval. No era un espectáculo para ver desde afuera; era la fiesta de todos, la avenida se volvía peatonal y se transformaba en un gran escenario popular, donde cada vecino tenía un rol.
En ese marco festivo, Los Reyes del Movimiento fueron creciendo y consolidándose como una de las agrupaciones más representativas de la Ciudad de Buenos Aires. 
Su historia arranca en los pasillos de Barrio Mitre, cuando Pantera su histórico director jugaba de chico a hacer murga con tachos de basura en lugar de bombos. 
En aquellos tiempos, cuando los reyes magos no siempre llegaban con juguetes, aparecía el Dios Momo para traer alegría en forma de baile, canto y juego, ese espíritu lúdico, nacido de la necesidad de transformar la tristeza en risa, sigue siendo la esencia de Los Reyes hasta el día de hoy.
La trayectoria de la murga está marcada por hitos, primero fue la época de Los Rejuntados de Saavedra, luego Los Calamares, hasta que en 1986 la agrupación tomó el nombre que la consagraría, Los Reyes del Movimiento.
El nombre no fue casual, resumía en tres palabras lo que los caracterizaba sobre el escenario y en la vida. Movimiento, porque el baile de Saavedra siempre tuvo algo distinto, quiebre de cintura, hombros en permanente vaivén, una cadencia heredada de las danzas afro y de las fiestas de la Casa Suiza, donde muchos murgueros del barrio aprendieron a mover el cuerpo con un estilo único. Y reyes, porque en el barrio se los reconocía como referentes, como guardianes de una tradición que no se dejó apagar ni siquiera en los años más difíciles.
Los carnavales en la avenida eran el gran escenario donde Los Reyes del Movimiento desplegaban todo ese potencial. Con sus trajes brillantes, sus estandartes flameando y el bombo marcando el pulso, se ganaban la ovación del público. Pero detrás de cada desfile había mucho más que brillo: horas de ensayo en las plazas, costureras del barrio que dejaban el alma en cada lentejuela, familias que se organizaban para juntar fondos y vecinos que abrían las puertas de sus casas para que los chicos tuvieran un lugar de reunión. La murga no era un espectáculo importado: era una construcción colectiva.
Pantera, al frente desde aquel 1986, siempre remarca que la murga no es solo baile y canto, sino también un trabajo social enorme. Los Reyes del Movimiento funcionan como una gran familia que contiene a chicos en situación de riesgo, ofreciéndoles un espacio donde sentirse valorados y protagonistas. Ahí, en el ensayo o en el desfile, cada pibe puede cargarse de autoestima, aprender un oficio (ya sea tocar un instrumento, coser un traje o dirigir una formación) y encontrar una red de apoyo que muchas veces el barrio mismo se encarga de sostener.
La dimensión familiar de la murga se refleja en la propia historia de Pantera: sus hijos y nietos forman parte de la agrupación, así como los hijos y nietos de muchos de los fundadores. En Los Reyes del Movimiento, las generaciones se cruzan naturalmente: los mayores transmiten los pasos y las canciones, los más jóvenes aportan energía y nuevas ideas. Así, la murga se mantiene viva y actual, sin perder nunca las raíces.
Hoy, Los Reyes del Movimiento son más de 200 integrantes que siguen saliendo cada carnaval, fieles a la tradición de no haber faltado a ninguno desde 1974. Esa constancia los convirtió en un símbolo de resistencia cultural. Porque no cualquiera logra darle alegría a la gente durante tanto tiempo, y hacerlo con la misma pasión que cuando eran chicos jugando en los pasillos del barrio.
Los corsos en la avenida quedaron grabados en la memoria colectiva como una postal de barrio: vecinos abrazados, calles iluminadas, niños correteando entre serpentinas y espuma, el sonido inconfundible del bombo con platillo marcando el pulso de la noche. Y en el centro de esa escena, Los Reyes del Movimiento, dueños de una energía contagiosa que convertía cada desfile en una celebración inolvidable.
Saavedra y Los Reyes del Movimiento son, en definitiva, inseparables. El barrio le dio vida a la murga, y la murga le devolvió al barrio una identidad, un orgullo y un lugar en la historia del carnaval porteño. Hoy, después de tantas décadas, Los Reyes siguen reinando en movimiento, llevando en cada paso y cada golpe de bombo el eco de aquellos primeros juegos de infancia, transformados en una de las expresiones culturales más potentes y queridas de la Ciudad de Buenos Aires.
Cuando caminamos por Saavedra y miramos el cartel de la estación, muchos lo vemos como algo cotidiano, casi invisible. 
Pero detrás de esas letras que dicen Luis María Saavedra hay una historia de familia, de tierras, de sueños y hasta de caballos que vale la pena volver a contar. 
Pero de algún modo, gracias a ese hombre, el barrio empezó a tener nombre, forma y memoria.
Luis María nació en 1829, sobrino de Cornelio de Saavedra, aquel vecino del otro Saavedra, el de la Revolución de Mayo. 
A mediados del siglo XIX compró una chacra en las afueras de Buenos Aires, en lo que por entonces era San Isidro, eran tierras amplias, con hornos de ladrillo, corrales y un arroyo, el Medrano, que de tanto en tanto se desbordaba y arruinaba todo a su paso. Con los años fue ampliando su propiedad y terminó quedándose con terrenos que habían pertenecido a los White, dueños del primer hipódromo organizado de Buenos Aires, que funcionó justo en estas tierras antes de que lo destruyera la tormenta de Santa Rosa de 1866.
En su chacra, Saavedra levantó una casa grande y elegante, de estilo italiano, con galerías, patios, cocheras y hasta dependencias para los peones. 
