Desayunar en La Biela al amanecer
después de una noche larga en los boliches de la zona
era más que un ritual:
era una parada obligada,
El viento nos despabilaba sin pedir permiso,
todavía con el mareo girando en la cabeza,
y la avenida Alvear jugaba a moverse,
coqueta,entre luces que empezaban a apagarse
como estrellas cansadas de brillar.
El cementerio ponía su cuota de solemnidad,
recordándonos que todo pasa,
que la noche termina
y que vivir también es esto:
sentarse, respirar, mirarse en silencio.
Las copas amplias de los árboles
dejaban filtrar los primeros rayos de sol,
finos, tímidos, dorados,
acariciando la piel
antes de volver a casa
a rendirse al sueño.
Ahí,
con el café humeando y la ciudad despertando,
éramos testigos de algo simple y eterno:
el amor sobreviviendo a la noche,
guardándose en la memoria
para volver a latir, cada vez que amanece.

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