El ventilador gira como un mantra inútil.
El calor no se mueve.
Se queda, late.
El aire espeso huele a piel inventada,
a almendras abiertas por el roce,
a vaselina brillando
como una luna privada
sobre los cuerpos.
Flotamos.
No volamos: flotamos,
a centímetros de la sábana
empapada de nosotros,
donde el sudor escribe
lo que la boca calla.
Yo la mojo con agua.
No para apagar nada.
El agua cae lenta,
aprende el mapa de su piel,
y entonces
como si el mundo hubiera mentido siempre
ella se prende fuego.
No hay humo.
No hay llama.
Hay un incendio que respira,
que se enciende hacia adentro
con cada gota.
El tiempo se desarma.
Los relojes pierden los números,
la luna se cubre los ojos,
y el agua sigue cayendo
como una catarata emocional,
como un momento que no quiere terminar.
Una mirada animal nos ancla al mundo,
la mascota espera, sin entender
cómo los cuerpos se borran
y regresan convertidos en respiración.
El silencio se vuelve líquido,
resbala, patina aceitado,
flota en el aire
a centímetros de quién sabe qué,
hasta romperse
en un murmullo húmedo.
Todo arde sin quemar.
Todo moja sin apagar.
Y cuando el sueño afloja su abrazo,
la realidad vuelve
en la forma más antigua,
un cuerpo rodeando a otro,
y el fuego bajando la voz.
El calor no se mueve.
Se queda, late.
El aire espeso huele a piel inventada,
a almendras abiertas por el roce,
a vaselina brillando
como una luna privada
sobre los cuerpos.
Flotamos.
No volamos: flotamos,
a centímetros de la sábana
empapada de nosotros,
donde el sudor escribe
lo que la boca calla.
Yo la mojo con agua.
No para apagar nada.
El agua cae lenta,
aprende el mapa de su piel,
y entonces
como si el mundo hubiera mentido siempre
ella se prende fuego.
No hay humo.
No hay llama.
Hay un incendio que respira,
que se enciende hacia adentro
con cada gota.
El tiempo se desarma.
Los relojes pierden los números,
la luna se cubre los ojos,
y el agua sigue cayendo
como una catarata emocional,
como un momento que no quiere terminar.
Una mirada animal nos ancla al mundo,
la mascota espera, sin entender
cómo los cuerpos se borran
y regresan convertidos en respiración.
El silencio se vuelve líquido,
resbala, patina aceitado,
flota en el aire
a centímetros de quién sabe qué,
hasta romperse
en un murmullo húmedo.
Todo arde sin quemar.
Todo moja sin apagar.
Y cuando el sueño afloja su abrazo,
la realidad vuelve
en la forma más antigua,
un cuerpo rodeando a otro,
y el fuego bajando la voz.

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