Criaba caballos de carrera y toros de raza que se lucían en exposiciones, sus hijas mellizas, Estela y Tomasa, se dedicaban a las aves; miles de patos y gallinas que poblaban el campo. 
No faltaba nada, había tambo, palomar, corrales y hasta un lago artificial rodeado de eucaliptos, que todavía algunos recuerdan por las postales viejas. Así fue como empezó a conocerse como la Chacra Los Eucaliptos.
En 1891, el ferrocarril llegó a la zona y ahí, don Luis María hizo un gesto que marcaría para siempre la identidad de estas tierras, donó los terrenos para levantar la estación, pero pidió una condición. Quería que llevara el nombre de su hijo, también llamado Luis María, que había muerto siendo muy chico. Así nació la estación Luis María Saavedra, la misma que hoy usamos sin saber que guarda la memoria de un padre que quiso dejar viva la huella de su hijo.
Unos años antes, en 1873, ya se había hecho la fundación oficial del barrio, con toda la pompa de la época, discursos, música, remate de lotes y hasta góndolas navegando en el Lago Saavedra, ese espejo de agua artificial que en su momento fue orgullo de la ciudad, fue un acto único: ningún otro barrio porteño tuvo una inauguración así, tan formal y celebrada.
Don Luis María murió en 1900, la chacra siguió en pie un tiempo, pero poco a poco su actividad se fue apagando. En 1936, el Estado terminó por expropiar esas tierras y las destinó a parques y paseos públicos. El Parque Saavedra quedó como símbolo de lo que alguna vez fueron esas hectáreas de campo.
Con el correr de las décadas, el barrio fue creciendo, aparecieron las fábricas como Nestlé o Philips, los clubes, las bibliotecas, las murgas y el fútbol de Platense. Llegaron también los artistas y los escritores que hicieron de Saavedra una fuente de inspiración, Leopoldo Marechal con su Adán Buenosayres.
Hoy, cuando vemos edificios nuevos levantarse donde antes hubo casonas o negocios de toda la vida, cuando los vecinos ya no se conocen tanto como antes, es importante no olvidar de dónde venimos. Porque así como recordamos la parrilla de Justo, la librería Bramanti, a Julio el diariero, a la tienda de Vega o a tantos otros personajes que hicieron barrio, también tenemos que recordar a don Luis María Saavedra, aquel vecino lejano que dio nombre a todo esto.
Él no pudo imaginarlo, pero su chacra, su gesto de donar la tierra para la estación y su apellido, quedaron grabados para siempre. Y cada vez que alguien dice me bajo en Saavedra o yo soy de Saavedra, de alguna manera lo estamos nombrando.
Pero un barrio no son solo calles y edificios, son las historias, los vecinos y los recuerdos que lo hacen latir. Y Saavedra, con su túnel nuevo, con sus cambios y con su gente, sigue latiendo al compás del tiempo.

Siempre digo que mi vida y la del barrio están marcadas por el Apolo.
En el 1936 se inauguró el club, y en el 1971 se unió con el Club Saavedra y el Machaín; allí nació el Círculo Apolo Machaín Saavedra.
El club ocupaba toda la esquina; con los años se achicó, pero nunca dejo de salir adelante, porque más que un edificio, siempre fue un bastión para el barrio, un lugar para los chicos, para las familias, un refugio donde nos criamos todos.
El Apolo era famoso por sus fiestas de carnaval, aquellos 8 bailes 8” que llenaban la cuadra de alegría, mis padres eran de los primeros en llegar, las mesas eran tablones de madera con familias enteras compartiendo la noche.
De pibe jugaba, corría, soñaba, más grande, con mis amigos, nos sentábamos a tomar un vermú en el buffet, hablando de la vida.
El Apolo también fue escenario de historias, en el 47, por ejemplo, una mujer ganó por primera vez en ciclismo barrial dentro de los juegos deportivos que había creado Eva Perón, la copa creo que todavía se guarda en el club como un tesoro, un símbolo de aquellas épocas de gloria. Si hablamos de música, hay que decirlo, por acá pasaron las mejores orquestas. D’Arienzo, Troilo, Pugliese, Di Sarli, todos tocaron en nuestro club. Una vez invitaron a un colectivero de la línea 19 que cantaba lindo.
Ese colectivero era nada menos que Roberto Goyeneche, También fue vecino nuestro, casi toda su vida, Edmundo Rivero. Muchos no lo querían en las orquestas, hasta que Pichuco, Troilo, lo invitó a grabar un tango nuevo en 1948: Sur. Esa grabación se hizo acá mismo, en Saavedra, en la RCA Victor.
El barrio que rodeaba al Apolo era un barrio de fábricas y trabajo, como comenté más de una vez, acá laburaba todo el mundo.
Apolo también fue fútbol. El equipo Valderrama ganó más de un campeonato en su canchita, con al menos cuarenta años de historia encima. Jugaron mi viejo, mi tío, y después me tocó a mí, acompañando a mis amigos de la esquina de Tamborini y Tronador, alentando contra los pibes de Manuela Pedraza. Cada partido era una fiesta, cada gol una epopeya que todavía se recuerda entre risas y abrazos.
El barrio cambió mucho, ya no están los mismos cines, ni los mismos negocios, ni la misma vida de antes, pero hay algo que sigue emocionando: salir a la vereda y saludar a la señora que barre, cruzarse con los de siempre, mantener la costumbre de conocerse y reconocerse.
Por eso, aunque las torres se levanten, aunque cambie el paisaje, para mí el Apolo y el barrio siguen latiendo. Porque en esas paredes, en esa cancha, en esos tablones de carnaval, se guardan las historias de mi familia, de mis amigos, de mi vida entera. Y mientras alguien las recuerde, el club y Saavedra seguirán vivos.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...